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CÍRCULO DE POESÍA

 

1. Antología de la poesía latinoamericana (1965 – 1980)

05 Oct 2014
Guayasamín 1

Presentamos la primera de cinco partes de la Antología de la poesía latinoamericana (1965 – 1980) que ha preparado el poeta chileno Mario Meléndez y que será publicada a finales de este año en Ecuador bajo el sello de El Ángel editor. En esta primera entrega aparecen poetas de México, Uruguay, Chile, Argentina, Puerto Rico, Perú y Cuba, en un espectro que va de Jorge Fernández Granados a Mario Bojórquez.

 

 

 

 

 

 

Antología de la poesía latinoamericana

(1965 – 1980)

 

 

 

El presente libro reúne algunos de los autores más significativos de la nueva poesía escrita en este continente. Los distintos imaginarios y tesituras que desfilan a través de estas páginas, sus herencias y derivaciones, dan cuenta de una realidad necesaria, amparada en una tradición cuya impronta permanecerá en la memoria colectiva como un testimonio vital. Los poetas incluidos, acusan influencias diversas, que van desde lo clásico, lo neobarroco, lo experimental, lo lúdico, lo anecdótico, teniendo como base un marco teórico y referencial sustentado en las diversas lecturas en las cuales se inserta dicho proceso. Esto se ve reflejado en la apertura hacia otras estéticas, en la convivencia con múltiples fuentes que vienen a complementar su escritura. Son autores que han logrado generar obras significativas, reflejadas en un sentido de búsqueda permanente, en un trabajo con la palabra amparado en el rigor y la síntesis, en una visión abierta al diálogo con otras lenguas que han ampliado su campo de acción, resultando funcionales a la hora de enfrentar la página en blanco. La publicación de este libro permitirá al público interactuar con estas voces, cuyos ecos derivan, a su vez, de otras voces mayores que han nutrido nuestro acervo literario de manera decisiva. (Mario Meléndez)

 

 

 

 

Jorge Fernández Granados

(México, 1965)

 

 

 

 

TAO

 

mi madre era una mujer que llevaba su casa a todas partes

mi padre era un hombre que llevaba sus ruedas a todas partes

 

mi madre era una mujer que dondequiera que vivía buscaba arraigarse

mi padre era un hombre que dondequiera que vivía buscaba la hora de irse

 

mi madre era una persona que necesitaba un espacio para hacerlo suyo

mi padre era una persona que necesitaba un espacio para recorrerlo

 

ella quería saber siempre el nombre del lugar a donde llegaría

él quería saber la hora anticipada en la que emprenderían el viaje

 

ella hacía todo lo posible porque pasara lo que pasara las cosas volvieran a su sitio

él hacía todo lo posible por remover el lugar fijo de las cosas

 

ella medía el tiempo en círculos

él medía el tiempo en una línea de fuga

 

lo que aún es un enigma para mí

es por qué en los últimos años de sus vidas cambiaron de papeles

y cuando tuvieron un jardín

mi madre sembró plantas que dan flores

pero mi padre sembró plantas que dan frutos

 

(de Principio de incertidumbre, 2007)

 

 

 

 

 

 

 

Luis Fernando Chueca

(Perú, 1965)

 

 

 

OCASO DE SIRENAS

ocaso de sirenas, esplendor de manatíes

-José Durand-

 

 

No sirenas, sino horrendos manatíes

mamíferos obesos que la ansiedad y la distancia

volvían provocativos cuerpos de mujer

 

Y sin embargo, cuando de tarde en tarde,

alguna noche o al amanecer de mis desveladas jornadas

oigo que atraviesa la ventana un canto agudo

y dulce que pronuncia nombres al azar

y siempre son

el mío              el mío              el mío

¿No eres tú, sirena?

¿No es tu voz la que me llama en cada palabra que pronuncias?

¿No es tu mágico chillido el que se escucha?

 

Entonces yo, ¿qué espero para dejarlo todo y

seguir tus huellas en la mar?

 

¿Será una duda razonable que me impide dar crédito total a mis oídos?

¿Un resto de cordura?

¿Un frío impulso que me advierte de un futuro irreversible y desquiciado?

 

¿O tan solo estas amarras que me detienen en mi lecho,

estas gruesas sogas con que he pedido que me aten

tarde a tarde,

alguna noche o al amanecer de mis desveladas jornadas

cuando la fiebre invade mis sentidos

y presiento el engaño de tu canto?

¿Estos lazos, digo, que me sujetan en la cama,

a otra sirena,

o más bien, a otro obeso manatí igual que tú?

 

(de Animales de la casa, 1996)

 

 

 

 

 

 

Nelson Simón

(Cuba, 1965)

 

 

 

 

DESCAMPADOS 1

 

Y andamos como perros,

rastreando la mínima rosa del sudor

entre zarzales. Los ojos encendidos,

cuajarones de sangre que inyectan la mirada.

