Poesía norteamericana: Traci Brimhall



Presentamos, en el marco del dossier de poesía norteamericana actual, preparado por Francisco Larios, poemas de Traci Brimhall. Our Lady of the Ruins  fue ganador del Premio Primer Libro de Poesía Crab Orchard Series en el 2009. Actualmente es Profesora Asistente de Escritura Creativa in la Kansas State University.

 

 

 

 

 

Evangelio de las profundidades

 

El mar está sediento y la sombra de una ballena

se mueve bajo el barco, furiosa con las anclas, los arpones,

los pechos curtidos de la sirena de proa.

 

Y en la cubierta los marineros arrancan la carne

para llegar a la grasa, cortan la cabeza y drenan

el aceite.  Toda la noche sus manos sobre sus caras.

 

No por vergüenza.  No.  Tienen ampollas de sangre en las palmas,

pero sus muñecas huelen a mujer.  Mientras muere,

la ballena oye a su madre que canta a las dos millas,

 

a una braza de profundidad.  Ahora esto, sobre la estación implacable.

Ahora esto, sobre los sueños que surgen del roto corazón de la ballena,

que gime cánticos de azul zodiacal a los durmientes.

 

Hay tres canales en la oreja, dos ventanas,

Una voz que viene de la bella difunta.  Un himno omega.

Una mente que repasa entre golpes de martillos, la promesa

 

de música piadosa y enemigo común.  Las luces

se alejan cuando los hombres se meten a sus hamacas, con sus corazones traduciendo

el evangelio de las profundidades, preguntándose si en verdad oyen mujeres que cantan

 

verdes canciones de amor en el agua, o ángeles sordos que cantan antes de la guerra.

Mañana matarán a los pájaros porque hay demasiada música.

Mañana se levantarán con las manos llenas de suciedad.

 

 

 

 

 

 

The Sunken Gospel

 

The sea is thirsty and the shadow of a whale

moves below the ship, angry at anchors, harpoons,

the weathered breasts of the mermaid on the bow.

 

And the sailors on deck strip the flesh

to find the fat, they sever the head and drain

the oil. All night their hands on their faces.

 

Not from shame. No. There are blood blisters on their palms,

but their wrists smell like women. As it dies,

the whale hears its mother singing two miles away,

 

a fathom deep. Now for the ruthless season.

Now for the dreams rising out of the whale’s split heart,

moaning blue zodiac hymns to the sleepers.

 

There are three canals in the ear, two windows,

one voice from the beautiful dead. One omega anthem.

One mind editing between hammer falls, the promise

 

of a devout music and a common enemy. The lights turn

away as the men turn in their hammocks, their hearts translating

the sunken gospel, wondering if they hear women singing

 

green valentines in the water or deaf angels chanting before the war.

Tomorrow they’ll kill the birds because there’s too much music.

Tomorrow they’ll wake with dirt in their hands.

 

 

 

 

 

Jubileo

 

Ahora ya sé cuántas millas atraviesa mi sangre

cada año.  Ya conozco el hambre del mendigo—

 

el vacío entra en mí, mi cuerpo deviene

la caverna que busco.  Por las migas de carne

 

entre sus dientes, saco a rastras de su guarida la quijada

de un lobo muerto.  Estoy rojo y apestoso por la marcha.

 

Soy un animal de rapiña en llanto por el ángel

que con sus manos quebradas custodia el osario.

 

Estoy atormentado, bendecido.  Soy piedra, piedra,

no he temblado.  El amor me clava al mundo.

 


 

 

 

 

Jubilee

 

By now I know the miles my blood travels

each year. I know the mendicant’s hunger—

 

hollowness moves in, my body becomes

the cave I am seeking. I drag the jaws

 

of a dead wolf from its den for the meat between

his teeth. I am red and reeking with the journey.

 

I am a ravening animal weeping for the angel

with broken hands standing sentry over the ossuary.

 

I am harrowed, hallowed. I am stone, stone,

I have not trembled. Love nails me to the world.

 


 

 

 

El laberinto

 

Pagamos por recorrer el laberinto en el piso de la catedral,

por ingresar al círculo y ser transformados.  Tarareando

 

cánticos sin partitura, repetimos el relato para resucitar

la verdad.  Cada cántico es una absolución.

 

Cada réquiem un regalo para el Dios que hicimos en la imagen

de nuestro padre.  Las madonas tiritan en la oscuridad que nace

 

de sus mantos.  Nos advierten: debes confiar en lo sacro

que alberga tu corazón, o soportarlo, y continúan su paciente

 

ministerio a los pájaros que no gozarán consuelo, que repiten

los horrores que vieron en las bocas de las gárgolas.

 

No, el abismo no es infinito.  Acecha una media luz, incluso allí.

Pausamos a conocer la eternidad y sentir cómo la niebla sale flotando

 

desde hoyos en el techo.  Juramos ser buenos, amar

a nuestras madres, pero aun cuando mentimos a Dios,

 

él escucha.  Los muros silban su discreta advertencia.

El viento canta a través de agujeros de bala en las ventanas.

 

 

 

 

 

The Labyrinth

 

We pay to walk the labyrinth on the cathedral floor,

to enter the circle and be changed. Humming

 

unwritten hymns, we rehearse the story to resurrect

the truth. Every canticle is an absolution.

 

Every requiem a gift for the God we made in the image

of our father. The madonnas shiver in the nascent dark

 

of their robes. They warn us: you must trust what is sacred

inside you, or endure it, and continue their patient

 

ministry of birds who will not be consoled, who repeat

the horrors they saw in the gargoyles’ mouths.

