Foja de Poesía No. 492: Sergio Eduardo Cruz Flores

Presentamos la poesía de Sergio Eduardo Cruz Flores (Estado de México, 1994). Estudia Lengua y Literatura Inglesa. Es prosista y poeta.

 

 

 

 

 

Vinlandia

 

Mañana, cuando den las primeras luces,

estos barcos que ves flotar perpendicularmente

del cielo habrán zarpado

lejos, hacia la tierra de los osos. Dentro, los hombres

que ahora preparan sus viajes

estarán remando (sudor en el pecho) y habrán

de entretenerse contando las sagas

que contaron sus ancestros. Algunos no resistirán

el largo viaje sin descanso. Otros perecerán en guerras.

Otros clavarán sus espadas en la historia

y sus nombres serán recordados por nuevos poetas.

Aún nada de esto pasa

y los barcos,

en su lenguaje de contracciones, discuten

rumores de maravillas que a todos esperan

en el sur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El doctor se arrepiente

 

Qué melancolía regresar

una y otra vez

al mismo punto. Cuando mandé flores

a la tumba de mi madre,

no sabía

que la forma de cada caricia describía mi propia alma

y que el centro de mi cuerpo era el centro de la noche.

Ahora todo se apaga

frente a mí, convertido

en paraíso de miembros decadentes

pero hermosos

que nunca terminaré de apilar.

 

 

 

Principio

 

 

Escucho la música de Berlioz como un vidrio roto

en que ningún hálito de sonido

trasciende

las partículas ínfimas

de despertar.

 

Escucho la música de Berlioz como un gusano

que rodea la sagrada piel frágil, tersa

de una manzana verde

y, tomando fuerza,

la penetra.

 

Escucho la música de Berlioz como un sitio

de taxis a la una de la mañana

hacia el cual camino

un poco ebrio, lentamente,

pensando navegar

de mi boca al sueño

y fugarme hacia la nada que regresa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guerrero

 

Llegaron los días de la cosecha

a través del cielo y el mar,

y este paraíso se convirtió en herrumbre.

 

Quiero desenterrar a los muertos, ahora

que es luna llena en el abismo

y los lobos y los chacales, henchidos de placer,

aúllan profecías.

 

 

 

 

 

Quel obscur objet du désir ?

 

Choqué contigo en la avenida más transitada de la ciudad

a la hora más transitable. Era necesario.

“Justo estaba recordándote”, me hubiera gustado decir,

pero tú rodeaste el cuerpo tenso de reencuentro

y besaste el cuello lenta, corta, duramente: así te gusta.

Era necesario ver tu silueta flaca en medio

de la banqueta recién convertida en espacio de accidente,

plataforma de choque, día de muerte. La muerte de una época

en que cada rostro se convierte en paradoja,

cada paradoja en sueño, cada sueño en distancia,

cada proceso de la vida en algo diferente. Era necesario.

Era necesario perderme en la búsqueda de alguien

que no eres tú, yo sé, pero qué importa

cuando el cielo se alinea perfectamente en el te-busco

y nadie, ni por miedo al hado al infierno o a la guerra de Troya,

escapa

de la indeterminada sutileza, quién sabe,

de la pasión.

 

 

 

Billy Budd, marino

 

 

 

            I am sleepy, and the oozy weeds around me twist

                        -Herman Melville

 

 

 

En este país se mata a la belleza. No hay nada

que hacer cuando el cuchillo ejecutor

desciende, con argucia de carnicero,

por la garganta delgada del ser que tú amaste

y separa grasa muerta de carne aprovechable

para alimentar a los perros. En este país

se mata a la belleza. El bien y el mal, Dios

y la distancia inenarrable están siempre chocando

unos con otros, con el caótico pasar de ciclos

y estaciones improbables que nunca se resuelven;

el tiempo nada más puede encimarse

con el espacio que nunca regresa. En este país se mata

a la belleza. Marinero, tú que sabes el color de la soga

cuando ciñe su garganta líquida en mis manos, dime

si así es el mundo entero

o si así se recibe nada más al inocente que tartamudeó en el juicio

y vio, delante de él,

cómo las puertas infinitas del destino

se le cerraban.

 

 

 

 

 

 

En Thiais

 

            para Paul Celan

 

 

Esta es mi última profecía:

un hombre de sal ascendiendo en el cielo

hacia un nuevo cielo inevitable.

 

Confío en ella. La sé. La he visto

marcada en el nombre de los árboles,

abrasada en los campos veraniegos.

 

Confío en ella. Mi profecía

un día dejará de arrullarme

y abriré mis brazos a la tierra prometida,

 

confío también

en ella. Mañana, si Dios quiere,

me levantaré temprano y echaré agua

a los campos donde mis muertos florecen;

si encuentro una flor blanca

que me recuerde a tus manos, prometo

no cortarla: la juntaré con los olores de la tierra

para guardar su voz entre tus regalos

y te la ofreceré como caricia

para siempre.

 

 

 

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