Garcilaso de la Vega: Égloga III



Garcilaso de la Vega: Égloga III

Garcilaso de la Vega, fatalmente herido en batalla, murió el 14 de octubre de 1536. Durante la toma por asalto de una fortaleza enemiga, nuestro poeta fue el primero en subir por una escalera colocada sobre los muros fortificados y así romper la resistencia, pero antes de conquistar la cima fue alcanzado por una piedra enemiga que le impactó en la cabeza dejándolo malherido. Es altamente probable que durante la campaña militar que le costó la vida, compusiera su Égloga número III. Hoy, a 479 años de su muerte presentamos ese poema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Égloga III

 

 

[Personas: TIRRENO, ALZINO]

 

 

 

Aquella voluntad honesta y pura,

ilustre y hermosísima María,

que’n mí de celebrar tu hermosura,

tu ingenio y tu valor estar solía,

a despecho y pesar de la ventura

que por otro camino me desvía,

está y estará tanto en mí clavada

cuanto del cuerpo el alma acompañada.

 

Y aun no se me figura que me toca

aqueste oficio solamente en vida,

mas con la lengua muerta y fria en la boca

pienso mover la voz a ti debida;

libre mi alma de su estrecha roca,

por el Estigio lago conducida,

celebrando t’irá, y aquel sonido

hará parar las aguas del olvido.

 

Mas la fortuna, de mi mal no harta,

me aflige y d’un trabajo en otro lleva;

ya de la patria, ya del bien me aparta,

ya mi paciencia en mil maneras prueba,

y lo que siento más es que la carta

donde mi pluma en tu alabanza mueva,

poniendo en su lugar cuidados vanos,

me quita y m’arrebata de las manos.

 

Pero por más que’n mí su fuerza pruebe,

no tornará mi corazón mudable:

nunca dirán jamás que me remueve

fortuna d’un estudio tan loable;

Apolo y las hermanas todas nueve

me darán ocio y lengua con que hable

lo menos de lo que’n tu ser cupiere,

qu’esto será lo más que yo pudiere.

 

En tanto, no te ofenda ni te harte

tratar del campo y soledad que amaste,

ni desdeñes aquesta inculta parte

de mi estilo, que’n algo ya estimaste;

entre las armas del sangriento Marte,

do apenas hay quien su furor contraste,

hurté de tiempo aquesta breve suma,

tomando ora la espada, ora la pluma.

 

Aplica, pues, un rato los sentidos

al bajo son de mi zampoña ruda,

indigna de llegar a tus oídos,

pues d’ornamento y gracia va desnuda;

mas a las veces son mejor oídos

el puro ingenio y lengua casi muda,

testigos limpios d’ánimo inocente,

que la curiosidad del elocuente.

 

Por aquesta razón de ti escuchado,

aunque me falten otras, ser merezco;

lo que puedo te doy, y lo que he dado,

con recebillo tú, yo m’enriquezco.

De cuatro ninfas que del Tajo amado

salieron juntas, a cantar me ofrezco:

Filódoce, Dinámene y Climene,

Nise, que en hermosura par no tiene.

 

Cerca del Tajo, en soledad amena,

de verdes sauces hay una espesura

toda de hiedra revestida y llena,

que por el tronco va hasta el altura

y así la teje arriba y encadena

que’l sol no halla paso a la verdura;

el agua baña el prado con sonido,

alegrando la hierba y el oído.

 

Con tanta mansedumbre el cristalino

Tajo en aquella parte caminaba

que pudieron los ojos el camino

determinar apenas que llevaba.

Peinando sus cabellos d’oro fino,

una ninfa del agua do moraba

la cabeza sacó, y el prado ameno

vido de flores y de sombra lleno.

 

Movióla el sitio umbroso, el manso viento,

el suave olor d’aquel florido suelo;

las aves en el fresco apartamiento

vio descansar del trabajoso vuelo;

secaba entonces el terreno aliento

el sol, subido en la mitad del cielo;

en el silencio solo se ’scuchaba

un susurro de abejas que sonaba.

