Francisco Tario

Dos poetas colombianos, Ramón Cote (1963) y Federico Díaz-Granados (1974) nos presentan dos textos de homenaje y fascinación en torno al futbol y, concretamente, al futbol español. Cote nos presenta una crónica de su amor creciente por el Real Madrid mientras que Díaz-Granados nos ofrece un texto que muestra las relaciones entre futbol y literatura, futbol y educación sentimental.

 

 

 

 

Mi (Real) Madrid

Por Ramón Cote Baraibar

 

Me tendrán que perdonar, pero mi afición al Real Madrid es un tanto tardía. La mayoría de las personas confiesan –y contraen- su pasión a una edad temprana, pero la mía, por circunstancias geográficas, se produjo a los 17 años cuando llegué a Madrid a vivir con mi abuela. Venía de Colombia, donde el nombre de Di Estéfano en su paso por Millonarios todavía llenaba páginas de la leyenda de El Dorado, y de quien todos sabíamos que de allí había ascendido las gradas hacia la gloria blanca.

 

Mi primera cita en directo con el fútbol español no se dio en el Bernabéu sino en Anoeta, cuando vi a la otra Real, a la Real Sociedad, equipo de la ciudad donde nació mi madre, a quien poco o nada le oí hablar de fútbol en sus 69 años de vida. Pero fue en el Madrid de los ochenta donde las cosas cambiaron para siempre. A mi abuela sí le gustaba el fútbol y lo veíamos en la tele de la sala. Fue la época, cómo no, de la Quinta del Buitre. Ver su juego estirado, pausado y elegante, que se alargaba y encogía como si fuera elástico, me cautivó para siempre. Me parecía increíble que un balón pudiera alcanzar un nuevo estado, superior a todo lo visto, se pudiera manejar de esa manera, con la máxima belleza, destreza y eficacia, en una ecuación reservada a los más grandes.

 

Con pocos amigos hablaba de fútbol cuando estudiaba Filología Hispánica, pero hubo uno con quien sí lo hacía, con tanta vehemencia y belicosidad, como debe ser, que un día me hizo caer en cuenta de las frases maravillosas de Valdano. “Pero si es el Séneca del fútbol”, me repetía Jose Expósito, amante del Madrid y experto en Juan Ramón Jiménez, una mezcla aparentemente improbable pero si se piensa bien, absolutamente complementaria.

 

Como todos los amores verdaderos, el mío era un amor secreto, porque hablar de literatura en Filología o de pintura cuando estudiaba Historia del Arte estaba bien, pero hablar de fútbol estaba fatal. Borges sí, Sanchís no, parecía ser la tácita consigna de entonces por los pasillos de la facultad. Por eso devoraba a escondidas, como si fuera una revista pornográfica, los artículos de El País, El Mundo, el ABC y Marca, con fruición pagana.

 

Pero entrar en el Bernabéu fue otra cosa. Y allí fui a parar una noche de octubre de 1983, con un frío pelante, para ver en directo lo que había visto a distancia. Fue toda una revelación, una epifanía, con el añadido de los coros, algarabía y pipas por doquier, y ese tum tum que estalla en el esófago al ritmo de ese par de sílabas que como la sístole y la diástole inflaman al corazón. Fue, y no es por humillar, el famoso 5-0 al Atlético de Madrid. Y después siguieron más visitas al santuario de la Castellana, espaciadas eso sí, en plena movida madrileña. Comprobar con mis propios ojos que nadie podía ser tan joven en el mundo, ni tan delgado, letal y escurridizo como Butragueño, ver la maestría de voladas de Buyo, el empuje constante de Martín Vásquez, y los infaltables calcetines caídos a la altura de los tobillos de Rafael Gordillo quien corría por la banda izquierda como si lo persiguiera una manada de rinocerontes. Y ya atreverse a llorar allí, después de un gol de Hugo Sánchez, ya hacia el 86, con su celebración incluida de salto mortal en el aire y posterior apretada de puños, a quien varias veces con algunos amigos proscritos fuimos a buscar a un restaurante mexicano que había por Hortaleza.

 

Siempre me impresionó, y desde entonces, esa especie de premeditada calma chicha que le imprimía a las jugadas la Quinta del Buitre, que se ha convertido en marca de la casa, como si el partido no fuera con ellos, y de repente el zarpazo súbito, la velocidad frenética, el paso preciso y el grito de gol inmediato. Era el Madrid de los ochenta en el Madrid de los ochenta. Ya me dirán: cinco copas seguidas, con la Cibeles ya mareada de tanta celebración y atascos monumentales. 

