La ensayista Citlaly Aguilar Sánchez nos presenta un ensayo en torno a ciertos matices de misticismo en la obra de dos poetas zacatecanos ganadores del Premio de Poesía Aguascalientes, José de Jesús Sampedro (1950) y Javier Acosta (1967). Sampedro ganó el Premio Aguascalientes con el libro “Un (ejemplo) salto de gato pinto” y Acosta con “Libro del Abandono”. 

 

 

 

 

Hacia un neomisticismo: José de Jesús Sampedro y Javier Acosta

  

 

Es evidente que siempre existen lazos que nos unen al otro, más no por ello somos menos singulares. En la literatura lo vemos siempre: Hay generaciones de escritores que comparten temas y estilos, hay movimientos que unen para formar oleadas de fuerza incontrolable. Quizá está en nuestra naturaleza tender a la unión. Hay un caso que bien ejemplifica esta idea: Dos poetas zacatecanos, de generaciones diferentes, José de Jesús Sampedro y Javier Acosta, ganadores del Premio de Poesía Aguascalientes en años distantes uno del otro, están unidos no sólo por la poesía, sino por el misticismo.

En ambos destaca una constante, la preferencia por oriente: en uno por la cultura hindú y en otro por la China. Sampedro, en su producción a partir de 2001, particularmente en el poema Bootleg  tiene claras referencias al Budismo Zen, mientras que Acosta, en su Libro del Abandono, publicado en el 2010, se inclina, de manera implícita por una estética de la cultura china, el taoísmo. Aunque ambos se intersectan en este punto, sus estilos son naturalmente diferentes, sin embargo es interesante observar que la espiritualidad en poesía es un eje, quizá, uno de los más importantes.

 

 

  1. José de Jesús Sampedro

28/VIII/1978: Bootleg, son dos poemas, el primero se corresponde a 28/VIII/1978, que refiere a una fecha real en la que sucedió el hecho que en el poema se narra[1]. El otro poema es Bootleg, que es la representación musical del anterior y el que a continuación se abordará.

               El poema fue publicado por primera vez, pero con algunas variantes en 1991, en la revista Dosfilos, incluso el título es diferente: Land Ho. 10 años después, en la misma publicación aparece la versión definitiva de Bootleg, en la edición número 84.

               En el poema mencionado, el autor utiliza varios conceptos y una frase en sánscrito que, como es sabido, es una lengua clásica de la india que es litúrgica en el budismo, hinduismo y jainismo; es decir, es utilizada en los rituales hindúes como himnos o mantras (Ras, 2005, p. 55).

 

Leyendo (oha ayoidad): yo) ayer

El dhammapada del buddha

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

La escucho aún ya no aún decir: ya no te amo

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

(anâhata-oha-zabda vyâpta: avyakta oha nyâya)

Ya no te amo Sampedro debo decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

Ya no te ama Sampedro debe decírtelo ahora

(y afuera un vaho (o vacuo

alcahaz) vacuo infatuaba):

 

En función del poema, la frase explica la confusión o aturdimiento que el sujeto poético experimenta cuando alguien ya no lo ama y se le es expresado. Las líneas en cursivas son la clave para deducir que es una voz alterna que habla en la mente del yo lírico. La frase que Sampedro usa en Bootleg, al repetirse puede adquirir calidad de mantra que según se sabe, son preoverbos que sirven de ayuda para el pensamiento y la meditación aunque a veces sólo son sílabas que no tienen sentido coherente, pero que según la fe de los hindúes, tienen una fuerza creadora (Blavatsy, 1984, p. 581).

               En el poema, se evoca al anâhata que es a la vez un chakra involucrado en la meditación como un “sonido cósmico”, un “ruido blanco”, “AUM”, o bien, un mantra. En la traducción literal la frase puede ser leída de la siguiente manera: “el ruido blanco es un lenguaje que se extiende: el caos es inquebrantable”.

          El yo lírico del poema de Sampedro, se encuentra en un estado de meditación que al mencionar al anâhata, lo que hace es evocar un mantra para llegar a ese estado superior de consciencia en el que la mente, el cuerpo y el espíritu están en comunión y comunicación. Incluso enseguida de la anâhata aparece la palabra oha que por su significado es atención, servicio, favor; concepto, idea, noción;  elementos que se requieren para la meditación y que por su pronunciación resultan una invocación a dichos elementos.

               Sin embargo, la frase en sánscrito remite también a un estado de vacío, necesario para la meditación, pero que también exige un grado alto de renuncia al mundo. Se despoja el yo lírico de todo, se concentra en una sola frase. El ruido blanco es, en otras palabras dice: el silencio.