 

Habiendo contemplado una gran pieza

atentamente aquel lugar sombrío,

somorgujó de nuevo su cabeza

y al fondo se dejó calar del río;

a sus hermanas a contar empieza

del verde sitio el agradable frío,

y que vayan, les ruega y amonesta,

allí con su labor a estar la siesta.

 

No perdió en esto mucho tiempo el ruego,

que las tres d’ellas su labor tomaron

y en mirando defuera vieron luego

el prado, hacia el cual enderezaron;

el agua clara con lascivo juego

nadando dividieron y cortaron

hasta que’l blanco pie tocó mojado,

saliendo del arena, el verde prado.

 

Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,

escurriendo del agua sus cabellos,

los cuales esparciendo cubijadas

las hermosas espaldas fueron dellos,

luego sacando telas delicadas

que’n delgadeza competian con ellos,

en lo más escondido se metieron

y a su labor atentas se pusieron.

 

Las telas eran hechas y tejidas

del oro que’l felice Tajo envía,

apurado después de bien cernidas

las menudas arenas do se cría,

y de las verdes ovas, reducidas

en estambre sotil cual convenía

para seguir el delicado estilo

del oro, ya tirado en rico hilo.

 

La delicada estambre era distinta

de las colores que antes le habian dado

con la fineza de la varia tinta

que se halla en las conchas del pescado;

tanto arteficio muestra en lo que pinta

y teje cada ninfa en su labrado

cuanto mostraron en sus tablas antes

el celebrado Apeles y Timantes.

 

Filódoce, que así d’aquéllas era

llamada la mayor, con diestra mano

tenía figurada la ribera

de Estrimón, de una parte el verde llano

y d’otra el monte d’aspereza fiera,

pisado tarde o nunca de pie humano,

donde el amor movió con tanta gracia

la dolorosa lengua del de Tracia.

 

Estaba figurada la hermosa

Eurídice, en el blanco pie mordida

de la pequeña sierpe ponzoñosa,

entre la hierba y flores escondida;

descolorida estaba como rosa

que ha sido fuera de sazón cogida,

y el ánima, los ojos ya volviendo,

de la hermosa carne despidiendo.

 

Figurado se vía estensamente

el osado marido, que bajaba

al triste reino de la escura gente

y la mujer perdida recobraba;

y cómo, después desto, él impaciente

por mirarla de nuevo, la tornaba

a perder otra vez, y del tirano

se queja al monte solitario en vano.

 

Dinámene no menos artificio

mostraba en la labor que había tejido,

pintando a Apolo en el robusto oficio

de la silvestre caza embebecido.

Mudar presto le hace el ejercicio

la vengativa mano de Cupido,

que hizo a Apolo consumirse en lloro

después que le enclavó con punta d’oro.

 

Dafne, con el cabello suelto al viento,

sin perdonar al blanco pie corría

por áspero camino tan sin tiento

que Apolo en la pintura parecía

que, porqu’ella templase el movimiento,

con menos ligereza la seguía;

él va siguiendo, y ella huye como

quien siente al pecho el odïoso plomo.

 

Mas a la fin los brazos le crecían

y en sendos ramos vueltos se mostraban;

y los cabellos, que vencer solían

al oro fino, en hojas se tornaban;

en torcidas raíces s’estendían

los blancos pies y en tierra se hincaban;

llora el amante y busca el ser primero,

besando y abrazando aquel madero.

 

Climene, llena de destreza y maña,

el oro y las colores matizando,

iba de hayas una gran montaña,

de robles y de peñas varïando;

un puerco entre ellas, de braveza estraña,

estaba los colmillos aguzando

contra un mozo no menos animoso,

con su venablo en mano, que hermoso.

