Pablo Neruda: Alturas de Macchu Picchu



Pablo Neruda: Alturas de Macchu Picchu

Presentamos Alturas de Macchu Picchu en el 111 aniversario del poeta chileno, Pablo Neruda (1904-1973). Premio Nobel de Literatura 1971. Los XII cantos del poema vienen antecedidos por un par de notas sobre el texto que Neruda escribió en su Confieso que he vivido.

 

 

 

 

«Cuando se publicó por primera vez mi poema «Alturas de Macchu Picchu», tampoco se atrevió nadie a mencionarlo en Chile. A las oficinas del periódico chileno más voluminoso, El Mercurio, un diario que se publica hace casi siglo y medio, llegó el editor del poema. Llevaba un aviso pagado que anunciaba la aparición del libro. Se lo aceptaron bajo la condición de que suprimiera mi nombre.

—Pero si Neruda es el autor —protestaba Neira.

—No importa —le respondieron.

«Alturas de Macchu Picchu» tuvo que aparecer como de autor anónimo en el anuncio. ¿De qué le servían ciento cincuenta años de vida a ese periódico? En tanto tiempo no aprendió a respetar la verdad, ni los hechos, ni la poesía.

A veces las pasiones negativas contra mí no obedecen simplemente a un enconado reflejo de la lucha de clases, sino a otras causas. Con más de cuarenta años de trabajo, honrado con varios premios literarios, editados mis libros en los idiomas más sorprendentes, no pasa un día sin que reciba algún golpecito o golpeteo de la envidia circundante.»

***

«Me detuve en el Perú y subí hasta las ruinas de Macchu Picchu. Ascendimos a caballo. Por entonces no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas cumbres de los Andes verdes. Desde la ciudadela carcomida y roída por el paso de los siglos se despeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban desde el río Wilcamayo. Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra; ombligo de un mundo deshabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos.

Me sentí chileno, peruano, americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de mi canto.

Allí nació mí poema “Alturas de Macchu Picchu”.»

 

 

 

 

Alturas de Macchu Picchu

 

 

 

I

 

Del aire al aire, como una red vacía,

iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo,

en el advenimiento del otoño la moneda extendida

de las hojas, y entre la primavera y las espigas,

lo que el más grande amor, como dentro de un guante

que cae, nos entrega como una larga luna.

(Días de fulgor vivo en la intemperie

de los cuerpos: aceros convertidos

al silencio del ácido:

noches deshilachadas hasta la última harina:

estambres agredidos de la patria nupcial.)

Alguien que me esperó entre los violines

encontró un mundo como una torre enterrada

hundiendo su espiral más abajo de todas

las hojas de color de ronco azufre:

más abajo, en el oro de la geología,

como una espada envuelta en meteoros,

hundí la mano turbulenta y dulce

en lo más genital de lo terrestre.

Puse la frente entre las olas profundas,

descendí como gota entre la paz sulfúrica,

y, como un ciego, regresé al jazmín

de la gastada primavera humana.

 

 

II

 

Si la flor a la flor entrega el alto germen

y la roca mantiene su flor diseminada

en su golpeado traje de diamante y arena,

el hombre arruga el pétalo de la luz que recoge

en los determinados manantiales marinos

y taladra el metal palpitante en sus manos.

Y pronto, entre la ropa y el humo, sobre la mesa hundida

como una barajada cantidad, queda el alma:

cuarzo y desvelo, lágrimas en el océano

como estanques de frío: pero aún

mátala y agonízala con papel y con odio,

sumérgela en la alfombra cotidiana, desgárrala

entre las vestiduras hostiles del alambre.

No: por los corredores, aire, mar o caminos,

quién guarda sin puñal (como las encarnadas

amapolas) su sangre? La cólera ha extenuado

la triste mercancía del vendedor de seres,

y, mientras en la altura del ciruelo, el rocío

desde mil años deja su carta transparente

sobre la misma rama que lo espera, oh corazón, oh frente triturada

entre las cavidades del otoño:

Cuántas veces en las calles de invierno de una ciudad o en

un autobús o un barco en el crepúsculo, o en la soledad

más espesa, la de la noche de fiesta, bajo el sonido

de sombras y campanas, en la misma gruta del placer humano,

me quise detener a buscar la eterna veta insondable

que antes toqué en la piedra o en el relámpago que el beso desprendía.

(Lo que en el cereal como una historia amarilla

de pequeños pechos preñados va repitiendo un número

que sin cesar es ternura en las capas germinales,

y que, idéntica siempre, se desgrana en marfil

y lo que en el agua es patria transparente, campana

desde la nieve aislada hasta las olas sangrientas.)

