Gordon McNeer: Los hijos de Bob Dylan



Presentamos el texto crítico que ha preparado el poeta ecuatoriano Juan Romero Vinueza sobre el libro de Gordon McNeer, Los hijos de Bob Dylan, recientemente publicado en Ecuador por El Ángel Editor.

 

 

 

 

 

Gordon McNeer: Bob Dylan y el viaje hacia la raíz

 

Por Juan Romero Vinueza

Todos somos hijos de alguien, Gordon McNeer decidió ser hijo de una guitarra y una armónica.

Después de hojear un poco el libro Los hijos de Bob Dylan del poeta y traductor estadounidense Gordon McNeer, decidí que debía leerlo en inglés –con un diccionario al lado, por si no comprendía ciertas palabras– y con un fondo musical entre country y blues de las canciones de Bob Dylan que mi padre me heredó. Mi padre, al igual que McNeer, en algún momento fue un hijo de Robert Allen Zimmerman, mejor conocido en el mundo de la música como Bob Dylan. Sin embargo, cabe destacar la sobresaliente traducción de Elvira Sastre para el presente texto.

El poemario funciona como una especie de viaje por las notas que emanó Dylan y las palabras que pronunció mientras estaba sobre un escenario. Pero, el viaje no se basa únicamente en las canciones –eso quizás sería aburrido y poco original– sino que indaga en situaciones y sentimiento humanos profundos. La poesía surge de allí, de las pequeñas cosas que McNeer ha descubierto que podían estar relacionadas con la música de uno de sus héroes, es decir, todo lo que le ha rodeado durante años.

Sin embargo, uno de los ejes primordiales de esta obra es, sin duda alguna, la memoria. La metáfora de la relación padre-hijo y su herencia está presente en la mayoría de los poemas. Esta situación obsesiona al poeta estadounidense. La familia y los antepasados forman la memoria que el ser humano posee. Los hombres somos toda esa memoria pasada que nos antecedió y que llevamos, inconscientemente, en nuestras facciones y, a veces, también en los actos. Esta reducción cambia el enfoque del lente y, de manera fatal, nos hace ver que somos porque alguna vez fuimos.

«Yo era un mocoso repelente, / él arrastraba mil cadáveres… »

(DOS ENCUENTROS)

 

La primera parte de la obra Los hijos de Bob Dylan, denominada Zen y arte, apuesta por recrear una cercanía con la obra de Dylan, pero también distancia al lector al apuntar a crear universos paralelos en los cuales el famoso cantante se transmuta en la palabra de McNeer para tomar formas diferentes y desenvolverse en acciones muy opuestas al acto en sí de la creación musical. Así, el cantautor puede permanecer temporadas en el infierno o en la prisión, hablar desde la voz de otros poetas, utilizando líricas de sus canciones, etc.

«El oro se había ido, y no había éxito como el fracaso»

(KLONDIKE)

 

He ahí una gran razón para leer la obra en inglés –o, al menos, intentarlo–. Muchos de los versos que se muestran son, en realidad, diálogos con las canciones de Dylan. Es una artificio muy simpático que se presenta como una situación aparentemente muy normal en uno de sus hijos, porque esos especímenes Hablan Bob Dylan –McNeer dixit–. La sonoridad de la voz ronca y ese acento tan particular del cantautor estadounidense quizás retumben en la mente del lector que alguna vez escuchó sus versos o que, simplemente, posee la intuición de que don’t think twice, it’s all rigth o how many miles must the white dove fly before she sleeps in the sand?, son claras referencias a sus canciones.

McNeer, además, presenta una genealogía de lo que lo llevó a convertirse en un hijo de Dylan. Aquí se puede apreciar el carácter autobiográfico de la obra ya que, en los versos, descubrimos un pasado vinculado con México y con la no-memoria de este hecho, con la negación itinerante de ese pasado hispanohablante y lejano a la tradición que sus antepasados debieron adoptar al vivir y establecerse en los Estados Unidos.

«[…] me senté el porche / donde mi abuela / me había enseñado cómo hacer trampas en canasta y en las damas, / y medité sobre la inquietante verdad / de que lo que ocurre en México / se queda siempre en México»

(LO QUE SE CALLABA LA ABUELA)

 

Pero la relación de McNeer con el castellano, no se limita únicamente a México. Hay que recordar que también es el traductor de Fernando Valverde, Benjamín Prado, Elvira Sastre, Raquel Lanseros y del Premio Cervantes José Hierro, todos ellos poetas españoles. En la segunda parte de la obra, llamadas El pájaro en la mano, el poeta sitúa al lector en otro espacio muy diferente al primero en el cual Bob Dylan era el cetro y el hilo conductor de todo. Ahora, torna el eje hacia lo español.

