100 Pulitzer Poets: Archibald MacLeish, 1933



Today at Círculo de Poesía, we present a poem by Archibald MacLeish (1892-1982). A modernist poet and member of the “Lost Generation”, he lived in Paris during the Thirties, where he met Ezra Pound, H.D., F. Scott Fitzgerald and others. Upon his return to America, he crafted a powerful poetry that stems from both his Modernist experimentation and his knowledge of the traditional and the bucolic. He was a three-time Pulitzer Prize winner.

Spanish version by Sergio Eduardo Cruz

Hoy en Círculo de Poesía, presentamos un poema de Archibald MacLeish (1892-1982). Poeta modernista y miembro de la “Lost Generation”, vivió en París durante los años Treinta, y conoció a Ezra Pound, a H.D, a F. Scott Fitzgerald, entre otros. A su regreso a Estados Unidos, creó una poesía que toma elementos de experimentación modernista y de los modos tradicionales y bucólicos de la poesía norteamericana. Fue ganador del Premio Pulitzer en tres ocasiones. Las traducciones son de Sergio Eduardo Cruz.

 

 

 

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The Sheep in the Ruins

            for Learned and Augustus Hand

 

You, my friends, and you strangers, all of you,

Stand with me a little by the walls

Or where the walls once were.

The bridge was here, the city further:

Now there is neither bridge nor town—

A doorway where the roof is down

Opens on a foot-worn stair

That climbs by three steps into empty air.

(What foot went there?)

Nothing in this town that had a thousand steeples

Lives now but these flocks of sheep

Grazing the yellow grasses where the bricks lie dead beneath:

Dogs drive them with their brutal teeth.

 

Can none but sheep live where the walls go under?

Is man’s day over and the sheep’s begun?

And shall we sit here like the mourners on a dunghill

Shrilling with melodious tongue—

Disfiguring our faces with the nails of our despair?

(What dust is this we sift upon our hair?)

Because a world is taken from us as the camels from the man of Uz

Shall we sit weeping for the world that was

And curse God and so perish?

Shall monuments be grass and sheep inherit them?

Shall dogs rule in the rubble of the arches?

 

Consider, Oh consider what we are!

Consider what it is to be a man—

He who makes his journey by the glimmer of a candle;

Who discovers in his mouth, between his teeth, a word;

Whose heart can bear the silence of the stars— that burden;

Who comes upon his meaning in the blindness of a stone—

A girl’s shoulder, perfectly harmonious!

 

Even the talk of it would take us days together.

Marvels men have made, Oh marvels!—and our breath

Brief as it is: our death waiting—

Marvels upon marvels! Works of state—

The imagination of the shape of order!

Works of beauty—the cedar door

Perfectly fitted to the sill of basalt!

Works of grace—

The ceremony at the entering of houses,

At the entering of lives: the bride among the torches in the shrill carouse!

 

Works of soul—

Pilgrimages through the desert to the sacred boulder:

Through the mid night to the stroke of one!

Works of grace! Works of wonder!

All this have we done and more—

And seen—what have we not seen?—

 

A man beneath the sunlight in his meaning:

A man, one man, a man alone.

 

In the sinks of the earth that wanderer has gone down.

The shadow of his mind is on the mountains.

The word he has said is kept in the place beyond

As the seed is kept and the earth ponders it.

Stones—even the stones remember him:

Even the leaves—his image is in them.

And now because the city is a ruin in the waste of air

We sit here and despair!

Because the sheep graze in the dying grove

Our day is over!

We must end

Because the talk around the table in the dusk has ended,

Because the fingers of the goddesses are found

Like marble pebbles in the gravelly ground

And nothing answers but the jackal in the desert,—

Because the cloud proposes, the wind says!

 

Because the sheep are pastured where the staring statues lie

We sit upon the sand in silence

Watching the sun go and the shadows change!

 

Listen, my friends, and you, all of you, strangers,

Listen, the work of man, the work of splendor

Never has been ended or will end.

Even where the sheep defile the ruined stair

And dogs are masters—even there

One man’s finger in the dust shall trace the circle.

 

Even among the ruins shall begin the work,

Large in the level morning of the light

And beautiful with cisterns where the water whitens,

Rippling upon the lip of stone, and spills

By cedar sluices into pools, and the young builders

String their plumb lines, and the well-laid course

Blanches its mortar in the sun, and all the morning

Smells of wood-smoke, rope-tar, horse-sweat, pitch-pine,

Men and the trampled mint leaves in the ditch.

 

One man in the sun alone

Walks between the silence and the stone:

The city rises from his flesh, his bone.

 

 

 

 

La oveja entre las ruinas

            para Learned y Augustus Hand*

 

Ustedes, amigos míos, y ustedes, extraños, y todos,

acérquense a mí un poco entre las murallas,

o donde las murallas alguna vez estuvieron.

