Jonathan Swift: Una Modesta Proposición



Una de las mentes más agudas y sensibles de su tiempo, el ensayista irlandés Jonathan Swift (1667-1745) se plantea en esta profunda meditación, cómo solucionar uno de los problemas más intrigantes de la Irlanda de su época, vigente en muchos sentidos para el mundo de hoy. Presentamos, Una modesta proposición, escrito en 1729, en versión del inglés de Mario Bojórquez.

 

 

 

 

 

 

 

 

Una Modesta Proposición

 Jonathan Swift (1729)

para prevenir que los hijos de la gente pobre en Irlanda, sean una carga para su patria o sus padres, y para hacerlos beneficiosos a la sociedad.

Es motivo de pena para los que caminan a través de esta gran ciudad o viajan en la campiña, ver en las calles, los caminos y a las puertas de sus jacales a mendigos del sexo femenino seguidos por tres, cuatro, o seis niños todos en harapos, importunando al viajante por limosnas. Estas madres en vez de poder trabajar y conseguirse un sustento honesto, emplean su tiempo vagando para pedir por sus infantes desamparados, quienes, al crecer, terminan en ladrones porque no obtienen trabajo o salen de su querido país para luchar por el Pretendiente en España o a venderse en las Barbados.

Todos los partidos estarán de acuerdo en que este prodigioso número de niños en los brazos o en las espaldas o en los talones de sus madres y con frecuencia de sus padres, son, en el actual estado deplorable del reino, un agravio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que pueda descubrir un justo, barato y sencillo método de hacer que estos niños se conviertan en miembros útiles de la comunidad, merecería el reconocimiento de la sociedad, haciéndole levantar una estatua por preservar a la nación.

Pero mi intención está más allá de proveer solamente el sustento de los hijos de mendigos declarados; es de un alcance mayor y tomará el número entero de los infantes de cierta edad, que nacen de padres en efecto tan poco capaces de mantenerlos, como los que exigen nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, dándole vuelta a mis pensamientos por muchos años sobre este tema tan importante y habiendo sopesado maduramente los varios proyectos de nuestros analistas, siempre los he encontrado grandemente equivocados en sus cálculos. Es verdad que un niño desde su nacimiento puede ser alimentado con leche materna por un año solar, con algún otro poco de alimento que no sobrepasará el valor de dos chelines, que la madre puede conseguir ciertamente o su valor en mendrugos, por su ocupación legal de mendiga; y es exactamente al año de edad que me propongo proporcionar para ellos un modelo, en el cual, en vez de ser una carga para sus padres o la parroquia o deseando el alimento y el vestido para el resto de sus vidas, por lo contrario, contribuirán a la alimentación y en parte a la vestimenta de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi esquema, esto prevendrá esos abortos voluntarios y esa práctica horrible de las mujeres que asesinan a sus hijos bastardos ¡ah, demasiado frecuente entre nosotros! sacrificando a los pobres bebés inocentes, creo que más para evitar el costo que la vergüenza y que movería a las lagrimas y a la compasión al pecho más salvaje y más inhumano.

El número de almas en este reino se calcula generalmente en un millón y medio, de éstos estimo que pueden ser cerca de doscientas mil parejas cuyas esposas pueden engendrar; de este número resto treinta mil parejas que pueden mantener a sus propios hijos (aunque considero que no pueden ser tantos, bajo las presentes condiciones depresivas del reino), pero concediendo, de allí se seguirían ciento setenta mil parejas fértiles. Resto además cincuenta mil, por esas mujeres que se malograron o por los niños que mueren por accidente o enfermedad dentro del año. Siguen siendo por lo menos ciento veinte mil niños de padres pobres nacidos anualmente. La pregunta por lo tanto es, cómo este número puede ser mantenido, y proveído, el cuál, como he dicho ya, bajo la situación actual de nuestros negocios, es completamente imposible por todos los métodos propuestos hasta ahora. No estamos en condiciones de conservarlos, ni los empleamos en artesanía o agricultura, ni siquiera construimos casas (me refiero al campo), ni cultivamos la tierra; pueden tomar muy raramente su sustento robando hasta que llegan a los seis años de edad, excepto donde existen habilidades precosísimas, aunque confieso que aprenden los rudimentos desde mucho antes; entre tanto pueden sin embargo ser admitidos como aprendices. He sido informado por un caballero principal del condado de Cavan, quien afirmó ante mí, que él nunca había conocido arriba de uno o dos casos por debajo de la edad de seis años, aunque en esa parte del reino son renombrados por la habilidad y rapidez en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que una muchacha o muchacho antes de los doce años, no es materia vendible y que cuando tienen esa edad apenas rendirían sobre las tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo cuál no permite recuperar a los padres o al reino el costo de alimentos y harapos que son por lo menos cuatro veces más costosos que lo que arrojan por su valor.

