Daniela Dávila Navarrete (Quito, Ecuador, 1992). Es docente de historia a nivel secundario y mediadora cultural. Le interesa la escucha y la escritura, colecciona libros de poesía, ensayo y literatura infantil y juvenil. Mira la lectura como un medio para explorar las narrativas que construyen comunidades libres y que dialogan con agencias múltiples. Reconoce la importancia vital de contar historias y de la escucha afectiva; elementos que construyen una “comunidad indomable” y más tierna. Co-produce el podcast Crónicas al borde, fue mediadora de lectura (2019-2025) en Picnic de Palabras Ecuador/Libroteca Imaginada y es co-autora del libro Instrucciones para leer el mundo (2023) junto con la ilustradora Carmen Lu Páez.
La habitación
Hemos puesto todo el miedo en una esquina blanca,
para que se ocupe de escalar en tres dimensiones,
mientras nos ocupamos nosotras de recogernos
y salir a explorar el mundo.
Hemos querido hacer, decir, pensar cosas magníficas
y maravillar a todos.
Y a esa premura de tanto, también la hemos dejado
en la otra esquina blanca.
Y mientras esas ganas crueles se quedan ahí derritiéndose,
nosotras nos hemos rearmado de ganas de aprender
y de mucha ignorancia, para mirar maravilladas el mundo.
Hemos tenido ideas, hemos imaginado y hemos luchado
porque esas ideas y esas imágenes sean verdad.
Y también hemos decidido dejar esos cubos
en la otra esquina blanca.
Y mientras se apilan hasta el infinito techo,
nosotras nos hemos dedicado a dejar pasar
todo relato posible,
para escuchar el mundo latir.
Hemos deseado entenderlo todo,
hemos deseado estar un paso delante de todo.
Hemos deseado ser cuidadosas,
y hemos ansiado alcanzar la conciencia tranquila de lo coherente.
Y a esos deseos los hemos dejado
en la última esquina blanca,
para que se devoren apasionadamente entre ellos.
Y mientras eso ocurre,
nosotras nos hemos lanzado al fracaso, al error,
para poder sentir al mundo estar.
Abrimos la puerta, la dejamos entreabierta,
salimos, tomamos un avión, luego una canoa,
luego otra, y otra, y otra y otra más.
No quedó ninguna de nosotras.
Lo verde y lo amarillo
No estoy segura del mundo de los bichos.
Los bichos no pueden hablar conmigo,
su lenguaje son puros susurros casi imperceptibles.
Sí, creo, que cantan, pero no estoy segura.
No estoy segura si la mosca me mira,
si las arañas escriben,
o los escarabajos bailan.
Sí, creo, que tejen mundos infinitos, pero no estoy segura.
No estoy segura si las abejas se enferman,
si las madres de las lombrices les sonríen,
o si los pececillos de plata celebran sus cumpleaños.
Sí, creo, que miran el tiempo pasar, pero no estoy segura.
No estoy segura si los bichos hacen el amor,
si los alacranes sienten miedo,
o si los mosquitos de la fruta saben nadar.
Sí, creo, que se toman la vida muy en serio, pero no estoy segura.
No estoy segura si las hormigas son chismosas,
si las pulgas sueñan con los perros,
o si las polillas nos espían al dormir.
Sí, creo, que saben que van a morir, pero no estoy segura.
No estoy segura del mundo de los bichos.
Los bichos no pueden hablar conmigo,
ni contigo, ni tampoco contigo.
Sí, creo, que se preguntan cosas, que les duele el mundo,
y que saben de la belleza de
lo verde y lo amarillo.
La segunda foto
¿Quién soy yo para hablar de Palestina?
Escucho a mi amiga contar de sus abuelos y bisabuelos,
me muestra una casa, una casa en una foto.
Esta casa espera, resiste, está quieta.
Ahora, la vamos a imaginar, juntas.
Una casa también puede preguntar, aguantar, soñar, llorar;
y una casa desea, pide, lucha, quiere, nombra, siente;
y puede recordar.
¿Qué recuerda la casa de los tiempos sin ocupación?
¿Habrá ruidos de cucharones y ollas grandes?
¿Habrá gritos y llantos y risas de los niños?
El bisabuelo rezando, la bisabuela cantando,
las ventanas vibran, los pisos suenan y los aplausos.
¿Habrá aplausos?
Las goteras sin reparar, las grietas de las paredes,
los vidrios rotos, las ausencias,
las bombas, el silencio.
Mi amiga dice que la casa sigue en pie,
que la casa anhela el retorno.
Se la ve a lo lejos, hay barreras, acercarse es peligroso.
La vigilan, t-o-d-o–e-l--t-i-e-m-p-o.
Una sola vez vi la casa, la única foto de la casa.
Traigo a mi memoria fotográfica la imagen,
la imagen que una sola vez vi.
Allí, esta casa también existe,
allí, esta casa es tibia como las piedras que a veces meto en mi bolsillo.
Las piedras que se convierten en amuletos y marcan su liminalidad.
En mi memoria, la casa es infinita, como las piedras, como la tierra.
La
tierra
Palestina.
Me he puesto un amuleto, una sandía de plata.
La promesa es que no me lo quito,
No, no hasta que esa casa tenga vidrios nuevos,
paredes lisas y pintadas, fuego, una olla calentándose,
olor a pan caliente, café recién hecho, una cama.
No me lo quito, hasta que mi amiga de abuela palestina me envíe una foto.
