Un testamento de la ciudad romántica, por Vicente Quirarte



En el marco de la Galería de ensayo mexicano, ofrecemos uno de los textos más estremecedores del monumental Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México 1850-1992, de Vicente Quirarte.  Tramado alrededor del suicidio del poeta Manuel Acuña, se reconstruyen las últimas horas de su vida y los ecos que propició su muerte a lo largo del tiempo.

 

 

 

 

 

Un testamento de la ciudad romántica*

 

 

Por lo demás, México comienza a alegrarse, y no parece ceder a las impertinencias del viejo papá; olvídanse los suicidios, se deja de compadecer a los muertos y se califica de inoportuna y de ridícula la manía de abrirse uno mismo las puertas del sepulcro: el romanticismo no es de esta época, y para las amarguras de la vida se receta la distracción como una panacea, o al menos como el único lenitivo por ahora.

IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO, «Crónica de la semana», El Renacimiento, marzo 12 de 1869.

 

 

 

EL PRINCIPIO DE LA GLORIA

 

El 10 de diciembre de 1873, la Plaza de Santo Domingo se reanima con los olores que llenan el aire cuando abren sus puestos los vendedores de heno y paja, de soles y lunas de estaño; pequeños portales de algodón y huevo con polvo de plata albergarán a las figuras de barro que conmemoran la Navidad en la tierra; al lado de las esculturas de San José y la Virgen María se hallan las que representan a los pastores Bato y Gila.[i] La mañana comienza con su reincidente aro­ma decembrino de mandarinas, tejocotes, cañas de azúcar. Los evangelistas bajo los arcos de la plaza también se dispo­nen a la diaria jornada. De sus grandes cajones de madera sacan el cúmulo de hojas, la olorosa tinta de huizache, las plumas de ganso y la navaja que les corta o adelgaza la punta hasta el espesor deseado, no obstante que las plumas de acero son las más favorecidas por los burócratas de las oficinas aledañas. Según consigna El Siglo XIX, para cubrir las necesidades alimenticias de los 200 mil habitantes de la metrópoli, cada día se da muerte a 237 reses, 375 carneros y 152 cerdos. En el mercado de cuadrúpedos vivos, las mulas no tienen gran demanda, según lo manifiesta el anuncio que ha venido apareciendo a lo largo de toda la semana: «Se vende una mula retinta. Enteramente sana, de más de siete cuartas, de seis años de edad, muy mansa y propia para igualar un tranco. En la calle del Hospital Real número 3, el portero Victoriano Domínguez dará razón».

Todo parece anunciar un día de diciembre semejante a los otros. La diferencia es la multitud que desde temprana hora ha comenzado a llenar la plaza alrededor de la Escuela de Medicina de Santo Domingo. Como en los antiguos autos de fe de la Santa Inquisición que dieron tan tétrica fama al edificio, la multitud viste de negro. Ahora no espera la salida de un condenado por la Santa Inquisición, sino la del cortejo que llevará al Panteón de Campo Florido el cuerpo del poe­ta Manuel Acuña, muerto hace cuatro días en el interior de la escuela. El Siglo XIX del 11 de diciembre de 1873 inserta­rá el orden del ceremonial:

 

FUNERALES

Véase a continuación el programa según el cual se ordenó lo relativo a los funerales del Sr. D. Manuel Acuña.

Derrotero
Cerca de Santo Domingo, hasta la esquina del Esclavo.
Esclavo, hasta la esquina de La Profesa.
Profesa, hasta la id. de San Juan de Letrán.
San Juan de Letrán, hasta el Salto del Agua,
donde la caja se colocó en el carro.

Comitiva
1º. El cadáver
2º. Música
3º. Personas invitadas
4º. Círculo de obreros.- Artistas y actores
5º. Comisiones
6º. Redacciones
7º. Sociedad «Concordia»
8º. Sociedad «El Porvenir»
9º. Sociedad «Díaz Covarrubias»
10º. Dramática «Alianza»
11º. Conservatorio de Música y Declamación
12º. Liceo Hidalgo
13º. Sociedad Filoiátrica
14º. El carro fúnebre y el coche

 

El cortejo echa a andar. Los presentes que no participan en la caravana suspenden momentáneamente sus actividades. En puertas y ventanas de casas y figones, una multitud de curiosos se asoma para interrogar o confirmar la identidad del difunto. Un niño de siete años, llamado Luis González Obregón, mira pasar la caravana. Años más tarde evocará la escena:

 

Con la curiosidad con que mira un niño un espectáculo de esta naturaleza, y con mi prematura admiración por Manuel Acuña, vi pasar desde el balcón de mi casa, aquel ataúd conducido en hombros de sus amigos; aquellos enlutados miembros de diversas sociedades científicas y literarias; aquella suntuosa carroza y aquel desfile lento y pausado de más de cien carruajes. Cuando cerré el balcón nada quedaba. Toda la gente que salió a las puertas y a las ventanas, y la que se agrupó en los zaguanes y en las aceras, había desaparecido; y mi calle volvía a tomar su aspecto solitario, el de todos los días.[ii]

 

Casi al finalizar ese año, la Dirección de la Escuela de Medicina dirige el siguiente informe al Tesorero General de la Nación, el 29 de diciembre de 1873:

 

En contestación a la apreciable nota de V. recibida hoy, tengo el honor de acompañarle la lista de los alumnos que han salido a vacaciones y aún continúan disfrután­dolas.
El C. Ambrosio Sánchez que por enfermedad del Sr. su padre, se separó de la Escuela el cuatro de octubre, que regresó el diecinueve del mismo mes.
El C. Francisco Gómez Presa, que salió el veinte y dos de octubre, que regresó el diez y nueve del mismo mes.
El C. Manuel Acuña, cesó de percibir su ración desde el día 6 del corriente, por haberse suicidado ese día.[iii]

 

Miguel Acuña y Narro había llegado a la Ciudad de México a fines de 1864, con el Imperio instalado en el país. Llegó seguramente, escribía Prieto, «como encogido neófito, saludando como próceres a los sastres y hablando de usted a los mozos de las fondas». El 20 de agosto de ese año, el general Castagny había ocupado Saltillo. Mientras los abogados emprenden el éxodo hacia el Norte, llevando la legalidad en su carruaje, los estudiantes del interior de la República van a recuperar simbólicamente el territorio usurpado. En la diligencia de Agustín Farías, en compañía de Antonio García Carrillo y Blas Rodríguez, Acuña experimenta su iniciación visual y existencial cuando la patria se le ofrece desde los cerros plateados y áridos de su región natal, hasta la verdura pródiga e insolente del altiplano. Según consta en su ex­pediente del archivo de la Facultad de Medicina, el 2 de mayo de 1866 «Acuña se inscribió a 5o. año preparatorio, previa  licencia de Supremo Gobierno». El 31 de enero lo vemos inscrito en la Escuela de Medicina. Su situación económica era tan precaria como la de los numerosos estudiantes de provincia que se encontraban lejos de sus familias. En carta del 17 de diciembre de 1867, dirigida a su padre don Francisco Acuña, el poeta afirma que aún no ha obtenido la beca. En 1871 ya lo había logrado, según consta en los ar­chivos de la Escuela de Medicina:

 1871. Noticia de los alumnos internos que existen en la Escuela de Medicina. Se especifica si son becarios, pensio­nados o de quién dependen.

 

Nota.
Interno: Manuel Acuña
Carácter de su ingreso: Beca
Cuarto que ocupa: 18
Año que cursa: Segundo
Su empleo: ________
De quién depende: ________
Calle en que vive: ________

Notas. Salió 5 veces con licencia

México, septiembre lo. de 1871.[iv]

 

Los alumnos becados, además de vivir en la escuela, contaban con un amplio comedor, muy iluminado, y una capilla. En carta del 15 de junio de 1871, Acuña comunica a su madre: «Me dice usted en su carta que necesita saber lo que me darán con la beca; pues bien, la beca se reduce a la casa y la comida y nada más; pero ya ve usted que es lo principal porque respecto a ropa, a ropa interior y exterior, creo que con cualquier cosa tendré lo suficiente».[v] La carrera de médico se cursaba en cinco años. Acuña había terminado el cuarto poco antes de su muerte. Los exámenes eran en no­viembre, así que el poeta había presentado ya los correspondientes a Patología general, Terapéutica y Clínica externa.