Ahora por lo tanto, propondré humildemente mis propios pensamientos que espero no serán materia de la menor objeción.

Me ha asegurado un amigo americano, conocido mío de Londres, que un niño sano, tierno, bien cuidado, es, al año de edad, alimento nutritivo y delicioso, ya guisado, asado, al horno, o cocido; y no tengo ninguna duda que sirva igualmente en un fricasse o ragout.

Por lo tanto, ofrezco humildemente a la consideración del público, que de los ciento veinte mil niños ya computados, veinte mil queden reservados para la cría, de los que solamente una cuarta porción habrán de ser varones; lo cuál es más de lo que permitimos a lanares, vacunos, o porcinos; mi razonamiento es que estos niños son raramente fruto de matrimonio, circunstancia no muy observada por nuestros salvajes, por lo tanto, un varón será suficiente para servir a cuatro hembras. Los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna en el reino, aconsejando siempre a las madres les dejen mamar abundantemente en el último mes, para engordarlos con grasa suficiente para una buena mesa. Un niño alcanzará para dos platos en una velada con amigos y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o el trasero servirá para una porción razonable y sazonado con una poca de pimienta o sal, será muy bueno cocido en el cuarto día, especialmente en invierno.

He considerado con base en la media, que un niño recién nacido pesará sobre las doce libras y en un año solar, si está nutrido adecuadamente, alcanzará las veintiocho libras.

Concedo que este alimento será bastante costoso y por lo tanto muy apropiado para los terratenientes, que, como han ya devorado a la mayoría de los padres, parecen tener el mejor título para hacerlo con los hijos.

Carne de niño habrá en todas las estaciones del año, pero más abundantemente en marzo y poco antes o después; un autor serio, eminente médico francés, nos dice que los pescados son una dieta prolífica, así que habrá más nacimientos en los países católicos romanos cerca de los nueve meses después de la pascua, los mercados estarán más surtidos que de costumbre, porque el porcentaje de los infantes papistas es por lo menos tres a uno en este reino y por lo tanto tendrá otra ventaja colateral, disminuiremos así el número de papistas entre nosotros.

He presupuestado ya el costo de criar al niño de un mendigo (en esta lista cuento a todos los jornaleros, trabajadores, y cuatro quintas partes de los granjeros) en cerca de dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero rehusaría dar diez chelines por el cuerpecito de un buen niño gordo, que, como he dicho, hará cuatro platos de carne nutritiva excelente, cuando solamente venga algún amigo a visitarlo o cuando su propia familia cene con él. Así el hacendado aprenderá a ser un buen propietario y crecerá su popularidad entre sus arrendatarios, la madre tendrá ocho chelines de beneficio limpios y estará lista para el trabajo hasta que produzca otro niño.

Los que sean más ahorrativos (como hay que confesarlo, los tiempos lo requieren) pueden desollarlo; así con la piel se podrán hacer guantes admirables para las señoras y botas de verano para los caballeros refinados.

En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, los rastros pueden colocarse para este propósito en los lugares más convenientes y podemos estar seguros que carniceros no faltarán; aunque yo recomiendo comprar los niños vivos y aderezarlos calientes del cuchillo, así como hacemos con los cerdos al asarlos.

Una persona muy digna, un amante verdadero de su país y cuyas virtudes estimo en mucho, estuvo últimamente deleitándose en discurrir sobre estas materias a fin de ofrecer algún refinamiento sobre mi proyecto. Dijo que muchos caballeros de este reino habían destruido en sus cotos a los ciervos, por lo que él consideró que la carne de venado puede muy bien ser sustituida por los cuerpos de muchachos y de muchachas jóvenes, no excediendo su edad de catorce años ni de ir por debajo de los doce; hay tan grande número de ambos sexos en nuestros campos que están ahora listos para morirse de hambre y deseosos de trabajo y servicio; de éstos podrían disponer sus padres si estan vivos y si no sus parientes más cercanos. Pero con el respeto debido a tan excelente amigo y tan merecedor patriota, no puedo estar de acuerdo con su sentir; porque en cuanto a los varones, mi conocido americano me aseguró que en su experiencia frecuente, la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros colegiales, por el ejercicio continuo y de un gusto desagradable y que cebarlos no se correspondería con el costo. En cuanto a las hembras, yo pienso humildemente, que sería una pérdida para el público, porque pronto se convirtirían en parideras ellas mismas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa juzgue conveniente censurar tal práctica, (aunque de hecho muy injustamente) por acercarse un poco a la crueldad, que, confieso, siempre ha sido para mí la objeción más fuerte contra cualquier proyecto, por bien intencionado que sea.

