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Un día como hoy de hace 74 años, el 15 de abril de 1938, en Paris, murió el poeta peruano César Vallejo. Para recordarlo, Xavier Oquendo Troncoso nos presenta el ensayo Viernes santo “del cual tengo ya el recuerdo”. Su muerte, como dice Oquendo, “es un blasón de sangre a la poesía de nuestra lengua”.

 

 

EL VIERNES SANTO “DEL CUAL TENGO YA EL RECUERDO”

-A los 74 años de la muerte del poeta César Vallejo-

 

Es extraño que la vida le haya jugado, a César Vallejo, la trampa del día. El se pedía a sí mismo, morir “en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París -y no me corro-/ talvez un jueves, como es hoy, de otoño”. Afortunadamente dijo un “talvez” antes del jueves. Pero Vallejo se murió un viernes santo. Un 15 de Abril, funesto, de 1938. Hace 74 años dejó de respirar, mientras “le pegaban/ todos sin que él les haga nada”.

¿Por qué se dará, en Vallejo, en su obra y vida, una especie de ficción ambigua? Él repite y repite, como un eco inmenso y refrescante: “Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo,/ grave”; mientras que en “Poemas humanos”, dice: “Cuánto catorce ha habido en la existencia!”, como asegurando -con la negación- que su fecha de “aniversario” fue el 14). Su muerte es un blasón de sangre a la poesía de nuestra lengua.

Alguna vez, un escritor, hablando de los grandes artistas de la humanidad, me dijo que: “en cada siglo nacen 40 grandes pintores, 20 artistas de la música, 10 grandes narradores, pero solo un gran poeta en cada lengua; y el del siglo XX, en Castellano, es el Cholo Vallejo”; Aseveración que la llevo siempre conmigo y que, cada vez que leo al poeta, la recuerdo como que fuera mi propia voz la que me dice que “como Vallejo no hay”.

Hace setenta y cuatro años que murió el hombre andino que vivió de la enfermedad del destierro, y que sufrió de hambre y soledad. Hambre y soledad bendita, porque, gracias a las calamidades del poeta, podemos leer sus poemas impregnados de una inmortalidad “tristemente dulce” y andinamente nuestra.

El peruano de Santiago del Chuco (1938), que escribió en vida dos grandes obras poéticas de la América de este siglo (“los heraldos negros” -1918, 1919- y “Trilce” -1922-, poemarios escritos en el Perú. En esta misma época escribe, también, los libros de narrativa “Escalas” y “Fabla salvaje”).

“Los heraldos negros”, obra capital que cierra la influencia modernista que sufrió toda América con el nicarahuense Rubén Darío: el poeta que expandió el nuevo lenguaje con tintes europeos, y que formalizó el modo poético de hablar en “americano”: “Vengo a verte pasar todos los días,/ vaporcito encantado siempre lejos…/ Tus ojos son dos rubios capitanes;/ tu labio es un brevísimo pañuelo/ rojo que ondea en un adiós de sangre!…”. Ese “vaporcito encantado”, tranquilamente podría compararse con “El hada Harmonía” o “la pobre princesa de la boca de rosa” de Darío; pero ya no tienen nada que ver con “la andina Rita de junco y capulí” que en el mismo libro, dedica Vallejo a su amada peruana de juventud, separada por el viaje sin retorno hasta la Europa vieja. Este libro es capital -en fondo y forma- si es que notamos que la ambientación de toda su poesía -desde el principio- es “andina” en todo su discurso. Hay, además de ese emblema de vanguardia, que fue el modernismo en aquellos tiempos “buenos para la lírica”, un extraño y rítmico acento existencial: “Es una araña enorme, a quien impide/ el abdomen seguir a la cabeza./ Y he pensado en sus ojos/ y en sus pies numerosos…/ Y me ha dado qué pena esa viajera!”. La vida y la muerte; Dios y la paganidad; la tristeza y la soledad; el espacio y la forma. Su Perú y los Andes expandidos, están en los versos formales y libres, gobernando el texto como una conjetura de nuevo discurso: ” Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!”.

Este discurso albergó al “Dios” de Vallejo, como el eterno fundamento temático, que hizo reiterarlo en su “blasfemia” de amor. En esa blasfemia que ocurre con los que niegan algo y luego lo reafirman. La misticidad vallejiana se dio cuando el poeta reafirma a Dios después de la negación: “…golpes como el del odio de Dios”; “Amada, en esta noche tú te has crucificado/ sobre los dos maderos curvados de mi beso;/ y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,/ y que hay un viernesanto más dulce que ese beso” (a lo mejor, en este poema habla, con más cercanía de su muerte, de ese “viernes santo” que lo vio partir “más dulce que ese beso”); “Siento a Dios que camina/ tan en mí, con la tarde y con el mar./ Con él nos vamos juntos. Anochece. Con él anochecemos. Orfandad…”.