            Sampedro tiene claras y fuertes influencias de la generación beat, de la cuál Miguel Grinberg explica que “algunos de ellos (escritores beats) se adhirieron al Budismo Zen, que es una irracional psicología de revelación altamente sofisticada, y aguardan el satori” (Grinberg, 1995, p. 23-21), y en poemas de Gary Snyder, por citar un ejemplo, es evidente esta filosofía como también es evidente que muchos de los escritores mexicanos pertenecientes a la generación de la contracultura, mejor conocida como “la onda”, emularon tal estilo, así lo apunta Patricia Cabrera López:

En términos globales propone la semblanza ideal de quienes en aquella época tenían entre 17 y 21 años, dependían de sus padres, asumían una conducta adolescente, escuchaban rock and roll, rechazaban los valores morales domésticos; leían a los surrealistas, existencialistas, nueva novela, poetas malditos, generación beat, Herman Hesse, Paz, Fuentes, Salvador Elizondo, Herbert Marcuse, Sigmund Freud; así como a los poetas Ezra Pound y Saint-John Perse (Cabrera López, 2000, p. 191).

 

Se podría inferir que, en Sampedro, la influencia oriental es “impuesta” como moda, o bien, como una inercia generacional, puesto que el poema es escrito muchos años después del auge de los beats, en el poeta es evidente una postura fiel a los movimientos vanguardistas del siglo XX, es decir, a una estética generacional.

 

 

  1. Javier Acosta

El Libro del abandono que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2010, mismo año en que fue publicado, ofrece dos lecturas: una simple, en la que se puede captar una temática religiosa, y la otra, en la que el tema, más que religioso resulta espiritual. El yo lírico es una conciencia que se despoja de lo material, de ahí el título, Libro del abandono, porque el “abandono” representa  en sí tal renuncia.

               Si bien el libro se encuentra dispuesto en siete lecturas, lo cual remite, desde luego, a las liturgias de algunas religiones, existe, también, un desvío en el tema y forma del libro, porque aunque se alude a los elementos sacros, también habla de un despojo, no en el plano amoroso o meramente físico, sino que el yo poético se abandona a sí mismo, y se redime entonces a un estado espiritual.

                    La poesía de Javier Acosta, al menos en esta obra, tiene una influencia palpable de taoísmo que se evidencia sobre todo en la aspiración a la insipidez, sobre la que François Jullien augura que “cuando a nuestros ojos, el valor de la insipidez haya cambiado de signo, la cultura china nos resultará más íntima y familiar (1998, p. 15). La insipidez para Jullien es un aspecto que en el taoísmo tiene un valor trascendental puesto que simboliza el equilibro, el perfecto estado de las cosas precisamente por su calidad de indefinido. El siguiente poema en prosa es una muestra de la influencia oriental que Acosta deja ver en su libro:

 

Perdía el maestro la paciencia, pero aún me ayudó a sujetar el pincel correctamente. Dibujé por primera vez, con perfecto descuido, el círculo de la infinita compasión. “Tu mano cabe en mi mano, tus huellas en las mías, tus palabras en mi coz, en mi corazón el tuyo. Varias veces mi alma en el círculo blanco del vacío”, el joven monje piensa (Acosta, 2010, p. 48).

 

El vacío es aquello a lo que el joven monje aspira, un vacío representado por el abandono, en palabras de Jullien por la insipidez. Además, el poema recuerda las enseñanzas de Confuncio, tanto en estructura como en composición; en muchas de ellas el maestro habla con el discípulo:

 

Ji Lù le preguntó si se debía servir a los espíritus y Confucio le respondió: “Si no podemos servir a los hombres, ¿cómo vamos a servir a los espíritus?” Ji Lù dijo entonces: “Qué me diréis, pues, de la muerte?” Confucio le contestó: “Si no conocemos la vida, ¿qué vamos a saber de la muerte?”. (En Dawson, 1986, p. 73).

 

El maestro y el discípulo entablan un diálogo de conocimiento, un diálogo filosófico; los discursos confucianos funcionan como intertexto en el poemario de Acosta, que es evidente sobre todo en el título de la tercera lectura: “El maestro”, en la que el discípulo vive la caída del maestro al vacío poético, es decir, a lo que el aprendiz debe aspirar. También se puede apreciar el taoísmo de Lao zi, que se anuncia con mayor fuerza en el poemario:

 

Atente a la imagen,/ todo bajo el cielo acudirá./ Acudirá, libre de todo mal, y habrá paz y prosperidad./ La música y los manjares/ hacen que se detenga el viajero./ Lo que se dice del curso,/ ¡qué insípido es, qué desabrido!/ Se mira y no se ve;/ se escucha y no se oye;/ se usa y no se agota. (Lao zi, 2004, p. 99).

