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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 398: Mijail Lamas

02 Jul 2013

 

Presentamos una muestra de la poesía de Mijail Lamas (Culiacán, 1979).  Además de poesía hace crítica y traduce del portugués. Fue Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2006 y 2007. Obtuvo el accésit del XXVII Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza, España en 2011 y el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura en 2012. Es editor del blog de crítica La Estantería (http://resenariopoesia.wordpress.com).

 

 

 

 

de Cuaderno de Tyler Durden (2008)

 

 

 

He nacido oscuro para el resto del día

y tras una nube

el ojo de Dios guarda silencio.

 

Soy la sombra de todos los rostros,

dependiente de tiempo completo,

maestro por horas de miseria,

desempleado frente a las marquesinas.

 

Hoy llevo un dolor de piedra entre las manos.

 

Lejos de toda caridad

soy profeta y apóstol jubilado de la fe en mí mismo.

Oficio los silencios de la página.

 

Soy héroe,

peatón del instante y la sorpresa.

 

Aquí guardo la plegaria del azar

y una sensación de sed como aguja en las palabras.

 

Hoy no tengo necesidad de fingir

que elijo la vida que me toca.

 

 

 

 

 

 

A BORGES

 

a Virgilio frente al Palatino Monte

a Heráclito en su múltiple cauce erguido

a Cervantes frente al sueño del Hidalgo

a ti Averroes, en el laberinto del lenguaje

a Dante frente a los círculos del sueño

a Chesterton de bastón gastado y artilugio

a De Quincey con su opio y huestes de asesinos

a Mateo y Marcos que buscaban la primicia

al verbo de San Juan

a Shakespeare met the night mare

al horroroso espejo

al tiempo circular del Eclesiastés

al sol del tigre en la página de Blake

a los de Góngora raudos torbellinos

al paraíso: Alejandría soñada

a los dones que me roba la ceguera

a ustedes les digo:

(I Can’t Get No) Satisfaction

 

 

 

***

I’m so happy ‘cause today

I’ve found my friends…

They’re in my head…

(Nirvana)

 

He tenido amigos de la fuga y el regreso,

sin libros que devolver,

sin consejos realmente valorados.

Quienes creyeron en la poesía y despertaron buscando trabajo

o renunciando a ello.

Quienes presintieron un poema a la orilla del sueño

y se hundieron por la vista en las arenas del lenguaje.

Quienes, en un intento de la más alta rebeldía,

se fugaron de una casa en la que vivían solos.

Quienes correctamente vestidos volvían sucios de la calle y la humillación.

Quienes creyeron en mi canto como en un balbuceo hermoso,

sin tigre ni relámpago,

quienes vieron caer los ideales de un siglo con los brazos cruzados

pero celebraron un juego de baloncesto,

dicha más grande que todas las revoluciones.

 

 

de Fundación de la casa (2008)

 

 

 

I

 

Fundamos la casa en un cuarto piso.

Salvo los aviones,

nadie vive por encima de nosotros.

Ella delimitó sus dominios, no muchos,

la casa es chica.

No es difícil encontrarse a cada paso,

poco a poco dejamos de ser desconocidos.

Ella me deja entrar en la cocina,

que yo prepare de comer no significa

una invasión a su territorio.

En la mesa de la sala esta mi oficio,

desde ahí miro las repisas con los libros

y cerca de donde se lee historia universal

está la foto de la boda.

En ella no me parezco al que soy todos los días,

luzco feliz de otro modo,

de otro modo del que soy ahora.

 

 

 

 

 

III

 

Lucía tiene oscuros ojos chinos y el cabello negro.

Odia los domingos y los días de lluvia,

pero odia mucho más el humo del cigarro.

Su cuerpo, patria justa de mis manos,

es morena tarde que termina;

así también de oscura su nostalgia.

Su atuendo, que ha cambiado

de acuerdo al frío de esta ciudad tan grande,

aumenta en mi el deseo.

