violencia

El poeta, narrador y ensayista español Luis García Montero escribió el texto “Un problema de imaginación” en el que cuenta de qué modo la literatura nos ayuda a hacer frente a la violencia, al dolor y a la experiencia de la muerte. Una reflexión en torno a la manera en que afrontamos en día a día en un mundo hispánico aquejado por la violencia estructural y sus consecuencias.

 

 

 

 

Un problema de imaginación

 

Las matanzas vuelven a extenderse por el mundo como un resumen de nuestra historia. Una vez más, siempre. El ser humano es un animal carnívoro y pone con facilidad su inteligencia al servicio de la destrucción. Las distancias y las abstracciones ayudan a que se acumulen las cuentas de resultados en la economía especulativa de la muerte. Siria, Egipto, Irak… la piel de un planeta que da vueltas desde hace miles de años alrededor del crimen.

Después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y en la intuición de las bombas atómicas, Pedro Salinas escribió el poema Cero para imaginar a un piloto en el momento de apretar el botón. A la hora de matar resulta más cómoda la distancia que la cercanía.

Las armas de destrucción masiva se dejan caer sobre un mapa. Así no vemos los ojos de las víctimas. Todo resulta higiénico, científico, perfecto. Claro que la furia y la crueldad permiten también el asesinato íntimo. El verdugo llega a rozar el sudor de su presa. Pero se trata sólo de una cercanía geográfica, de los metros cuadrados de una plaza o de una habitación. El odio y el miedo convierten los territorios en una materia elástica, abren distancias abismales en cada centímetro, desdibujan lo que se ve. La deformación de un enemigo (el monstruo, la amenaza, la fiera) nos hace observar la existencia de su dolor desde muchos pies de altura. La compasión queda fuera de órbita.

El escritor japonés Kenzaburo Oé se adiestró en la compasión cuando entró en contacto con los médicos que consagraron su vida a la atención de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. El mal era tan grave que el trabajo no se podía justificar en una esperanza demasiado fuerte. Tampoco era posible abandonarse a la renuncia y la paralización porque el dolor estaba ahí, muy cerca, sin posibilidad de refugio en el pasado o en el futuro. Se trataba sólo de resistir, de acompañar, de mantenerse, de seguir un segundo más, un minuto más, frente a la consternación.

Cuidar a los otros nos pone en contacto con nosotros mismos, nos ayuda a imaginarnos. En la conciencia humana actúa la inteligencia, pero también las emociones y la imaginación. Kenzaburo Oé acabó de comprenderse a sí mismo como persona y como escritor cuando su hijo mayor nació con una grave deficiencia mental. Aprendió a resistir, a elegir con cuidado las palabras y a disfrutar de las alegrías. Las debilidades nos hacen más fuertes que el poder. Lo cuenta Oé en Un amor especial, el libro en el que habla de Hikari y en el que recuerda unas palabras de Rousseau: “Sólo la imaginación puede enseñarnos el dolor ajeno”.

Esta idea la recoge también el novelista John Berger en Un hombre afortunado. “Si lloras es porque tienes imaginación”, dice un médico rural para consolar el llanto de un niño. Frente a las distancias especulativas del odio y de la destrucción, el ser humano inventó el arte. Es verdad que las imágenes y las canciones nacieron para exaltar a los dioses y a los jefes de la tribu. Es verdad que a lo largo de los siglos se ha escondido la barbarie debajo de la belleza. Hemos encontrado a muchos asesinos escuchando a Wagner en un campo de concentración, mientras los científicos resolvían problemas matemáticos para sus armas de destrucción masiva. Así es nuestra historia.

Pero también es verdad que el arte educa nuestra sensibilidad y nos ayuda a mirar a los ojos, a descubrir una vida propia y un espíritu en cada cuerpo. Nos ofrece la imaginación moral necesaria para comprender el dolor ajeno. Si hay un lado carnívoro en el ser humano, existe al mismo tiempo una parte compasiva que convierte la realidad en una conversación y al individuo en un lugar hospitalario. El yo soy otro de Rimbaud puede conducir a la extrañeza de uno mismo, pero también a nuevas formulaciones como yo soy en los otros o los otros son también yo.

Es una desgracia que los ministerios de educación estén tan interesados en identificar el éxito con el lado carnívoro y avaricioso del ser humano, en vez de cultivar la imaginación moral que nos ayuda a comprender el dolor ajeno. Egipto, Siria, España… 

 

 

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