No pude asir sino un racimo de rostros o de máscaras

precipitadas, como anillos de oro vacío,

como ropas dispersas hijas de un otoño rabioso

que hiciera temblar el miserable árbol de las razas asustadas.

No tuve sitio donde descansar la mano

y que, corriente como agua de manantial encadenado,

o firme como grumo de antracita o cristal,

hubiera devuelto el calor o el frío de mi mano extendida.

Qué era el hombre? En qué parte de su conversación abierta

entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus movimientos metálicos

vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?

 

 

III

 

El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable

granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos

miserables, del uno al siete, al ocho,

y no una muerte, sino muchas muertes llegaba a cada uno:

cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara

que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte de alas gruesas

entraba en cada hombre como una corta lanza

y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,

el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,

o el roedor de las calles espesas:

todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:

y su quebranto aciago de cada día era

como una copa negra que bebían temblando.

 

 

IV

 

La poderosa muerte me invitó muchas veces:

era como la sal invisible en las olas,

y lo que su invisible sabor diseminaba

era como mitades de hundimientos y altura

o vastas construcciones de viento y ventisquero.

Yo al férreo filo vine, a la angostura

del aire, a la mortaja de agricultura y piedra,

al estelar vacío de los pasos finales

y a la vertiginosa carretera espiral:

pero, ancho mar, oh muerte!, de ola en ola no vienes,

sino como un galope de claridad nocturna

o como los totales números de la noche.

Nunca llegaste a hurgar en el bolsillo, no era

posible tu visita sin vestimenta roja:

sin auroral alfombra de cercado silencio:

sin altos o enterrados patrimonios de lágrimas.

No pude amar en cada ser un árbol

con su pequeño otoño a cuestas (la muerte de mil hojas),

todas las falsas muertes y las resurrecciones

sin tierra, sin abismo:

quise nadar en las más anchas vidas,

en las más sueltas desembocaduras,

y cuando poco a poco el hombre fue negándome

y fue cerrando paso y puerta para que no tocaran

mis manos manantiales su inexistencia herida,

entonces fui por calle y calle y río y río,

y ciudad y ciudad y cama y cama,

y atravesó el desierto mi máscara salobre,

y en las últimas casas humilladas, sin lámpara, sin fuego,

sin pan, sin piedra, sin silencio, solo,

rodé muriendo de mi propia muerte.

 

 

V

 

No eres tú, muerte grave, ave de plumas férreas,

la que el pobre heredero de las habitaciones

llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía:

era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:

un átomo del pecho que no vino al combate

o el áspero rocío que no cayó en la frente.

Era lo que no pudo renacer, un pedazo

de la pequeña muerte sin paz ni territorio:

un hueso, una campana que morían en él.

Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos

en los pobres dolores que mataban la muerte,

y no encontré en la herida sino una racha fría

que entraba por los vagos intersticios del alma.

 

 

VI

 

Entonces en la escala de la tierra he subido

entre la atroz maraña de las selvas perdidas

hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las dormidas vestiduras.

En ti, como dos líneas paralelas,

la cuna del relámpago y del hombre

se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio:

aquí los anchos granos del maíz ascendieron

y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada salió de la vicuña

a vestir los amores, los túmulos, las madres,

el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche

junto a los pies del águila, en las altas guaridas

carniceras, y en la aurora

pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida

y tocaron las tierras y las piedras

hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,

el vestigio del agua en la oquedad sonora,

la pared suavizada por el tacto de un rostro

que miró con mis ojos las lámparas terrestres,

que aceitó con mis manos las desaparecidas

maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,

palabras, vino, panes,

se fue, cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos

de azahar sobre todos los dormidos:

mil años de aire, meses, semanas de aire,

de viento azul, de cordillera férrea,

que fueron como suaves huracanes de pasos

lustrando el solitario recinto de la piedra.

 

 

VII

 

Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada,

la profunda, es así como al tamaño

de vuestra magnitud

vino la verdadera, la más abrasadora

muerte y desde las rocas taladradas,

desde los capiteles escarlata,

desde los acueductos escalares

os desplomasteis como en un otoño

en una sola muerte.

Hoy el aire vacío ya no llora,

ya no conoce vuestros pies de arcilla,

ya olvidó vuestros cántaros que filtraban el cielo

cuando lo derramaban los cuchillos del rayo,

y el árbol poderoso fue comido

por la niebla, y cortado por la racha.

Él sostuvo una mano que cayó de repente

desde la altura hasta el final del tiempo.