Le cuesta trabajo andar en metro,

dice que la mirada de los hombres

se le pega a la ropa,

por eso se desnuda en cuanto llega a casa.

Se pierde fácilmente en todas partes;

si la dejara en medio de un centro comercial

le costaría trabajo encontrar la puerta de salida.

Es de imaginar que nuca me separe de ella.

Se vuelve, si razón, loca de celos,

y a veces llora después de hacer el amor,

un poco como la primera vez,

donde la piel nos regalo su nacimiento.

No sé por qué lo hace,

qué lucha dentro se le vuelve llanto.

 

 

 

 

 

 

XII

 

Saturada su piel,

ceñida tenazmente por mi cuerpo,

que hasta en su respirar

mi amor va desplegando

la pétrea flor, la rosa que se fija.

 

El tiempo pule en ella

su preciso diamante, duro rastro

que en mi cuerpo perdura.

Cristal clarividente

que así me ve caer desde sus ojos.

 

Al fuego que me esconde

la calma castidad de tus modales,

a ese voy cayendo

como si de la tumba

que es siempre hospitalaria, se tratase.

 

Así mi mano extiende,

urgida de apurar esa distancia,

la calidez del tacto

donde ganar se puede

la más oculta gloria de dos cuerpos.

 

 

 

 

 

XVI

 

Hay días en que te dejo ir sola por la calle,

para ver que a tu paso el mundo no protesta.

Me gusta constatar que mi mirada

no es la única que brinda su homenaje

a tu lujoso andar desmañanado.

Observo que, muy cerca,

va alguno caminando que ahora te desea

en esa seriedad en que te envuelves.

Y tus pequeños pies no se apresuran

porque no has visto en tu reloj la hora.

Con impaciencia cruzas

el aire enrarecido

de la estación del metro.

Te sigo, duplicando mis esfuerzos

porque te has percatado

que, como siempre pasa,

se te ha hecho un poco tarde.

Te vas apresurando,

yo te sigo muy cerca.

Pero me gustaría

poder captar de ti todos los ángulos.

Como ahora que ya miro tu ademán de disgusto

por un sucio piropo

que te ha soltado algún desconocido.

Pero te sobrepones con firmeza.

Tal vez tan sólo pienses

que yo tendría que estar siempre a tu lado.

Pero de nuevo ocurre:

La gente se interpone entre nosotros.

 

Ya n o p u e d o a l c a n z a r t e.

 

Ahora irás sentada

si hubo un poco de suerte

en el asiento de un vagón muy lleno.

 

 

 

 

 

XVIII

 

Te propongo que hagamos del amor cosa sencilla.

Pensemos que debe adquirir una abierta disposición a obedecer.

Será necesario acariciarle el lomo,

para que aprenda de sus dueños la suavidad del tacto.

Dejémosle tranquilo andar por nuestra casa.

Tengamos fe.

Pero no olvidemos su condición de perro,

siempre muerde la mano que lo alimenta.

 

Él es quien nos cuida,

quien guarda con esmero nuestra casa.

Prisioneros de nuestra propia bestia,

vivamos temerosos de abandonar su rabia.

 

 

 

 

 

 

de Contraverano (2009)

 

 

 

A Rafael y Roberto Orozco

 

Por larga distancia te cuenta tu madre

que hoy podrías cocer un huevo en el toldo de algún carro si quisieras,

que no es conveniente salir a la calle al mediodía,

que hay 50 grados de un resentimiento para todos.

 

Te cuenta que el periódico de hoy señala

que este año ya hay más muertos por el narcotráfico

que caídos en la guerra del Irak.

No sabes si decirle que exageran

o que al final, tal vez, tengan razón.

 

Será sólo el verano rugiendo sus bromas.

 

Otro día la voz de tu madre tiene algo de gladiolo y tierra,

todo porque no sabe explicarte

cómo a veces la vida  es un espejo que duplica la muerte.

Entonces la voz de tu primo Rafael desde su tumba

te sigue preguntando:

¿Qué es lo que hacen los poetas para ganarse la vida?

