Federico Cervelli

En la más reciente entrega de “Pleamar”, Rubén Márquez Máximo nos sitúa frente a un mito y a partir de él y de otros elementos culturales nos ofrece algunas consideraciones sobre la poesía.

 

 

El canto de Orfeo

La poesía representa la fuerza tempestiva de las emociones y las ideas. En tiempos antiguos, los poemas eran cantos que inspiraban a los hombres para lanzarse a la guerra y no acobardarse frente al ejército enemigo. Las palabras del poema convertidas en conjuros hacían caer la lluvia para que la tierra floreciera. A lo largo del tiempo, las sociedades han desvirtuado la idea que tenemos sobre la poesía. Cuando se escucha hablar de un poema se cree que se refiere a un discurso rosa y tierno que nos ablandará, de una manera ridícula, el corazón. Por el contrario, el poema es comparable a una lanza certera que nos hiere y nos obliga a enfrentarnos con aquello que somos.

            Leemos poesía porque buscamos la memoria de otros tiempos, la sabiduría de hombres lejanos y el recuerdo de sus alegrías y pesares. Sin embargo, cada poema también es un oráculo que nos ayuda a ver el porvenir, los días que vendrán. Leer a Horacio o Virgilio, como muchos actos históricos, es comprender el pasado para formar el futuro. En este sentido, la lectura del poema es siempre una revelación, sin revelación, no hay poesía.

            Los libros sagrados de todas las culturas son grandes poemas escritos por profetas. En estos textos encontramos profundas reflexiones sobre la función de las palabras. Pensando en la tradición hebrea tenemos que Dios formó el cosmos por medio del verbo. El lenguaje en la poesía es más que un “decir”, es un “hacer”. José Carlos Becerra en su poema “Cosas dispuestas” nos dice: “Cada palabra es un sitio para mirarte, / cada palabra es una boca para acercarme a ti, / el otro modo de tomarte por la cintura o por el mundo / cuando tu mirada y el atardecer son la misma persona.” La palabra es el puente que nos lleva al “otro” pese a su ausencia, es el verbo encarnado, la mano que toca.

            Una gran mayoría de mitos griegos también alude a la fuerza de la poesía. El de Odiseo y las sirenas y el de Orfeo rescatando a Eurídice son dos ejemplos de la fascinación del poema a través de sus propiedades melódicas. En el primer mito, el canto de las sirenas seduce a los marinos impulsándolos al mar para buscar esas voces. La poesía viene del mar y conduce a los hombres hacia la muerte, pues la experiencia estética es equiparable a un momento de máximo esplendor que termina con el aniquilamiento. Esta muerte en el mar a casusa de las sirenas se envuelve con un manto de belleza que irradia hasta nuestros días. Por otra parte, Orfeo, el príncipe de los poetas, es capaz de seducir al propio Hades con su canto para salvar a su amada Eurídice. Aunque conocemos el final de la empresa de Orfeo, en este pasaje la voz del poeta es salvación por ser el medio que burla a la muerte. En ambos mitos la poesía es canto y por ello encantamiento.

            Si las sociedades fueran más cercanas a este medio de expresión, la gente saldría a las calles con más ganas de vivir y la agitación social sería eminente. Por lo tanto, a cualquier Estado le conviene que pensemos que la poesía es cursi y aburrida. Con esto recordamos por qué Platón expulsó a los poetas de su sociedad perfecta. El filósofo griego veía en la poesía un peligro para la tranquilidad social, pues ésta nos impulsa a pensar en la idealización de la libertad y la realización humana. Si Gregorio Samsa hubiera leído a Bertolt Brecht mientras estaba encerrado en su cuarto seguramente regresaría a ser la persona que en el fondo nunca fue. Por esto tenemos que, la poesía, sin importar el tema que trate, siempre es social, el aliento del pueblo y su conciencia.

            Finalmente, conversando en una ocasión con el poeta Mario Bojórquez sobre la importancia de la poesía me compartió una respuesta certera que resume todo: “si queremos amar como animales entonces no leamos poesía, pero si queremos amar como los dioses leamos poesía…”