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CÍRCULO DE POESÍA

 

Retrato en palabras de Gloria Gervitz

29 Sep 2009

 Gloria Gervitz

Blanca Alberta Rodríguez nos presenta un ensayo en torno a la poesía de Gloria Gervitz, destacada poeta de la generación de los cuarenta, quien es conocida sobre todo por el libro Migraciones.

 

 

¿Yo? ¿Esa mujer soy yo?

Un retrato, ¿por dónde empezaría un retrato de Gloria Gervitz?, me pregunto, ¿por el verde ámbar de sus ojos que parecen mirar algo que uno ya no alcanza a ver?, ¿acaso por sus silencios, anidados en su cuerpo pequeño y no obstante capaz de hacer brotar una voz grave y firme que sorprende porque viene desde muy adentro,  de ahí mismo donde parece nacer su poesía?,  ¿a qué materia tendría que acudir, qué colores, qué texturas podrían dar su forma precisa?, pero sobre todo ¿cuál sería la fuente?, ¿adónde encontrarla? La primera imagen que a mi memoria viene, en realidad, es la de la lluvia, la lluvia que una mujer enmarcada en la ventana, de una edad imprecisa de decir, mira largamente con una cultivada lentitud. Una lluvia que termina por desdibujar su rostro tras el cristal. La mujer pensándose se desplaza por los laberínticos corredores de la memoria, se imagina en otros tiempos, se sueña en otros sueños, se llama en boca de otras mujeres, que siempre son la misma, para al fin nombrarse. ¿Pero esa mujer que repasa viejas fotografías guardadas en una caja de habanos, que se recuerda apretando un ramo de flores contra el pecho, que ve correr los niños a su alrededor mientras el mar la adormece para hacerla olvidar que le ha sido quitada su casa, que se ve envejecer frente al espejo con “la boca muy roja entre las arrugas”, que reza el kadish, esa mujer, será Gloria Gervitz? Procediendo con mesura, sólo acertaríamos a decir que ella es ante todo la autora del extenso poema Migraciones, que ha escrito y reescrito a lo largo de más de treinta años, en cuyo transcurso, se ha empeñado, así como la lluvia, en borrar cualquier pista biográfica; las últimas ediciones se limitan a decir su nombre y que nació en la Ciudad de México. ¿A qué obedece este cuidado que deja al Poema en una suerte de desnudez que no orfandad? ¿Por qué esta conciente borradura de su biografía? Sin duda lo que persiste es el nombre y la obra. Es en ésta desde donde habría que esbozar el retrato de la autora, corriendo el riesgo de que en muy poco se parezca a la vida de la persona de Gloria; pues a menudo sucede que cada lector construye una imagen, “su” imagen, de la escritora; es difícil para mí no evocar a una mujer que se mueve parsimoniosamente como en un tiempo sin tiempo, ensimismada y contemplativa, que habla en tono muy bajo como para sí, aunque esto desde luego en nada concuerda cuando uno la  escuchar leer, el espacio vibra y uno se siente como herido en algo muy íntimo porque esa voz es un pedazo de cuerpo que atraviesa el nuestro, lo toca y lo inunda. Lo cierto es que Gloria ha sido el espacio desde el cual y por el cual Migraciones ha llegado a ser un vasto poema que le ha ido creciendo como las ramas de un árbol, sin apuros pero con voluntad, con entrega y una indiscutible fidelidad a una voz, que no es sino una estricta obediencia a La Palabra.

