Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de los Andes, y tiene una maestría de la misma institución. Actualmente es el Rector del Gimnasio Los Portales. Es el autor de Escribir en la niebla (Valparaíso España, 2015), compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos, y del ensayo literario El resplandor y la sombra. Una poética de las montañas (Fondo de Cultura Económica, 2021). Ha publicado los libros de poesía El movimiento de la tierra (Granada, España, 2017), ganador del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en México, Cuaderno de California (Bogotá, 2022), ganador de la Beca de Creación del Ministerio de Cultura de Colombia, y Temblor, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2026. En 2017 se publicó en Valparaíso México su antología Luz distinta, y en 2019 se publicó la antología Dietro quello che scrivo c'è sempre la pioggia (Detrás de lo que escribo siempre hay lluvia). El diario El Tiempo lo seleccionó en su lista de los 40 de menos de 40, por sus contribuciones a la educación y a la literatura
Para hablar de la ausencia definitiva del padre, la poesía de Santiago Espinosa no apela al tono dramático que se presume en un libro de duelo. Por el contrario, en las imágenes rotas que la memoria recupera hay una levedad que agradecemos, capaz de comunicar, con enorme sutileza, lo que se escapa irremediablemente. Y también lo que llega: la de la hija. Así, el vínculo se reconstruye con la voz honesta del poeta, que traza sus signos con dolor contenido, pero también con guiños de humor, benevolencia, agradecimiento. Un bello libro.
PIEDAD BONNETT
Los hijos de antes no tocaban a sus padres
Cuando mi padre murió yo le cerré los ojos. Anudé el rictus
de su boca en la bufanda, con toda la ternura que pude.
La mandíbula se abría y yo la ajustaba, se abría
otra vez y yo la ajustaba. Su cabeza —no tengo otra forma
de decirlo—, estaba tan fría como una montaña.
Él era ahora todos los lugares, y su fin
el principio
de un largo descenso.
Ni tan bajo que el mar empape tus plumas
Otro día me dijo mi padre: para nadar bajo el agua
debes guardar todo el aire en los pulmones
—así— luego lo botas poco a poco por la nariz,
hasta que no queden burbujas bajo el agua.
Cuando salí a la superficie mi padre se había ido
—gritaba, pero nadie lo escuchaba,
se hundía poco a poco en su pesado corazón—
ya no pudimos alcanzarlo.
Había que regresar al mismo punto
La misma semana en que mi padre murió
y apreté su mano quieta entre mis manos,
sentí a mi hija en el vientre de su madre,
por primera vez.
Dos toques suaves, PA-PÁ,
completando una parábola.
Los muertos siempre tienen prisa
Debo ser preciso. Quiero escribir
como el que habla brevemente
con un muerto
o mece a un niño
en medio de la noche.
Una leyenda guaraní
Un colibrí puso su nido en el holly
de nuestra casa. Durante varios días
sin que nosotros lo supiéramos trajo
hasta el árbol restos de pinos y
cortezas musgos de varios colores
plumones lo más bello que pudo
encontrar en el norte de la ciudad
para tensarlo a las ramas
con hilos de telaraña.
Una leyenda guaraní habla de guías
para el otro mundo aquí en mi patio
o de alguien que se fue detrás de
las montañas y quiere que sepas
que está bien o que
ha llegado a su destino




