title

CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de… Paul Medrano: Qué tal si te compro

10 Ago 2009

Paul Medrano

Paul Medrano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1977) narra la historia de un personaje que divide el tiempo entre dos pasiones: fotografiar los amaneceres y observar el Animal Planet.  

 

 

Qué tal si te compro

 

 

Nadie me puede ver en tu casa,

todos me miran con gran desprecio,

dicen que yo no valgo la pena,

pa merecer tu amor y tus besos.

Pero qué tal si te compro para llevarte conmigo,

te llevo lejos, muy lejos, para perderme contigo.

 

–Seguimos con nuestra programación apreciables radioescuchas, son las 10 de la mañana con 35 minutos.

     El locutor calló y la melodía siguió tocando dentro del camión urbano en el que iba rumbo al trabajo. No sé exactamente cómo –dado que casi siempre se ignora el origen de las cosas–, pero quizá fueron los acordes, mezclados con el smog y mis pensamientos, lo que me llevó a una idea descabellada. Parecía una soberana pendejada, mas decidí poner manos a la obra.

    Y al otro día comencé a coleccionar amaneceres. Sobra decir que al carecer de superpoderes y superdinero –o mínimo, de una cámara cinematográfica– para guardarlos, tuve que echar mano de aquella vieja Polaroid que un amigo me dejó en prenda a cambio de la mitad de mi raquítica quincena.

    Como no tenía idea alguna acerca de la fotografía y ante el temor de que la naciente compilación terminara aplastada por mi escaso talento, decidí colocar el aparatejo en la ventana de mi cuarto, de modo que para atrapar un alba sólo bastara con oprimir el disparador de la cámara y además, alejaba la posibilidad de errores.

    Este raro hábito fue un acierto. De pronto mi vida tomó sentido, o al menos eso creí. Me imaginé en 10 años, saliendo en televisión como “el hombre con más amaneceres”. Suspiraba al calcular el valor monetario de mi insensata antología. Sería millonario y podría comprar a todas las mujeres –en realidad sólo era dos– que me habían abandonado.

    Mi rutina diaria cambió. Tanto, que hasta dejé mis vicios, que en realidad sólo eran tres: masturbarme con la programación nocturna de Animal Planet, las hamburguesas de Burger King sin catsup y lamer el papel arroz de los cigarros Delicados, pero sin fumarlos.

    Vivía en un conjunto habitacional, cuyos edificios parece que habían sido fotocopiados. Despertaba de madrugada y esperaba el amanecer para capturarlo en la Polaroid. Antes, avanzaba con las labores domésticas del departamento. Limpiaba los pisos, tendía la cama, preparaba el desayuno, metía la ropa a la lavadora y adelantaba un poco con la comida. El amanecer casi siempre llegaba al término de mi afeitada, para ser inmortalizada por la cámara.

    La desmañanada me impedía disfrutar de la programación nocturna de mi canal favorito. Comencé a quedarme dormido con la vida y obra de los lemures de Madagascar o con la temporada de apareamiento de los renos del ártico. Y lo que es peor: las masturbaciones se fueron espaciando más y más. Aunque en un comienzo esa situación no me gustó del todo, me tranquilicé al pensar que cuando vendiera mi colección de amaneceres, podría comprar la programación completa en dividí del mencionado canal y masturbarme un año entero, tres veces al día.

    Salía temprano del trabajo para regresar a casa y documentar el amanecer de ese día: rotulaba la imagen con la hora, fecha, temperatura y breves anotaciones sobre la apariencia del mismo. Luego la guardaba en una caja de zapatos que mi última mujer había dejado olvidaba bajo la cama (bueno, no la olvidó: dejó los zapatos porque no le gustó el color ni el modelo que escogí como regalo de cumpleaños). Una vez al mes, al salir del trabajo, iba por la despensa, que incluía, primero que todo, papel fotográfico. Ya en mi departamento, me abstenía de salir a la calle a comprar una hamburguesa, ante el temor de que me atropellara la camionetota de alguna señora encopetada o un vil repartidor de pizzas. Nadie podía impedirme que alcanzara mi objetivo.