 

II Las migraciones de Gloria Gervitz

El origen de esta deriva poética se remonta a 1979, cuando Gloria publica Shajarit, el primero de los siete libros o secciones que conforman el Poema, y cuyos versos inaugurales, “En las migraciones de los claveles rojos donde revientan cantos de aves picudas / y se pudren las manzanas antes del desastre / Ahí donde las mujeres se palpan los senos y se tocan el sexo”[1], habrían de constituir la semilla y la clave de toda su poesía; pues tanto la preposición “en” como el adverbio “ahí” señalan una cavidad, un lugar que puede ser un lugar del cuerpo, de la memoria, incluso un lugar del tiempo. Se trata, pues, de un lugar hecho mucho más que de extensión, de pura intensidad y de tensión; porque el lugar es una fuente continua y a la vez cambiante donde acontece la migración. El Poema en verdad se despliega más en el espacio que en el tiempo, lo que permite ser recorrido en su superficie y en su profundidad. Incluso la escritura no sigue un orden cronológico, la autora puede, después de años enteros, retornar a alguna sección anterior para completarla. Este dilatado proceso de gestación, que acontece como una mesurada filtración, nos evoca las reflexiones, en torno a Cementerio Marino, de Paul Valéry, quien dice:

No sé si aún está de moda elaborar largamente los poemas, tenerlos entre el ser y el no-ser, suspensos ante el deseo durante años; cultivar la duda, el escrúpulo, el arrepentirse –tal como una obra siempre reemprendida y refundida que toma poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma propia.[2]

     Sostener tal “ética de la forma” implica, ciertamente, el riesgo de un trabajo infinito, de confundir, dice el poeta francés, una obra del espíritu –cosa terminada- con la vida del espíritu –siempre en acto. Sin embargo, a pesar de la semejanza que pudiera existir entre esta ética de la forma y el trabajo de escritura de Gloria Gervitz, no sería del todo correcto considerar las diversas ediciones del Poema Migraciones como obras “abandonadas”, pero tampoco como obras “acabadas”. Valdría, en todo caso, lo que Menéndez Pidal dijo sobre la antigua lírica popular española: esta poesía vive en sus variantes.

     En efecto, la vida de Migraciones ocurre en sus transformaciones, por lo que cada libro y el estado del conjunto que se muestra en cada edición es una suerte de variación del mismo tema. De ello dan cuenta las diversas ediciones que ha tenido. Después de Shajarit, en 1986 se publica una versión corregida y aumentada con el título Fragmento de ventana, al año siguiente da a conocer Yiskor, en una delicada edición que contiene ilustraciones de Julia Giménez Cacho y que consta de dos partes: “Del libro de Yiskor” y “Fragmento de ventana”. Es hasta 1991, cuando la autora advierte que lo que lo hasta entonces había escrito no era sino un mismo Poema y decide enlazar todo lo anterior más una nueva sección: “Leteo”, bajo el título de Migraciones, un nombre, no obstante, parido por la obra misma. Con la beca del Consejo para la Cultura y las Artes, creyendo que iniciaba un nuevo poema, publica Pythia en 1993, libro de una belleza precisa, dividido en cinco partes, la última constituida por tres fotografías de Luz María Mejía, que exponen con gran elocuencia una figura central de esta poesía: la de un cuerpo contenido y continente, un cuerpo-larva, representado por la bailarina Lola Lince, que aparece desnuda, en posición fetal, buscándose o cubriéndose con su propia indefensión. Relativamente pronto, Gloria advierte que “Pythia” también es Migraciones, por lo que decide incorporar éste más una nueva cosecha: “Equinoccio”; en 2000 incorpora “Treno” en una espléndida edición de autor; en 2002 el Fondo de Cultura Económica reedita Migraciones que ya consta de seis poemas; en 2003 publica Septiembre, que se integrará al conjunto en 2004 en una edición bilingüe publicada en Inglaterra por Shearsman Books y en los Estados Unidos por Junction Press, con una impecable traducción al inglés por Marc Schafer. Después de un silencio activo de casi cinco años, Gloria, entre el asombro y la alegría, cree haber emprendido una nueva obra: Old Sunflower Blues, pero esta vez no tarda mucho en comprender que sigue siendo alimentado por la misma savia de Migraciones, y que pertenece, para su sorpresa, a la quinta sección que ahora dejará de ser “Equinoccio” para llamarse “Blues”. Éste, hasta el momento, queda constituido a su vez por tres secciones: “Sunflower blues” (antiguo “Equinoccio”), “Old sunflower blues” y “Just the blues”, un breve poema de una intensidad erótica y sagrada tal que intentar explicarlo resulta un vano gesto; recuerdo que después de escucharlo por primera vez en voz de Gloria, mi única respuesta fue el silencio y un fuego que dentro de mí corría, ni una palabra sólo un llanto interior que no sé si Gloria alcanzaría a percibir, aún yo misma desconozco el motivo de mi reacción, tal vez lo que sentí fue un intenso goce, ése que nada tiene que ver con el placer porque su función no es el regodeo sino el temblor, el desacomodo.