La piel abierta al polvo, la polución entrando

con sus finos tatuajes, ácaros del deseo

royendo la epidermis, dejando lentamente sus estrías

y cada vez más pálida la cara, sin fotosíntesis

a lo largo del largo invierno. La muerte en los montículos

de escombros. La muerte entre los hombres

agrupándolos. Y entre las piedras y las barras de hierros

retorcidos, flores del descampado: cajetillas de Fortuna,

pañuelitos blancos que huelen a mentol

y semen ya vencido, látex para salvarse de la muerte

en los montículos de escombro, y el miedo.

¡El sol!

El sol está tan frío que me asusta, que pierdo mi control

y no me reconozco. Me arrastro, casco mi cuerpo

contra una roca como si fuera un huevo

y mi temor aumenta, me derramo,

mi vaho va a estrellarse en el espejo que yo mismo levanto,

Licor del Polo, podredumbre bien disimulada

empañando mi imagen, ocultándome

entre los montículos de escombros donde la muerte

taconea en su tablao flamenco. Me arrastro,

apunto hacia la isla con mi hocico, la vida

se me enreda en los zarzales, luna menguante es ya

mi juventud, tordo gris mi perfil que vuela.

Parásito ya ando. Gusanillo del placer. Ave vacía.

Dibujo círculos sin sentido sobre los montículos

de escombros y hay hombres retorcidos

temblando

entre los hierros deseosos.

 

(de Las viles maniobras, inédito)

 

 

 

 

 

Pablo Thiago Rocca

(Uruguay, 1965)

 

 

 

el escultor

 

no podría si quiera

soñar tu cara de esmeralda partida

y pulida con brutal esmero

ni limar silente las aristas de tu cuerpo

hasta que una delgada brisa

parecida al tiempo

esparciera ese aserrín perfecto de carpintero viejo

ese trabajo de dioses juntapapeleros

aunque fuese un verdadero escultor

escultor de la muerte que heredé

picapiedras pica papeles inamovibles como cadenas

aunque tuviera

la prueba de tu infamia

y los golpes los besos de un mar de desencuentros

me ayudaran a reconstruir

la fatiga de nuestro único sueño

y así sin embargo con el cincel de la imagen

como labrar el agua

no podría

 

(de Poemas y otras mentiras, 1989)

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Lozano

(Argentina, 1965)

 

 

 

 

PLEGARIA

 

Crucificado en el árbol de la ciencia del bien y del mal,

adormezco el llanto con rumores

que obstinan mi oficio de profanador.

Quítame el reflejo de este aparecido.

Herrumbrosa azucena, no dejes caer

la lúcida sangre del crimen.

En tu cueva de ahogados, él se viste de luto.

¿Cuándo bajaremos?

En el declive encuentras el trébol venenoso,

los postigos raídos de esa puerta

que ya nadie abrirá bajo guirnaldas.

Linajes de fragmentos quemados

colocarían sobre el pedestal de la separación.

El labrador invoca la sombra derritiéndose

en las patas del lobo.

Nunca lo pliegues contra tu áspera carne de Adán.

Fueron largos años de exilio y migraciones.

¿Quién canta entonces prosternado en el jardín?

¿Y quién se trepa a su lápida futura

con el viento feroz entre los médanos?

Déjame la intemperie, la incerteza lujosa

del vuelo de la herida.

Arrópame en ese traje de lastimaduras.

¡Que no vean los gusanos a trasluz del rocío!

Hijo del desierto me llamaban.

Desfigúrame con alacranes de seda.

 

(de Mansión Artaud)

 

 

 

 

 

Mario Antonio Rosa

(Puerto Rico, 1966)

 

 

 

PASAJE O ALMA

 

En la carretera un silencio

un arpa de hojas, alguien que se siente y solo es sombra;

esa lejanía desconocida sin transeúntes

esa voz de luz, indescriptible de todo.

El subir quebrado y perfilado de los robles secos

como el rostro de un patriarca dormido

la ausencia del agua, y lo que la imaginación duerme

 

como un corazón, a mapa de muchos ojos.

 

Miro al silencio,

toco el silencio y es el aire en panderos vivos

chasquea en los dedos sus auras nocturnas

se suben a la frente, no avisan su vacío,

oh la voz de la luz me va naciendo lejos

o tú, paisaje, en esa cortadura tibia de tu cercanía

vas abriendo artesanos surcos de ecos,

y nadie te ofrece, yo no te ofrezco, mis ojos se han ido,

contigo en otra noche sin encontrarnos,

alma y no sé qué cosa de tu desnudez, de tu valija,

donde siempre un eclipse guarda milagros

 

mientras voy en el auto, esta invasión solemne

se callando conmigo, todo es alma, en luces y desgarres,

 

o todo pudo haber sido yo

 

lejos de la palabra.

