Angel GonzalezPresentamos una brevísima antología de Ángel González (Oviedo,1925), posiblemente el último gran maestro de la poesía española. En 1985 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las letras, y en 1996 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En este mismo año fue elegido miembro de la Real Academia Española. La selección corre a cargo de Begoña Camacho.

 

 

 

Ángel González

Oviedo, 6 de septiembre de 1925 – Madrid, 12 de enero de 2008

 

“Nací en Oviedo en 1925. El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo –antes que actor- de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. Sin salir de la infancia, en muy pocos años, me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona.

Zarandeado así por el destino, que urdió su trama sin contar nunca mi voluntad, me resigné a estudiar la carrera de Leyes, que no me interesaba en absoluto pero que tampoco contradecía la costumbre, casi norma de obligado cumplimiento (“todo español es licenciado en Derecho mientras no se demuestre lo contrario”), a la que se sometían en su mayor parte los jóvenes de mi edad y de mi clase social –clase media, transformada en mi caso, como consecuencia de la guerra civil, en muy mediocre.

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, a l uso de la ironía, de la metáfora de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, antes que por otras razones, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir. Pero yo hubiese preferido ser músico –cantautor de boleros sentimentales- o tal vez pintor. Fui, en cambio, funcionario público. En 1970 vine por vez primera a América –México y EE. UU.-, y empecé a quedarme por ese continente a partir de 1972 (profesor visitante en las universidades de New Mexico, Utah, Maryland y Texas). En la actualidad, enseño literatura española contemporánea en la Universidad de New Mexico.”

 

(en Palabra sobre Palabra Seix Barral Los Tres mundos)  

 

 

 

 

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ.

 

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento…

 (Áspero mundo)

 

 

 

 

CUMPLEAÑOS

 

Yo lo noto: cómo me voy volviendo

menos cierto, confuso,

disolviéndome en aire

cotidiano, burdo

jirón de mí, deshilachado

y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

¡Mover el corazón todos los días

casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.

 (Áspero mundo)

 

 

 

 

ADIÓS. HASTA OTRA VEZ O NUNCA

                       

Adiós. Hasta otra vez o nunca.

Quién sabe qué será,

y en qué lugar de niebla.

Si habremos de tocarnos para reconocernos.

Si sabremos besamos por falta de tristeza.

Todo lo llevas con tu cuerpo.

Todo lo llevas.

Me dejas naufragando en esta nada

inmensa.

Cómo desaparece el monte

-me dejas…-,

se hunde el río

-…en esta…-,

se desintegra la ciudad.

 

Despiertas…

 

(Áspero mundo

 

 

 

OTRO TIEMPO VENDRA DISTINTO A ESTE.

 

Otro tiempo vendrá distinto a éste.

Y alguien dirá:

«Hablaste mal. Debiste haber contado

otras historias:

violines estirándose indolentes

en una noche densa de perfumes,

bellas palabras calificativas

para expresar amor ilimitado,

amor al fin sobre las cosas

todas».

Pero hoy,

cuando es la luz del alba

como la espuma sucia

de un día anticipadamente inútil,

estoy aquí,

insomne, fatigado, velando

mis armas derrotadas,

y canto

todo lo que perdí: por lo que muero.

 

 (Sin esperanza con convencimiento)

 

 

 

PORVENIR

Te llaman porvenir

porque no vienes nunca.

Te llaman: porvenir,

y esperan que tú llegues

como un animal manso

a comer en su mano.

Pero tú permaneces

más allá de las horas,

agazapado no se sabe dónde.

… Mañana!

Y mañana será otro día tranquilo

un día como hoy, jueves o martes,

cualquier cosa y no eso

que esperamos aún, todavía, siempre.

 (Sin esperanza con convencimiento)

 

 

 

HISTORIA APENAS ENTREVISTA

 

Historia apenas entrevista

Con tristeza

el caminante

—alguien que no era yo, porque lo estaba

viendo desde mi casa— recogió su polvoriento

equipaje, se santiguó, y anduvo algo.

Luego dejó de andar, volvió la cara,

y miró largamente al horizonte.

Iba ya a proseguir quién sabe adónde,

cuando vio a alguien que venía a lo lejos.

Su rostro reflejó cierta esperanza, después una terrible

alegría. Quiso gritar un nombre, pero

su corazón no pudo resistirlo,

y cayó muerto sobre el polvo,

a ambos lados el trigo indiferente.

Una mujer llegó, besó llorando

su boca y dijo:

Ya no puedes oírme,

pero juro

que nunca había dejado de quererte.

 (Sin esperanza con convencimiento)

 

 

 

SÍMBOLO

 

Símbolo

oscuro disfraz

del destino.

Ocho quiere decir:

                                   Amor.

Nueve, ¡quién sabe!

