Apuntes para una literatura ancilar: Michel de Montaigne



En esta nueva entrega de Poesía Permutante, la columna del poeta Mario Bojórquez, podremos leer una reflexión sobre Michel de Montaigne y el género del ensayo. El texto es en buena media una celebración y una defensa del género, como la forma más perfecta para la expresión natural del pensamiento y la emoción.

 

 

 

 

 

APUNTES PARA UNA LITERATURA ANCILAR: MICHEL DE MONTAIGNE

 

Michel de Montaigne nació el 28 de febrero de 1533, fue el inventor del género literario conocido a través de él como “Ensayo”. Aunque los antecedentes del género se situan muchos siglos atras, este escritor le da las características que son más reconocibles aún modernamente, les llama “ensayos” porque en estos escritos se ensaya un idea que podría ser más adelante retomada, sin pretender agotarla. Francis Bacon, unos años después en Inglaterra, se refiere al género del “ensayo” de este modo: “La palabra es nueva, pero la cosa es vieja; a su manera las cartas de Séneca a Lucilio son ensayos, es decir, composiciones no trabajadas, apenas meditaciones dispersas”. Según mis propias lecturas, la palabra “ensayo” con ese sentido aparece por primera vez en el prólogo al Gargantúa de François Rabelais en 1534, un año después de nacido Montaigne: “A quel propos, en vostre advis, tend ce prelud et coup d’essay?”. Ezequiel Martínez Estrada en su presentación de Montaigne afirma que “el ensayo es la forma más perfecta para la expresión natural del pensamiento y la emoción”. Hoy, que el ensayo ha sido sometido a leyes intolerantes en las universidades y que se ha convertido en arma ideológica del profesor que atenta contra el pensamiento libre, recordemos algunas lineas del propio Montaigne sobre la operación del ensayo:

“El juicio es un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos Ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado de muy lejos; luego si lo encuentro demasiado profundo para mis alcances, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan de un asunto noble y discutido en que nada puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Atreveríame a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia”.

Michel de Montaigne
Ensayos
“De Demócrito y Heráclito”
Libro I, Capítulo L