Presentamos, en el marco del dossier de cuento boliviano actual, preparado por Giovanna Rivero, un texto de Blanca Elena Paz (Santa Cruz). Forma parte del grupo de narradores Taller del cuento nuevo (generación de la ruptura). Ha publicado dos volúmenes de cuentos: Onir (Santa Cruz, Bolivia, 2002 – 2009) y Teorema (Santa Cruz, Bolivia, 1995 – 2011).

 

 

 

 

SIMETRÍA

 

Omar, nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado sin reparar en ella. Sin embargo, Alba está ahí. Yo la miro, sonrío y guardo silencio. Cuando mamá u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi madre acaba de retirar de la pared el retrato de papá y sale de la casa con Omar. Nuevamente harán cambiar el marco de la fotografía.

—Alba  -le digo a mi hermana-, ¿piensas en papá?

—Sí, Aurora, continuamente pienso en él.

Recuerdo la noche en que murió papá. Nos prohibieron salir de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar. Papá, entonces, vino a vernos. Nos abrazó y dijo que debía hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que nuestro padre se despidió de ambas, se enojó mucho. Nos advirtió sobre lo malo que era eso de andar por ahí inventando cosas.

—Alba, papá no hubiera dudado de nosotras.

—Claro que no, Aurora. Él nos tenía mucha confianza.

Cuando murió abuelita se repitió la escena; nos encerraron bajo recomendaciones para que no saliésemos de nuestro dormitorio. Alba me propuso huir por la ventana y así lo hicimos. Abuelita estaba en el jardín, tejiendo en la oscuridad. “No se necesita luz para tejer”, explicó y nos dio un beso. Dijo que estaba tejiéndose un chal porque lo necesitaba para viajar. “¡Abuelita se va de viaje!”, irrumpimos gritando a dúo en el salón, y callamos, porque nuestra abuela, entre candelabros y flores, estaba en su ataúd dormida.

—Alba  – hago una señal para que guarde silencio-, parece que mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.

Mamá sube por la escalera. Escucho sus pasos. Me acerco a la ventana y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no puede. Alba, que ha descendido velozmente, ya está sentada a su lado, pero, como de costumbre, Omar no la ve. Desde la ventana le hago señas y ella me responde con morisquetas. Nuestro hermano sale del auto y levanta el capó. Regresa a la casa en busca de herramientas, para nuevamente dirigirse al vehículo. Trata ahora de arreglar el motor. Había prometido llevarme de paseo y no ha cumplido su promesa. Alba imita sus gestos. Omar prueba otra vez y el carro no arranca. Sale y llama a un vecino. Empujan el auto hasta la calle, para encenderlo aprovechando la pendiente. Mi hermano se desanima, Alba ríe y me contagia. Omar está furioso porque escucha mi risa.

—¡Mamá, Aurora  está hablando nuevamente sola!

—Déjala tranquila, hijo. Recuerda que se encuentra delicada.

—¿Enferma yo? Nunca me he sentido mejor que ahora. Pienso que Omar quiere que me lleven al médico. Me vigila todo el tiempo.

Me gusta mi nombre: Aurora. Alba y Aurora significan lo mismo. Dicen que mamá quería que nos llamáramos Mariana y Ana María. Supimos que papá, por su parte, pensaba en algo simétrico como Alis y Sila. Por lo visto, después de mucho discutir nos quedamos como Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores y yo me quedaba en casa, tenía que decirle al regresar todo lo que ella había hecho.

—Te has bañado en la fuente.

—Sí -porque yo sentía en los pies ese estremecimiento que produce el agua, cuando mi hermana se metía en la fuente.

Al siguiente día, era yo quien salía a jugar sola.

—Has comido manzanas -decía ella a mi regreso.

—Sí -porque Alba saboreaba las manzanas mientras yo las mordía.

Cuando Alba se enfermó y la llevaron a la clínica quedé sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.

—Es mejor  -me dijo un día mi madre- que te vayas al campo.

Fueron los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso, perdió interés para mí. Ni siquiera el atardecer, cuando los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban, llamaba mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el canto de cada uno. Un día, sentada en el corredor, mientras escuchaba los trinos, sentí a mis espaldas la voz de Alba.

—Es un jilguero -. ¡Y era cierto!