 

El valor de la insipidez, en los términos que la propone Jullien es evidente en esta enseñanza de Lao zi, donde por demás queda explícito que ese valor es inagotable, dado que va más allá de lo descriptible, de lo definido. En el libro de Acosta, la insipidez es una constante:

 

No tengo nada ya que darte. Nada, sino este poema aún no revelado, todavía inconcluso, seco, insípido. Este poema que renuncia a la seducción y a la sorpresa. Este poema que aún he redactado. Este poema inaceptable y anodino (Acosta, 2010, p. 78).

 

Lo insípido es el poema en sí, aceptándose como tal, renunciando a lo que se pudiera creer de la poesía como seductora y sorpresiva; actuando en su valor más natural según Lao zi. Los poemas de Acosta aspiran a la inspidez, al despojo, al abandono de toda esencia para convertirse en algo indefinido.

               Difícil sería conjeturar aún una hipótesis sobre el contexto sociocultural del Libro del abandono, pues el punto a observar está tan cercano que aún no se aprecia en su totalidad, aunque se puede prever un síntoma que anuncia el retorno a la sencillez, y no ya a la acostumbrada sorpresividad que plantearon las vanguardias del siglo XX y que posteriormente se remedó.  

               Se anuncia, tal vez, el reto poético de desaprender lo aprendido, abandonarse, para así, estar abierto a la poesía, que más allá de buscar una voz o un adorno, tiene un vacío que intenta describir por medio del vacío, ya no como una moda, sino como una necesidad. En Acosta, es una vuelta de tuerca, un giro de dirección no marcado por una influencia artística evidente, sino por una convicción.

 

  1. Hacia un neomisticismo

El acercamiento a los dos poetas zacatecanos representa un breve panorama que permite trazar cierta línea que separa el pensamiento de una generación y otra a través de su producción literaria.

               Es sabido que durante la década de los 70, con el auge de los talleres literarios, su pionero Miguel Donoso Pareja, fundó uno en San Luis Potosí del que José de Jesús Sampedro fue integrante. Posteriormente Sampedro dirigió otros talleres en Torreón y Zacatecas, uno en el que Juan José Macías fue su alumno y quien también luego encabezó un taller, en el que Javier Acosta participó.

Si leemos la obra inicial de Acosta, se puede observar que primaba la tendencia vanguardista, y esto sin duda es efecto de la labor de Sampedro en provincia; el mismo Acosta lo dice:

Sin los talleres literarios, promovidos en nuestro entorno regional por gente como David Ojeda, José de Jesús Sampedro, Juan José Macías, Alberto Huerta, Javier Báez o Alejandro García, es difícil imaginar que hubieran aparecido creadores con aspiraciones tan poco regionalistas (En La cultura del centro y la cultura excéntrica. Visiones sobre la literatura regional, García, 2008, p. 37).”

Sin embargo, la propuesta de Sampedro, aunque lúdica y melódica, no deja de lado el artificio vanguardista, mientras que la de Acosta, apuesta por una compleja sencillez. La poesía de cada autor explica una noción diferente de una necesidad inmediata dada no sólo por la época sino también por las influencias artísticas y/o ideologías personales.  

               Y sin embargo coinciden en otro punto: la aspiración al plano espiritual, uno por la vía del zen y el otro por medio de la insipidez. Muchos poetas han aspirado a ello a través de la historia. Quizá los más conocidos sean San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, quienes no sólo eran místicos en la escritura, sino en la vida práctica, sin embargo, para los poetas renacentistas, como lo indica Patricio Peñalver en su libro La mística española (siglos XVI-XVII) editado en 1997, ser místico involucraba, irremediablemente, ser cristiano, lo cual en la contemporaneidad ya no se cumple. Según José Alsina Clota la necesidad de volver al origen espiritual se remonta a la filosofía neoplatónica:

 

El hombre de finales de la Antigüedad, pues, se halla ante un hecho que le parece irrebatible: el mundo, o carece de sentido, o es malo. El ser humano se siente extraño ante él, y busca, ansioso, la salida, la solución que le permita encontrarse a sí mismo y que le ayude a regresar al lugar de donde siente que procede. Alcanzar la paz espiritual: he ahí el gran tema. El hombre está ansioso de salvación, pero ¿qué camino conduce a ella? El hombre de finales de la Antigüedad busca esa salvación, a veces, en el recogimiento  […] la idea del retiro espiritual alcanzará,  a partir de ahora, una frecuencia inusitada (Alsina Clota, 1989, pp. 21-22).