Saltillo es la familia, el clima riguroso que pone a prueba el temple personal. México es la posibilidad de conquistar el nombre propio. En su libro de crónicas Álbum fotográfico, que reúne sus colaboraciones en La Orquesta de 1868, Hilarión Frías y Soto incluye una titulada «El estudiante», donde Acuña pudo haber encontrado un reflejo de su actuación personal:

 

Llega [el estudiante] a la capital… porque el estudiante llega; la mayoría de los colegios la forma la juventud de los estados: la de México da un contingente muy pequeño.
Llega el estudiante con la cabeza preñada de ilusiones, con una cortísima mesada en el bolsillo, y con la male­ta muy desprovista. Su traje más presentable está corta­do a la moda del pueblo, y por un humilde sastre de provincia.
Las primeras horas que pasa el joven en la capital son tristísimas. No bastan las caricias de esa ciudad cortesa­na para disipar la sombra que la nostalgia del alma tiende sobre un corazón que dejó allá en su país natal una madre, un amor, un recuerdo… Porque el estudian­te es y tiene que ser pobre. El hijo del rico que colocó en el libro un deber o un mandato que cumplir, pero que sabe que tiene de qué vivir, es casi siempre un mal estu­diante o cuelga pronto los hábitos: el oro es mala tierra para que germine el saber.[vi]

 

El suicidio aumenta las conjeturas en torno a la muerte. El testimonio de Juan de Dios Peza, que pasó con su amigo Acuña la mayor parte del día anterior a su muerte, es el único que tenemos a mano para reconstruir las últimas horas de Manuel. Se despidieron, dice Peza, a las puertas de una casa en la calle Santa Isabel, donde vivía Rosario de la Peña. Después, conjetura Peza, su amigo caminó hasta las altas horas en que llegó a la Escuela de Medicina, donde ocupaba la celda 18 —no la 13 como hubiera querido el pensamiento cabalístico— y donde continuó con el minucioso ritual de su muerte programada. Peza supone que Acuña anduvo vagando con sus fantasmas, acaso esperando ser víctima de un asalto, que hubiera sido menos prestigioso que la autodestrucción. Acuña dedica sus últimas horas a la calle, el escenario donde nueve años ha tratado de sobrevi­vir, pero muere en su cuarto de la Escuela, luego de haberse aseado cuidadosamente. Como señala Luis Miguel Aguilar, «En ellos [los románticos] los espacios públicos se cierran mientas los ámbitos privados se engrandecen y, por ejemplo, el heroísmo pasa a ser el de Juan de Dios Peza que lucha por sacar a sus hijos adelante».[vii] En la obra de Acuña no existen referencias a la Ciudad de México, pero debido a que en él, más que en cualquier otro de nuestros románticos, la poéti­ca existencial es superior a la poesía, como texto por desci­frar nos ha dejado la última experiencia con la ciudad, una vez que había decidido abandonarla para siempre.

Aquella Ciudad de México distaba de ser segura, sobre todo por las noches. El motín de 1871 en la Ciudadela, causante de la muerte del gobernador del Distrito Federal, había propiciado la fuga de criminales de alta peligrosidad, a tal gra­do que el resguardo nocturno había establecido un sistema de alarma que permitía a sus miembros mantenerse en per­manente y cercana comunicación. El gobernador Tiburcio Montiel, en persona y a caballo, solía acompañar a estas guardias nocturnas. Durante la administración de Montiel se suicida un pintor de nombre Juan, lo cual da a Acuña tema para el poema «Dos víctimas». Además de la importancia concedida a la primera autoridad de la capital, el poema preludia el suicidio del poeta, no obstante su tono satírico:

 

Para que nadie acuse de mi muerte
a don Tiburcio Montiel,
sépase que me mato, porque quiero
dejar de padecer.

 

Salvador Novo dedica un capítulo titulado «Crimen y castigo», de su libro Un año hace cien. La Ciudad de México en 1873, para hacer el análisis de la delincuencia organizada. En octubre de ese año se logra la captura de Jesús Arriaga, el celebérrimo Chucho el Roto, pero la ciudad continúa siendo víctima de otros criminales no tan nominal­mente famosos pero igualmente aptos en su tarea. Novo recuerda las hazañas de Ventura Escalante, que parecen sa­lidas de una novela de Arsenio Lupin.

 

Tenía a sus órdenes… distintos jinetes buenos para el lazo, cerrajeros capaces de forjar la llave que abriese el candado del Correo que planeaban asaltar, herreros que le hicieran instrumentos de trabajo, y cocheros, como el Falcón que con él cayó preso y que aurigaba coches de Providencia en el Colegio de Niñas. Las fugas de presos, unas realizadas, otras hechas abortar por Montiel, eran planeadas, dirigidas, realizadas, por gente de su gavilla.[viii]

 

Policías o ladrones pudieron haberse cruzado con el joven de levita de largos faldones, ojos desorbitados y andar rápido. Las últimas horas de Acuña, de las cuales sólo podemos establecer conjeturas, evocan la última caminata invernal de Gérard de Nerval, antes de que se ahorcara colgándose de un arbotante en la Rue de la Vieille Lanterne. Huyendo del desamor y los otros fantasmas por él estimulados, Acuña recorre una ciudad siniestra cuya oscuridad era semejante a la de su ánimo. Acaso se haya detenido a ver el cuadro que en la Fonda de 5 de Mayo, donde era asiduo, represen­taba a Francesca da Rimini. Ahí debe haberse sentido si­niestramente satisfecho de estar a punto de serle fiel a la carne mórbida de la muchacha, abrasada en los brazos de Paolo y exclamando, triunfal y dolorosa: Amor condusse noi ad una morte. Caminó por San Juan de Letrán hasta el Salto del Agua, donde acaso dobló a la derecha y llegó has­ta la verja del Cementerio del Campo Florido, donde pudo haber aspirado el perfume de los 700 eucaliptos reciente­mente plantados.

Quienes fueron testigos de los últimos días de Nerval, afirman que solía caminar hasta quedar exhausto, con un doble propósito: olvidar las torturas del alma y reunir testimonios de la ciudad que amaba, emociones que cristalizarían sus proyectadas Nuits de Paris. De acuerdo con diversos testimonios, Acuña llegó, muy entrada la noche, a la Escuela de Medicina. Ahí se detuvo para registrar por última vez la visión nocturna de la plaza: los escribientes públicos, los evangelistas refugiados bajo los arcos, y junto el mutilado convento de Santo Domingo. El evangelista —es­critor literal y literariamente en la calle— y el templo deben habérsele presentado como metáforas de su propio derrumbe, mientras colocaba la mano en el portón del anti­guo edificio de la Inquisición donde, al decir de Hilarión Frías y Soto, «antes se descuartizaba para matar el pensamiento [y] hoy se usa del bisturí y el cuchillo, en provecho de la ciencia y bien de la humanidad».[ix] Otra ironía de nues­tra historia urbana: la habitación que ocupaba Acuña en la Escuela de Medicina, era la misma del poeta, novelista y médico Juan Díaz Covarrubias. De ese cuarto había salido un día de abril de 1859 para morir en la calle y convertirse en uno de los Mártires de Tacubaya.

El día en que Peza y Acuña hacen su último paseo por la Alameda, la Gran Exhibición Norteamericana de Circo y Fie­ras cambia su enorme tienda de campaña del Paseo Nuevo de Bucareli a la Plaza de Santo Domingo. De tal modo, Acu­ña desembocó, al final de su caminata, a una plaza ocupada por la carpa y los rugidos de las bestias. Las funciones tenían lugar diariamente a las ocho de la noche. Reza la publicidad: «Para el efecto cuenta con cuatro imponentes leones africanos, cuyo domador demostrará la superioridad de la inteligencia sobre la fuerza bruta. Un elefante joven e inteligentísimo de la costa de Zanzíbar, presentado por su cornac Mr. Waterman. Una famosa compañía ecuestre y acrobática. El clown universal y polígloto Lorenzo Maya, quien amenizará los espectáculos con humor sátira y filosofía».[x] Acaso antes de entrar en la Escuela donde vivía como alumno interno, Acuña se haya detenido a conversar —monologar— con las fieras, en involuntaria anticipa­ción a la escena análoga de El circo de Charles Chaplin, después parafraseada por Cantinflas.