En esa foto, que existe porque yo ya la imagino,
ella, mi amiga, saluda desde el marco de la puerta de la casa-piedra.
La segunda foto que existe de la casa.
La foto llega,
la casa respira, la casa suda, y tiene flores y suena.
Ese día, yo me quito el amuleto, aprieto las piedras en mis manos
e imprimo la foto.
¿Quién soy yo para hablar de Palestina?
¿
Q
u
i
é
n
?
Ahí, las flores
Reconozco la potencia de la naturaleza;
cuando las plantas salvajes y obstinadas rompen grietas en el concreto de las paredes,
cuando las raíces de los árboles fuertes e imponentes elevan montañas en el asfalto.
Ahí, cuando me tropiezo, cuando me fijo, ahí, reconozco que la naturaleza no tiene miedo.
Reconozco que el tiempo de un bicho en la tierra equivale a mi tiempo frente a un olivo.
Una mosca vive 15 días, una abeja obrera 5 meses, una araña un año.
El olivo más viejo de Palestina tiene 5000 años.
Ahí, cuando registro, cuando mi paso se hace lento, ahí, reconozco que soy un bichito en un olivo.
Reconozco que las piedras tienen memoria.
Las transforma el agua, el viento, el calor, las bombas, las palabras.
Ruedan las piedras, se chocan las piedras, se transportan las piedras, se apilan las piedras, y recuerdan el camino.
Y luego, también explotan las piedras, y se quiebran, y se hacen polvo las piedras, y se pierden, pero nunca dejan de hacer memoria. De quedarse, las piedras.
Ahí, cuando yo recuerdo, cuando la nostalgia insiste, ahí, reconozco que ni el estado de Israhell puede asesinar a las piedras.
Reconozco la sutileza de las flores,
cuando dignamente aparecen en colores, cuando su aroma me toma por sorpresa al andar.
Busco a través del satélite las flores en Gaza ¿cuántas quedan disponibles para las abejas y las mariposas?
Extiendo con mis dedos índice y pulgar lo que más da el zoom de la pantalla.
No las encuentro. Se esconden ligeras y diminutas, pero no invisibles.
Las flores y las abejas y las mariposas, y las niñas y los niños están ahí.
Ahí, cuando navego en la pantalla hasta el patio de lo que parece una escuela, ahí, reconozco a las flores reírse y los niños cantar.
Re-conozco. Miro dos veces. Vuelvo a mirar. Niños cantando, flores riendo, la infinitud de las piedras, el arraigo de los olivos. La naturaleza no le tiene miedo al genocidio, todos los días la vida le saca ventaja a la muerte, todos los días.
¿Acaso no somos nosotros naturaleza también?
Todos los días en Palestina crecen flores, nacen bichos, suena el viento y el agua corre, la sangre también corre, se sostiene la vida, porque la naturaleza es salvaje y obstinada, e insiste, como insiste hoy la palabra aquí.
Vuelvo a mirar, ¿acaso no somos nosotros naturaleza también?
El miedo a nadar
Estoy a punto de decirle que me derrito…y me congelo.
Me paraliza la frontera.
Me enternecen sus grietas que aparecen en forma de miradas,
de abismos minúsculos en la tensión
de un contacto sostenido.
Estoy yendo lento,
y de pronto me emociona un fuego atropellado
por una ansiedad líquida.
Que se disfraza de riada.
Y me atropella a mi también, recordándome que la acequia
es la que mantiene vivas las flores.
Me descompensan las señales ajenas,
las que no puedo traducir.
Me pausan las ganas de observar
en lo desconocido un filito de encuentro.
Un momento de gratitud.
Estoy a punto de decirle que me derrito…
y en vez de eso…contemplo.
Hasta que me atreva y borre mis propias fronteras,
los temores ilusorios de mis traumas.
Esos que cada vez miro más de lejos.
Ahí, en esa contemplación…ahí, encuentro la gratitud,
ese espacio primario que, quizás, me deje atreverme
a decirle qué siento.
Sin tantas palabras y con la firmeza que requiere sostener el cauce de mis propios ríos para saber navegarlos.
Me encuentro hablando de agua,
cuando toda la vida me ha dado miedo nadar.
Maralfalfa
Duerme conmigo un animal salvaje,
que crece como la maleza,
que lo devora todo,
y al mismo tiempo, es alimento de los caballos y las vacas.
Se baña conmigo una cazadora,
que afila sus uñas en mi espalda,
que me las clava en el pecho para ahogarme el espanto,
y me lame lo dulce de entre mi dedo gordo del pie.
Merienda conmigo una bestia,
que se monta en el filo del techo,
para espiarme mientras me saco las pulgas,
que se acicala el pelaje con el perfume caro de mi abuela muerta,
y me pone de espaldas con el espejo grande
de mis deseos dormidos.
Sueña conmigo la fiera,
que se derrite a mi lado izquierdo todas las noches,
que me repara la angustia con el sonido de su relato,
me pide, me tienta, me propone la risa,
y me abre las piernas.
Riñe conmigo el monstruo,
que me espera en silencio hasta que explota de rabia,
que me engulle la pena del rostro,
que me abraza y me aprieta hasta la asfixia,
y se traga dichoso cada sorbo de mi.
Me seca y me respira, me arma y me atropella,
con su frondosa espesura me toma entera.
***
Dossier de poesía joven ecuatoriana