    Asimismo, un día quitaron el papel arroz a los Delicados sin filtro. Entonces dejé de comprarlos. No tenía ningún caso lamer el papel corriente con sabor a metal. Cosa curiosa la mía: dejé el cigarro sin haber fumado uno solo.

    Al final del día me dormía temprano, amasado por el cansancio físico y mental. La fatiga es el desestresante de los pobres.

    Despertarme de madrugada trajo complicaciones: ya no era libre de andar en calzones por el departamento ante el riesgo de que me vieran los vecinos del edificio de enfrente o el de atrás. Acostumbrado a llegar tarde al trabajo y también, que casi siempre era el último en salir de la unidad habitacional, nunca sentí púdicas recriminaciones de conciencia si en mi trajín era cubierto por una truza, la toalla o de plano, desnudo. No había problema porque para cuando yo me paseaba chirundo por mi departamento, los edificios estaban totalmente vacíos.

   Pero el panorama cambiaba drásticamente. El reloj laboral levantaba a todo el edificio sin misericordia. Así fueran las 4 o 5 de la mañana –mis horas predilectas para medio despertar y masturbarme en la cama–, el bullicio en la zona parecía el de una feria de pueblo.

   La luz interior de cada departamento convertía las cortinas en rústicos monitores que ofrecían una surtida programación de lo que pasaba dentro de cada vivienda. Así me di cuenta del tipo del 501 que gustaba lavarse los dientes en la sala y me percaté de que la señora del 520 disimulaba una lonja descomunal en una faja lo suficientemente angosta como para detener una hemorragia.

   A eso debía agregarle los niños chillones –no sé porqué diablos, pero de niño el acto reflejo al despertar, es el llanto–; el insoportable canto en la regadera del señor del 401, el cual era menos lastimero que el de la señora flaca del 410, pero no menos que el de la muchacha del 405 que se sentía la reencarnación de Maria Callas y despertaba a todo el vecindario con su horrenda voz; la pareja de recién casados del 412 que cogían a toda hora y no dejaban escapar el mañanero; la odiosa camioneta del velador que debía calentarla unos 25 minutos antes de partir; los disímiles gustos musicales para despertar y las aún más dispares simpatías por esos extraños noticieros que terminan al amanecer.

   Debo confesar, en cambio, que la colección me llevó a admirar los distintos rostros del amanecer, según la época del año. Así, conocí las turbias albas de febrero y en contraparte, su luminosidad en diciembre. Los aborregados amaneceres de junio y los ventorillos que los anuncian en octubre.

   Así pasaron 3 años. En el trabajo aplaudieron mi obstinación a no salir de vacaciones y mi puntualidad. Como mis masturbaciones se habían circunscrito a las emisiones nocturnas –propias de todo espécimen humano varón– mi deseo sexual comenzó a almacenarse como gasolina furiosa. Hacía falta una chispa, mas llegó toda una caja de cerillos.

   Todo empezó uno de los primeros días de abril, cuando al bajar de mi edificio para ir al trabajo vi sobre el jardín un par de preciosos ejemplares de Pastor Inglés. Macho y hembra, jugueteaban entre el pequeño jardín que estaba a punto de ser devorado por el estacionamiento. Seguramente su dueño los había dejado salir a cagar a fin de que no ensuciaran su sala. Esa imagen me provocó una erección inmediata, tanto, que tuve que regresar a mi departamento a masturbarme con la puerta apenas emparejada. La eyaculación salió abundante, briosa y desbocada, después de tres años presa. Fue el primer día en tres años que llegué tarde al trabajo.

   Al regresar a casa, cumplí exactamente con mi rutina. Todo parecía normal, a excepción de que la feroz eyaculación de la mañana me había acarreado un cansancio extra, el cual me llevó a la cama antes de lo normal. Ese adelanto, propició que a media noche me despertaran unos juguetones ladridos. Al asomarme por la ventana el deseo me tomó literalmente de los güevos: en efecto, nuevamente era ese par de hermosos Pastor Inglés, jugueteando en el jardín. Sin pensarlo, me masturbé dos veces seguidas. Luego de contemplarlos extasiado, lo hice una tercera vez al observar sus vómitos, previa ingesta de pasto que esos mamíferos practican a manera de purga. Naturalmente, la estimulación me dejó tan exhausto, que no sentí cuando me quedé dormido en el piso, junto a la ventana, con el pijama hasta las rodillas.