La ruta seguramente tomada por Acuña, desde la calle Santa Isabel hasta la Escuela de Medicina, lo llevó por San Francisco y Plateros. Pasó por la casa del presidente Se­bastián Lerdo de Tejada, frente al Palacio de Iturbide; do­bló en Palma, en cuyo número 13 miró sin mirar el aparador de Las cien mil camisas; vio la publicidad del ja­rabe Labelonge, bueno para curar las enfermedades del co­razón, mas no para aliviar las dolencias del otro corazón. El 6 de diciembre se mata un poeta. Las calles caminadas por Acuña esa última noche, las volverá a recorrer el 10 de di­ciembre en calidad de cadáver ilustre. Como ya se ha dicho, cuatro días después de su suicidio, la capital, conmocio­nada, lo hacía recorrer sus calles en el más elegante coche fúnebre de la ciudad y acompañado por todos los sectores sociales.

¿Por qué se mató Acuña? A sus 24 años tenía más de lo que un escritor podía pedir. Su toma de la ciudad tiene lugar a través de la fundación de la Sociedad Literaria Neza­hualcóyotl. Los integrantes del Liceo Hidalgo sentían un gran respeto por su obra y su drama El pasado alcanzó cinco representaciones, lo cual equivalía a un triunfo para una obra de autor mexicano. En El Siglo del 10 de mayo de 1872 puede leerse: «Este drama es verdaderamente una joya; al fin de cada acto el autor fue llamado a escena y al presen­tarse al tercero se le hizo objeto de entusiasta ovación, y atronaron el teatro los aplausos, los bravos, los vivas al jo­ven escritor, y las dianas pedidas por el público».[xi]

Los últimos testimonios escritos por Acuña no parecen anticipar un final trágico. La carta a su madre, del 1 de oc­tubre de ese 1873, revela una nostalgia familiar más o menos convencional y explicable. Tras quejarse de su estrechez económica, concluye: «Yo deploro todas estas circunstancias porque me pesa ya esta vida de aislamiento y de fastidio en que me consumo sin ver en mi derredor ni una persona que me quiera; pero comprendo que no hay más que resignarse y esperar y espero y me resigno».[xii] Todavía el 12 de noviembre de 1873, escribe una carta —a manera de prólogo— para la novela Gerardo. Historia de un jugador, de Vicente Morales. Sin embargo, Peza recuerda a Acuña en sus últimos días despierto hasta las altas horas, leyendo febrilmente e ingiriendo una tras otra tazas de café. Deseáralo o no, Peza debe de haber vivido con la culpa de no haber impedido —o no haber tenido la lucidez para comprender— la melancolía de Acuña. En cambio, es tan implacable como plausible la lista que López-Portillo y Rojas enumera para explicar el suicidio del poeta:

 

Temperamento melancólico e impresionable, muerte o ausencia de seres queridos, embriaguez de gloria, complicaciones amorosas, desengaños crueles, impo­sibilidad de elevar su vida a las regiones de dicha y pureza que soñaba, uso inmoderado del néctar perfu­mado de la Arabia y abismos de duda y negación en que había naufragado su espíritu, constituyeron los elementos deletéreos cuyo enlace y amalgama le llevaron al sepulcro.[xiii]

 

 Desde este punto de vista, el enamoramiento de Acuña por Rosario era uno más de los elementos que el poeta tenía para sentir interrumpida la correspondencia entre Eros y Tanatos, entre la biofilia vaticinada por la República restau­rada, y la necrofilia heredada del romanticismo mórbido. Todo poeta finca su equilibrio con el mundo mediante una poética vital a la cual, por instinto o vocación, se aferra. Una diferenciación hecha por Urbina en La vida literaria de México sirve para aproximarse a la decisión final de Acuña. Afirma Urbina que el sistema poético de Ignacio Ramírez se encauza por la vía del clasicismo; la de Manuel M. Flores por la del erotismo y la de Manuel Acuña, por la de la melancolía. En otras palabras, Ramírez encuentra asidero en lo construido y prestigiado por el tiempo; Flores exalta el instante de la consagración de los sentidos y Acuña permanece varado en la autocontemplación de su parálisis. Como el ángel de Durero que representa a la Melancolía, Acuña, aparece rodeado por todos los instrumentos para la construcción de la ciudad, pero carece de la energía anímica necesaria para objetivar sus proyectos.

Gran parte de los contemporáneos de Acuña quiso ver en su suicidio una confirmación del triunfo de las ideas positivistas, y de la duda que en el espíritu religioso causa­ba la irrupción de un mundo sin Dios. Como el Roderick Usher del cuento de Edgar Allan Poe, Acuña era un espíritu ultrasensible, cuya desintegración tiene lugar paulatinamente. La pérdida del padre, que en López Velarde se tradu­jo en vestir siempre de negro, en rehusarse al matrimonio y a la procreación, pero que lo convirtió automáticamente en el padre sustituto de la casa, no provoca en la naturaleza de Acuña una actitud análoga. A las causas probables del suici­dio es preciso añadir la consagración del instante, uno de los actos supremos a los cuales aspira el artista romántico. En el suicida en potencia late un pacto roto, un plano perdido, un libro en blanco donde todos los caminos antes existentes y transitados confluyen en la sola, insoportable imagen del yo que no encuentra otro remedio que la autodestrucción.

Juan Díaz Covarrubias fue, como hemos visto, el anterior ocupante de la habitación de Acuña. Al igual que sus otros compañeros médicos muertos en el paredón, el autor de La clase media alcanza la categoría de mártir. Sin embargo, su­pongamos que no muere en Tacubaya, que sobrevive al triun­fo de la República y llega a ser joven director de la Escuela de Medicina, como lo hacía suponer su brillantez intelectual y sus avanzadas ideas científicas expresadas en sus novelas. En una de ellas hace una sátira del romanticismo exacerbado:

 

… os dirigís con paso lento a vuestra habitación en las que os encerráis, os paseáis una hora, escribís llorando algunas cartas, y sacáis una pistola del cajón de vuestro bufete: pero al llevarla a la sien la sentís muy fría, y en ese momento pensáis que apenas tenéis veinte años y pensáis en vuestra madre tan joven y tan tierna, en vuestras hermanas tan bonitas, en vuestros amigos que os quieren tanto, en vuestros libros favoritos, y la dejáis caer y os echáis sobre el lecho llorando y al cabo de dos horas os quedáis dormido y a la mañana siguiente lo primero que hacéis al despertar es llorar; pero ya vues­tras lágrimas caen entonces sobre la taza de café o cho­colate con que os estáis desayunando.[xiv]

 

El desarrollo intelectual y sentimental de Acuña —de los 17 a los 24 años— tiene lugar en la Ciudad de México entre 1866 y 1873; es decir, cuando toca a su fin el tiempo del heroísmo en el combate y da inicio la era de la construcción. A los 17 años de su edad, Jesús E. Valenzuela llega por primera vez a la Ciudad de México, en diciembre de 1873. El sui­cidio de Acuña era la noticia más notoria en los diarios capitalinos, pero la vida era un proyecto más importante para el apetito del futuro mecenas de la Revista Moderna. En uno de sus primeros poemas escribirá la que sería su divisa fundamental: «Valor para la muerte es lo que sobra / valor para la vida es lo que falta». El artículo de Acuña «Amar y dormir», fechado en marzo de 1869, lo revela dotado de gran lucidez y de saludable cinismo ante los embates de la melancolía. Aún no cumple los 20 años de edad, pero el carácter aforístico y racional del texto lo convierte en una pieza sui generis de la literatura de su momento.

