Helena: belleza y desgracia



Helena: belleza y desgracia

Presentamos un interesante texto del poeta  y ensayista Rubén Márquez Máximo sobre la figura mítica y literaria de Helena. Rubén Márquez es autor del poemario “Pleamar en vuelo” y profesor de literatura del Tecnológico de Monterrey, campus Puebla. Cofundador de la editorial y la revista electrónica de literatura Círculo de poesía.

 

 

 

 

 

Helena: belleza y desgracia

 

“Óigame usted, bellísima,

no soporto su amor.

Míreme, observe de qué modo

su amor daña y destruye”

 

Eduardo Lizalde  

 

El fenómeno estético, de acuerdo con Kant, se presenta de dos maneras: a través de lo bello, como lo puede ser un paisaje en primavera; o a través de lo sublime, representado en la imagen de un acantilado o de una tormenta. Estas últimas figuraciones nos seducen por su capacidad de envolvernos con el manto inconmensurable de lo incierto, abriendo una herida insalvable y un sentido trágico de la existencia. Bajo esta premisa, la belleza de Helena es sublime. Su atractivo nos cautiva con tal sortilegio que nos eleva hasta lo más alto para experimentar en ese instante de felicidad inmensa el vértigo que nos llama hacia la muerte. Helena, divina entre las mujeres, nos conmueve el alma en lo más profundo porque en ella está el drama de la luz y la oscuridad.

              Para explicar la naturaleza de Helena nos remitimos a su nacimiento. Una de las grandes hazañas amorosas de Zeus aconteció con Némesis, representación de la Ofensa y la Venganza, partícipe de la gran diosa de la Necesidad que gobierna tanto a seres mortales como inmortales. Después de largas persecuciones, Zeus logra el prodigio de estuprar a la Necesidad dando como resultado la vida de Helena. Por consecuencia, la belleza de esta mujer espartana es hiriente como el rayo, la causante de una serie de ofensas y venganzas a lo largo de los años y la gran Necesidad que mueve a los hombres. 

                La belleza de lo sublime, encarnada en una mortal, parece ser siempre ofensiva por su abrumadora presencia, provocando en los héroes antiguos el deseo de vengarse de ella por medio del estupro. El sentimiento que causa la perfección de la hija de Zeus no es el provocado por una flor que observamos frágil, queriendo por ello contemplarla sin tocarla, su belleza provoca el apetito de lucha y desafío incitado por una tormenta en medio del mar. El deseo de posesión es la única forma que tienen sus amantes de vengarse de ella, es decir, de tanta belleza que los consume. Al mismo tiempo, su cuerpo mancillado que nunca logran tener por completo, es el arma con que Helena también se venga de ellos. Su belleza provoca la fuerza pero también la vence, por eso, la de los brazos de nieve, desata y recibe la violencia de sus amantes pero también la elimina cuando la contemplan desnuda en todo su esplendor dejándolos perplejos.

              Helena hizo sufrir a miles de familias tras la guerra de Troya por lo que padeció el despreció y los insultos de muchos hombres y mujeres. Su propio nacimiento estuvo cubierto con un hálito de ignominia. La simiente de Zeus y Némesis fue a germinar en la matriz de la reina Leda en ausencia de su esposo, por lo que Tíndaro y ella vivieron en la infamia después de ser deshonrado su lecho nupcial. A este resentimiento del padre y de la madre se le unirán muchos más hasta el momento de su muerte. Cuenta la tradición que la bella espartana se le presentó a Homero y lo sedujo para cantar la Ilíada, perpetuando con esto su venganza contra la raza humana que la vio con envidia.

               Su belleza representa su hybris, es decir, la desmesura y la insolencia contra los dioses que inclusive los hace luchar entre ellos, por tal motivo, su tragedia es de corte épico. Sin embargo, solamente la belleza extraordinaria de esta mujer pudo ocasionar tantos males. Nuestro poeta Eduardo Lizalde ya lo dijo en unos versos brillantes: “Sólo señoras mías, / para concluir este discurso edificante / -no se entusiasmen todas-, / sólo es lícitamente prostituible / la hermosura excepcional: / solamente los dioses y las diosas / saben prostituirse / con arte verdadero.” Únicamente la belleza de lo sublime puede ser tan codiciada provocando el honor y la desgracia, la lírica y la tragedia que embelesa y oscurece los días.

              Finalmente, la apariencia inconsistente de la Helena homérica, pues su presencia siempre fue un reflejo y un símbolo de la pérdida, lucha contra la verdad platónica de las cosas estables que perduran, sobre todo en el buscado orden del mundo utópico de la ética y la justicia.  Entonces comprendemos, que en este sentido, la poesía viene del engaño, de la imagen de las cosas como nuevamente lo profetiza el poeta: “No importa que sea falso: / cuando tú quieras verme unos minutos / vive conmigo para siempre.” Maestra de la simulación, es decir, de la seducción, Helena perdura en la memoria como la mujer más codiciada, la más amada y la más odiada de todas.

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