 

Tras esto, el puerco allí se via herido

d’aquel mancebo, por su mal valiente,

y el mozo en tierra estaba ya tendido,

abierto el pecho del rabioso diente,

con el cabello d’oro desparcido

barriendo el suelo miserablemente;

las rosas blancas por allí sembradas

tornaban con su sangre coloradas.

 

Adonis éste se mostraba qu’era,

según se muestra Venus dolorida,

que viendo la herida abierta y fiera,

sobr’él estaba casi amortecida;

boca con boca coge la postrera

parte del aire que solia dar vida

al cuerpo por quien ella en este suelo

aborrecido tuvo al alto cielo.

 

La blanca Nise no tomó a destajo

de los pasados casos la memoria,

y en la labor de su sotil trabajo

no quiso entretejer antigua historia;

antes, mostrando de su claro Tajo

en su labor la celebrada gloria,

la figuró en la parte dond’ él baña

la más felice tierra de la España.

 

Pintado el caudaloso rio se vía,

que en áspera estrecheza reducido,

un monte casi alrededor ceñía,

con ímpetu corriendo y con rüido;

querer cercarlo todo parecía

en su volver, mas era afán perdido;

dejábase correr en fin derecho,

contento de lo mucho que habia hecho.

 

Estaba puesta en la sublime cumbre

del monte, y desde allí por él sembrada,

aquella ilustre y clara pesadumbre

d’antiguos edificios adornada.

D’allí con agradable mansedumbre

el Tajo va siguiendo su jornada

y regando los campos y arboledas

con artificio de las altas ruedas.

 

En la hermosa tela se veían,

entretejidas, las silvestres diosas

salir de la espesura, y que venían

todas a la ribera presurosas,

en el semblante tristes, y traían

cestillos blancos de purpúreas rosas,

las cuales esparciendo derramaban

sobre una ninfa muerta que lloraban.

 

Todas, con el cabello desparcido,

lloraban una ninfa delicada

cuya vida mostraba que habia sido

antes de tiempo y casi en flor cortada;

cerca del agua, en un lugar florido,

estaba entre las hierbas degollada

cual queda el blanco cisne cuando pierde

la dulce vida entre la hierba verde.

 

Una d’aquellas diosas que’n belleza

al parecer a todas ecedía,

mostrando en el semblante la tristeza

que del funesto y triste caso había,

apartada algún tanto, en la corteza

de un álamo unas letras escribía

como epitafio de la ninfa bella,

que hablaban ansí por parte della:

 

«Elisa soy, en cuyo nombre suena

y se lamenta el monte cavernoso,

testigo del dolor y grave pena

en que por mí se aflige Nemoroso

y llama “Elisa”; “Elisa” a boca llena

responde el Tajo, y lleva presuroso

al mar de Lusitania el nombre mío,

donde será escuchado, yo lo fío».

 

En fin, en esta tela artificiosa

toda la historia estaba figurada

que en aquella ribera deleitosa

de Nemoroso fue tan celebrada,

porque de todo aquesto y cada cosa

estaba Nise ya tan informada

que, llorando el pastor, mil veces ella

se enterneció escuchando su querella;

 

y porque aqueste lamentable cuento,

no sólo entre las selvas se contase,

mas dentro de las ondas sentimiento

con la noticia desto se mostrase,

quiso que de su tela el argumento

la bella ninfa muerta señalase

y ansí se publicase de uno en uno

por el húmido reino de Neptuno.

 

Destas historias tales varïadas

eran las telas de las cuatro hermanas,

las cuales con colores matizadas,

claras las luces, de las sombras vanas

mostraban a los ojos relevadas

las cosas y figuras que eran llanas,

tanto que al parecer el cuerpo vano

pudiera ser tomado con la mano.

 

Los rayos ya del sol se trastornaban,

escondiendo su luz al mundo cara

tras altos montes, y a la luna daban

lugar para mostrar su blanca cara;

los peces a menudo ya saltaban,

con la cola azotando el agua clara,

cuando las ninfas, la labor dejando,

hacia el agua se fueron paseando.