 

¡Vivamos!
Somos muy necios en preocuparnos con la muerte.
Primero es pensar en vivir, y después en morir.
El «ultratumba» debe dejarse para el «ultratumba».
Los huesos con los huesos.
No hay que apresurarse.
Ya que el «Acreedor» nos lo concede, admitamos el plazo.
El «moriréis» es inevitable.
Entre la cuna y el sepulcro hay una distancia.
Sembrémosla de flores.
¡Por qué pensar en la noche desde la mañana
y en el invierno desde la primavera![xv]

 

 

 

LAS RAZONES DEL CORAZÓN

De la veintena de oradores que despide el cuerpo de Acuña y, con ello, despide simbólicamente el aura trágica del romanticismo, faltaba uno. El maestro. En la habitación que le sirve como estudio, Ignacio Manuel Altamirano prefiere para Manuel Acuña otro homenaje, acaso menos externo y notorio, pero a su juicio más duradero y valioso: hablar con el poeta leyéndolo, preguntándose sobre el fin de la aventura humana, sobre su fragilidad y sus veleidades. El 6 de diciembre de 1873 había recibido la noticia que poco a poco conmocionaba a la comunidad literaria de la Ciudad de México. A la mitad de ese día, el poeta Manuel Acuña, de 24 años de edad, había ingerido una dosis de cianuro. Descubierto en el instante del agonía por su amigo Juan de Dios Peza, colegas estudiantes trataron infructuosamente de salvarle la vida. Difusas o transformadas por la fantasía, se acumulan nuevas noticias que al paso de las horas adquieren proporciones legendarias. La más espectacular, la que alcanza la categoría romántica, es que Acuña se ha suicidado a causa de Rosario de la Peña y Llerena, a quién en días pasados el poeta había dedicado un «Nocturno». José López Portillo y Rojas recoge el testimonio de las palabras impetuosas, acaso imprudentes, de Altamirano, que culpan a la musa por la muerte del vate: «Acuña se ha matado por ti». Debemos más adelante leer entre líneas esas dos acciones que convierten al suicidio en una responsabilidad de dos elementos: el que decide y aquel por quien se decide.

Cuando un hombre de nuestro propio oficio decide termi­nar con su vida, no podemos dejar de sentir una especie de traición, una mala jugada que confirma la posibilidad de que la vida debe concluir en ese acto supremo de atentar contra sí misma. ¿Cuándo, se pregunta Altamirano, se inició este modo de ser llamado romanticismo, mal comprendido y peor estudiado por los más agudos críticos literarios, recha­zado por los honorables académicos neoclásicos, satirizado por litógrafos y caricaturistas?

 

¿Quiénes fueron los primeros hombres que ya no pudie­ron mantener un sentimentalismo entusiasta supri­miendo sus percepciones del caos? ¿Quién fue el primero en pasar a través del pesimismo y vio que decir que éste es el peor de los mundos posibles no es más satisfactorio que afirmar que es el mejor? ¿Quién fue el primero en percibir que el escepticismo que colocaba al pesimismo y al sentimentalismo en irónica yuxtaposición dejaba al individuo sin dirección, sin papel en la sociedad ni bases para hacer elecciones morales, pero —y éste era el gol­pe más devastador para el sentido de identidad— sin ninguna razón para preocuparse en hacerlo?[xvi]

 

El suicidio de Acuña, que el romanticismo recalcitrante hu­biera aplaudido estruendosamente, ya no es concebible en la República restaurada. En su prólogo a las Pasionarias (1882) de Manuel M. Flores, Altamirano lamentará la parti­da de la primera generación romántica. En su enumeración es posible apreciar cómo su muerte se debió fundamentalmente a causas políticas, a proyectos donde el individuo emprendía acciones cuyo objeto era el bien colectivo.

 

Marcos Arróniz, suicida o asesinado en 1857; Manuel Mateos y Juan Díaz Covarrubias, fusilados en Tacubaya en 1859; Florencio del Castillo, muerto del vómito en Ulúa, en donde lo habían encerrado los franceses en 1863; Miguel Cruz Aedo, asesinado en Durango en el año 1860; Juan Doria, el heroico batallador del Cimatario en 1867, muerto del corazón en 1870, y Mirafuentes, muerto en el Gobierno del Estado de México, en 1880.[xvii]

 

Tampoco escapaba a la atención de Altamirano la ironía de que en las páginas de El Renacimiento, donde habían apa­recido poemas de Acuña, el autor de Clemencia había publi­cado una larga disquisición sobre el suicidio, sobre todo después del impacto producido por la muerte voluntaria de Ernesto Masson. Hasta cierto punto justificaba la acción del hombre de 72 años, pero su crítica al suicidio entre los jóvenes, bien puede aplicarse a Acuña:

 

Cuando un acto de desesperación semejante es cometi­do por un joven, la consideración sobre las pasiones de la edad, sobre los arrebatos de insensatez que suelen acompañar a éstas, disminuye en parte la impresión causada por una muerte voluntaria. Estaba loco, dicen las gentes hablando del suicida, y a este juicio se siguen regularmente la acusación, las disertaciones sobre el carácter violento, sobre el amor desesperado, etcétera… y después hay algo de una compasión despreciativa ha­cia el que puso fin a sus días tal vez por vanidad.[xviii]

 

Altamirano encontraba que en su «Crónica de la semana» del 27 de febrero de 1869, había utilizado la mayor parte del espacio para desarrollar una extensa y bien fundamentada meditación sobre el suicidio. Luego de distinguir la actitud de los estoicos griegos, que en la muerte hallaban una solu­ción natural a la vida, y de alertar sobre la frecuencia del suicidio femenino, Altamirano acude a la anécdota y al humor para expresar su desprecio por un hecho que lo preocu­paba y era preocupante en la sociedad de su tiempo. El mismo tono ligero utilizará José Tomás de Cuéllar en un texto publicado en ese mismo número. Con frases cortas, a manera de aforismos, establece una especie de terapia con­tra los suicidios. Una de ellas bien podría rubricar el último día en la vida de Manuel Acuña: «El que se preguntara si se debía matar debía dar una prueba de que no quería morir. Por eso los suicidas se alzan, se bajan y se pierden solos. Es un soliloquio en que la razón se mete en un callejón sin sa­lida, hasta encontrar la pistola».[xix]

Desde la noticia aparecida en la primera plana de El Siglo XIX al día siguiente del suicidio hasta la biografía escrita por Benjamín Jarnés, Acuña, poeta de su siglo, todos los autores han acudido al texto de Juan de Dios Pezá, compañero, testigo y receptor de la noticia de una muerte anunciada. En la Alameda, Acuña dicta a su amigo el que sería auténtica­mente su último poema, y no el «Nocturno» que la leyenda se ha encargado de prestigiar. ¿Qué sería del «Nocturno» sin el referente biográfico, sin la carga trágica que el poeta y su leyenda le han otorgado al fabricar el mito? Nadie puede culpar a Acuña de llevar la poética de su literatura a los te­rrenos de la acción, como lo hicieron el revólver de Larra, la malaria de Byron, el naufragio de Shelley o la tristeza de Chatterton. No era el de Acuña el tiempo de la autonomía del texto, es decir, de los lectores que enfrentan el poema sin atender a las circunstancias de su elaboración. Hay historias de amor más intensas y atormentadas que la de Acuña, pero no culminan en la autodestrucción. El amor de Enrique de Olavarría por Lola, aparece en varias entregas de El Renacimiento altamiranista. Gracias a ello podemos darnos cuenta de cómo evoluciona la historia de amor, cuyo desa­rrollo, para desilusión de los románticos, no es diferente al de una enfermedad hipocrática, donde se manifiestan los síntomas, se padece la enfermedad y se llega a la curación, como ha visto Roland Barthes en Fragmentos de un dis­curso amoroso.