     Como se ve, entonces, cada edición, recoge, aumenta y corrige la anterior, aunque cabe señalar que el trabajo de corrección consiste principalmente en eliminar aquellas hojas que la autora considera, digamos,  marchitas, lo que da al poema la pureza de la desnudez, por un lado, y la densidad de un cuerpo al incrementar la ambigüedad semántica, por el otro. De tal suerte que es posible observar cómo sucesivamente el silencio, representado con el blanco, ha ido ganando terreno, se interna entre las palabras o se instala en su interior. El silencio adquiere tal fuerza y presencia en la poesía de Gloria Gervitz que casi diríamos que las antecede, pero más allá de ser un preludio, se constituye como un fondo, un soporte de las palabras: el lugar de su germinación. No se trata de un silencio absoluto, el cual difícilmente se puede concebir puesto que si sabemos de él es por su oposición a las palabras que lo señalan con su propia presencia al tiempo que lo intensifican. Se trata más bien de un silencio que abre camino a las palabras, que las hace ser.

     La corrección también consiste en desplazar, en la migración, un verso o un grupo de líneas de una sección a otra. Baste visitar las diferentes ediciones para darse cuenta de que en todas el íncipit es distinto, ya sea por las palabras o por su disposición en la página. No es  extraño que este ir y venir de las palabras surta su efecto en la memoria del lector y de la obra; como el peregrino uno tiene la sensación de que ya ha estado antes en alguna estación, que sus pasos se repiten sobre las mismas baldosas como ecos que vienen desde una lejanía conocida y aprende que el avance es una forma del retorno. El Poema -más que como sucesión- está concebido como simultaneidad. Gloria parece trabajar frente al todo: toma, repite, traslada. Los libros que lo componen son secciones abiertas, disponibles, materia que no cesa. A pesar de que hemos insistido en la dimensión espacial del Poema, no debe caerse en el equívoco de considerar estático al espacio; diríamos con Bergson que la verdad es que se cambia sin cesar, y que el estado mismo es ya cambio. Sin embargo, esto nos enfrenta a un problema, el de la identidad. ¿Cómo explicar entonces que a pesar de los cambios de una a otra edición Migraciones siga siendo el mismo Poema?. ¿Cómo entender su avance y su permanencia?

 

III ¿Eres tú la que llora?

En la obra de Gloria Gervitz las migraciones son muchas y de distinta naturaleza La más evidente tal vez es la que alude a la de aquellas mujeres, entre las que se contaba su abuela paterna, que emigraron de Rusia hacia una América que nunca dejaría de ser ese otro lugar donde se buscarían con la profunda necesidad de no encontrarse, para que debajo del español no dejaran de resonar el yiddish y el ruso, las sagradas frases hebreas que vienen al corazón a la hora de la plegaria.