Pero para justificar a mi amigo, él me confesó, que este expediente fue puesto en su cabeza por el famoso Salmanaazor, natural de la Isla de Formosa, que vino desde allá hasta Londres hará unos veinte años y en una conversación dijo a mi amigo, que en su país, cuando alguna persona joven era sentenciada a la pena de muerte, el verdugo vendía el cuerpo a personas de calidad como manjar de primera; y que en su tiempo, el cuerpo de una muchacha regordeta de quince años que fue crucificada por una tentativa de envenenamiento al emperador, fue vendida al primer ministro de su majestad imperial y a otros grandes mandarines de la corte, reunidos junto al patíbulo, en cuatrocientas coronas. No puedo negar, de hecho, que si lo mismo se hiciera con varias muchachas jóvenes regordetas de esta ciudad, que sin una sola avena mondada en sus fortunas, no pueden salir a la calle si no es en coche y aparecen en los clubes y en las reuniones con vestidos de modas extranjeras los cuales nunca pagarán; el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu impresionable están preocupadas grandemente por ese extenso número de gente pobre que envejece, enferma o están inválidos; y me han pedido emplear mis pensamientos en conseguir una posible solución para descansar al país de tan penoso embarazo. Pero no estoy yo afligido en esta materia, porque es bien sabido, que cada día son más los que mueren y se pudren por el frío y el hambre, la inmundicia y los gusanos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los jóvenes trabajadores, están ahora en la misma condición esperanzadora. No pueden conseguir trabajo y desfallecen por su mala alimentación, al grado de que si se les emplea en cualquier actividad común no tienen fuerza para realizarla y de ese modo tanto ellos como nuestro país se libran de males futuros.

He divagado demasiado y por lo tanto volveré a mi tema. Pienso que las ventajas que tiene mi proposición son obvias y muchas, así como de la más alta importancia.

Primeramente, como he observado ya, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, siendo éstos los principales engendradores de la nación, así como nuestros enemigos más peligrosos y que permanecen en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando tomar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes que han decidido salir de su país, antes que permanecer en él pagando diezmos contra su voluntad a un cura episcopal.

En segundo lugar, los arrendatarios más pobres tendrán algo valioso de su propiedad, que por ley puede ser susceptible de embargo y con esto se ayudarán para pagar el alquiler de su terrateniente, porque su maíz y ganado han sido confiscados ya y el dinero es algo desconocido para ellos.

En tercer lugar, mientras que la manuntención de cien mil niños a partir de los dos años de edad y en adelante, apenas puede ser presupuestada en por lo menos diez chelines por cada uno por año, los ingresos de la nación se verán de tal modo incrementados en cincuenta mil libras anuales, además del beneficio de un plato nuevo, introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna en el reino, que tienen algun refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará entre nosotros mismos, pues las mercancías dependerán enteramente de nuestra propia producción y manufactura.

En cuarto lugar, los criadores constantes, además del aumento de ocho chelines por año por la venta de sus niños, se habrán librado de la carga de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraería además gran concurrencia a las tabernas, donde los tan prudentes venteros practicarán las mejores recetas para aderezarlo a la perfección; y por lo tanto, harán que sus negocios sean frecuentados por todos los caballeros finos, que justamente valoran su conocimiento en el buen comer y un cocinero hábil, que entiende cómo encantar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan costoso como ellos gusten.

Sexto, éste sería un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han animado por recompensas o hecho cumplir por leyes y penas. Se acrecentaría el cuidado y la dulzura de las madres hacia sus niños, cuando éstos tendrían segura colocación de por vida, de algun modo provista por el público y un beneficio anual en vez de un gasto.  Podremos pronto ver la honesta comparación entre las mujeres casadas, por saber cuál de ellas podría traer al niño más gordo al mercado.  Los hombres se convertirían en ejemplares maridos cariñosos con sus esposas durante la época de su embarazo, como ahora están orgullosos de sus yeguas con potrillos, sus vacas con becerros, o sus puercas listas para parir; y evitarían golpearlas o patearlas (práctica demasiado frecuente) por miedo a un aborto.

Muchas otras ventajas pudieran ser enumeradas. Por ejemplo, el aumento de unos mil canales en nuestra exportación de carne de res en barrica; la propagación de la carne de cerdo y el refinamiento en el arte de hacer buen tocino, tan preciado entre nosotros por la gran destrucción de cerdos, tan frecuentes también en nuestras mesas; pero de ninguna manera comparable en gusto o magnificencia a un niño de un año de edad, crecido, gordo, que hará un papel considerable en un banquete del Alcalde Mayor o cualquier otra festividad pública. Pero éstas y muchas otras ventajas, siendo partidario de la brevedad, omito.