 

UNA LECCIÓN DE ANATOMÍA

Son las nueve de la mañana del 6 de diciembre de 1873. El cuerpo de Manuel Acuña yace sobre una mesa de disección en la Escuela de Medicina. En la sala entran los doctores L. Hidalgo Carpio y Juan María Rodríguez, el médico de cárce­les Francisco Becerril y el juez sexto de lo criminal.[xx] A punto de tocar el cadáver, el doctor Hidalgo se detiene.
—¿Sucede algo? —pregunta el juez de lo criminal.
—No, señor juez. Me estremeció pensar en el poema que este muchacho ha escrito y que nos lleva a representar una escena que él había anticipado.
—Por supuesto, doctor —agrega José María Rodrí­guez—. Se refiere usted al poema «Ante un cadáver» que ya circula en gacetillas y cafés de la ciudad.
—Mi trabajo, señores doctores, como ustedes comprenderán, es la correcta impartición de la justicia, y esto que rumoran no deja de preocuparme. Mi labor es certificar que el señor Acuña se ha quitado la vida y que no estamos ante un crimen. ¿De qué trata ese poema del que hablan?
—Señor juez —agrega Rodríguez—, por supuesto que se lo podemos explicar, pero procedamos a nuestro trabajo. Vean ustedes, la excesiva rigidez no sólo en las partes declives de la cabeza, tronco y miembros, sino también en las la­terales y superiores; hágase notar, por otra parte, el olor francamente ciánico del líquido que por medio de la bomba aspirante fue extraído del estómago del cadáver. Los síntomas, entonces, son de envenenamiento.
—Si me permite, doctor Rodríguez —agrega el doctor Becerril—. Estamos en presencia de un muerto, ilustre además, y creo que podría evitar ese tono doctoral y desapegado que utiliza para referirse a él.
—Pero, compañero Becerril, no hay ofensa. Al propio Acuña le hubiera gustado esta antisolemnidad para hablar de su muerte. Además, no sólo era poeta sino también nuestro colega, un médico que conocía su cuerpo.
—En eso tiene razón el doctor Rodríguez —interviene Hidalgo—. Por lo que hasta ahora sabemos, entre las cinco cartas que escribió antes de su muerte, hay una dirigida al director de la escuela, donde declara que ha ingerido cianuro de potasio y subraya una frase reveladora: «Haga usted que no despedacen mi cuerpo». Pues bien, ya que el bisturí no va a penetrar en el cuerpo de nuestro infortunado amigo, comencemos por introducir el líquido del estómago del muerto ilustre —me excuso, señor juez— a agregar al tubo de Liebig esta solución de azoato de plata; añadimos una corta cantidad de ácido tartárico y un poco de aceite de olivas, y dejamos reposar.
—Insisto, compañero. Usted hace parecer esta ceremonia una clase de cocina.
—Querido doctor, todo es alquimia, hasta la cocina misma. Lo único que intento es darles a ustedes un poco de buen humor, ese humor al cual era tan afecto Acuña y que ahora, con este último acto de su vida, va a ser borrado por los historiadores que explotarán la leyenda trágica del suicida.  Pero un momento, que ya tenemos aquí nuestro precipitado blanco cuajado. Procedamos ahora a tratar esta solución por una mezcla de sulfato de proptóxido y sulfato de sesquióxido de fierro, previa saturación por medio de la potasa cáustica. Lo que de aquí obtengamos nos dará una substancia azul, cianuro ferroso-férrico, o sea azul de Prusia. No me negará, querido doctor que en esto también hay poesía.
—No le falta razón a Hidalgo, compañeros. Ya comienzan las conjeturas y la búsqueda de los culpables indirectos de esta muerte. En El Siglo XIX de hoy viene el testimonio de Juan de Dios Peza, que estuvo con Acuña la mayor parte del día anterior a su muerte.
—Sí, lo leí. No dejó de llamarme la atención que el día exacto de su muerte, el 5 de diciembre, Acuña salió a la calle como si hubiera sido un día normal y se dirigió a la Imprenta de Valle Hermanos, cerca de la iglesia de La Perpetua. Ahí lo vio y lo saludó Gustavo Baz, quien había ido a corregir unas pruebas del periódico La Nación. Imagínense el impacto que provocó en él enterarse de ese vivo, pocas horas después ya no lo era, porque nada en él parecía advertirle lo que iba a suceder.
—Razón de más, interviene el juez, para pensar en un posible crimen. ¿Cómo explican ustedes que, de acuerdo con sus compañeros, haya estado hablando tranquilamente con ellos? ¿En qué cabeza cabe que alguien se quite la vida a la mitad del día y en medio de la gente?
—Querido juez, con todo respeto —agrega Hidalgo—. Otra vez con los arquetipos románticos.  Como buen criminólogo usted debe saber que, de acuerdo con las estadísticas, la mayor parte de los suicidios ocurre durante el día y en épocas no precisamente de grandes convulsiones como guerras o epidemias. Al contrario en esas épocas profundamente dramáticas es cuando ocurre un mayor apego a la vida. Pero he aquí nuestro azul de Prusia. Tratémoslo ahora en esta solución de azoato de plata; con el ácido azótico hirviente obtendremos un precipitado de cianuro de plata.
—Pero matarse en medio de sus compañeros, ¿no le parece a usted de mal gusto?
—Al contrario —opina Becerril—. Creo que la mayor cortesía de Acuña fue quitarse la vida en un lugar donde estamos familiarizados con la muerte y en una hora que no iba a atraer pensamientos más lúgubres que los de la propia muerte.
—¿Pero no le parece sospechoso —añade el juez—, que, de acuerdo con las palabras de Juan de Dios Peza, Acuña le haya advertido que llegara antes de la una, porque de otro modo ya no lo vería porque «estaba de viaje»?
—En eso —dice Rodríguez—, no hay explicaciones. Por supuesto que Acuña quería matarse y con ello, provocar esa gran llamada de atención, ese largo grito de auxilio subyacente en todo suicidio. Sin embargo, los suicidas que fallan en su intento comienzan por confesar que en realidad deseaban salvarse. Pero aquí está ya el cianuro de plata. Pasémoslo ahora por el sulfhidrato de amoniaco. Verán ustedes, si lo que sospechamos es cierto, la coloración roja característica que los sulfocianuros alcalinos producen en contacto con las persales de fierro.
—La muerte de Acuña fue, efectivamente, una muerte anunciada, aunque la muerte nunca deja de tomarnos por sorpresa. Todos los periódicos hablan, y hablarán en los días subsecuentes, de una muerte trágica y prematura. Ojalá alguien tuviera la imaginación para hablar de una existencia prematura.[xxi]
—Ahora sí definitivamente no lo sigo, doctor Hidalgo —dice Becerril.
—Sí, compañeros. Todo romántico aspira —aunque no lo diga— a ser inmortalizado como el adolescente Chatterton, tendido sobre su cama, con el rostro angélico y un rayo de sol acariciando su rostro. Pero la vida es la vida y el joven que es viejo en sus primeros años, con el paso de ellos se vuelve cada vez más niño y más sabio, menos preocupado por atraerse los dolores del mundo, ya de por sí abundantes.
—En eso tiene razón, doctor —dice Hidalgo—. Vean si no a nuestro gran Guillermo Prieto, «con mucho amor a la gloria y dos camisas; popular como el frijol bayo y alegre como repique de Nochebuena». Pasemos ahora a tratar su­cesivamente y aparte tres porciones del referido líquido por el ácido tartárico, el ácido pícrico y el bicloruro de platino y obtendremos, respectivamente, tres precipitados: bitrato de potasa, picrato de potasa y cloruro doble de platino y po­tasio, con lo cual nuestro examen queda completo.
—Pero no nuestra conversación sobre Manuel Acuña, doctor Hidalgo. Qué les parece, amigos, si para continuar con la irreverencia que no hubiera disgustado a Acuña, va­mos a reverenciar el retrato de Francesca da Rimini que tanto le gustaba, en la fonda del Cinco de Mayo.
—Bueno,  yo pago los catalanes antes de irme al juzgado ­—dice, presuroso, el juez—. Pero antes, hagan el favor de ayudarme a la redacción final del dictamen, que la expe­riencia no me ha dado muchas luces en esto.
—Más que de acuerdo —responde Hidalgo—. Apunte usted entonces, señor juez:

 

