Poesía de Egipto: Atef Abdel-aziz



Presentamos algunos poemas de Atef Abdel-aziz (1955): Poeta egipcio. Miembro del consejo editor de la revista Prólogo. Miembro de la unión de Escritores de Egipto, del Círculo de los artistas y escritores (Atelier del Cairo); del comité fundador del congreso de la nueva poesía árabe en el Cairo. Ha publicado los poemarios: La memoria de la sombra (1993), Muros blancos (1996), Política del olvido (2007), El hueco en su última forma (2009), El intérprete de los olores (2013), Prueba de la nada (2015), entre otros. La traducción del árabe es de Mohamed Ahmed Bennis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Despojos diurnos

 

 

No es coincidencia

que los que llevan las rosas rojas

sean amantes fracasados.

Su divagación por los calles está clara

para todos los que los ven.

 

Mirad…

Tienen casi la mirada fija en el aire

y se hablan a sí mismos.

 

Podéis ver a uno de ellos

cuando se vaya por la mañana para ver  a su novia,

así creeréis que está yendo al paraíso,

mientras el pobre sabe el destino de las rosas

que ahora andan, con esto, rendidas.

 

Ya está viendo su destino como una película hostil,

más bien se mostró, desde la mañana, ante el espejo

para acostumbrar su rostro

a la sonrisa de despedida.

 

¡Oh Dios mío,

¿quién sirve al que lleva las rosas rojas después

de su regreso a la casa al mediodía ! …

 

Desde ya,

no tiene nada que hacer el hombre.

 

 

 

 

La huella del agua

 

 

No hay errores aquí,

siempre se divide el mundo por sí mismo…

En tu puerta ahora flores y una tarjeta desconocida,

y en la mía un nombre sin flores.

 

Todo en el rumbo es correcto sin esfuerzos,

y no se disculpe por cualquier cosa,

no se disculpe por cualquier cosa.

 

Sabes que estoy terminando el escenario que habíamos escrito

en aquella tarde por encima del sofá azul,

en aquel día en el que se derramó el agua sobre la mesa,

y se mojó el papel…

 

Termino el escenario que he encontrado de repente,

mientras limpiaba la estantería de los iconos,

como si reformara agujeros abandonados por los días perdidos,

mientras que buscábamos el fin que convenía a todos.

 

¡Qué maldición la que hemos dejado

producirse en nuestra cama

durante todo este tiempo!

 

¡Qué casualidad bajo el polvo

estaba escondida de nuestros dedos atentos!

Y qué humedad,

la que se mantuvo melosa y despierta

en el infierno de la soledad!

 

No se disculpe por cualquier cosa,

siempre se divide el mundo por sí mismo:

Preguntas vivas,

Flores muertas.

 

Julio 2011

 

 

 

Hacia el más allá 

 

Nada en nuestras manos,

y el cuerpo —como ves— es una bomba hidráulica,

dormimos mientras él se mueve solo toda la noche

acumulando anhelos.

 

¡Oh!

Pues, no hace falta tener vergüenza,

mientras nuestro orgasmo, encima de las camas,

no es nuestra preocupación,

mientras que sólo somos un puente en silencio

que no necesita perdón,

por encima de él pasan los extraños

que, a la vez, recogen y abandonan el olvido.

 

Así que podemos escribir la historia de amor de nuevo,

la escribimos con un poco de amor.

 

No hay que dejar de eliminar las señales

que plantábamos en ambos lados

para desorientar a los bandidos,

las mismas señales que, por fin, nos desorientaron.

 

Ya podemos escondernos detrás de nosotros mismos

y cada vez que tengan a uno de nosotros

le silbaremos o haremos signos de lejos

con pañuelos para que tenga cuidado

y cruce la frontera de manera segura

hacia el más allá de su cadáver.

 

 

 

El lecho de la solitaria

 

Mojado el pelo de Nancy en su habitación dispersa,

los pocos ruidos de la calle Champellion

provienen de la ventana

y agita la cara de Jesucristo en la pared.

 

Nancy, como de costumbre, deja su albornoz libre

para que caiga a sus pies

mientras se dirige a la cama.

 

Nancy duerme sobre el vientre rociado

para deshacer la soledad…

Abre los papeles plegados

que sacó de los cajones,

y revisa imágenes que no se ven desde nuestro lugar,

revisa un viejo pasaporte cuyos sellos se asemejan

a discapacidades permanentes.

 

Como se puede ver, mis amigos,

Nancy es blanca con pelo negro.

Su nalga que brilla recuerda a las migraciones

que nos llegaron desde los Balcanes hace un siglo.

 

Nancy no presta atención

a la llamada de la vieja, dueña del hostal,

no está interesada en que la cena se enfríe.

Está a la espera del chico que ligó la semana pasada

en una exposición de plantas ornamentales,

el chico, que estudia bellas artes y se encarga de sus dos hermanas.

 

Nancy no oye la voz de la vieja armenia,

Nancy está lejos.

Tal vez piensa en su novio que emigró hace dos años.

Dicen que tiene un café en las afueras de Melbourne.

Dicen que tiene una amante mexicana

que lame sus partes por la noche.

 

Dentro de poco,

Entrará quien cuida de sus hermanas a la habitación…

 

No podemos ver su ligero disturbio,

mientras se quita su chaqueta gris,

y se inclina sobre una mujer de un lejano mundo,

sólo vemos cómo desciende sobre ella con su delgado cuerpo,

como la tranquiliza en su lecho,

después de haberla fijado con un tornillo que no se ve.

 

Nancy sola, gente,

y su pelo mojado.

 

 

 

Copa invertida

 

Tu amigo murió antes de cumplir los treinta y ocho,

pues, ¿qué haces esta noche?

 

En tu caso, me iría a vuestra cafetería favorita,

y me sentaría en su silla teniendo la misma situación:

detrás de mí el espejo,

y mi cara frente al estante lleno.

 

Iría a pedir mi cerveza en su copa de cerámica,

y anotaría mis pensamientos en un papelito

usando mi mano izquierda.

 

Heredaría todas sus mujeres,

para que los otros no destruyan lo que hizo mi amigo,

heredaría los secretos de sus mujeres que me confesó

mientras bebíamos.

 

No me olvidaría de visitar a su novia triste,

y cuando abriera la puerta vestida con su chal negro,

me sentaría miserablemente delante de ella

y fingiría que no sé nada de cómo atiende

su extraño temperamento hacia el placer,

ni del tatuaje que duerme en su muslo.

Y cuando se pusiera a llorar

acariciaría su cabeza para tocar la parte sensible.

 

En tu caso, haría lo posible por poner mis dedos

por encima de los de mi amigo,

lo que sería claro es que sigan

acariciando su suave pelvis.

 

Aquí, amigo,

con poca luz puedes cuidar bien a tu cuerpo,

mientras llena los vacíos

que el difunto dejó cálidos y con un orgasmo olvidado.