Suponiendo que mil familias en esta ciudad fueran clientes constantes para la carne de los infantes, además de otras que pudieran obtenerla en los festines, particularmente en las bodas y bautizos, considero que Dublín consumiría anualmente cerca de veinte mil niños; y en el resto del reino (donde probablemente se darán algo más baratos) los ochenta miles restantes.

Puedo pensar que nadie intentará objeción alguna contra esta propuesta, a menos que se piense, que el número de personas sería disminuido por mucho en el reino. Esto lo reconozco francamente y de hecho fue mi preocupación mayor antes de proponerla al mundo. Deseo que el lector observe, que calculo mi remedio sólo para este reino particular de Irlanda y no para algún otro que haya existido, exista, o, pienso yo, pueda existir sobre la tierra.  Por lo tanto no venga alguien a hablar conmigo de otros expedientes: de gravar a nuestros desocupados en cinco chelines por libra; de no usar ni ropa ni muebles de importación, excepto aquellos de nuestra propia producción y fabricación; rechazar completamente los materiales y los instrumentos que promueven el lujo extranjero; de curar el exceso de la afectación, de la vanidad, de la ociosidad y del juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, de prudencia y de templanza; de aprender amar a nuestro país, en donde nos diferenciamos incluso de los Lapones y  los habitantes de Topinambo; de parar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más allá como los judíos, que se asesinaban unos a otros en el mismo momento que su ciudad era tomada; de ser un poco cautelosos, de no vender nuestro país y y nuestras conciencias; de enseñar a los propietarios que tengan por lo menos un grado de misericordia hacia sus arrendatarios.  Finalmente, de poner un espíritu de honradez, industria y habilidad en nuestros comerciantes, que, si se pudiera ahora tomar una resolución para comprar solamente nuestras mercancías nativas, tratarían de trampearnos sobre el precio, la medida y la calidad, ni que no podrían nunca hacer una oferta justa a pesar de ser conminados continuamente a ello.

Por lo tanto, repito, no dejaré a ningún hombre hablar conmigo de estos y de expedientes similares, hasta que alguien tenga por lo menos un cierto atisbo de esperanza de que habrá alguna tentativa cierta y sincera de ponerlos en práctica.

Pero, en cuanto a mí mismo, cansado ya por tantos años de ofrecer inútiles, ociosos, y visionarios pensamientos y sin observar ninguna esperanza de éxito, dí afortunadamente con esta propuesta, que, como es enteramente nueva tiene algo de sólida y verdadera, que no es cara y no implica mayores dificultades, que se completa con nuestras propias fuerzas y que no incurre en el peligro de desagradar a Inglaterra.  Para esta clase de mercancía no existirá la posibilidad de exportación, ya que la carne tiene una consistencia tan delicada como para admitir una larga maceración en sal, aunque quizás podría nombrar un país que estaría muy contento de comerse nuestra nación entera aun sin ella.

Después de todo, no estoy tan violentamente inclinado hacia mi propia opinión como para rechazar cualquier proyecto propuesto por hombres más sabios, que sean hallados igualmente inocentes, baratos, fáciles, y eficaces.  Pero antes de que algo así sea ofrecido en contradicción con mi plan y oponiendo algo mejor, deseo que el autor o los autores tengan la amabilidad de considerar maduramente estos dos puntos.  Primero, en el actual estado de cosas, cómo harán para conseguir alimento y vestido para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y en segundo lugar, contando al rededor de un millón de criaturas de figura humana a lo largo de este reino, cuya subsistencia entera puesta en una suma global les dejaría en deuda dos millones de libras esterlinas, agregando a los que son mendigos de profesión, al grueso de los granjeros, jornaleros y obreros con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho; me gustaría que esos políticos que tienen aversión a mi propuesta y que puedan quizás intentar una posible contestación, primero preguntaran a los padres de estos mortales, si en este momento no considerarían una gran felicidad haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que prescribo y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de desgracias como el que han pasado por la opresión de los hacendados, por la imposibilidad de pagar el alquiler sin el dinero o el comercio, el deseo de subsistencia común, sin casa ni ropas que puedan cubrirlos de las inclemencias del tiempo y la más inevitable perspectiva de heredar similares o mayores miserias sobre su casta para siempre.

Declaro con toda la sinceridad de mi corazón que no tengo el menor interés personal en el esfuerzo de promover este trabajo necesario, no teniendo ningún otro motivo que el beneficio público de mi país a través del mejoramiento de nuestro comercio, proveyendo a los infantes, relevando a los pobres y dando un cierto placer a los ricos.  No tengo ningún hijo con el cual pueda proponerme conseguir un solo penique; el más pequeño tiene nueve años y mi esposa ya no puede engendrar.

 

Versión del inglés de Mario Bojórquez