 

Pero también hubo derrotas. Recuerdo un titular del ABC, que mi abuela recibía religiosamente y que me huele a tostadas quemadas y a mermelada de naranja, que decía de manera admonitoria en la tapa: “El Madrid no debe amilanarse”. Y claro, el Milan nos amilanó con un 3-0… Al día siguiente en Barajas coincidí con el equipo triunfador y pensé que me iba a cruzar con una escuadra  cojeante, digna de un ejército de coraceros napoleónico regresando de Moscú, tal como si fuera una escena de Los Duelistas, de Scott, pero para mi decepción una impecable colección de trajes Armani uniformizaba a todos los jugadores que sonreían burlonamente a diestra y siniestra. Tamaña humillación no ha sido olvidada.

 

Estuve en la Cibeles viendo pasar la carroza negra de Tierno Galván, al lado de unos punkis que se subieron a una farola y cantaban como último homenaje al viejo profesor “Y bailaré sobre tu tumba” de Siniestro Total. Y yo también bailé y canté en la Cibeles la última copa que me tocó en suerte, mientras la carroza de la diosa se llenaba de bufandas blancas. Ese era Madrid, mi real Madrid.

 

 

 

 

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LA LIGA, REINVENCIÓN DE MI INFANCIA 

Por Federico Díaz-Granados

 

 

No he podido determinar qué fue primero: si el fútbol o la poesía. Porque ambos iluminaron los ámbitos de mi infancia como instantáneas multicolores que inventaron y reinventaron en cada instante el asombro. Por eso cuando Javier Marías nos recuerda que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia” mi memoria se llena de gambetas, taquitos y por supuesto de goles o sea la síntesis misma de lo más lírico y verdadero.

Desde aquellos días he sido hincha del Independiente Santa Fe razón fundamental para haber conocido desde muy niño el esplendor y la dignidad de la derrota que fortaleció el corazón y templó el carácter. De ahí que las derrotas dominicales en el Estadio “El Campín” y las humillaciones del rival de patio fueran compensadas con los goles europeos que llegaban en diferido por la antena repartidora de La Florida, comentadas por Eucario Bermúdez y que, con ocho o diez horas de retraso, llegaban a nuestros televisores a través de Noticias Uno o Teledeportes. En esa señal diferida la poesía se trasladaba a las ligas italiana, inglesa y por supuesto española en una especie de lejanas imágenes que forjaban certezas y emociones que quedarían para siempre.

El Mundial España 82 fue la excusa para que llegara el primer televisor a color  a mi casa y con la complicidad de mi padre llené entonces el respectivo álbum de figuritas de Panini donde las láminas de Maradona y Zico eran las más difíciles de conseguir.  España 82 no era el campeonato de los latinoamericanos que no alcanzaron instancias finales razón por la cual todavía le debo a mi padre la apuesta que pactamos por la final: él iba por la Italia de Paolo Rossi y yo por la Alemania de Karl Heinz Rummenigge.

Después llegarían los días de mayor frustración. Colombia renunciaría a la organización de la Copa Mundial de 1986 y así se alejaba la posibilidad de ver en vivo y en directo a los héroes dominicales en las canchas de mi país. Así, “la recuperación semanal de la infancia” seguía siendo la señal diferida de los goles de las ligas europeas, los álbumes y los suplementos de los días lunes dedicados a los resultados futbolísticos internacionales.

La llegada de los futbolistas latinoamericanos a España siempre es como un nuevo Modernismo, un regreso de las carabelas que llenan de sentido y significado una lengua, una cultura y un juego. Así los jugadores brasileños, mexicanos, colombianos y peruanos llevan la danza y la alegría de sus naciones y los jugadores argentinos, chilenos, uruguayos y paraguayos, aportan la garra característica del cono sur del continente.

Los domingos en la noche mientras preparaba mis útiles escolares y mi uniforme para el día siguiente todo era maravilla. A las derrotas del Santa Fe la compensación eran los goles de Hugo Sanchez con el Real Madrid, algunas atajadas de Fillol y goles del “Polilla” Da Silva con el Atlético de Madrid y jugadas de creación del uruguayo Wilmar Cabrera en el Valencia. Luego llegarían los días del esplendor carioca en la madre patria con Romario, Bebeto y Roberto Carlos y, cómo no, mencionar la llegada de la legión colombiana comandada por Carlos Valderrama, René Higuita, Leonel Álvarez y Francisco Maturana al Real Valladolid y de Adolfo “El Tren” Valencia al Aleti. Todavía hace parte del anecdotario nacional aquel tiro de esquina en el Bernabeu donde Michel le toca los genitales a Valderrama ante la mirada de incredulidad y desconcierto de nuestro 10. Tuvieron que pasar dos décadas de aquello y de los festejos de Chilavert y el “Bam Bam” Zamorano para sentir como propio cada gol de Falcao en el Atlètico de Madrid.