Ya no sois, manos de araña, débiles

hebras, tela enmarañada:

cuanto fuisteis cayó: costumbres, sílabas

raídas, máscaras de luz deslumbradora.

Pero una permanencia de piedra y de palabra:

la ciudad como un vaso se levantó en las manos

de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos

de tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe

de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:

este arrecife andino de colonias glaciales.

Cuando la mano de color de arcilla

se convirtió en arcilla, y cuando los pequeños párpados se cerraron

llenos de ásperos muros, poblados de castillos,

y cuando todo el hombre se enredó en su agujero,

quedó la exactitud enarbolada:

el alto sitio de la aurora humana:

la más alta vasija que contuvo el silencio:

una vida de piedra después de tantas vidas.

 

 

VIII

 

Sube conmigo, amor americano.

Besa conmigo las piedras secretas.

La plata torrencial del Urubamba

hace volar el polen a su copa amarilla.

Vuela el vacío de la enredadera,

la planta pétrea, la guirnalda dura

sobre el silencio del cajón serrano.

Ven, minúscula vida, entre las alas

de la tierra, mientras —cristal y frío, aire golpeado—

apartando esmeraldas combatidas,

oh, agua salvaje, bajas de la nieve.

Amor, amor, hasta la noche abrupta,

desde el sonoro pedernal andino,

hacia la aurora de rodillas rojas,

contempla el hijo ciego de la nieve.

Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,

cuando rompes tus truenos lineales

en blanca espuma, como herida nieve,

cuando tu vendaval acantilado

canta y castiga despertando al cielo,

qué idioma traes a la oreja apenas

desarraigada de tu espuma andina?

Quién apresó el relámpago del frío

y lo dejó en la altura encadenado,

repartido en sus lágrimas glaciales,

sacudido en sus rápidas espadas,

golpeando sus estambres aguerridos,

conducido en su cama de guerrero,

sobresaltado en su final de roca?

Qué dicen tus destellos acosados?

Tu secreto relámpago rebelde

antes viajó poblado de palabras?

Quién va rompiendo sílabas heladas,

idiomas negros, estandartes de oro,

bocas profundas, gritos sometidos,

en tus delgadas aguas arteriales?

Quién va cortando párpados florales

que vienen a mirar desde la tierra?

Quién precipita los racimos muertos

que bajan en tus manos de cascada

a desgranar su noche desgranada

en el carbón de la geología?

Quién despeña la rama de los vínculos?

Quién otra vez sepulta los adioses?

Amor, amor, no toques la frontera,

ni adores la cabeza sumergida:

deja que el tiempo cumpla su estatura

en su salón de manantiales rotos,

y, entre el agua veloz y las murallas,

recoge el aire del desfiladero,

las paralelas láminas del viento,

el canal ciego de las cordilleras,

el áspero saludo del rocío,

y sube, flor a flor, por la espesura,

pisando la serpiente despeñada.

En la escarpada zona, piedra y bosque,

polvo de estrellas verdes, selva clara,

Mantur estalla como un lago vivo

o como un nuevo piso del silencio.

Ven a mi propio ser, al alba mía,

hasta las soledades coronadas.

El reino muerto vive todavía.

Y en el Reloj la sombra sanguinaria

del cóndor cruza como una nave negra.

 

 

IX

 

Águila sideral, viña de bruma.

Bastión perdido, cimitarra ciega.

Cinturón estrellado, pan solemne.

Escala torrencial, párpado inmenso.

Túnica triangular, polen de piedra.

Lámpara de granito, pan de piedra.

Serpiente mineral, rosa de piedra.

Nave enterrada, manantial de piedra.

Caballo de la luna, luz de piedra.

Escuadra equinoccial, vapor de piedra.

Geometría final, libro de piedra.

Témpano entre las ráfagas labrado.

Madrépora del tiempo sumergido.

Muralla por los dedos suavizada.

Techumbre por las plumas combatida.

Ramos de espejo, bases de tormenta.

Tronos volcados por la enredadera.

Régimen de la garra encarnizada.

Vendaval sostenido en la vertiente.

Inmóvil catarata de turquesa.

Campana patriarcal de los dormidos.

Argolla de las nieves dominadas.

Hierro acostado sobre sus estatuas.

Inaccesible temporal cerrado.

Manos de puma, roca sanguinaria.

Torre sombrera, discusión de nieve.

Noche elevada en dedos y raíces.

Ventana de las nieblas, paloma endurecida.

Planta nocturna, estatua de los truenos.

Cordillera esencial, techo marino.

Arquitectura de águilas perdidas.

Cuerda del cielo, abeja de la altura.