Hay en este libro una elegía, que bien se podría ubicar entre las más bellas escritas en todos los tiempos, en lengua castellana (talvez solo comparable con las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique; “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” de Jaime Sabines; y, “Elegía por Ignacio Sánchez Mejía” de Federico García Lorca; y, dentro de los ecuatorianos, “Sollozo por Pedro Jara” de Efraín Jara Idrovo): el poema “A mi hermano Miguel”, donde el discurso, completamente andino, es un canto hondísimo de fina tristeza, sostenido y anecdótico, único en su elevación hacia la muerte, en relación con la cotidianidad adolescente, donde el hermano es la base de la vida: “Miguel, tú te escondiste/ una noche de agosto, al alborear;/ pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste./ Y tú gemelo corazón de esas tardes/ extintas se ha aburrido de no encontrarte./ Y ya cae sombra en el alma.// Oye, hermano, no tardes/ en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá”. La clave más importante de este poema, es el eco infantil que emana, y la anchura maravillosa de su tristeza que inspira la sensación más desgarradora -una tristeza de niño: la más terrible-.

“Trilce”, en cambio, es la renovación total del poeta -y de la poesía de ese tiempo-. Un libro de una ambigüedad deliciosa. En él están las claves de la tristeza trabajada, de la cábala vallejiana, que gobernó su discurso críptico. Las pausas arbitrarias, la elasticidad del lenguaje, la reivindicación del ambiente anacrónico, el discurso epigramático, los caprichos artificiales de fondo y la forma sostenida y casi gratuita, hacen de este poemario uno de los iniciadores de una verdadera vanguardia americana (solo comparada con Darío y su poética modernista). Célebre, posa, en este poema “El traje que vestí mañana/ no lo ha lavado mi lavandera…”; o las “999 calorías/ Rumbbb… Trrraprrr rrach… chaz/ Serpentínica u del biscochero/ engirafada al tímpano…”; creando, con la forma de este libro, las famosas onomatopeyas y neologismos vallejianos, que aportaron, más tarde, en poetas americanos como Girondo.

Libro capital para que España -y Francia, obviamente- regrese a ver con ojos extasiados al poeta). En Francia, el poeta se casó con una francesa a la que Neruda -su amigo, y, talvez, el poeta que más lo envidió, en el fondo-  ni siquiera la menciona en su “Confieso que he vivido”, y la trata mal, cuando habla del peruano: “Vallejo era sombrío tan solo externamente, como un hombre que hubiera estado en la penumbra, arrinconado durante mucho tiempo. Era solemne por naturaleza y su cara parecía una máscara inflexible, cuasi hierática. Pero la verdad interior no era ésa. Yo lo vi muchas veces (especialmente cuando lográbamos arrancarlo de la dominación de su mujer, una francesa tiránica y presumida, hija de concierge), yo lo vi dar saltos escolares de alegría. Después volvía a su solemnidad y a su sumisión”.

Ya en Europa, su tristeza fue convirtiéndose en discurso poético. Toda la ira, todo el clímax de su emoción, todo el cúmulo social de los interrogantes, de la especulación, todo lo volcó en sus versos (pocas veces se pueden encontrar poetas que lo digan todo con la pasión a expensas del verso coloquial o del crípticismo emocionado y enigmático). Hay muy poco de experimentación en esta nueva poética. Lo que sobresalía era la denuncia, su adhesión desenfrenada al marxismo, su humanismo infinito, su condición de ser “renovador y removedor de conciencias”.

Sus libros póstumos “Poemas humanos” -título que fue impuesto por los editores- y “España, aparta de mí este cáliz”, -1939- obras eternas de una época -y de un hombre- que asumía la utopía de lo irrealizable, y lo plasmaba con una “derrota” asumida con lágrimas, cansancio, frío, desamor. Hombre fiel a su condición de ser humano, maniatado por su propio país, por la Europa fascista, por el horror de la guerra civil española -que la vivió, como si se tratara de una guerra con una epidemia contra sus órganos vitales-. Esta frase de añoranza y fuerza discursiva, nos dice quién fue el Vallejo de los “Poemas humanos”: “Fue domingo en las claras orejas de mi burro,/ de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)…”. Esta otra, nos confirma que la poesía de Vallejo era una entrega gratuita al hombre que lucha por la paz, la justicia y el amor, en tiempos de guerra -o de lírica maniatada por amaneramientos-: “Al fin de la batalla,/ y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre/ y le dijo: “No te mueras, te amo tanto!”/ pero el cadáver ay! siguió muriendo./…/ Entonces todos los hombres de la tierra/ le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente,/ abrazó al primer hombre; echóse a andar…”. (España, aparta de mi este cáliz”).

En 1931 escribió su novela “El tungsteno”, que a decir de José Miguel Oviedo, es “un ejemplo paradigmático de aplicación de las tesis del realismo socialista”; año, éste, en que se afilió al partido comunista.

Murió solo, triste, sin amor -su amor primero y peruano, se quedó en los Andes-. Murió pobre y con hambre, un viernes santo fue crucificado por la enfermedad del olvido y la derrota. Dejó una gran herencia: cuatro libro irrepetibles, que se pueden leer los jueves, en algún rinconcito frío, para que la chimenea de sus versos nos caliente.

Hace 74 años murió una parte de la poesía en castellano. La profesía de Vallejo se equivocó de día. Y, según dicen algunos investigadores, ese viernes, no llovía…