Pero tal y como me lo recordó el entrañable maestro Héctor Rojas Herazo que  “uno es del lugar donde están los amigos porque son ellos quienes nos inventan” que confirmé las razones por las cuales Joan Manuel Serrat (Barcelona), Almudena Grandes y Chus Visor (Atlético de Madrid) trasladan sus afectos al Santa Fe en Colombia y al Boca Juniors en Argentina y el poeta Luis García Montero (Real Madrid) hacia Millonarios y River Plate respectivamente. Porque todos reconocen sus pares en el mundo. En mi caso aprendí a hinchar por el Granada CF porque lo he sentido lo más cercano a una novela de aventuras, a una saga épica donde la grandeza no se mide por los resultados y las posiciones en la tabla sino por la medida de sus fracasos y lealtades. La talla exacta del corazón. Después de leer No vuelvas a decir que es imposible –Tragedia y milagro del Granada Club de Fútbol– del joven poeta y sufrido hincha Fernando Valverde que supe, irremediablemente y para siempre, que el Granada sería el otro equipo de mi vida, porque, como me ocurre con la literatura, solo me interesan los asuntos que hablen de las fragilidades del hombre, de sus grandes interrogantes y sus pequeñas victorias personales. Así el Granada CF era la metáfora perfecta, el cante jondo, el verso andaluz y el abrazo postergado.

Y como buen hincha del Granada supe de aquella temible y legendaria defensa suramericana que integró las filas del club en los años 70: El paraguayo Pedro Fernández, el argentino Ramón Aguirre Suárez y el uruguayo Julio Montero Castillo, más conocidos como los Granaguayos. Temidos y respetados por sus rivales sabían ellos que si pasaba el balón nunca pasaría el jugador. Muchos jugadores de la época afirmaban que jugar en Los Cármenes era como ir a la guerra por la voluntad, agresividad y fuerza de esta defensa y mediocampo suramericano en tierras andaluzas.  El paraguayo Fernández lo justificaba: “El fútbol es para pobres. Con un balón nos entreteníamos 20 chicos mientras que el tenis costaba dinero. En las canchitas, en los potreros había muchos roces, mucho choque. Se aprende mucho. Se aprende a pegar, a sobrevivir”. Fernández fue el primer jugador sancionado en la Liga española por la ayuda de las cámaras de televisión. 15 fechas de suspensión después de aquella entrada al crack del Real Madrid Amancio Amaro a quien le rompió el cuadriceps.  Hace poco, a raíz de la muerte del “Negro” Aguirre Suárez se han revivido muchas anécdotas de esta época. “La Pareja quirúrgica” eran llamados Fernández y Aguirre Suárez por la prensa en hinchadas rivales pero sus nombres hacen parte ya de la mitología de afectos de los hinchas granadinos.

Son por todos los motivos mencionados que armo hoy mi cartografía de recuerdos para comprobar que, al igual que me pasa con la literatura, es desde  España donde conozco mejor mis tradiciones. Solo cuando los futbolistas latinoamericanos pasan por su liga los reconozco mejor en sus talantes. Alfredo Di Stéfano, Diego Armando Maradona y Leonel Messi son tan poetas como Joaquín Sabina cantando un Tango para Valdano o la “intuición del instante” de la noche de los cinco goles de Falcao en el Vicente Calderón al Deportivo la Coruña o como el autogol de Cristiano Ronaldo en Los Cármenes son hechos de total justicia poética y porque a través de esos raptos, de esos breves instantes de asombro mi infancia regresa y se recrea, reinventa y justifica llenando una vez más de certezas mi vida.

 

 

 

 

Datos vitales

Ramón Cote Nació en Cúcuta en 1963.  Ha publicado los libros de poesía Poemas para una fosa común (1985), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estacion de delicias (1991), El confuso trazado de las fundaciones (1992), Botella papel (1999, 2005), Colección privada (2003), Premio de Poesía Casa de América de Madrid, y No todo es tuyo, olvido, Antología de poemas. (Bogotá, 2007). además, es autor de Diez de ultramar (1992), antología de la joven poesía latinoamericana, del libro de cuentos Páginas de enmedio (2002) y de la biografía Goya. el pincel de la sombra. (2005). En mayo de 2006 se publicó su Antología de la Poesía Colombiana del Siglo XX en España. En 2009 ganó el Premio Unicaja de Poesía con el libro Los fuegos obligados.

 

Federico Díaz Granados Nació en Bogotá en1974. Poeta, periodista, profesor de literatura y gestor cultural. Actualmente es director de la Biblioteca de Los Fundadores del Gimnasio Moderno y de su Agenda Cultural. Ha publicado entre otros libros: Las voces del fuego (1995); La casa del viento (2000); Hospedaje de paso (2003); Álbum de los adioses (2006), Las horas olvidadas (2010) y La poesía como talismán (2012). Además ha preparado, entre otras, las antologías de nueva poesía colombiana Oscuro es el canto de la lluvia (1997);  Inventario a contraluz ( 2001) y Antología de poesía contemporánea México-Colombia.