     De este suceso histórico, Gloria recrea, con la imaginación lo que la realidad le niega, un universo que adopta la forma de un relato. El poema se vuelve así una suerte de escenario cóncavo en que voces femeninas venidas de distintas edades y parajes resuenan; diversas mujeres, ¿la misma?, dialogan inmersas en la penumbra del tiempo que las distancia pero que el dolor compartido reúne en el sueño y la invención. Acaso las voces tienen la misma fuente por lo que el Ella ¾forma ampliamente explorada sobre todo en “Yizkor”¾ nos señala los puntos del desplazamiento de un yo que se busca, que exige la presencia de lo otro, de eso que le es extraño y próximo a la vez, y que reclama en su inconmensurable orfandad: “Y no hubo tiempo porque esperé otra cosa, otra palabra, la impronunciada, la inoída y nos dispersamos en la rutina y nos hicimos viejas, ni siquiera sé si este rostro arrugado que miro eres tú o soy yo y las palabras que no dijimos, las verdaderas, las que sí decían, quedaron en aquel sueño del que no pudimos despertar. Escúchalas. Ahora que ya no estás, déjame decirte / ¿Eres tú la que llora?”.[3] Podemos decir que la voz que habla en el poema es asimilable a la figura de la hija, en cuyo cuerpo resuenan las voces de la madre y de la abuela, cuyos rostros se traslapan, de ahí que lector tienda a preguntarse quién habla, a quién, desde dónde. Así, el cuerpo de esa voz es una caja de resonancia, un cuerpo habitado por otros cuerpos, una intimidad en que mora lo femenino, pues se trata de un cuerpo que exige ser vulnerado, abierto, rasgado. De ahí que la poesía de Gloria  Gervitz emana una atmósfera, que podríamos nombrar como sagrada en tanto que está latente lo extraño, lo inconmensurable, lo desconocido que no está fuera sino dentro de sí, por ello se teme y se busca afanosamente: “Ábreme con tu saliva / empújate hasta mi hondura hasta el desamparo /recíbeme como si fuese un puñado de tierra”.[4]

     Lo sagrado es de algún modo un centro de gravedad en Migraciones, de ello dan cuenta la mayoría de los títulos de los libros que lo conforman: “Shajarit” es la oración de la mañana, “Yizkor” es una oración en recuerdo de los seres queridos que han muerto, “Leteo” refiere en la mitología griega al río del infierno cuyas aguas otorgaban el olvido, asimismo, “Pythia” era sacerdotisa de Apolo y dictaba los oráculos en el templo de Delfos, y “Treno” es un canto fúnebre; por su parte, “Blues” es una música  que expresa también un lamento. Cabe mencionar que si bien la poesía de Gloria rehúye toda rima o métrica, la dimensión sonora no deja de estar presente en la forma de la plegaria que está íntimamente ligada, a su vez, al deseo, a la vulnerabilidad de la carne: “Ven y bésame levemente apenas rozando el día / Ven Antiquísima ven y sácame de este silencio / Ven sollozada / disuélveme en tu lengua como a una hostia / hasta la avidez del polvo y polvo ya / besaré tu cansado corazón / Ruega por mí”.[5]

     En ese centro de gravedad que es lo sagrado se sitúa, justamente, la sibila, que en mucho da cuenta de la configuración del universo de Migraciones, pues constituye ese gran cuerpo continente y contenido a la vez, (des)habitado, en el que resuenan voces y presencias, de todas ellas la más importante sin duda es ese poder que actúa desde su invisibilidad: La Palabra. De hecho, la principal tensión que sostiene a esta poesía es la de el querer y no poder decir; La Palabra significa una fuente primordial a la que se aspira, por ello suele confundirse con la figura de la Madre, de quien se exige su consuelo, y cuya forma enlaza lo femenino y lo masculino, por el modo que adopta el reclamo: “Tócame adentro de ti / con esa contención que se desborda / tócame / en esta oscuridad del pensamiento […] ah si pudieras tatuarme / si te quedaras ahí / si tan sólo te quedaras / como una perra ciega / amamantando / quédate / dame las palabras”.[6]