Dice el poeta estadounidense en el texto Los españoles no duermen que éstos le «recuerdan a los muertos vivientes: / comen mientras duermes, / fuman solo cuando tú no lo haces», y reflexiona un poco sobre ciertas cosas, aparentemente, superfluas en el comportamiento de este grupo social pero que terminan por significar una contradicción de forma y una metáfora hermosa de la vida:«… este subir / y bajar las escaleras / al mismo tiempo». Además, menciona, en otro texto también dedicado a España, otras circunstancias que podrían ubicarnos geográfica y filosóficamente en ese país.

 

«… solo es otro país / para aquellos de nosotros que pensamos que / […] / La Mancha es lo que ocurre cuando se nos derrama el vino»

(ESPAÑA)

 

Por último, en la tercera parte de la obra, llamada España de mi corazón, McNeer realiza otro tributo. Esta vez no a Dylan, sino a varios de sus referentes principales. Está claro que estos referentes, siguen el mismo juego que la primera parte en la cual se es hijo del cantautor estadounidense. En este compendio de poemas, en cambio, la voz poética es adoptada por otros padres: Jorge Galán, Bécquer, Pablo Neruda, Franz Kafka, Frida Kahlo, T.S. Eliot, Edmund L. King, Derek, y también a ciudades emblemáticas que el poeta ha tomado como estandarte, como Altamira o Nerja. Sentirse parte de una ciudad o reconocerse con ella, también es ser hijo de la misma.

En esta última estancia, el poeta recurre a la memoria y al pasado, nuevamente, para destacar lo que es el ser humano ahora. Sin un pasado, no existimos. El hombre que no tiene pasado no puede ser. Sin embargo, lo que queda al final es sólo el recuerdo humano de la muerte de alguien. El cadáver se pudre, pero en la memoria aún puede renacer todos los días. A pesar de eso, siempre los muertos estarán en soledad.

 

“Hoy llueve ahí afuera, y pienso: / qué solos se quedan los muertos

(BÉCQUER)

 

Pero, quizás el poema que más destaca de todo este grupo y con el cual se resume todo lo que propone en este último estadio es Momentos Eliot. Un niño reta al sol, lanzándole una piedra y crea un mundo en el cual él es el sol: «Es tu oportunidad de parar el mundo / tú eres el niño / que puede parar la tierra / que puede lanzar / una piedra al sol / y ser el sol». El niño siempre es un pequeño dios, eso es innegable.

Sin embargo, McNeer destroza toda la creación de este niño y la enfrasca en un deseo que se quedó estancado, algo que, eminentemente, tenía que fracasar en algún momento. Lo último que nos queda es aferrarnos a que, en realidad, no existe una finalidad. Absolutamente, todo se ve frustrado cual si fuera una situación kafkiana de la que el ser humano no puede –ni quiere escapar–. En la muerte, simplemente no hay nada o, bueno, eso aún no lo sabemos.

«Al final no hay / ni mundo ni vida / ni amor ni respuestas»

(MOMENTOS ELIOT)

 

 

 

 

 

 

 

 

Datos vitales

GORDON E. MCNEER, de ascendencia mexicano-estadounidense, ha sido profesor en diferentes universidades como las de Princeton, la Universidad de Florida o la Universidad de North Georgia.  Ha traducido las obras del Premio Cervantes José Hierro (Cuaderno de Nueva York), Benjamín Prado (Cobijo contra la tormenta), Raquel Lanseros (Croniria), Fernando Valverde (Los ojos del pelícano), Elvira Sastre (Baluarte) y Xavier Oquendo Troncoso (Los poemas que me aman).  También ha traducido una edición bilingüe de la antología Poesía ante la incertidumbre.  Recientemente ha publicado dos libros de poesía en Valparaíso Ediciones: Mira lo que has hecho, traducido por Raquel Lanseros y Los hijos de Bob Dylan, traducido por Elvira Sastre.

 

 

Juan Romero Vinueza (Quito, Ecuador, 1994)

Estudiante de Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sus poemas y cuentos han sido publicados en revistas físicas y digitales en México, Perú, Ecuador, Argentina, Colombia y España. Es parte del consejo Editorial de la Revista Matapalo y maneja el blog de poesía hispanohablante Cráneo de Pangea, junto con Yuliana Ortiz Ruano. Consta en la Antologías Sinfonía Lírica: muestra de poesía total (Perú, 2014), Noventa Revoluciones (Ecuador, 2015), HARAWIQmuestra de poesía boliviana-ecuatoriana (Ecuador, 2015).