Quién me da una moneda,
para que el hijo repose en el fango,
para que sus dedos
—con los que allanó la rabia y las flores—
no atraviesen esta vejez en la mesa.
Pretendo comprar gladiolos,
llevar al sur,
donde está su apellido en las innumerables lápidas,
estas rodillas de madre.
Si lo encuentro, le pondré en la voz la moneda común,
que fue de mano en mano el fruto,
así puede negociar la caída.
Vine a enterrar a mi hijo,
su sombra en el vientre y la casa,
es un rasguño amable para el inquisidor,
una carcajada reprimida en los salones del hogar.
Mi hijo que es un puño de tierra, ahora,
que sus riñones no están en su cuerpo de infancia,
que sus ojos se han ido junto a los pájaros,
que al andar sus mansos pies no vuelven.
Hay un largo gruñido,
una garra azul al final del comedor,
una densa oscuridad, casi amiga,
en la mirada que ha contemplado
el inicio de los duelos.
He dejado a este niño
en la última habitación,
ha venido del sur, dice,
y la voz va desplegándose en las fotos
de los abuelos.
Cometió el aburrido crimen de luchar,
descalzo,
sabiéndose árboles.
En el sur le trituran los pies,
le inflan el abdomen con agua sucia,
le abren los dedos con que pretendió
llevar la cruz y la venganza.
Pobre niño, sabiéndose hombre,
creciendo en la hierba enemiga,
esperando a los otros para avanzar o morir.
La sobrevida es una medalla cruel
en el pecho de los héroes,
por eso lo dejo dormir,
descansar la sangre revuelta,
escoger entre el velorio o la ensoñación.
Até tus cordones como amarrando la casa a tus pies,
eras tan pequeño, que no podías comprender el horror
de las tumbas sin nombre,
el filo del proyectil tras la oración,
el rezo del “no vendrá esta noche para la cena”.
Tus ojos eran animales inocentes,
incapaces de ver el plomo y la verdad.
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