Todo volvió a ser como antes. Corríamos por los potreros, jugábamos a las escondidas y algunas veces, cuando nos dejaban solas, trepábamos a un árbol.

El día que ambas regresamos del campo, mamá y Omar esperaban en la puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me llevaron a la sala y mamá, después de sentarse a mi lado, me habló cariñosamente.

—Aurora –dijo-, Alba ha muerto.

Lloré, pero no por la muerte de mi hermana. No podía llorar por alguien que nos observaba desde el umbral. Lloré por mamá que, al estar triste, me enterneció con su llanto.

A los pocos días, Omar me sorprendió cuchicheando con Alba. Enseguida le dijo a mamá que yo estaba hablando sola. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, inyecciones y jarabes, y ese peregrinaje por consultorios, donde otros médicos volvían a hacerme las mismas preguntas. Parecía que todos se hubiesen puesto de acuerdo en un solo propósito: que me olvidara de Alba, y eso era imposible. Hasta cuando me obligaban a dormir, mi hermana reaparecía en mis sueños.

Omar me vigilaba tenazmente. Estaba (según lo que yo pensé) celoso porque mi hermana solo conversaba conmigo. La única persona que parecía no preocuparse por mis charlas con Alba era Rosa, la empleada. Aparentemente los diálogos le resultaban divertidos, me miraba y reía. Reía y se encerraba en la cocina. Comprendí que Rosa se estaba burlando de nosotras. No le permitíamos intervenir en nuestra conversación porque ella reía de cualquier cosa. Tenemos que darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.

Mi hermana y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores. A ella le gustaba el azul y a mí el rojo. Mamá, que nos confundía frecuentemente, dejó que Alba tuviera el cabello largo, al mío, en cambio, me lo hacía recortar regularmente.

—Aurora -recuerdo que me dijo una noche mi hermana-, ponte tu vestido de gasa roja y ve a decirle a Rosa que la necesito.

Cuando Rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro cuarto se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo suelto. Salió corriendo de la habitación para irse de la casa. Desde entonces no hemos vuelto a tener empleada.

Parece que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en la casa. Cuando el auto no funciona es así, mamá detesta los taxis y mi hermano es un cómodo.

—Alba -le digo en voz baja-, quiero dar una vuelta por el barrio. Ella me propone salir por la ventana e ir de paseo en el auto que está parqueado en la calle. Nos deslizamos procurando no hacer ruido por la enredadera que baja hasta el jardín.

Omar ha dejado el auto con la llave de contacto puesta. Alba se sienta al volante. Tengo miedo porque no sé manejar, pero pienso que mi hermana sí sabe. Ella enciende el motor y arranca. Bajamos por la pendiente a toda velocidad. Reflejado en el espejo veo a Omar, que desesperado gesticula y corre. Alba presiona el acelerador y reímos.

-¡Aurora!

-¡Alba!

-¡Qué hermoso es estar juntas!

 

 

 

Datos vitales

Blanca Elena Paz (Santa Cruz), forma parte del grupo de narradores Taller del cuento nuevo (generación de la ruptura). Ha publicado dos volúmenes de cuentos: Onir (Santa Cruz, Bolivia, 2002 – 2009) y Teorema (Santa Cruz, Bolivia, 1995 – 2011). Participa en selecciones y antologías internacionales y nacionales entre las que destacan: Lo nuestro: 200 años de cuento cruceño (Santa Cruz, Bolivia, 2010), Profundidad de la memoria (Venezuela, 2009), Voces sin fronteras (Canadá, 2006), The Fat Man From La Paz (New York, 2000), El niño en el cuento boliviano (Stockholm, Sweden, 1999), Oblivion and Stone (Fayetteville, USA, 1998), Fire from the Andes (Albuquerque, USA, 1998), La otra mirada (La Paz, Bolivia, 2000), Antología del cuento femenino boliviano (La Paz, Bolivia, 1997), Die heimstatt des tío (Zürich,1995). Antología del cuento boliviano moderno (La Paz Bolivia, 1995), New  Orleans Review (Louisiana. USA, 1990), Taller del cuento nuevo (Santa Cruz, Bolivia, 1986). Es médico veterinario zootecnista y magíster en educación superior