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CÍRCULO DE POESÍA

 

Kôtoku Shûsui: mártir del pacifismo socialista

03 Sep 2010

Kôtoku ShûsuiEl sociólogo Luis Martínez (Puebla, 1981), doctorando de la Escuela de Altos Estudios de París, siempre a la vanguardia en el pensamiento sociológico, nos presenta una aproximación al libro El imperialismo, el espectro del siglo XX de Kôtoku Shûsui, Texto pionero del movimiento anti-imperialista japonés y aún no traducido al español o al inglés.

 

 

Kôtoku Shûsui: mártir del pacifismo socialista

L’impérialisme, le spectre du XXe siècle, Kôtoku Shûsui, CNRS Editions, Paris, 2008, p. 188.

 

Traductor al japonés de La conquista del Pan del anarquista Pedro Kropotkin y condenado en 1911 por crimen de Alta traición (Taigyaku jiken) contra Mutsuhito –el emperador Meiji–, el nombre de Kôtoku Denjerô o Kôtuko Shûsui es muy poco conocido en América Latina. Autor del famoso panfleto El imperialismo, el espectro del siglo XX, texto que precedió por algunos años los análisis de John Hobson, de Hilferding y de Lenin sobre el imperialismo. El trabajo de Kôtoku fue publicado en 1901 y reeditado hasta 1952. Afortunadamente ya contamos con la publicación en francés de éste que fuera texto axial en la fundación del movimiento socialista japonés. La traducción fue realizada por Christine Lévy quien además nos ofrece una excelente presentación a la obra.

Contemporáneo de Lenin (1870-1924) y de Rosa Luxemburgo (1871-1919), Kôtoku nació en la ciudad de Nakamura en 1871. Desde muy temprana edad se destacó por ser un estudiante extraordinario, sin embargo por causa de un tifón que destruyó la escuela de su pequeña ciudad,  Kôtoku debió continuar sus estudios de manera autodidacta. Posteriormente, a los 16 años de edad se desplazó a Tokio donde aprendió y perfeccionó el inglés, lengua que le fue de gran utilidad en su trabajo como periodista y que le permitió seguir el desarrollo de acontecimientos  de impacto internacional como fue el “Caso Dreyfus” o el papel de la social-democracia alemana.

Kôtoku apoyó la candidatura de su maestro Nakae Chômin quien, abanderado por el Jiyû-tô (Partido Liberal), se identificaba con los intereses de los más discriminados por la sociedad japonesa, nos referimos a los burakumin. No obstante a que ganó las elecciones con más de la mitad de sufragios, Chômin dimitió posteriormente puesto que avizoró el acercamiento por parte del Jiyû-tô hacia el gobierno. Al respecto, sostenía que: “cuando los hombres políticos monopolizan el espacio público pueden adoptar una política policial represiva sin modificar las leyes, todo ello, en nombre de la seguridad pública y, por tanto, imponer un Estado despótico” (p. 20).

Christine Lévy señala que el período que comprende entre 1898 y 1902 fue crucial en las redefiniciones políticas de Kôtoku. Aunque existen diversas causas para la radicalización de Kôtoku en 1900, Lévy anota:

 

1)      Su participación en las reuniones del Círculo de Estudios socialistas y que lo hicieron confrontar la teoría socialista con la realidad social y política japonesa (p. 36).

2)      La mudanza ideológica y política del Jiyû-tô orillando a los miembros más radicales a abandonarlo (p. 37).

3)      La guerra de los Bóxers que representó la intervención militar de Japón (p.38). 

 

La guerra china-japonesa fraguada entre 1894-1895 fue determinante en la perspectiva de Kôtoku porque representaba la independencia de Corea. Dicho conflicto marcó, en dos sentidos, la evolución del pensamiento filosófico-político de Kôtoku. Por un lado, su desdén por la guerra se manifestó con más regularidad en sus artículos y, por el otro, la reivindicación de la noción de “voluntad popular” fue más recurrente. La crítica al imperialismo de las potencias europeas estaba articulada a la crítica del sistema económico. Kôtoku también criticó la política imperial de Japón (p. 123 y 145) y su papel de correligionario de países como Alemania, Francia o Rusia en su invasión a China. La brutalidad del ejército japonés sobre la población china fue denunciada, a partir de 1900, por Kôtoku y compartida por Takano Fusatarô quien fue el primer traductor del Capital al japonés.

Es evidente que en los umbrales del siglo XX, aunque Kôtoku no fue testigo del conflicto que azotó a Europa entre 1914 y 1918, su diagnóstico del Imperialismo es cercano al análisis que posteriormente realizó Lenin. Debemos subrayar que Lenin publicó en 1916 su Imperialismo, Fase superior del capitalismo, donde sostiene que el Imperialismo es la fase monopolista del capitalismo, sustituyendo la etapa de libre competencia para dar paso al estadio de su crisis y descomposición y, por tanto, abriendo la posibilidad de una revolución socialista.

Kôtoku, por su parte, en 1901 esgrime que:  

“Deben estar conscientes que el contraste entre la pobreza y la riqueza de los países occidentales, la acumulación en manos de la minoría es cada vez más evidente, el debilitamiento del poder de compra de la mayoría de la población, todo ello, no es otra cosa que las secuelas del actual sistema de libre competencia y no puede sino que ser atribuido al monopolio que ejercen los capitalistas (…) Por ende, la solución se encuentra en apoyar el poder de compra de la mayoría de personas de cada país, de ahí, que dicha solución se obtendrá en la prohibición de los intereses monopolistas y, por tanto, implicará la instauración de la justicia en la distribución de los intereses de los trabajadores. Pero para establecer dicha justicia, se debe reformar radicalmente el sistema de libre mercado e instaurar el socialismo” (p. 174).     