 

No, the abyss isn’t infinite. A half-light lurks even there.

We hold still to learn eternity and feel snow drift

 

from holes in the roof. We swear to be good, to love

our mothers, but even when we lie to God,

 

he listens. The walls whistle their low warning.

Wind sings through bullet holes in the windows.

 

 


 

 

 

Albada y cuello roto

 

La primera noche que te ausentas de casa

las lluvias del verano sacuden las clemátides.

Yo entierro la mariposa nocturna que encontré en nuestra cama,

pelo una naba, áspera y sucia,

y me la como. El perro me trae una chotacabras gris

retorciéndose en sus amables

dientes.  Ella, aterrorizada, canta en la boca

del perro. Él me entrega en ofrenda el dolor de

su presa, y yo lo acepto. Escucho

los gritos de las crías, golosas en carencia,

esperando el retorno de su madre, a quien solo suelto

cuando ya estamos dentro de la casa.  Escruto

los presagios—la manera en que ella aletea frente a

las rosas mohosas de la pared empapelada significa

que todo puede perderse.  La manera en que roza el cielo raso

significa que se acerca una tormenta.  Deberías verla

en los inicios de su miedo, embestir

la ventana sin estrellas, su cuerpo es un dardo,

su cuerpo es flecha de nostalgia, quiere

estrellarse, como todos los desesperados,

no contra el objeto de su deseo,

sino contra la oscuridad que detrás se esconde.

 

 

 

 

 

 

Aubade with a Broken Neck

 

The first night you don’t come home

summer rains shake the clematis.

I bury the dead moth I found in our bed,

scratch up a rutabaga and eat it rough

with dirt. The dog finds me and presents

between his gentle teeth a twitching

nightjar. In her panic, she sings

in his mouth. He gives me her pain

like a gift, and I take it. I hear

the cries of her young, greedy with need,

expecting her return, but I don’t let her go

until I get into the house. I read

the auspices—the way she flutters against

the wallpaper’s moldy roses means

all can be lost. How she skims the ceiling

means a storm approaches. You should see

her in the beginnings of her fear, rushing

at the starless window, her body a dart,

her body the arrow of longing, aimed,

as all desperate things are, to crash

not into the object of desire,

but into the darkness behind it.


 

 

 

 

Preludio de una revolución

 

Nos acercamos a las rejas de la cárcel y pasamos cigarrillos

y mandarinas y yodo entre las barras.

 

Todo lo que pensamos que puede sanar a un hombre.  Asesinos nos

besan los dedos.  Mercenarios nos cantan canciones sobre una luz sin reflejo

 

mientras remendamos sus camisas.  Los matones bilingües recitan

lamentos en una lengua, y jóvenes mitos en otra.

 

Doblamos y desdoblamos nuestras bufandas y los hombres entrecierran sus ojos

ante la luz del sol, aturdidos por la esperanza.  A veces confunden

 

las paredes de su jaula con su piel.  A veces,

con el cielo.  Ven sus muertes en el sudor que oscurece

 

nuestros vestidos.  Para endulzar las horas compartimos escándalos

de la ciudad, de cómo los curadores sacaron del museo el corazón

 

de un elefante porque empezó a batir si cualquier enamorado

lo miraba, de cómo el forense encontró foxinos

 

nadando en los pulmones de una niña ahogada.  Ellos preguntan si es cierto,

si engrillaban esclavos uno a otro, en los barcos, para impedir que se suicidaran.

 

Decimos que nunca serán libres.  Nos advierten que una noche de

estas el juez despertará y su cama estará reverberando de

 

avispas, mientras al otro lado de la ciudad el celador contemplará

anonadado las polillas que lo rodean, y luego se dará cuenta de que él está en llamas.

 

 

 

 

 

 

Prelude to a Revolution

 

We go to prison windows and pass cigarettes

and tangerines and iodine through the bars.

 

Anything we think could heal a man. Assassins kiss

our fingers. Mercenaries sing us songs about unbroken light

 

as we mend their shirts. The bilingual murderers recite

lamentations in one tongue, and in another, young myths.

 

We fold and unfold our shawls and the men squint

into the sunlight, dumb with hope. Some days they confuse

 

the walls of their cage with their skin. Some days,

the sky. They see their deaths in the sweat darkening

 

our dresses. To sweeten the hours we share scandals

from the city, how curators removed an elephant’s heart

 

from the museum because it began beating when anyone

in love looked at it, how the coroner found minnows

 

swimming in a drowned girl’s lungs. They ask if it’s true,

if slaves are chained together on ships to prevent suicide.

 

We say they will never be free. They warn us that one

night soon, the judge will wake to find his bed alive

 

with wasps, while across town the night watchman will stare

stunned at the moths circling before he realizes he’s on fire.

 

 

 

 

 

Datos vitales

Traci Brimhall  es la autora de Our Lady of the Ruins (W.W. Norton), escogido por Carolyn Forché para el Premio Barnard de 2011, y Rookery (Southern Illinois University Press), ganador del Premio Primer Libro de Poesía Crab Orchard Series en el 2009. Sus poemas han aparecido en The New Yorker, Poetry, Slate, The Believer, Kenyon Review, The New Republic, Ploughshares, Best American Poetry 2013 & 2014.  Ha merecido becas del Wisconsin Institute for Creative Writing y de la National Endowment for the Arts. Actualmente es Profesora Asistente de Escritura Creativa in la Kansas State University.