Andrea Marone (Mendoza, 1994) publicó los poemarios: Las cicatrices emulsionan mi piel (Fractura, 2025), Arterias (Ediciones Culturales, 2022), La conspiración de los damascos (Ojo de Golondrina, México, 2019) y Vampirización del ego (Mar Adentro, 2017). Su ensayo La inspiración en tiempos sin fe fue seleccionado por la editorial Falta Envido para integrar el catálogo. Obtuvo el primer premio en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2021. Su obra ha sido seleccionada para participar como material pedagógico en los manuales escolares de Ciudad de Buenos Aires 2025/2026. Participa, además, en la antología Flotar de la Editorial Camalote y en Cien poemas sobre el mar de Albura Ediciones. Colabora habitualmente en revistas de crítica cultural. Es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y estudió Letras en la UNCuyo.
De Mucilaginoso (Inédito)
La lengua
En filamentos de ceniza
lianas de una selva subacuática
se fuga nuestra lengua.
Descascarándose al contacto del cardumen
arrastra sus aletas sobre la vegetación.
Mastico el cascarón de una langosta
para agotar el océano.
Gime el crustáceo un destino
de carne magra.
Un dolor inaudible
mi crueldad hambrienta
acribilla su voz.
Un balido de ballena me distrae.
Toda palabra tiene precio.
Si digo langosta,
desanudo el mar.
Toda palabra está percudida.
Si digo ballena,
el peso de un cuerpo cae sobre mi hambre.
Morder el instante.
Apenas me regodeo
en el sabor ácido del lenguaje.
Me asfixio, los bordes ásperos
raspan la garganta
y este desconsuelo, una pincelada más
en la terrosa contextura del océano.
Todavía no aprendo a maullar
El tamaño del corazón de mi gata
acabará por pesar veinte gramos.
En cambio, el tamaño del corazón de una vaca
llegará a pesar dos kilos y medio.
El corazón de un gato
entra cien veces en el corazón de una vaca.
Mi corazón pesa trescientos gramos.
El corazón de mi gata será quince veces
más pequeño que mi corazón.
Cartagena de indias
Engullir un pescado frito
recién sacado del mar
con desesperación nativa
destrozarlo cartílago por cartílago
espina a espina
chupándole las vértebras, las aletas
la cara, la piel, los ojos
desear haberlo cazado, haberle quitado la vida
para después despedazarlo
con amorosa obstinación
de plato vacío.
A la orilla del mar de Cartagena de Indias
hay una isla que se llama Barú.
En Barú las mujeres hacen masajes
mientras los hombres venden cerveza.
En Barú las mujeres venden fruta
mientras los hombres preparan piña colada.
En Barú las mujeres son pobres
y los hombres también son pobres.
Ofrecen pescado frito con las manos tendidas
hacia un mar que es lo único
un mar que se abre selvático e infinito
por la línea de horizonte
transparencia turquesa
turmalino, verdeagua, lapislázuli
transparencia de arena blanca
que contrasta con una olla de hierro
tambaleante sobre una fogata
y si dice ducha, es un balde de agua
y si dice sol, es una quemazón infernal
y si dice excursión, es un camión desvencijado.
Pero, desde la carencia
y en las muñecas del caribe
ofrecen la experiencia
de comer con las manos
un pescado frito recabado recién pulido al aceite hirviendo
sacado del mar
y el momento pegajoso
troquela la consciencia
a la luz de un exotismo
seguramente inolvidable.
Inflación
Me inflé como la luna en cuarto creciente
las astillas se me redondearon
y crecieron álgidas mis caderas
se ensancharon como los pasos de las yeguas sobre el pastizal,
ya no romanticismo, ni barroquero devenir.
Hablo de doce kilos de seductora
y plástica grasa acumulada
que me distancia de la pobreza
toda esta grasa hermosa
y robusta que afina mis rasgos
toda esta gordura que me agranda las tetas
todo ese dolor que digerí en calorías
todo el dolor que mastiqué y tragué
desapareció con los años
pero quedaron ahí
estos grandiosos kilos
como miembros amputados después de una guerra
ofrecidos al ojo de quien me quiera mirar.