 

En el primer capítulo de su panfleto, Kôtoku explica la relacione entre el sentimiento patriótico y el militarismo y la forma en que ambos constituyen dos puntos medulares en la configuración del Imperialismo. Acentúa la necesidad e importancia de una transformación al sistema económico. Muestra una conciencia planetaria al evocar que el objetivo del manejo del Estado se encuentra en el progreso de la sociedad representado en la felicidad de toda la humanidad, esto es, en la defensa de los intereses globales. En ese sentido, pensamos que el carácter internacionalista de la praxis política de Kôtoku debería ser asimilada por nuestros políticos que se muestran pasivos ante la crisis climática, alimentaria y social en la que nos encontramos.  

El segundo capítulo versa sobre el patriotismo como forma ideológica de dominación, es decir, como instrumento de control que es ejercido por las clases hegemónicas. Analizando las experiencias de los Hilotas del Peloponeso, de los esclavos en Roma, de la guerra franco-inglesa, del ejército prusiano y de la batalla del mar Amarillo de 1894, Kôtoku concluye que el sentimiento patriótico sólo sirvió para aumentar los privilegios de las élites y, por consiguiente, aunque de distinta forma, los “vencidos de la historia” continúan bajo la opresión. De ahí que Kôtoku pugne por el sentimiento de compasión[1] de una ética de amor universal[2] que nos haría más sensibles en la resolución de conflictos tanto políticos como culturales.

El capítulo tercero centra su análisis en los aspectos que contribuyen al militarismo. De un lado encontramos el interés por parte de los capitalistas y militares en acrecentar sus ganancias (p. 130) y, por el otro, el fanatismo despertado por la vanidad y la brutalidad. Contraponiéndose a la idea de que “la paz mundial no es más que un milagro o, incluso, un sueño que no contiene belleza alguna” del general Helmuth Karl Bernhard von Moltke –discípulo de Clausewitz–, Kôtoku recupera la tradición de escritores como Murasaki Shikibu, Akazome Emon, Sei Shônagon y Emile Zola para sostener que el militarismo no sólo es fútil para la civilización sino que además es un veneno (p. 145).  

En el capítulo cuarto Kôtoku realiza una crítica artera a la política imperialista tanto de los países europeos como del Atlántico Norte. Para Kôtoku, la fundación de todo Imperio está basada en el robo y la rapiña  (p.160), por tanto, su grandeza está en relación a las masacres de otros pueblos que fueron sometidas a la esclavitud. Asimismo,  advierte sobre la hipocresía norte-americana que en febrero de 1898 apoya la revuelta cubana pero que, después del tratado de París, toma bajo su control Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La doctrina Monroe no pasa desapercibida por el socialista nipón. La relación entre pobreza e injustica es abordada en esta sección y para él:

 

“La pobreza surgió de los errores de la organización económica y social de nuestra sociedad. Está ligada al monopolio que realizan los capitalistas y los grandes propietarios financieros. Por consiguiente, la pobreza es resultado de la falta de justicia en la distribución de la riqueza” (p. 170)

 

El último capítulo es un exhorto al socialismo democráticamente organizado[3] y una advertencia al “peligro del siglo XX” –siglo de totalitarismos tanto liberales como soviéticos– que se avecinaba. Para Kôtoku el microbio del patriotismo fomenta el cáncer del militarismo, en este sentido, el movimiento socialista precisa de una consciencia planetaria –basada ésta en un “amor universal”– que logre incorporar las demandas de todos los oprimidos y oprimidas.

Las consideraciones que realiza Kôtoku sobre la relación entre la pobreza y la migración, entre la guerra y el capitalismo o entre los políticos profesionales –en sentido weberiano– y la Realpolitik resultan muy interesantes no sólo para los estudiosos de las ciencias sociales sino para los militantes comprometidos con los movimientos anti-imperialistas y anti-colonialistas contemporáneos. Es evidente que, a más de un siglo de ser redactado, el texto de Kôtoku cuente con algunas limitaciones o atavismos ideológicos, por ejemplo, su noción de progreso o la contraposición entre liberalismo e imperialismo; no obstante, dicho texto es un valioso legado de la tradición libertaria del cual no debemos prescindir.

 

 

Publicado en el diario “El Columnista”, Puebla, México, 31 de agosto de 2010

 


* Sociólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla donde recibió la distinción Cum Laude. En 2009 recibió el Primer Premio del Concurso Internacional de Ensayo “Pensar a Contracorriente”.

[1] Resulta interesante hacer mención que, inspirado en el concepto de cuidado de cuño heideggeriano, el teólogo Leonardo Boff reivindica la pertinencia del “Principio de Compasión” en el diseño de utopías contra-hegemónicas del siglo XXI. Cfr. Princípio de Compaixão e Cuidado, Vozes, Petrópolis, 2001.

[2] La relación entre política y ética están presentes en la obra de Kôtoku. Las Filosofías Políticas de la Liberación de la periferia podrían asimilar algunos de sus planteamientos básicos en el diseño de proyectos políticos.

[3] “Se debe proceder a una gran limpieza del Estado y de la sociedad, en otras palabras, se debe emprender una revolución a escala mundial. Transformar el pequeño número de Estados en un gran número de ellos, cambiar el Estado monopolizado por militares para entregárselo a los campesinos, a los artesanos y pequeños comerciantes; cambiar la sociedad donde reina el despotismo aristocrática en un espacio de autonomía política y que restituya la sociedad, actualmente secuestrada por los capitalistas, hacia la comunidad de trabajadores” (p. 187).  

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