La anfitriona
Reseña sobre Casa de luz, de Mariana Covarrubias
Casa de luz es un proyecto en el que fotografía y poesía encuentran un espacio y un tiempo comunes. Ambas formas dialogan a partir de operaciones de revelación mutua. El proyecto fue expuesto en el Museo de Arte Contemporáneo de Querétaro, bajo la curaduría de Paulina Macías, del 5 de junio al 6 de septiembre de este año.
La luz, según la hora del día, expresa distintas cualidades, y el ojo que habita aquella casa se entrena en percibirlas. Los efectos de la luminosidad se registran en una ventana de tiempo específica: la noche tanto como la madrugada. La mirada llega a esos momentos como quien arriba, sin buscarla, a una isla desconocida. "No fue por intención que empecé a cazar luces de madrugada". El encuentro con esas horas calmas es parte del remanente de una catástrofe previa que desconocemos: "Llegué a esa casa de luz / tras un naufragio". Nos movemos en el tiempo natural de la noche y la madrugada y también en el tiempo cronológico después de un naufragio. Ese es nuestro punto de partida: allí empieza el recuento visual.
Nos preguntamos, para empezar, ¿qué ha dejado intacto ese naufragio? ¿qué ha fragmentado? El ojo hace un inventario desde la casa de luz, que también es un lugar en el que se puede descansar y proceder a la tarea de hacer el registro y el balance. Cada captura suma, poco a poco, al archivo: "La infinidad se redujo a / unos cuantos objetos".
Pensamos también en el título de la colección: Casa de luz. En esas palabras palpita un faro, lighthouse, que ilumina la vastedad de lo oscuro y despliega una señal luminosa dirigida a lo que está extraviado: a lo que está explorando fuera de casa y a lo que quiere regresar a casa. "A esa altura, un mar es / igual a la noche". El mar extenso empieza al borde de las ventanas; las olas que rompieron contra una embarcación que sucumbió, allá, en un pasado cercano. Un faro emite señales, pero también está hecho para recibirlas, para ser visto desde lejos. Su luz establece así un movimiento entre el adentro y el afuera, entre quien mira y aquello que es mirado, entre quien busca orientarse y aquello que responde a la distancia. La anfitriona, a su vez, es observada: "Bailaba con paso herido, / expuesta a las pupilas de la noche". La noche también posee ojos. Y aunque la anfitriona se entrena en la mirada, no es la única que mira. Hay una equidad, una hospitalidad en sus relaciones con la luz, con la noche y con los objetos.
Si nos instalamos en esa casa, junto al ojo que nos invita, podremos ver que, a ciertas horas señaladas, llegan las luces, pero no como intrusas sino como huéspedes que visitan a la desvelada dueña de casa. "Aún así, capturar su visita me tomaba horas de sueño". Esas visitas arriban en sus propios tiempos, mientras la anfitriona entrena su mirada atenta, graduándola. "Era mi mirada tan aguda / que alcanzaba a ver la / noche desde la tarde". La luz se manifiesta como espectro o como aparición, y la hora nocturna es la más apropiada para divisarla. "Hasta descubrir que / ese mirar descompuesto / revelaba apariciones".
Lo fantasmal es algo difícil de capturar con una cámara. Incluso los versos se afinan como antenas para atrapar presencias tan elusivas. El ojo y la palabra necesitan una disposición, una preparación previa. Una reacción natural sería huir de ellas: "Para no verla, casi me / dejo ciega". Pero cuando se convive, lado a lado, con ellas, se pacta una cotidianidad que permite, primero, atisbarlas y, luego, familiarizarse con sus hábitos, con sus comportamientos. "Pasando de un cuarto a / otro las encontraba en / reposo". La anfitriona vela diligente el sueño de sus visitas luminosas.
Las presencias, primero restos del naufragio, van mutando poco a poco en aquella casa-faro. "Como agua bebía su luz, para drenar los espectros": la luz se convierte en alimento, medicina o sustancia de transformación. Los espectros son metabolizados. La luz es ingerida y, a través de ella, los restos del naufragio comienzan un proceso de transmutación. El inventario va llegando a su fin ya ni siquiera es un inventario: es asimilación, nutrición.
En algún momento, esa ventana de tiempo se mueve y entra algo más que la luz a aquel mundo silencioso después del naufragio. Trepan risas hasta subirse a las paredes de la casa. Y la anfitriona está de pronto acompañada por presencias con cuerpo propio, o al menos uno que se intuye, originado en las gargantas y los labios que derraman hacia lo alto esas risas. "De fuera entraban risas, / rebotando entre los / muros, se colaban en la / cama".
El faro puede posibilitar un recuento después de la catástrofe, pero su tarea esencial es posibilitar el avance, mostrar las distancias, las dimensiones exactas para orientarse en el viaje. ¿Hacia dónde señala? ¿Cuál es el siguiente destino? Las coordenadas están dispuestas y el camino abierto. Un faro, una casa de luz, establece una relación entre dos puntos separados y acomp
aña el transitar por un mar nocturno: "Pero esa noche no iba / sola, tras esa luz que me / llamó de lejos".
Mariana Covarrubias es escritora mexicana, originaria de Querétaro. Es arquitecta por el Tecnológico de Monterrey, Campus Querétaro (2010), y Maestra en Escritura Creativa por New York University (2021). Ha sido docente de Arquitectura y generadora de proyectos creativos. Llega desde la regeneración urbana, el trabajo comunitario y la escritura, explorando cómo transformar los lugares que habitamos y las relaciones que construimos en ellos.
Leni Flores es escritora, editora y educadora boliviana. Estudió Filosofía en la Universidad Católica Boliviana y Escritura Creativa en New York University. Es cofundadora de Kitagoi editoras y miembro de la colectiva feminista Cuarto Negro. Ha enseñado escritura creativa en la UCB y a personas privadas de libertad en centros de reintegración social y penitenciarios de Cochabamba.