 

(de Kilómetro sur, 2013)

 

 

 

 

 

 

Jaime Huenún

(Chile, 1967)

 

 

 

EN LA CASA DE ZULEMA HUAIQUIPÁN

 

Junto al río de estos cielos

verdinegro hacia la costa,

levantamos la casa de Zulema Huaiquipán.

Hace ya tantas muertes los cimientos,

hace ya tantos hijos para el polvo

colorado del camino.

Frente al llano y el lomaje del oeste,

levantamos la mirada de mañío

de Zulema Huaiquipán.

Embrujados en sus ojos ya sin luz

construimos las paredes de su sueño.

Cada tabla de pellín huele a la niebla

que levantan los campos de la noche.

Cada umbral que mira al río y los lancheros

guarda el vuelo de peces y de pájaros.

Bajo el ojo de agua en el declive

donde duermen animales de otro mundo

terminamos las ventanas.

Y en la arena hemos hincado nuestras sombras

como estacas que sostienen la techumbre

de la casa de Zulema Huaiquipán.

 

(de Reducciones, 2013)

 

 

 

 

 

 

Damaris Calderón

(Cuba, 1967)

 

 

LA SOÑANTE

 

Larva hombre mujer

barrida por el viento sur

va la muerte portando su fanal.

En los patios con olor a lejía

hunde su cetro

cierra los ojos

sueña un capullo

para sí.

 

El cuerpo

una mortaja

crisálida

de bien morir.

 

Quien trafica con vísceras:

el cuerpo no obedece

se desvanece

y se convierte

en sombra.

 

No el aullido

la sutileza

de la sombra.

 

La soñante:

sin otra tierra que el país de los párpados.

 

Henchida por el sueño

rompe la red de sus propias visiones.

 

Las venas descarnadas

el árbol, que se te parece

y la caída de las hojas

la conversación silenciosa

la claridad de morir.

Venga la noche.

Venga la madre y lance su carnada

al remoto país imposible.

 

(de Las pulsaciones de la derrota, 2013)

 

 

 

 

 

Francisco Véjar

(Chile, 1967)

 

 

 

 

CITA EN EL PACÍFICO SUR / 1999

 

Es bello flotar, así flotan los extraños objetos

que amanecen en las playas y que nadie reconoce.

¿Vienen de algún naufragio? Y qué importa, todos

venimos de algún naufragio aunque no lo sepamos.

-Rosamel del Valle-

 

 

El mar es nuestro refugio

En días de navegación por el Pacífico Sur

Ese curioso resplandor

Ha sido la única piedra filosofal

Que hemos llegado a poseer

Anoche la vaguada costera viajó con nosotros

Y todo parecía detenerse en ese instante

Tan claro como la luz de la luna

Plateando arena, mar y muelles

Una extraña ave vino a morir a nuestros pies

Mas sobrevivimos burlándonos de nosotros mismos

Y viendo pájaros acuáticos donde sólo había silencio

O poniendo libros sobre mesas de restaurantes marítimos

En comunión con los demás

O con las discriminaciones silvestres a que incita el cielo

La brisa del mar insiste en desordenar el texto

Y repentinamente estas palabras

Relatan – es su derecho –

Lo que ellas son entre nosotros

 

(de País insomnio, 2000)

 

 

 

 

 

Mario Bojórquez

(México, 1968)

 

 

 

CASIDA DE LA ANGUSTIA

 

 

 

I

 

Un ácido durazno

una escaldada lengua de durazno

un picante y ardiente y amargo y picante durazno

en la escaldada lengua, oh tristes,

eso es la angustia.

¡Ah! sonrisa estudiada, aligerada, ensayada en el espejo

de lo que no digo.

¡Ah! estúpida respiración despepitada, oprimida, deletreada

veneno inocuo

ulceración.

Qué frágil corazón para el que sufre angustia

qué lenta máquina, qué desastrada

y lenta máquina es el corazón.

 

 

 

 

II

 

No conoció la fiebre

mi lengua no conoció la fiebre

no se alzó enardecida para un canto febril

sólo un cantar alegre

oh tristes

sólo un cantar alegre

cantaba mi lengua en su canción.

 

 

 

 

III

 

Este veneno ya estaba en mí

en mi sangre

antes de mí, mi sangre ardió,

antes de mí, mi sangre envenenaba a otros,

mi padre y su padre y sus abuelos, todos heridos

hasta el principio primordial.

Todos ardían como yo

todos arden conmigo.

 

 

 

 

IV

 

Pero el veneno escalda la lengua más feliz

¡oh, tristes!

Hablo de mí, sólo de mí.

 

(de Diván de Mouraria, 1999)

 

 

 

 

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