     Este drama del decir también acontece en la página, pues hay que agregar que el Poema Migraciones tiene una dimensión visual altamente significante. Ya Paul Claudel señalaba que la proporción entre el blanco tipográfico y las grafías no es simplemente material, sino que “es la imagen de que todo movimiento del pensamiento, cuando logra expresarse mediante un ruido o una palabra, deja alrededor de él algo inexpresado, pero no algo inerte, no algo incorpóreo, sino el silencio que rodea y de donde esa voz ha surgido y que a su vez la impregna, algo así como su campo magnético”.[7] De tal suerte que Migraciones convoca una sensorialidad compleja: se escucha y se admira; pero más que eso se toca y nos toca; el rumor de las palabra rozan nuestro oído y lo penetran; del mismo modo la mirada está plenamente tactilizada, acaricia o rasga la página como un cuerpo también, del mismo modo que “la mano se hunde en lo mirado / y el cuerpo cede”.[8] Bien podríamos hablar entonces de una erótica de la lectura. Esto se comprueba al revisar cada una de las distintas ediciones cuya confección de una pulcritud indudable les ha dado un belleza indiscutible; algunas de las ellas establecen un íntimo diálogo con las artes visuales como la fotografía y la pintura. Incluso diríamos que la escritura es en sí misma una de las artes visuales; sin embargo, cabe preguntarse ¿por qué las pinturas que acompañaban la primera edición de Yiskor y las fotografías de Luz María Mejía que formaban la quinta parte de Pythia, desaparecieron en las subsecuentes ediciones?

     Quizá aquellas imágenes el tiempo, en su sabiduría, las halla deslavado, no así la que de Gloria se ha forjado en mí, y que perdurará  aún si ella extrañada me interrogara ¿Yo? ¿Esa mujer soy yo?

 


[1] Gloria Gervitz, Migrations, (ed. bilingüe, trad. al inglés Mark Schafer), United Kingdom, Shearsman Book/The European Jewish Publication Society, 2004, p. 219.

[2] Paul Valéry, Cementerio Marino, (introd. Guillermo Sheridan, trad. Alfonso Gutiérrez Hermosillo y Miguel Rodríguez Puga), México, UNAM 2001, p. 13. (col. Materiales de Lectura núm. 3, Poesía moderna),

[3] Gervitz, p. 246.

[4] Gervtiz, p. 325.

[5] Gervitz, p. 307.

[6] Gervitz, p. 336.

[7] Paul Claudel en Claude Zilberberg, Semiótica tensiva y formas de vida, (trad, Roberto Flores), Puebla, Ses-BUAP, 1999, p. 14.

[8] Gervitz, p. 360.

 

 

Datos vitales

GLORIA GERVITZ
Nació en la Ciudad de México, el 29 de marzo de 1943. Estudió historia en la Universidad Iberoamericana (UIA). Ha traducido a Anna Ajmátova, Margarite Yourcenar, Samuel Beckett y Clarice Lispector. Ha colaborado en Diálogos, La Vida Literaria, Revista de la Universidad de México, Krisis, El Zaguán, La Jornada Semanal y Vuelta. Fue becaria del Fondo Nacional de Creadores Artísticos (FONCA), de 1992 a 1993. Su poesía ha sido incluida en varias antologías de México y Estados Unidos. Su obra consta de un solo poema largo, Migraciones, que ha ido escribiendo a lo largo de más de treinta años. Se ha traducido el Poema completo al inglés por Marc Schafer y fragmentos se han traducido a ocho idiomas.

BLANCA ALBERTA RODRÍGUEZ
Nace en Puebla, 1978. Ha realizado dos estudios de la obra de Gloria Gervitz, Las voces del cuerpo y La configuración de la página en la poesía de Gloria Gervitz, con los que obtuvo el grado de licenciatura y maestría, por la Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Nacional Autónoma de México, respectivamente. Ha elaborado una antología de  Migraciones junto con Raúl Dorra, publicada por Jitanjáfora.

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  • Omar Trujillo

    Conocí a Gloria Gervitz en un largo vuelo trasatlántico (de París a México). Seguramente percibió, por mi aversión a platicar con alguien en ese vuelo, una total ignorancia de lo que es la poesía.
    Así que se presentó conmigo: “Soy poeta” Frase que provocó de inmediato una reacción pocas veces repetible en mi vida….Dialogar abierta y sinceramente con “desconocidos”.
    Quisiera por favor, de ser posible, que me proporcionen sus telefonos, correo electrónico u otro medio para contactarla personalmente. Amigos míos quieren aprender a hablar abierta y sinceramente.
    Gracias de antemano.

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