 

En las templadas ondas ya metidos

tenian los pies y reclinar querían

los blancos cuerpos cuando sus oídos

fueron de dos zampoñas que tañían

suave y dulcemente detenidos,

tanto que sin mudarse las oían

y al son de las zampoñas escuchaban

dos pastores a veces que cantaban.

 

Más claro cada vez el son se oía

de dos pastores que venian cantando

tras el ganado, que también venía

por aquel verde soto caminando

y a la majada, ya pasado el día,

recogido le llevan, alegrando

las verdes selvas con el son süave,

haciendo su trabajo menos grave.

 

Tirreno destos dos el uno era,

Alcino el otro, entrambos estimados

y sobre cuantos pacen la ribera

del Tajo con sus vacas enseñados;

mancebos de una edad, d’una manera

a cantar juntamente aparejados

y a responder, aquesto van diciendo,

cantando el uno, el otro respondiendo:

 

 

TIRRENO

 

Flérida, para mí dulce y sabrosa

más que la fruta del cercado ajeno,

más blanca que la leche y más hermosa

que’l prado por abril de flores lleno:

si tú respondes pura y amorosa

al verdadero amor de tu Tirreno,

a mi majada arribarás primero

que’l cielo nos amuestre su lucero.

 

ALCINO

 

Hermosa Filis, siempre yo te sea

amargo al gusto más que la retama,

y de ti despojado yo me vea

cual queda el tronco de su verde rama,

si más que yo el murciélago desea

la escuridad, ni más la luz desama,

por ver ya el fin de un término tamaño,

deste dia, para mí mayor que un año.

 

 

TIRRENO

 

Cual suele, acompañada de su bando,

aparecer la dulce primavera,

cuando Favonio y Céfiro, soplando,

al campo tornan su beldad primera,

y van artificiosos esmaltando

de rojo, azul y blanco la ribera:

en tal manera, a mí Flérida mía

viniendo, reverdece mi alegría.

 

ALCINO

 

¿Ves el furor del animoso viento

embravecido en la fragosa sierra

que los antigos robles ciento a ciento

y los pinos altísimos atierra,

y de tanto destrozo aun no contento,

al espantoso mar mueve la guerra?

Pequeña es esta furia comparada

a la de Filis con Alcino airada.

 

TIRRENO

 

El blanco trigo multiplica y crece;

produce el campo en abundancia tierno

pasto al ganado; el verde monte ofrece

a las fieras salvajes su gobierno;

adoquiera que miro, me parece

que derrama la copia todo el cuerno:

mas todo se convertirá en abrojos

si dello aparta Flérida sus ojos.

 

ALCINO

 

De la esterilidad es oprimido

el monte, el campo, el soto y el ganado;

la malicia del aire corrompido

hace morir la hierba mal su grado;

las aves ven su descubierto nido

que ya de verdes hojas fue cercado:

pero si Filis por aquí tornare,

hará reverdecer cuanto mirare.

 

TIRRENO

 

El álamo de Alcides escogido

fue siempre, y el laurel del rojo Apolo;

de la hermosa Venus fue tenido

en precio y en estima el mirto solo;

el verde sauz de Flérida es querido

y por suyo entre todos escogiólo:

doquiera que sauces de hoy más se hallen,

el álamo, el laurel y el mirto callen.

 

 

ALCINO

 

El fresno por la selva en hermosura

sabemos ya que sobre todos vaya;

y en aspereza y monte d’espesura

se aventaja la verde y alta haya;

mas el que la beldad de tu figura

dondequiera mirado, Filis, haya,

al fresno y a la haya en su aspereza

confesará que vence tu belleza.

 

Esto cantó Tirreno, y esto Alcino

le respondió, y habiendo ya acabado

el dulce son, siguieron su camino

con paso un poco más apresurado;

siendo a las ninfas ya el rumor vecino,

juntas s’arrojan por el agua a nado,

y de la blanca espuma que movieron

las cristalinas ondas se cubrieron.

 

 

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