Pero él ya no vive para poder explicarle

que un poeta no se gana la vida,

que la vida nos gana con trampas el juego

y es un lugar común decir que es injusta como la muerte.

 

 

 

 

 

 

No quisiste quedarte.

No quisiste aprender cómo quedarte.

Quedarte resignado a beber toda la luz que nunca muere.

De tal modo que el recuerdo te soborna,

te hace dudar hasta llevar tus manos a tocar lo que no tienes.

Para tocarlo primero hay que saber decirlo, decirlo muchas veces.

Mucho tiempo has pensado destejer, una tras otra,

las tramas que se te van enredando entre los dedos.

Mucho tiempo quisiste enumerar cada partícula de polvo, cada capa de tristeza,

enumerar también cada puñetazo de la frustración,

cada truco para engañar el mediodía que te cortaba en sombra la figura.

Pero no puedes y te llevas una mano a la cabeza

y descubres que en ese recuento

hay una imagen que tienes de ti mismo y te es extraña

que sólo en sus contornos y a lo lejos, apenas en su sombra,

podrías reconocer.

Hay algo que ahora te detiene.

Has dicho demasiado y te has metido en un problema.

El añejo dolor que te conserva despierto y a la sombra

guarda para ti un sentimiento de revancha.

No puedes avanzar lo que quisieras,

el desierto que pretendes recordar se vuelve más extenso.

 

 

 

 

 

 

 

Lo que antes fue desierto aún persiste

y en unas cuantas líneas crees recuperar todo de nuevo,

recuperar aquel paisaje donde el verano cumplía su destrucción inapelable.

Pero hay algo diferente,

las calles que recuerdas tienen zanjas más hondas,

las paredes de las casas tienen grietas como relámpagos de piedra.

Crees que puedes volver a llenarte de polvo los bolsillos,

crees que puedes patear lejos de aquí remordimiento, rabia y rencor

como si de cosa pequeña se tratara.

Crees que puedes volver y una sensación de sequía en tu garganta te sorprende.

Te sorprende también aquella disposición al cariño que justificaba cada golpe,

aquella sensación de no sentirte solo sin creer que dios te vigilaba.

Y pronuncias en voz baja

una blasfemia que solamente a ti te reconforta.

¿O es qué todo lo que has dicho no deja de ser una conjetura

o una ávida reconstrucción de los hechos

o una manera de legitimar una mentira,

porque eres otra presa del olvido

y herido por el sol en el costado,

se han calcinado todos tus recuerdos?

No hay nada,

te cuesta trabajo creer que no hay nada.

Regresas para buscar en ti algo que permanezca

y compruebas que lo único palpable que posees,

ahora que ya es tarde y tienes sueño,

es el cuerpo de una mujer que no puede dormir

y te espera en otro cuarto.

Dejas la pluma que habías tomado para escribir eso que no alcanzas a fijar,

apagas en silencio cada una de la luces de la casa

y el desasosiego no se extingue por completo.

 

Quisieras continuar pero ya es tarde.

 

 

 

 

 

 

De aquellos que me vieron ya nadie me recuerda,

a veces ni yo mismo alcanzo a recordarme.

Tal vez algún verano quemó todas las fotos

y el sol dejó cenizas en lugar de recuerdos.

 

 

 

 

 

de Canción del navegante de si mismo

(inédito)

 

 

 

 

En un paisaje fétido de puertos y estaciones

la carga que transportan los barcos y los trenes

es un ritmo constante en mi cabeza.

 

Una empresa de sombras afina maquinarias

y un batallón de niebla

que todo lo carcome

nos dice entre silbatos:

la ciudad un cadáver que no se da por enterado.

 

Una mujer de ojos hundidos

deambula por los muelles,

reclama su botín

y un filo de impaciencia anida y rompe el pecho.

 

[En todo esto hay una insatisfacción

de la que nadie escapa.]

 

Muy cerca de los muelles

las putas se alimentan con el deseo ambulante

de los hombres que bajan de los barcos

cansados de sus propias caricias.