Sobreabundando las pruebas del suicidio, no creyó el Juzgado necesaria la autopsia del cadáver, y sólo quiso saber cuál era el veneno empleado; por otro lado, los estudiantes y compañeros del Sr. Acuña y sus nume­rosos amigos querían embalsamar el cadáver para con­servarlo, lo cual habría sido imposible si se hubiera practicado la autopsia; así es que los peritos, por esas consideraciones, se limitaron a buscar la relación entre el contenido del frasquito que recibieron del Juzgado y el contenido del estómago del cadáver; buscando ade­más los signos exteriores que de ordinario presentan los de personas muertas por los compuestos ciánicos.[xxii]

 

 

 

BELLE DAME SANS MERCI

Mientras los caballeros del yelmo y de la espada se destrozaban en los campos de batalla, los oficiantes del laúd creaban en las cortes el sentido, moderno del amor. Fue una de esas  jornadas cuando André Chénier descubrió que para cantar al amor precisaba de una musa glacial, indiferente y distante. Entonces surgió el concepto de la Belle Dame sans merci, que con el paso del tiempo se afina y adquiere sus variantes. A la mitad  del siglo XIX, la dama sigue recibiendo en su casa, es joven, hermosa, culta, y responde al nombre de Rosario de la Peña y Llerena. Manuel Acuña le dedica un «Nocturno» que lo liga a la supérstite más allá de la muerte, Bella Dama sin piedad, más amada conforme sus encantos se encuentren más lejanos. El domingo 7 de diciembre de 1873, El Siglo XIX dedica el editorial de su primera plana a la muerte del poeta. El texto está firmado por Javier Santa María. Se describe de manera escueta la sucesión de hechos. El editorialista externa su juicio sobre la acción, pero la explica como una decisión personal de la que no hay que cul­par a nadie: «El poeta es un ave de paso sobre la tierra. Aquellos dolores, aquellas emociones que para la mayoría de la sociedad no son más que pequeñas contrariedades, hacen un infierno en la vida del ser que en su ilusión se forja un paraíso de esta existencia que no es más que un impuro es­tanque lleno hasta el borde de vulgaridad y dolor». Dos años más tarde, Santa María fecha un poema dedicado a «Rosario de la Peña», dónde entre líneas hace referencia a la muerte del poeta, pero en cuya explicación ya hace intervenir a Rosario de la Peña:

 

Ya nada queda. El templo está vacío
y los rayos del sol
alumbran tristes el altar y el ara
en donde estaba Dios.
¿Por qué la mano helada de los tiempos
esas ruinas dejó?
Pregúntalo, Rosario, a tu memoria
¿qué hay en tu corazón?
Del espléndido cielo de tu vida
¿qué fue lo que quedó?
Lágrimas por estrellas, y una tumba
donde se puso el sol.[xxiii]

 

La casa en la calle Santa Isabel, donde Peza lo dejó la última tarde, era supuestamente la de Rosario de la Peña. Sien­do el obligado centro de reunión de los principales escritores de la época, que acudían a la adoración de la Venus blanca, y a escribir poemas en su álbum, resulta extraño que Peza no mencione en sus memorias tales circunstancias.[xxiv] Su dis­creción puede tener dos causas fundamentales: primera, el afán de proteger a Rosario, pues casi en el instante mismo del suicidio comenzó a circular el rumor de que la musa había sido causante; segunda, Peza experimentaba el remordimiento —irracional  pero inevitable— del sobreviviente, del amigo incapaz de resolver el drama del que no encuentra otra salida que el despeñadero. Sin mencionar el nombre de la musa, Peza toma indirectamente su defensa, pues al hablar de Acuña dice: «Su trágica muerte fue el resultado de un extravío cerebral; nadie aparece como causa de ella, y son causejas triviales las que corren en boca del vulgo».[xxv] El 10 de diciembre, día de los funerales del poeta, Miguel A. O’Gorman publica en El Siglo XIX el poema «Ante el cadáver del poeta».  Paráfrasis desafortunada de «Ante un cadáver» de Acuña, en una de sus estrofas revela que la acusación contra la Belle Dame sans merci ya comenzaba a ser del dominio público:

 

¿Cómo siendo tan joven
que el quinto lustro no cumplido habías
fuiste a marcar el hasta aquí a tus días?
¡Ingrata la mujer que te ha arrastrado
a apurar la ancha copa de veneno!
Que por lágrimas cuente sus instantes,
y el pesar de su alma apoderado
hinque en ella sus dientes incesante![xxvi]

 

Más que sospecha, condena absoluta, anatema. Las buenas conciencias decimonónicas hubieran querido que Rosario guardara luto y se ocultara de exhibirse públicamente, como lo había hecho antes tras la muerte del coronel Juan Espinosa y Gorostiza. No había llegado el tiempo de mujer vampírica exaltada por los modernistas, aunque ya en una novela por entregas en El Renacimiento, Enrique A. Esteva había introducido el personaje de Ana de Alarcón, llamada por sus víctimas Mademoiselle Malheur.En el instante de la muerte de Acuña., Rosario tenía 26 años de edad. Le llevaba entonces, dos a su febril enamorado, pero un siglo de experiencia. Cuando en 1865 el joven saltillense acaba de llegar a México para inscribirse en la escuela preparatoria, Rosario de la Peña y Llerena brilla con la luz invencible de sus 18 años en los bailes imperiales, pues además de sus múltiples virtudes cuenta la de ser prima hermana de Josefa de la Peña y Azcárate, novia y futura esposa del mariscal Aquiles Bazaine.

A paso acelerado, Acuña habrá de labrar no una fortuna, pero sí una posición envidiable entre sus contemporáneos. Su muerte es el testamento de la ciudad romántica. Morir por propia mano y en diciembre, fue motivo suficiente para que la ciudad se enlutara y para que la república literaria se afanara en publicar la obra, asistir a la familia supérstite del poeta y a recolectar fondos para una estatua. A las encendidas discusiones en torno a su suicidio se suceden cien colaboraciones —entre poemas, artículos y semblanzas— publicadas tan sólo el mes de diciembre de 1873, según ha contado pacientemente Pedro Caffarel Peralta.

Como más tarde escribirá López Velarde, «nuestras vidas son péndulos». Paralelos en el tiempo, Manuel Acuña y Rosario de la Peña eran divergentes en el espacio. Rosario nunca se casó y continuó en su papel de musa de los poetas mexicanos y algunos invitados extranjeros, el más notable de ellos llamado José Martí. Se mudó de Santa Isabel a una casa en Tacubaya, donde el Periférico y la especulación inmobiliaria han arrasado con todo vestigio. Allí murió en 1924. Acuña interrumpió por su propia mano una trayectoria que parecía destinada al éxito. Como si una misma maldición pesara sobre las dos primas De la Peña, mientras en la Ciudad de México Rosario comenzaba a ser víctima de las murmuraciones, al otro lado del Atlántico el mariscal Bazai­ne, estaba a punto de ser condenado a la pena capital por un tribunal militar que lo había juzgado por el delito de alta traición, a causa de haber capitulado ante el ejército pru­siano en la batalla de Metz. El suicidio de Acuña tiene como vestigio urbano la Escuela de Medicina en el antiguo Palacio de la Inquisición, en uno de cuyos muros la fábrica de puros  El Buen Tono colocó una placa conmemorativa, ya en el siguiente siglo. El sueño efímero del Imperio, compartido por Josefa de la Peña, tiene su equivalente en el Palacio de Buenavista, obra de Manuel Tolsá, irresponsablemente rega­lado por Maximiliano a Bazaine, y reclamado a Porfirio Díaz por su viuda.[xxvii]

Años después, el peruano Carlos Amézaga, de paso por México, entrevista a Rosario de la Peña Y Llerena. Como fiscal ante un jurado, inquiere a quien, de ser generosa protectora del arte y de los artistas, había pasado a convertirse en musa maldita del romanticismo.