 

Así, aspirar al despojo bien puede ser una necesidad personal o generacional, no necesariamente religiosa. Chantal Maillard explica que incluso “las figuras más relevantes de la historia del pensamiento ético-religioso vivieron durante los siglos VI y V a. C. Buddha, Confuncio, Lao Tsé, y en Grecia algunos presocráticos y el propio Sócrates, fueron prácticamente contemporáneos” (2008, p. 20), lo que viene a significar que en realidad, se trata de una necesidad que se ha planteado en todas las civilizaciones, simultáneamente. Así, el neomisticismo no puede ser relacionado ya sólo con el sentido religioso, sino en su sentido más puro, la espiritualidad, virtud que une a Sampedro y a Acosta, pese a las diferencias de estilo o generacionales. Ya lo dijo una vez Octavio Paz:

 

Juzgo que poesía y religión brotan de la misma fuente y que no es posible disociar el poema de su pretensión de cambiar al hombre sin peligro de convertirlo en una forma inofensiva de la literatura; por otra, creo que la empresa prometeica de la poesía moderna consiste en su beligerancia frente a la religión, fuente de su deliberada voluntad por crear un nuevo “sagrado”, frente al que nos ofrecen las iglesias actuales (Paz, 2003, p. 118).

 

Para Paz, la poesía y la religión son revelación, sin embargo, sólo la poesía es una revelación de nuestra condición original. Y esa revelación se resuelve siempre en una creación: la de nosotros mismos. “Por ello, sí puede decirse, sin temor a incurrir en contradicción, que el poeta crea al ser” (Paz, 2003, p. 154) y por ello, la poesía gana la guerra ante la religión.

               Pero entre José de Jesús Sampedro y Javier Acosta no se puede hablar de guerra, sino de aprendizaje, de invisibles hilos que los tejen entre sí y a su vez, les permite diferenciarse el uno del otro, pero que, irremediablemente, revelan cierta esencia, esa necesidad de todo hombre de volver a su origen, de trascender, ya que finalmente, resulta que todos estamos unidos por esa naturaleza.          

 

 

 

Bibliografía

 

Acosta, J. (2010). Libro del abandono. México: Biblioteca Era. 

Alsina Clota, J. (1989). El neoplatonismo. Síntesis del espiritualismo antiguo.  Barcelona: Anthropos.

Blavatsy, H. P. (1984). Glosario teosófico. México: Teocalli.

Confucio (2002). Los cuatro libros. Buenos Aires: Paidós.

________ (1997). Lun yo: Reflexiones y enseñanzas. Traducción del chino, introducción y notas de Anne-Hélène Suárez. Barcelona: Kairós, Barcelona.

Dawson, R. (1981). Confucio (Breviarios). México: FCE.

García, A. (2008). Encuentros y desencuentros (acercamientos al campo literario en Zacatecas). México: Ediciones de Medianoche.

_________ (1998). El aliento de Pantagruel. México: Universidad de Sinaloa.

Grinberg, M (1995). Beat days: visiones para jóvenes incorregibles. México: Ed. Galerna.

Lao zi (2004). Tao te King. España: Siruela.

______(1978). El libro del Tao (ed. bilingüe). Traducción del chino, prólogo y notas de Juan Ignacio Preciado. Madrid: Alfaguara.

Maillard, C. (2008). La sabiduría como estética. China: confucianismo, taoísmo y budismo. Madrid: Ediciones Akal.

Paz, O. (2003), El arco y la lira. México: FCE.

Peñalver, P. (1997). La mística española (siglos XVI-XVII). España: Ediciones Akal.

 

 



[1] Esto lo sé porque el mismo José de Jesús Sampedro me lo hizo saber en una entrevista realizada en marzo del 2009, en las oficinas de Dosfilos, en Zacatecas.

 

 

 

 

Datos vitales

Citlaly Aguilar Sánchez es Licenciada en letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha sido publicada en revistas nacionales e internacionales como Letralia.com, Puntos suspensivos y Reitia. Fue becaria del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico de Zacatecas 2011 en la categoría de ensayo. Actualmente cursa la maestría en estudios de literatura mexicana en la Universidad de Guadalajara.