escobar José Antonio Escobar reseña el poemario más reciente de Daniela Camacho, Plegarias para insomnes (Praxis, 2008). Escobar cuestiona nuevamente los límites entre la intertextualidad y el plagio a propósito del “parecido” de este libro con los de Balam Rodrigo. Escobar estudia el Doctorado en Humanidades en la UAM.

 

Los milagros en la poesía no existen, me gustaría que existieran, pero no existen. Acaso no es parte del quehacer de un poeta tener una evolución marcada y definida, acaso no es esta laboriosidad la que le enorgullece ¿Y es por esto que tantas veces ha caído y se ha vuelto a levantar, reconstituido en un mejor poeta?

Pues amigos, hoy me he encontrado con un milagro en la poesía, tiene un nombre sedeño como sus versos, que encontramos en su último libro titulado Plegarias para insomnes (Praxis, 2008). Es la poeta Daniela Camacho (1980) de quien hablo, la que con un lenguaje anquilosado de neologismos, crea construcciones gramaticales delirantes, y a su vez pueriles, pretende crear un universo de palabras dispares en las que nos veamos envueltos como lectores, aunque en más de una ocasión se desfase el significante del significado, y para no entrar en detalles teóricos, sí podemos decir que su poesía es ornamentaria, y puedo llevar los adjetivos a los más bajos niveles de abstracción como decir que es una poesía “bonita, tierna, sutil, delicada, cuidada, fresca, parsimoniosa, etc, etc…” Pero también ininteligible, con esto no quiero decir que inentendible, sino a lo sumo ambigua, porque  no logra la univocidad en sus metáforas, esto es que aquellas construcciones que quiere comparar o imágenes que pretende mostrar quedan truncas, por el ímpetu de la poeta, o quizá por un afán de concretar la melopea por sobre todas las otras construcciones poéticas.

Pero amigos, yo les dije que no creía en los milagros en la poesía, y así es. El primer libro de esta poeta es En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007), y ahí no vemos ni un solo rasgo de la poesía que compone su segundo poemario, que apareció un año después, en esos escasos 17 poemas, se empeñan en mostrar una poética del descuido, una versificación malencontrada llena de ripios y lugares comunes, parece que a ese primer poemario no le dedicó el tiempo que al segundo. Ahora bien supongamos que creemos en los milagros y que de un poemario tan yermo y estéril, un año después surgió un poemario tan pleno y floreciente de metáforas y sobre todo de inventiva en los neologismos y de poemas ahora en prosa. Vamos a pensar que de la noche a la mañana (que en poesía sería el tiempo de un año), esta poeta aprendió a escribir poesía, y buena poesía, esto que enuncio es un arma de dos filos y porque por un lado si me equivoco, debo aceptar que es una magnífica poeta, en cambio si acierto también debo aceptar que soy una persona vil, por evidenciar sus falencias, de una manera artera. Ahora bien, ¿por qué yo no creo que esa transformación se haya dado en tan brevísimo tiempo y de la noche a la mañana? Sucede que alguien ya escribía así como ella (y esto claro que no es malo, cuando hay similitudes con Rilke, Hölderlin, Rimbaud, Vallejo, etc, pero no con contemporáneos cercanos), y con tan similares neologismos que parecen sospechosos, sólo que este poeta ya lleva más de 6 años publicando sus poemarios, y mostrando la misma evolución marcada y definida con la misma laboriosidad en todos y cada uno de sus poemas, con un estilo más que reconocido y definido y ahora también imitado flagrantemente. El poeta es bien conocido y su nombre es Balam Rodrigo, de donde Daniela Camacho retoma varios de sus versos y neologismos como: “la desnoche”, “Es hora de zurcirnos las palabras a la lengua”, “…bogar junto a los solos”, “mujer insomnicida”, “su tristar apenas muerto”, “Un cadáver mariposa bate polvos en el vientre”, “Su valva y viva cicatriz de la desmuerte”, “Ellas beben aguanoche”, “sobre el muelle de los solos”, “astrísima sirena”, “insomnecer”, “agualuna”, “cazadoras de insectívoros secretos”, “aguaniña”, “Se cansó de musitar y musicar sus todas partituras”, “Un bramar de clavicordios”, etc. Aquí es donde me puse a pensar, todo, todo esto, ya lo he leído, pero dónde, pensé primero en Jeremías Marquines, por algunas construcciones gramaticales, pero luego pensé en alguien que hace muchos neologismos,  actualmente quizá el poeta mexicano que mayor carga de neologismos cuenta entre sus versos es Balam Rodrigo (1974), caí en la cuenta que en Sinaloa no existen construcciones gramaticales en las que se presente el  doble pronombre (posesivo y personal) antes del sustantivo, y eso lo sé porque en El Salvador se utiliza de similar manera que en Chiapas, por ejemplo decir “Ya se te quitó ese tu dolor” o “Andaba cargando esta mi mierda”.

La invención de neologismos no tiene que ver con pegar o juntar palabras o conceptos sino más bien en lograr afinar una sensibilidad poética que conjunte realidades distantes al  principio de la metáfora, Daniela comete el error de reproducir sin haber asimilado esa  realidad lo cual denota una ausencia de sensibilidad poética, y sin esa facultad su libro se torna vacío… estéril.

Lamento decir que no existen los milagros, sí los plagios, sin embargo celebro la intertextualidad de la que Daniela Camacho nos da cuenta con su último poemario, me hizo elucubrar mucho en un domingo nublado y lluvioso en que uno no quiere salir de casa.

 

Cuetlaxcoapan 2010