Poesía argentina: Andrea Marone

Leemos poesía argentina. Leemos algunos poemas de Andrea Marone (Mendoza, 1994). Colabora habitualmente en revistas de crítica cultural. Es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y estudió Letras en la UNCuyo. Su libro más reciente es Las cicatrices emulsionan mi piel (Fractura, 2025).

 

 

 

 

Andrea Marone (Mendoza, 1994) publicó los poemarios:​​ Las cicatrices emulsionan mi piel​​ (Fractura, 2025),​​ Arterias​​ (Ediciones Culturales, 2022),​​ La conspiración de los damascos​​ (Ojo de Golondrina, México, 2019) y​​ Vampirización del ego​​ (Mar Adentro, 2017). Su ensayo​​ La inspiración en tiempos sin fe​​ fue seleccionado por la editorial Falta Envido para integrar el catálogo. Obtuvo el primer premio en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2021. Su obra ha sido seleccionada para participar como material pedagógico en los manuales escolares de Ciudad de Buenos Aires 2025/2026. Participa, además, en la antología Flotar de la Editorial Camalote y en Cien poemas sobre el mar de Albura Ediciones. Colabora habitualmente en revistas de crítica cultural. Es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y estudió Letras en la UNCuyo.​​ 

 

 

 

 

 

De​​ Mucilaginoso (Inédito)

 

 

 

 

 

La lengua

 

En filamentos de ceniza

lianas de una selva subacuática

se fuga nuestra lengua.

 

Descascarándose al contacto del cardumen

arrastra sus aletas sobre la vegetación.

 

Mastico el cascarón de una langosta

para agotar el océano.

Gime el crustáceo un destino

de carne magra.

Un dolor inaudible

mi crueldad hambrienta

acribilla su voz.

 

Un balido de ballena me distrae.

​​ 

Toda palabra tiene precio.

Si digo langosta,

desanudo el mar.

Toda palabra está percudida.

Si digo ballena,

el peso de un cuerpo cae sobre mi hambre.

 

Morder el instante.

 

Apenas me regodeo

en el sabor ácido del lenguaje.

Me asfixio, los bordes ásperos

raspan la garganta

y este desconsuelo, una pincelada más​​ 

en la terrosa contextura del océano.

 

 

 

 

 

 

 

Todavía no aprendo a maullar

 

El tamaño del corazón de mi gata​​ 

acabará por pesar veinte gramos.

En cambio, el tamaño del corazón de una vaca​​ 

llegará a pesar dos kilos y medio.

El corazón de un gato​​ 

entra cien veces en el corazón de una vaca.​​ 

 

Mi corazón pesa trescientos gramos.​​ 

El corazón de mi gata será quince veces​​ 

más pequeño que mi corazón.

 

 

 

 

 

 

 

Cartagena de indias

 

Engullir un pescado frito​​ 

recién sacado del mar

con desesperación nativa

destrozarlo cartílago por cartílago

espina a espina

chupándole las vértebras, las aletas

la cara, la piel, los ojos

desear haberlo cazado, haberle quitado la vida

para después despedazarlo

con amorosa obstinación

de plato vacío.

 

A la orilla del mar de Cartagena de Indias

hay una isla que se llama Barú.

​​ 

En Barú las mujeres hacen masajes

mientras los hombres venden cerveza.

En Barú las mujeres venden fruta

mientras los hombres preparan piña colada.

En Barú las mujeres son pobres

y los hombres también son pobres.

 

Ofrecen pescado frito con las manos tendidas

hacia un mar que es lo único

un mar que se abre selvático e infinito

por la línea de horizonte

transparencia turquesa

turmalino, verdeagua, lapislázuli

transparencia de arena blanca

que contrasta con una olla de hierro

tambaleante sobre una fogata

y si dice ducha, es un balde de agua

y si dice sol, es una quemazón infernal

y si dice excursión, es un camión desvencijado.

Pero, desde la carencia

y en las muñecas del caribe

ofrecen la experiencia

de comer con las manos

un pescado frito recabado recién pulido al aceite hirviendo​​ 

sacado del mar​​ 

y el momento pegajoso

troquela la consciencia

a la luz de un exotismo

seguramente inolvidable.

 

 

 

 

 

 

 

Inflación

 

Me inflé como la luna en cuarto creciente

las astillas se me redondearon

y crecieron álgidas mis caderas

se ensancharon como los pasos de las yeguas sobre el pastizal,​​ 

ya no romanticismo, ni barroquero devenir. ​​ 

Hablo de doce kilos de seductora​​ 

y plástica grasa acumulada

que me distancia de la pobreza

toda esta grasa hermosa​​ 

y robusta que afina mis rasgos

toda esta gordura que me agranda las tetas

todo ese dolor que digerí en calorías​​ 

todo el dolor que mastiqué y tragué

desapareció con los años​​ 

pero quedaron ahí​​ 

estos grandiosos kilos​​ 

como miembros amputados después de una guerra

ofrecidos al ojo de quien me quiera mirar.

 

 

 

 

 

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