Allá un ruido de luz y la ciudad,

su flor de lujo irradia escaparates:

en ese resplandor hay un desprecio.

 

Qué ganas de que exploten las vitrinas

o se incendien los teatros

y al final no saber que la noche,

al girar en la esquina,

aguza su cuchillo

y aquellos que en la sombra construyeron su casa

tomarán por asalto

todo lo que era suyo por derecho.

 

Así sería feliz y rápida la muerte,

no como en ese irse gota a gota,

como un pesado

oscuro

martilleo

que todo lo ensordece.

 

[Morir es solamente un cambio de costumbres.]

 

Tal vez pasear, salir hacia la calle,

sería lo más  ad hoc.

¡Pero este frac es viejo

tiene muy maltratado los botones!

 

 

 

 

 

 

 

Adivinaba el mundo detrás del mostrador

de una ferretería.

Bosquejaba poemas en las notas de encargo,

en diminutos papeles o en el menú de algún un café del rumbo.

Por la rua dos Fanqueiros pasaban las mujeres

y él, muy atento a su paso,

saldría de su escritura para verlas.

Alguna voltearía de reojo y su corazón sería un potro

que pugna desde adentro,

arremete con fuerza y al final cae rendido.

 

 

 

 

 

 

Los rostros más altivos,

las cabelleras blondas,

las helénicas diosas de figuras turgentes

-su fugitivo fruto tiene amarga semilla-

siempre fueron esquivas a mi tacto;

desdén era su signo.

 

Pero ahora que esta dama de cetrina figura

y gélido semblante,

me ha tendido sus brazos

¿cómo podría negarme?

 

 

 

 

 

 

Cuando todos ya duermen, el silencio es una pesada perra que vigila la casa, pero que llega tarde. Mi hermana María Julia y mi hermano Tomás no dejan de morir en estos cuartos, casi puedo escuchar esa renuencia a desaparecer.

 

Sólo entonces enciendo un cigarrillo y puedo sentir cómo todo va a consumirse entre mis labios. Esta pequeña flama ilumina los rostros de mis muertos. La noche de mi voz claudica en mi garganta.

 

 

 

 

 

 

A OTRA MÁS CRUEL

 

Ella no duerme nunca,

hace ronda en mi pecho.

Ella respira música

entre líneas de sangre y deterioro.

 

Va montada en el lomo

oscuro de los pianos,

o se va cabalgando

yeguas de la noche.

 

Hay voces que no duermen

al otro lado estos muros.

 

Ella no tiene rostro,

su cuerpo se desprende de mi cuerpo;

es la bestia que pugna por salir de mi pecho.

 

 

 

 

Datos vitales

Mijail Lamas es poeta, traductor y crítico. Nació en Culiacán, Sinaloa, el 22 de febrero de 1979. Es Licenciado en Lengua y Literatura hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fue Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2006 y 2007. Obtuvo el accésit del XXVII Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza, España en 2011 y el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura en 2012. Es editor del blog de crítica La Estantería (http://resenariopoesia.wordpress.com) y colaborador de la revista electrónica Círculo de Poesía. Una muestra de su obra aparece en las antologías: 1979, Antología poética (2005); La luz que va dando nombre: veinte años de poesía en México 1965-1985 (2007); El oro ensortijado, poesía viva de México (2009); Anuario de poesía Mexicana 2008 (2009); Una raya más. Ensayos sobre Eduardo Lizalde (2010); Lumbre en el almaje. Muestra de poesía mexicana 1970-1985 (2011); Poemas 2011. XXVII Concurso Ciudad de Zaragoza (2012).
Ha publicado los libros de poemas: Contraverano (2007); Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (2008); Un recuento parcial de los incendios, selección de poemas (2009). Compiló junto con otros poetas la muestra de poesía mexicana Vientos de siglo. Poetas mexicanos 1950-1982 (2012) para la colección Poesía y Ensayo de la UNAM. Twittea en @mikhailenko

 

 

 

 

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