Poesía argentina: Ricardo Rubio



Presentamos la poesía de Ricardo Rubio (Buenos Aires, 1951) Es poeta, narrador y dramaturgo. Profesor de Inglés, Analista Programador, músico y director de teatro; actualmente, Editor. Se han publicado poemas, cuentos y ensayos en medios gráficos nacionales y del exterior, algunos en italiano, ruso, francés, catalán, gallego, inglés, alemán, albanés y rumano. Tiene quince libros publicados, entre ellos, su obra más reconocida: El color con que atardece  (2002, 2003 y 2015). Las novelas: Calumex (1982 y 2012), Crónicas de un legado hermético (2011) y cuatro colecciones de minicuentos. De sus ensayos, destacan los realizados sobre el poeta paraguayo Elvio Romero y su poesía, publicados en Paraguay y Argentina. Se han estrenado once de sus obras teatrales, una en Madrid y tres de ellas se han publicado. Sobre su obra poética, Graciela Maturo publicó en 2002: “La palabra revelatoria: El recorrido poético de Ricardo Rubio”, reeditado en 2015.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nada sabemos salvo el desencuentro

 

 

Simulo distracción mientras agito otro tiempo

que inflama el corazón del amanecer.

 

Cierro los ojos e imagino los signos

de un lenguaje universal.

Busco razones

mientras palpito tristezas

derramadas en las grietas

de un espacio perplejo.

 

Cuando el alba abre caminos,

absorta, la lucidez se espanta.

¿Con qué veneno ahogamos la insistencia

y la ilusión, si de nadie es la luz de la distancia?

Ninguno es dueño del color con que atardece.

La conciencia navegó milenios para llegar aquí

y forzó un hombre aturdido

en medio de las piedras.

 

Hay alamedas heridas de sed,

pájaros con estertores de pánico,

pequeños peces luchando contra el invierno.

Pero hay manos de mujer

a lo largo de mi espalda

que mitigan la ferocidad de la vida.

Así siento las caricias y los desaires.

Ahora los años acosan para siempre,

y son apenas silencio

en el fondo de un gesto.

 

 

 

La razón es ciega cuando se agita un prisma

 

Cualquier palabra no es tu palabra;

no es tuya la voz del niño

con garganta de trueno,

ni el color del tulipán, ni la brisa del sur.

Ese escudo no te cubre del temor,

esa cota no impide el paso de las flechas.

 

A veces, la luz se dispersa

para dejar un hueco confuso

en el ojo de los hombres.

 

Cuando los bosques en tierras aún indecibles

no imaginaban su follaje,

cuando el sol era un punto

con todos los puntos encendidos,

cuando los astros eran fragmentos

de un único astro incomprensible y loco,

y la molécula vibraba en la insistencia,

el escriba ya era parte de un recuerdo

en la materia,

y aunque sus ojos no atinaban ni el espíritu

ni el hueso, ni el calor, ni la intemperie,

en su inercia la vida planeaba la risa de la pasión

y el cuarto oscuro de la ciencia.

 

Luego un hombre entrevió el roce, la fisura,

el músculo partido

por la simple disolución de la franqueza.

 

Y gimió.

 

 

 

Los ojos se cierran a la danza o se abren al dolor

 

El tala se ciñe entre arrugas y silencio;

entra y sale del aire con una fuerza antigua.

Se lleva la última gota de las acequias

hacia un torrente invisible

que no alcanza su piel muda.

 

Cuando el monte envuelve su sed y su tristeza

el cielo lo ve alzar los brazos al viento.

 

Navegaré la eternidad para entender este porqué,

este confuso caracol que se ahoga entre arena y sal,

esta ambición que cae en las manos de la intolerancia,

este falso remanso de la idea.

¿Cómo ver el otro lado del espejo

cuando el núcleo está en la carne?

¿Cómo ser uno cuando desmayo?

 

La vida se contrae, se recuesta en la senilidad,

se apostema y se aturde.

El delirio invade las formas, la razón vacila,

la desnudez intenta un color en las tinieblas

y busca una especie, una estirpe, una tribu,

un cimiento donde sembrar el aire.

 

Pero la luz se hace noche, niebla, sopor,

confusión de lirios a la sombra de un nogal.

Carreras infames dibujan un pasar delgado y pueril.

 

El ocaso es demasiado vértigo para la desnudez.

 

 

 

 

Nos mantenemos agua

en un estanque mensurado y atónito

 

 

Acaso consagramos las tardes al estupor.

Alejados del ya,

indagamos lugares sagrados de la memoria:

los pródigos sueños, las tantas quimeras,

las ambiciones que crecían temerosas

con lentitud de otoño.

 

Tristemente, el niño se obliga

a dejar la ingenuidad y juega a estar cansado.

 

Las horas se hacen interminables días en la luz.

Inteligibles las cosas se ufanan de existencia.

 

La decisión es al fin un nervio que obedece,

un latido que se expresa, que se abre.

El tiempo deviene en el verdadero sí de las manos

y descree de oscuros enemigos revelando un calor

que no sucumbe al frío de la tristeza.

 

Aún así la paciencia hace lentos los meses,

los siglos llevan en andas lo indecible de lo eterno,

la levedad y la caricia se someten a la ansiedad,

el olvido se hace nunca y la esperanza brisa.

El antes alberga una quietud

y el ahora una historia y un silencio.

 

No tenemos tiempo más que para nombrarnos.

Casi siempre el árbol es más débil que su flor.

Nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas.

 

 

 

Eternamente ahora

 

Siempre este ya pegado a los ojos.

A cada instante un segundo baladí,

un ahora infinito que nutre y azora

el presente de las indecisiones:

instantáneo, efímero.

Inaferrable.

 

 

 

Alrededores

 

Las aves

en la tarde,

 

las azucenas

y el silencio,

 

el fondo rojizo

del infinito,

 

todos habitan

este pequeño corazón.

 

 

 

La rueca      

                                

 

Hay un reclamo de lógica

en la espalda del viento,

un reclamo de espacio y de ciencia

en la sabiduría de las rocas.

Como nave cristalina,

el tiempo reviste la desnudez de la tierra,

y los profanos hijos del ancestro se pintan de colores

y se visten de espejos nunca vistos.

 

Y hay otras tantas formas de huir.

 

Baja un llanto esmeralda

acariciando la mansedad de la montaña,

trae mineral con una verdad a cuestas.

Alguien descompuso esas semillas

y creyéndose sabio les dio una cifra,

y cifra y letra formaron parásitos de papel

que no sacian nuestra sed de invitados sin regalo.

La claridad brotaría de viejas filosofías no escritas aún,

los astros nada saben de palomas ni de credos,

pero el suelo ha dado flores e insectos,

y sin contarnos nos envuelve en silencio y a él volvemos.

 

Hay otras tantas formas de huir.

 

Objeto de grandes pensadores

con grandes cerebros y fortunas,

y profetas, magos, monjes e ingenieros.

Objeto de inútiles pisadas, de invasiones, de colonización,

de intrépidos periplos alrededor de qué o de quién,

de formas y dibujos, de forzados cambios

y de lluvias atómicas que nada saben de núcleo ni de átomo.

Por eso el suelo aguantando no es sed y es amparo;

sin embargo, el gemido asoma en el desierto

y el grito en el volcán.

 

¿Quién me dará una almeja y un balde de arena?

¿Quién me enseñará a no saber nada?

 

Y otras tantas formas de huir.