Aquí estuvo el puente, y más para allá la ciudad:

ahora no existen ni ciudad ni puente.

Un pasadizo donde el techo está bajo

se abre a una escalera gastada por pisadas

que lleva, después de tres pasos, al aire vacío.

(¿Qué pie estuvo ahí?)

Nada en esta ciudad que tuvo mil campanarios

vive ahora; sólo estos rebaños

de ovejas que comen las pasturas amarillas donde ladrillos

yacen, muertos, en el fondo:

hay perros que los guían con la brutalidad de sus dientes.

 

¿Puede algo más que ovejas vivir aquí, con los muros destrozados?

¿El tiempo de la oveja inicia y el del hombre terminó acaso?

¿Y aquí nos sentaremos como dolientes en un cerro de estiércol,

llorando agudamente con lenguas melodiosas,

desfigurando nuestros rostros con las uñas del desamparo?

(¿Qué polvo es éste que nuestro cabello ha abordado?)

Porque un mundo nos es arrebatado como los camellos fueron al hombre de Uz,

¿hemos de sentarnos llorando por el mundo que una vez fue

y maldecir a Dios y así pareceremos?

¿Habrán de ser césped los monumentos y herencia de las ovejas?

¿Será que perros gobernarán los destrozos de las arcadas?

 

Consideren, consideren pues, lo que somos.

Consideren lo que significa ser hombre,

aquél que hace su viaje al borde del brillo de un cirio;

aquél que descubre una palabra entre sus dientes, en su lengua;

cuyo corazón puede soportar el silencio de las estrellas: esa carga–

aquél que viene con sentido en la ceguera de una piedra;

el hombro de una jovencita, ¡armonía perfecta!

 

Incluso hablar de tales cosas nos llevaría mucho tiempo.

Las maravillas que ha hecho el hombre, tantas, y tan breve

nuestra respiración: nuestra muerte, que espera–

¡Maravillas entre maravillas! Grandes trabajos–

¡La imaginación de la forma del orden!,

la puerta de cedro, trabajo de gran belleza,

perfectamente alineada a un muro de basalto.

Trabajos perfectos:

la ceremonia al entrar a la casa de un extraño,

a la vida de un extraño: la novia entre las llamas de una caricia desesperada.

 

Trabajos del alma–

peregrinajes por el desierto hacia la piedra sagrada:

a través de la media noche al golpe de la misma.

¡Trabajos de gracia!, ¡trabajos de encanto!

Todo esto hemos hecho, y tanto,

y visto… ¿qué cosa no hemos visto?

 

A un hombre debajo del sol y con sentido

a un hombre, uno solo, a solo un hombre.

 

Aquél viajante ha descendido bajo la tierra por sus abismos,

con la sombra de su mente en las montañas.

Se ha vuelto lejana aquella palabra que una vez dijo,

y la semilla se mantiene y la tierra la resguarda.

Piedras– Incluso las piedras lo recuerdan:

también las hojas– su imagen está en ellas.

y ahora porque la ciudad es una ruina en el deshecho del aire

nos sentamos aquí, y desesperamos.

Porque las ovejas nos miran en la pradera agonizante

y nuestro día se acaba.

Debemos terminar

porque la plática de sobremesa en el crepúsculo ha terminado,

porque los dedos de las diosas han sido hallados

como piedritas de mármol en la grava del suelo

y nada más que un chacal en el desierto responde,–

¡el viento habla porque la nube propone!

 

Porque las ovejas paran donde yacen las estatuas que observan

mientras nos sentamos sobre la arena, en silencio,

mirando cómo el sol aparece y cambian las sombras.

 

Escuchen, amigos, y ustedes, todos, extraños,

escuchen: el trabajo del hombre, tan esplendoroso

nunca ha terminado ni terminará.

Incluso cuando las ovejas demuelan la escalera con pisadas

y los perros sean los dueños– incluso entonces

el círculo será delineado por el dedo de un hombre en el polvo.

 

Incluso entre las ruinas comenzará el trabajo,

amplio en la mañana nivelada de la luz

y bello con cisternas donde emblanquezca el agua,

pasando sobre los labios del mármol, y derrame

guíada por los árboles su esencia, y los albañiles

excaven para formar los cimientos, y la grava

en un mortero solar se haga cemento, y en la mañana

los olores de madera quemándose, de cuerda y de cera,

de sudor de caballo, de pino cortado, y de los hombres

y de hojas de menta aplastadas a un lado del abismo.

 

Un hombre solo debajo del sol

camina entre el silencio, entre las piedras:

la ciudad emerge de sus huesos, de su carne.

 

 

 

 

 

*Juego traducible como “Para La Mano Experimentada y Augusta.”