   Cuando me acordé de mi compromiso con la Polaroid, el alba ya estaba tan seca como el semen esparcido en el piso. Eran las nueve de la mañana. Me maldije mil veces: había echado a perder un trabajo de años. Mis desvelos los había tirado a la basura, al igual que los millones de espermatozoides regados junto a la ventana. La colección no tendría el mismo valor, y por tanto, nadie la compraría.

   Tras un baño rápido, puesto que se me hacía tarde para ir al trabajo, una idea llegó para salvarme. Al día siguiente tomaría dos placas. A una la rotularía con el día anterior y a la otra con la fecha correcta. Nadie se percatará, pensé.

   Ese día volví a llegar tarde a la oficina.

   Antes de que acabara el mes, las masturbaciones triplicaban las placas tomadas por la Polaroid. Mis retardos en el trabajo eran constantes y el par de perros eran cada día más hermosos. Mi colección y mi trabajo estaba en peligro y decidí poner un hasta aquí.

   Al día siguiente, al salir del trabajo pasé a comprar salchichas y cianuro. Al llegar a mi departamento las mezclé. Por la noche bajé del edificio y coloqué el alimento envenenado. Cuando desperté, supe que los perros no habían muerto, pero sí el anciano del 212, quien recogió las salchichas y las cenó revueltas con huevo. Fue lo último que comió y fue el último amanecer que coleccioné, porque al siguiente, muy temprano, tiré la cámara y la caja de zapatos a la basura. Después subí rápidamente las escaleras para masturbarme detrás de mis cortinas mientras veía a los hermosos perros jugar sobre el césped.

 

 

Datos vitales

Paul Medrano, Ciudad Victoria, Tamaulipas, (1977) Es alérgico a los políticos de cualquier partido, padece incontinencia sexual, no habla inglés, no tiene televisión, es acrofóbico y americanista recalcitrante. En sus momentos de lucidez ha colaborado en La Insignia, Replicante, Los noveles, Palabras Malditas, Milenio Diario, La Mosca, Plátano Verde, Punto de partida, Tierra Adentro y Narrativas. Ha sido becario del FOECA en Guerrero y Tamaulipas. Ha escrito dos libros de cuentos: La bala podrida y Flor de Capomo, por fortuna, ambos inéditos. Su primera novela, Dos caminos, estuvo entre las tres finalistas del concurso Caza de Letras convocado por Alfaguara y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Todas sus demás minucias suele desecharlas en su bitácora personal: www.2caminos.blogspot.com

Share Button
  • Adriana

    Me encanta éste cuento!

  • Desirée

    CLAP! CLAP! CLAP!

  • Rubén García

    Una narrativa que seduce desde el primer momento con un tema que se sale de lo habitual. Sencillez y claridad. Un cuento que da clases de ironía y describe la vida social de las fotocopias de dichos conglomerados

  • Luda

    que se robe a los perros 😛

  • Roberto

    Pues creo que el cuento es bastante predecible y tu personaje principal se siente forzado. A veces actua como un imbecil, la mayor de parte del tiempo, y luego se nota que lo que dice no es él, sino el autor. Yo diría que es un cuento mediocre que usa y busca muchos cliches.

  • LGT

    Hombre, ya que el mentado Roberto es tan bueno, que nos enseñe su trabajo en CdP.
    Ánimo mi Pol, usted bien sabe que su prosa nada por sí sola, sígale así

  • Monica

    Yo estoy de acuerdo con Roberto.
    La prosa es bastante atrabancada, así como la historia. Parece como si el escritor hubiera tenido mucha prisa por terminar el cuento.
    Hay unos pocos momentos buenos, pero en general el cuento es malo.

Escribe un comentario