 

—¿Cómo hizo Ud. conocimiento de Acuña?
—Me fue presentado en casa con motivo de sus primeros triunfos poéticos. Mi casa, no lo atribuya usted a pretensión mía, era un centro de reunión preferido por los más distinguidos literatos de entonces. Yo recibí a Acuña lo mismo que mis padres y mis hermanos, como a un buen amigo, sin que él hubiese en el resto de su vida manifestádose de otro modo.
—La fama cuenta, y Ud. no debe ignorarlo, que Acuña se dio la muerte por los desdenes de la Rosario aquella a quien dedicó su «Nocturno»…
—Sí, señor, así aparece a primera vista; pero nada es más falso que aquello de que Acuña se haya suicidado por mí.
—¿Ud. no lo desdeñaba?
—Muy lejos de eso, lo quería como se puede querer a los hombres de la naturaleza de Acuña:    con admiración y cierto respeto. Ahora, si mi corazón perteneció a otro…
—Luego es cierto que él vivía  celoso y que la desesperación le arrastró al suicidio.
—¿Cómo podía yo darme cuenta de ese cariño en un hombre que me trataba como a su hermana, que siempre estaba alegre en presencia mía, que jamás me habló de terribles pasiones ni de violencias? Para que me­jor comprenda Ud. el carácter de Acuña, bástele saber que sus amigos todos le creían escéptico en el amor hasta el punto de conceptuar imposible que se apasiona­se exclusivamente de una mujer. Cuando vino a casa, si de broma aludía alguna vez a estas relaciones, Acuña se manifestaba un buen muchacho contento de su felici­dad y nada exigente.
—Muy extraño es lo que Ud. dice, y más extraño aún, que un poeta sincero y de la talla de Acuña haya queri­do engañar al mundo en su último trance…
—¿Ud. no comprende que yo no tengo tampoco por qué mentir? Si fuese una de tantas vanidosas mujeres, me empeñaría, por el contrario, con fingidas muestras de pena, en dar pábulo a esa novela de la que resulto heroína. Yo sé que para los corazones románticos no existe mayor atractivo que una pasión de trágicos efectos cual la que atribuyen muchos a Acuña; yo sé que renuncio, incondicionalmente, con mi franqueza, a la admiración de los tontos, pero no puedo ser cóm­plice de un engaño que lleva trazas de perpetuarse en México y otros puntos. Es verdad que Acuña me dedicó su «Nocturno» al matarse, es verdad que conservo el original de esa composición como un tesoro inapreciable, pero es verdad también, que ese «Nocturno» ha sido un pretexto nada más, y nada más que un pretexto de Acuña, para justificar su muerte; uno de tantos caprichos que tienen al final de su vida algu­nos artistas… ¿Sería yo en su última noche una fantasía de poeta, una de estas idealidades que en algo par­ticipan de lo cierto, pero que más tienen del sueño arrebatado y de los vagos humores de aquel delirio? ¡Tal vez esa Rosario de Acuña, no tenga nada mío fue­ra del nombre!
—Perdone Ud. que no dispense entero crédito a sus pa­labras. ¿Qué significan entonces las expresiones amar­gas y tan concretas de ese «Nocturno»? ¿Cómo fingir tan admirablemente bien lo que es verdadero en el co­razón de un hombre que va a matarse?
—Todo eso es fantasía pura. Yo amaba, es cierto, a otro hombre, al único a quien me he sentido obligada por el cariño toda la vida; a Flores, a quien usted seguramen­te ha conocido de fama… pero, ese poeta no menos des­graciado que Acuña, y que ha muerto posteriormente en mis brazos, ese hombre que no sospechaba tener un rival en su amigo Acuña, se encontraba en aquellas circunstancias fuera de México. Le repito a Ud. que Acuña no pudo estar quejoso de mí porque siempre fui amable con él y no usé de ese rigor a que alude en sus versos, porque ni lugar siquiera me dio para tal rigor… Es bien difícil, amigo mío, la causa que yo defiendo, pero tengo todavía en mi apoyo una prueba que es concluyente…
—Veamos aquella prueba.
—Acuña nació tan inclinado al suicidio, que debía matarse más temprano o más tarde, conociendo o no conociendo a esa Rosario a quien condenan las apa­riencias. Pertenecía el poeta a una familia desequilibra­da, no cabe ya duda alguna.
—Cuidado con esa afirmación que es muy grave y puede parecer calumniosa por lo difícil que es dar las pruebas…
—¡Las pruebas! Todos hoy en México las conocen: dos hermanos de Acuña se han suicidado con posterioridad a él. Ya Ud. ve que eso no puede ser una casualidad sino una degeneración morbosa de que existen por desgracia muchos ejemplos… Familias hay de suicidas, como las hay de tísicos y cardiacos. Acuña, con poseer una inteli­gencia de primer orden, con ser tan gran poeta, llevaba escondida en lo más íntimo de su ser aquella desespe­ración muda, aquel profundo disgusto de la vida que precipita ordinariamente al suicidio, cuando se ponen determinados sentimientos en conjunto. No le acuse­mos de loco, porque aquello también es una injusticia. Sentir con mayor viveza que otros el dolor, no resistir a la pena que algunos sobrellevan con estoicismo, será una debilidad puramente animal, pero no un total eclipse de la razón. Hiperestesia no quiere decir locura. Ella, por el contrario, es a las veces, generadora de mu­chas obras sublimes de arte que significan para su autor angustia horrible, llantos e insomnio, tensión nerviosa que enferma, incubadora fiebre que mata.[xxviii]

 

 

 

UN ARCÁNGEL VESTIDO CON HARAPOS

El 1873 de la muerte de Manuel Acuña, Jesús Fructuoso Contreras, de siete años de edad, cruza de la mano de su madre la plaza de armas de la ciudad de Aguascalientes, rumbo a la escuela del profesor Plácido Jiménez, donde el niño Contreras desarrolla sus tempranas y ya notables habilidades plásticas. Los años lo convertirán en el escultor oficial del porfiriato, en el artista que ejecuta plásticamente el carácter estático y triunfalista del porfirismo pero que se convierte en arquetipo del artista finisecular, empresario, personalidad pública y artista de vanguardia. La relación de Contreras con los principales escritores de la época se explica por la poderosa influencia —personal y artística— que éste ejercía sobre ellos. No es extraño, entonces, que Contreras se interesara en la figura de Manuel Acuña. Antes, Contreras había presentado el proyecto para un monumento a Guillermo Prieto, muerto en 1896. Para la representación de Fidel, el escultor proyectó una figura sedente, con el gorro frigio de la libertad en la cabeza; abraza a un niño indígena, tocado con sombrero de palma, que lee una hoja de papel ante el maestro. A sus pies, una mujer del pueblo —la musa calle­jera— ofrece al poeta una rama de laurel. En cambio, para el monumento a Acuña, Contreras renuncia al retrato realis­ta y apuesta por la alegoría; evade el culto a la persona y eli­ge realizar en mármol un grupo escultórico que interprete el destino trágico y glorioso del artista. El 1900, con motivo de la Exposición Universal de París, el Pabellón Mexicano al­canza con las esculturas de Contreras uno de sus mayores triunfos. En la plenitud de su capacidad intelectual —no obstante que el cáncer ha hecho necesaria la amputación de un brazo a Contreras—, el escultor exhibe el célebre desnu­do femenino titulado Malgré tout («A pesar de todo», así llamado porque, de acuerdo con la leyenda, el escultor realizó cuando ya había sufrido la amputación del brazo, el busto de doña Carmen Romero Rubio de Díaz y el conjunto alegórico en homenaje a Manuel Acuña. La exaltación de la hermosura física femenina, el culto al hada protectora del hogar como una gran Patria y la celebración del artista como héroe estaban representados en la muestra que Contreras exhibía ante los ojos del mundo. Pero es sobre todo la tercera figura la que nos interesa. El grupo escultórico está formado por tres figuras: un ángel con la mano derecha en alto está a punto de emprender el vuelo, mientras con la izquierda protege a una figura andrógina y la consuela de su dolor. A los pies de ambas figuras, una mujer joven y de formas rotundas se halla en proceso de agonía. Carlos Díaz Dufoo interpretó la escultura como una «lucha entre el placer, que lo atrae hacia la tierra, y la Glo­ria, que lo remonta a espacios más altos, y que marca con sus alas desplegadas el camino a la inmortalidad».[xxix]