Nivel sangriento, estrella construida.

Burbuja mineral, luna de cuarzo.

Serpiente andina, frente de amaranto.

Cúpula del silencio, patria pura.

Novia del mar, árbol de catedrales.

Ramo de sal, cerezo de alas negras.

Dentadura nevada, trueno frío.

Luna arañada, piedra amenazante.

Cabellera del frío, acción del aire.

Volcán de manos, catarata oscura.

Ola de plata, dirección del tiempo.

 

 

X

 

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?

Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?

Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?

Fuiste también el pedacito roto

de hombre inconcluso, de águila vacía

que por las calles de hoy, que por las huellas,

que por las hojas del otoño muerto

va machacando el alma hasta la tumba?

La pobre mano, el pie, la pobre vida…

Los días de la luz deshilachada

en ti, como la lluvia

sobre las banderillas de la fiesta,

dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro

en la boca vacía?

Hambre, coral del hombre,

hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,

hambre, subió tu raya de arrecife

hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,

muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,

roer con un palito los estambres de piedra,

subir todos los escalones del aire hasta el vacío,

rascar la entraña hasta tocar el hombre.

Macchu Picchu, pusiste

piedras en la piedra, y en la base, harapo?

Carbón sobre carbón, y en el fondo la lágrima?

Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo

goterón de la sangre?

Devuélveme el esclavo que enterraste!

Sacude de las tierras el pan duro

del miserable, muéstrame los vestidos

del siervo y su ventana.

Dime cómo durmió cuando vivía.

Dime si fue su sueño

ronco, entreabierto, como un hoyo negro

hecho por la fatiga sobre el muro.

El muro, el muro! Si sobre su sueño

gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella

como bajo una luna, con el sueño!

Antigua América, novia sumergida,

también tus dedos,

al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,

bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,

mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,

también, también tus dedos,

los que la rosa abstracta y la línea del frío, los

que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron

hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,

también, también, América enterrada, guardaste en lo más bajo,

en el amargo intestino, como un águila, el hambre?

 

 

XI

 

A través del confuso esplendor,

a través de la noche de piedra, déjame hundir la mano

y deja que en mí palpite, como un ave mil años prisionera,

el viejo corazón del olvidado!

Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,

porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,

y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo

con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.

Déjame olvidar, ancha piedra, la proporción poderosa,

la trascendente medida, las piedras del panal,

y de la escuadra déjame hoy resbalar

la mano sobre la hipotenusa de áspera sangre y cilicio.

Cuando, como una herradura de élitros rojos, el cóndor furibundo

me golpea las sienes en el orden del vuelo

y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío

de las escalinatas diagonales, no veo a la bestia veloz,

no veo el ciego ciclo de sus garras,

veo el antiguo ser, servidor, el dormido

en los campos, veo un cuerpo, mil cuerpos, un hombre, mil mujeres,

bajo la racha negra, negros de lluvia y noche,

con la piedra pesada de la estatua:

Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha,

Juan Comefrío, hijo de estrella verde,

Juan Piesdescalzos, nieto de la turquesa,

sube a nacer conmigo, hermano.

 

 

XII

 

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda

zona de tu dolor diseminado.

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

No volverá tu voz endurecida.

No volverán tus ojos taladrados.

Mírame desde el fondo de la tierra,

labrador, tejedor, pastor callado:

domador de guanacos tutelares:

albañil del andamio desafiado:

aguador de las lágrimas andinas:

joyero de los dedos machacados:

agricultor temblando en la semilla:

alfarero en tu greda derramado:

traed a la copa de esta nueva vida

vuestros viejos dolores enterrados.

Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,

decidme: aquí fui castigado,

porque la joya no brilló o la tierra

no entregó a tiempo la piedra o el grano:

señaladme la piedra en que caísteis

y la madera en que os crucificaron,

encendedme los viejos pedernales,

las viejas lámparas, los látigos pegados

a través de los siglos en las llagas

y las hachas de brillo ensangrentado.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos

los silenciosos labios derramados

y desde el fondo habladme toda esta larga noche,

como si yo estuviera con vosotros anclado,

contadme todo, cadena a cadena,

eslabón a eslabón, y paso a paso,

afilad los cuchillos que guardasteis,

ponedlos en mi pecho y en mi mano,

como un río de rayos amarillos,

como un río de tigres enterrados,

y dejadme llorar, horas, días, años,

edades ciegas, siglos estelares.

 

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

 

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

 

Apegadme los cuerpos como imanes.

 

Acudid a mis venas y a mi boca.

 

Hablad por mis palabras y mi sangre.

 

 

 

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