Cuento Mexicano: Gabriel Ledón Flores



Presentamos un cuento del narrador y bailarín Gabriel Ledón Flores (Tijuana,1984). Gabriel es licenciado en Danza Escénica, Egresado del Instituto Universitario de Bellas Artes de la Universidad de Colima. Ha publicado las novelas Cuando todo el mar  (Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras 2013) y Óleo sobre el tiempo (Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2015). Actualmente dirige la compañía de danza contemporánea Cuarto Fractal.
 

 

 

 

 

 

 

PARACAÍDAS

 

UN PÁJARO EN PLENO VUELO no sentiría lo mismo. Alcancé a ver la motocicleta sobre el asfalto. Te podrás imaginar. Pensé que debía llamarla. Un espasmo gélido recorrió mi espina dorsal mientras las manos, engarrotadas, buscaban sin éxito el número telefónico entre mis bolsillos. Rodé seis veces, lo sé con exactitud. No es tan difícil ir contando los impactos en la cabeza cada fracción de segundo. Y sí, sucede lento, aunque lo único que recuerdo antes de caer, fue el aire a contracorriente y el olor a sal.
Pensaba en ella. Pensaba en la urgencia, no tanto de llegar al norte, si no en llamarla y contarle que había llegado, que la ciudad por la mañana tenía un aspecto triste y desangelado. Quería escuchar su reacción, quería escucharla.
La llanta delantera estalló. El desbalance ocurrió de inmediato, de izquierda a derecha, como serpiente frenética. Era tarde cuando advertí la inminente caída. Después llegaron los seis golpes, “Tengo, que, hablar, con, ella, seis” Dije. El calor invadió mi cara, un ejército de hormigas o de sangre, pobló presuroso mis pómulos, mi frente, mi boca. Los rayos de sol atravesaban el casco, haciendo difícil la respiración en medio de la bocanada de asfixia. Quedé tendido a media calle, a merced de la mañana.
Cuatro personas me brindaron auxilio. Me preguntaron si estaba bien, les dije “Necesito un teléfono”, poco les importó. Lograron subirme a la parte trasera del pick up. Me acomodaron boca arriba, sobre cajas de cartón, bolsas de plástico y una promesa de llevarme al primer hospital del camino a la ciudad.
Durante el trayecto vi el cielo.
[Es una pintura de fondo azul cuyas pinceladas esbozan pensamientos blancos, tímidos. A decir verdad, las nubes son más bien una especie de licuado gris, revuelto, inestable; Una nube es un hombre, en su interior aloja la espesura de constreñimiento que por fuera disimula ¿Acaso su violencia tiene forma?, (Necesito un teléfono) ¿Alcanzas a distinguir la grafía del cielo? Es una bóveda gigante (Necesito un teléfono) donde el punto máximo de altura siempre es justo encima de ti. Un pájaro en pleno vuelo no sentiría lo mismo yo sentí, eso pensé antes de caer. Fueron seis vueltas, yo las conté. (Necesito hablarte) Me he dado cuenta que por habito, dejé de observar el cielo. Alguna vez lo vimos juntos, pero tú eras la esencia del presente y no le presté atención. Temo que ahora esté pasando lo mismo. (Escucharte) En este momento mi cielo se mueve con rapidez, está enmarcado por el visor del casco. Es una proyección (Necesito escucharte) como aquella de niño, acostado sobre la cama, con los brazos abiertos, perdido en las estrellita esbozadas desde la lámpara hasta el techo de la casa. Te hablaré. Tengo tu número en el bolsillo.] El pick up se detuvo en la estación de cobro. Me incorporé como pude. “No, no te levantes”, “Aguántate un poco, ya casi llegamos”. Cada vez respiraba mejor. “Estoy bien”, repetí, pero estaba mintiendo.
―Estoy bien, el susto… sólo quiero… estar un momento de pie.
Vi a unos metros un teléfono.
―¿Estás seguro? ―preguntó uno.
No respondí. Una vez de pie, me abalancé a la caseta. Las hormigas poco a poco se desvanecían, la asfixia tomaba forma de monedas y un papel con un número de teléfono escrito. Llegué, descolgué, marqué. Imaginé escucharla. Era el cielo de minutos atrás.
Los hombres bajaron del pick up, empezaron a gritar, venían corriendo. Dejé suspendido el auricular para quitarme el casco sin tomar en cuenta que sostenía mi cabeza sobre los hombros. Te podrás imaginar. Se desprendió y su descenso fue precipitado sobre mis pies. Vi el cielo. Después mi peso cedió, lento.
No sé si la escuché.