Actualmente, la escultura de Contreras se halla en la Alameda Zaragoza de la ciudad de Saltillo. A su alrededor pulu­lan los patos de la laguna artificial y los niños que a la salida de la escuela secundaria reiteran con su algarabía el presente inacabable de la vida. La Alameda Zaragoza de Saltillo tiene —informa uno de los jardineros— las mismas dimensiones de la de la Ciudad de México. Semejante ironía no hubiera disgustado a Manuel Acuña. Su última conversación con Juan de Dios Peza y el último de los poe­mas dictados a éste por Acuña tuvieron como escenario la Alameda capitalina, ese obligado lugar de paso para los mexicanos decimonónicos. En el grupo escultórico  dedicado por Contreras a la memoria de Acuña, la poética finisecular interpreta los sentimientos radicales de sus antecesores románticos. Contreras esculpe el monumento a Acuña en un instante cuando el poeta de moda es Amado Nervo, diplomático, cosmopolita, editado en varias naciones y quien habrá de tener unos funerales aún más fastuosos y memorables que los de Acuña. Los artistas son apoyados por un régimen que prefiere ponerlos de su lado. En su Diario, Federico Gamboa hablará del apoyo brindado por Sierra a los intelec­tuales de su tiempo. Sin embargo, la lucha del artista contra el mundo y contra sus propios demonios es un fenómeno que no se modifica a pesar de mecenazgos y favores. Fue Amado Nervo precisamente quien el 26 de noviembre de 1895, cuando en la Ciudad de México había un total de 4 mil bicicletas, traería a Acuña a la arena de la biofilia porfirista:

 

¿Por qué, si ahora la bicicleta se multiplica, se multiplican también los suicidios?
¿Será porque los suicidas no andan en bicicleta?
¡Pobre Manuel Acuña! ¡Qué lástima que en su tiempo no haya habido siquiera una bicicleta redentora![xxx]

 

Involuntariamente pero como un eficaz y agudo relevo generacional, Julio Torri escribiría que el ciclista es un aprendiz de suicida. Con todo, la ciudad ateneísta, revolucionaria y americanizada hablaba de otra clase de suicidio: la muerte del sentimiento para el desarrollo de la inteligencia. Para la historia de la literatura, acaso Manuel Acuña llegue a ser un poeta cuestionado, pero nunca ignorado. Para la historia de la mentalidad romántica y para el conocimiento de una poética vital donde cada acción es impor­tante para explicar nuestra aventura humana, la decisión final de Acuña muestra una congruencia pocas veces vista en la literatura. Con el misterio de su muerte y su abdicación a la vida, logró permanecer más allá de su obra escrita para inquietarnos a establecer un diálogo incesante. El án­gel que preside el grupo escultórico de Contreras, en la Ala­meda de su tierra natal, es la victoria de la poesía a pesar del propio poeta, el vuelo de la gloria sobre los menesteres que nos absorben la verdadera vida. Si algunos versos de Acuña pudieran servir para ser inscritos en su monumento, no habría mejores que los contenidos en su poema «El hombre»:

 

Decídselo a la nada,
Que ella, tal vez, sabrá cuál fue la cuna
De ese arcángel vestido con harapos
A que llamamos hombre.

 

 

 

*Este ensayo forma parte de Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México 1850-1992. México: Ediciones Cal y Arena, 2004.

 

 


[i] Juan de Dios Peza, «La cartera roja. Cuento de Nochebuena», en Cuentos y recuerdos personales, p.32.
[ii]Luis González Obregón, «Manuel Acuña», El Liceo Mexicano, t. v, p. 143.
[iii]Expediente del archivo de la Escuela de Medicina. Todos los datos pro­venientes de este archivo en el presente capítulo fueron proporcionados por María Rosa Ávila.
[iv]Archivo Histórico de la Antigua Escuela Nacional de Medicina, Leg. 138 / Exp. 10 / f. 1-3.
[v]En Manuel Acuña, Obras, p. 364.
[vi] Hilarión Frías y Soto, Álbum fotográfico, pp. 56-57.
[vii]  Luis Miguel Aguilar, La democracia de los muertos. Ensayo sobre poesía mexicana, p. 112.
[viii] Salvador Novo, Un año, hace ciento. La Ciudad de México en 1873, p. 56.
[ix] Hilarión Frías y Soto, «La Plaza de Santo Domingo», en México y sus alrededores, p. 27.
[x] E1 Siglo XIX, 5 de diciembre de 1873, p. 1.
[xi] Cit. por Enrique de Olavarría y Ferrari, Reseña histórica del teatro en México, t. II, p. 345.
[xii] Manuel Acuña, Obras, p. 369.
[xiii] José López-Portillo y Rojas, Rosario la de Acuña, p. 52.
[xiv] Juan Díaz Covarrubias, El Diablo en México, en Obras completas, t. II, pp. 436-437.
[xv] Manuel Acuña, Obras, p. 333.
[xvi] Morse Peckham, Beyond the Tragic Vision, p. 87.
[xvii] Ignacio Manuel Altamirano, prólogo a Pasionarias de Manuel M. Flores, p. XVI.
[xviii]  Ignacio Manuel Altamirano, «Crónica de la semana», en El Renacimiento, t. I, 18 de febrero de 1869, p. 107.
[xix] José Tomás de Cuéllar, «El suicidio», en El Renacimiento, t. I, 27 de febrero de 1869, p. 127.
[xx] Los diálogos de la siguiente reconstrucción se basan en la «Crónica médica» incluida en el libro de Pedro Caffarel Peralta El verdadero Manuel Acuña, Imprheca, México, 1984.
[xxi] La idea será desarrollada años más tarde por Benjamín Jarnés en su li­bro Manuel Acuña, poeta de su siglo, Ediciones Xóchitl, México, 1942.
[xxii] 22 Pedro Caffarel Peralta, El verdadero Manuel Acuña, p. 145.
[xxiii] El Siglo XIX, 7 de diciembre de 1873.
[xxiv] El doctor Enrique Cárdenas de la Peña, sobrino-nieto de Rosario y gran estudioso de la historia de México, dijo alguna vez a mi padre: «Esa mesa donde se está apoyando para escribir es donde Manuel Acuña escribió el “Nocturno”». El mueble en cuestión fue donado por el doctor Cárdenas de la Peña a la Academia Mexicana de la Lengua, don­de actualmente se halla. Cuando era adolescente Cárdenas de la Peña tuvo entre sus manos el álbum de tapas de concha perteneciente a Ro­sario, donde se encuentran los testimonios de admiración salidos de la pluma de la primera división de la poesía mexicana y algunos agregados extranjeros, como fue el caso de José Martí, quien conoció a Rosario en alguna de las sesiones realizadas en su casa del número 10 de la calle Santa Isabel, donde actualmente se encuentra el Palacio de Bellas Artes.
[xxv] Cit. por José López-Portillo y Rojas en Rosario la de Acuña, p. 50
[xxvi] El Siglo XIX, 10 de diciembre de 1873.
[xxvii] José Luis Blasio recoge las palabras de Maximiliano cuando hace entrega del Palacio: «Mi querido Mariscal Bazaine: Queriendo daros una prue­ba de amistad y asimismo de agradecimiento por los servicios personales prestados a nuestra patria y aprovechando para ello la ocasión de vuestro matrimonio, damos a la mariscala el Palacio de Buenavista, compren­diendo en él los jardines y los muebles, bajo la condición de que el día que regreséis a Europa o que por cualquiera otro motivo no queráis conservar la posesión de ese palacio para la mariscala, la nación volverá a recibirlo y entonces el gobierno se compromete a darle en calidad de dote la suma de cien mil pesos». Maximiliano íntimo, p. 77.
[xxviii] Reproducido en José López-Portillo y Rojas, Rosario la de Acuña, pp. 45-47.
[xxix] El Imparcial, 19 de junio de 1900.
[xxx] Amado Nervo, «Mujeres y bicicletas», en Obras completas, t. I, p. 518.