Sería preciso

dejar de ser

hombre. Pero

es sabido

-y a todo el mundo consta-

que detrás del color

amarillo

se oculta una traición:

la más frecuente. ¡Cuidado!

Engañan las palabras,

las cifras, los sonidos.

Nada es lo que parece.

El peligro

está detrás de todo.

Hará falta moverse

con mucho

sigilo

para no tropezar

con el hierro

que nos desgarraría el alma fatalmente.

El secreto es sencillo:

confianza y desconfianza, olvidar

lo aprendido,

cerrar los ojos si

lo evidente se ensaña

con nosotros, pronunciar las palabras

elementales, llorar

de cuándo en cuándo, vivir como si nada

hubiese sucedido.

El agua clara significa: espera.

Restos de luz en el atardecer: olvido.

 (Sin esperanza con convencimiento)

 

 

 

 

DONDE PONGO LA VIDA PONGO EL FUEGO

 

Donde pongo la vida pongo el fuego

de mi pasión volcada y sin salida.

Donde tengo el amor, toco la herida.

Donde pongo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego

vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.

Perdida la de ayer, la de hoy perdida,

no me doy por vencido, y sigo, y juego

lo que me queda: un resto de esperanza.

Al siempre va. Mantengo mi postura.

Si sale nunca, la esperanza es muerte.


Si sale amor, la primavera avanza.

Pero nunca o amor, mi fe segura:

jamás o llanto, pero mi fe fuerte.

 

 (Sin esperanza con convencimiento)

 

 

 

ME BASTA ASÍ

 

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso-;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

                     Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.                                

            Eres.                                  

         Me basta).

 

 (Palabra sobre palabra)

 

 

 

PRIMERA EVOCACIÓN

 

Recuerdo

bien

a mi madre.

Tenía miedo del viento,

era pequeña

de estatura,

la asustaban los truenos,

y las guerras

siempre estaba temiéndolas

de lejos,

desde antes

de la última ruptura

del Tratado suscrito

por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo

que yo no comprendía.

El viento se llevaba

silbando

las hojas de los árboles,

y era como un alegre barrendero

que dejaba las niñas

despeinadas y enteras,

con las piernas desnudas e inocentes.

Por otra parte, el trueno

tronaba demasiado, era imposible

soportar sin horror esa estridencia,

aunque jamás ocurría nada luego:

la lluvia se encargaba de borrar

el dibujo violento del relámpago

y el arco iris ponía

un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra un mal verano.

Llegó después la paz, tras un invierno

todavía peor. Esa vez, sin embargo,

no devolvió lo arrebatado el viento.

Ni la lluvia

pudo borrar las huellas de la sangre.

Perdido para siempre lo perdido,

atrás quedó definitivamente

muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)

recuerdo muchas veces a mi madre:

cuando el viento

se adueña de las calles de la noche,

y golpea las puertas, y huye, y deja

un rastro de cristales y de ramas

rotas, que al alba

la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo

hiende el aire, y crepita,

y cae en tierra,

trazando surcos de carbón y fuego,

erizando los lomos de los gatos

y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando

la guerra ha comenzado,

lejos-nos dicen- y pequeña

-no hay por qué preocuparse-, cubriendo

de cadáveres mínimos distantes territorios,

de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…

 (Tratado de urbanismo)

 

 

 

 

INMORTALIDAD DE LA NADA

 

Todo lo consumado en el amor

no será nunca gesta de gusanos.

Los despojos del mar roen apenas

los ojos que jamás

—porque te vieron—,

jamás

se comerá la tierra al fin del todo.

Yo he devorado tú

me has devorado

en un único incendio.

Abandona cuidados:

lo que ha ardido

ya nada tiene que temer del tiempo.

 

 (Procedimientos narrativos)

 

 

 

 

CREPÚSCULO, ALBUQUERQUE, INVIERNO

 

No fue un sueño,

Lo vi:

 

La nieve ardía.

 

(Prosemas o menos)

 

 

 

Datos vitales

Ángel González es uno de los más destacados representantes de la llamada generación del medio siglo, Ángel González ha publicado los siguientes libros de poemas: Áspero mundo (1956), Sin esperanza, con convencimiento (1961), Grado elemental (Premio Antonio Machado, 1962), Tratado de urbanismo (1967), Breves acotaciones para una biografía (1971), Procedimientos narrativos (1972), Prosemas o menos (1985), Deixis en fantasma (1992).  Se le deben asimismo los libros ensayísticos Juan Ramón Jiménez (1973), El grupo poético de 1927 (1976), Gabriel Celaya (1977), Antonio Machado (1979). En 1985 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las letras, y en 1996 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En este mismo año fue elegido miembro de la Real Academia Española, y tomó posesión al año siguiente. En 1968 apareció por primera vez en un solo volumen, bajo el título de Palabra sobre Palabra toda la poesía publicada hasta entonces por Ángel González.