Poesía joven de México: Irene Ruvalcaba



Presentamos una muestra de la obra de la joven poeta Irene Ruvalcaba (Mexticacán, 1991). Es licenciada en psicología por la Universidad Autónoma de Zacatecas y miembro del taller de creación y crítica de la misma universidad; actualmente cursa la maestría en Literatura Hispanoamericana. Fue becaria del Festival Interfaz del ISSSTE Chihuahua en su edición 2016.

 

 

 

 

NACIMIENTO DEL MUNDO

 

Nos movemos mi cuerpo, mi mente y la Sombra de mi sombra. En la pared del mundo un golpe del vapor y el agua se revuelven. Una flor se revela.

El adiós es alguien que ya no está.

¡Espera! quiero contarte una historia.

Cuando murió mi padre me quedé muda, y te cuento esto como si lo disfrutara, como si el recuerdo se sacudiera y en la novedad del ahora, una visión: una vaca pasta junto al ataúd paterno y hay una rama de romero secándose mientras un niño llora con una paloma en la mano; luego, es la paloma que llora con un niño en la mano mientras la vaca yace en el ataúd y mi padre está pastando. Mira, el romero está por nacer.

Te digo que me quedé muda y lo sé por una nota que la maestra Cristal le mandó a mi mamá: Irene no habla.

No te puedo decir cómo es el silencio, ni cómo es dormir con pájaros azules en los árboles del sueño; porque mi cabeza es un nido. Mi pensamiento: todas las letras juntas haciendo el amor, formando las palabras; de niña creía hablar inglés o ruso y salían puras ramas, puros almácigos de calabaza, pura estopa.

Una pizarra empolvada es la memoria.

Luego, me pregunto por qué mi papá dejó de hablar. Y pasa que el café nos corta, como la leche al café. Venganza.

Mi padre daba un sorbo a la luna del café y las cosas amanecían, así fue como también yo amanecí y di todo por amor al padre, como decía el sacerdote en los sermones del templo que visité con mi madre: El padre da todo por sus hijos.

Y ahí él, en el ataúd, con un rostro lleno de muerte, de amor.

Yo me lo quería comer, pensando que su sabor era el del olor de la tierra mojada, el del chopeo del pan de azúcar en el té, el de los besos de mi abuelita.

Fin.

Ahora pienso en la ceremonia donde el pequeño pájaro de mi infancia habla de las cosas que nos dan risa cuando somos niños.

 

 

 

UNA MAÑANA DE 1997

 

Ese día me desperté a las seis de la mañana y ella ya se había puesto de pie.

La noche anterior soñé que mi papá me daba un abrazo y luego se alejaba dejando sus huellas en el polvo blanco que es la mirada.

Abrir los ojos es entrar sin permiso.

Así entré al recuerdo profundo como pozo antiguo que tengo de mi infancia. Todo pasó en un año. En un día. En un instante.

El querubín de la infancia debe ser el mismo que el del invierno. Jamás pude olvidar cómo jugaban los adultos a ser niños, cómo mi tío me tomó la foto en el jardín. El grito de mi madre como luz incandescente esa mañana, el maullido de la gata y el temblor del perro en silencio.

Esa mañana el pájaro madrugador no cantó. Las flores pálidas en las macetas del jardín. Mis pies como estatuas de mármol blanco.

Vi caer del cielo la pluma de un ángel, luego otra y otra. Todo estaba invadido.

Era la primera vez que la nieve y yo nos encontrábamos. Te contaré la historia.

Podría comenzar así: mi madre en su dolor dejó de comer, no se vistió de negro como se acostumbra acompañar a los muertos, y decidió morirse lentamente, como caen las hojas que deciden no volver a depender del árbol. Pero al caer llenó de plantas la casa. Helechos, mastuerzos, malvas, geranios, jazmines, pensamientos. Yo no podía creer que una planta se llamara pensamiento.

Y terminar así: pienso en esa mañana cubierta toda de blanco y cómo mi madre salió de la tristeza para maldecir al dios del hielo. Para pedir perdón a sus hijitas. Para limpiar amorosamente las hojas que la nieve consumía. Para nacer.

Al fin del día, tres metamorfosis: la casa verde se volvió blanca, mi madre devino padre y yo me volví pájaro madrugador.

 

 

 

OTRA HISTORIA DE AMOR

 

Cuando llegué a casa ya estaban ahí mi padre, mi madre y el naranjo del patio.

Él tenía una amante y con ella vino el alcohol.

Pienso, de dónde vienen los recuerdos. Alguien te dice que te caíste de niño, luego, la cicatriz en la frente y el olvido.

Los recuerdos son palabras extranjeras.

Él tenía una amante y mis ojos aún no abrían el mundo.

¿Qué es ser amante de alguien?

Las respuestas no llegan porque pierden el tren o se les olvidó el camino.

De niña leí en un cuaderno viejo: cuánto deseo a esa mujer, cantos de gracia y odas a la belleza. Y me envuelvo en sus cabellos de cigarrillo cuando paseo por las descripciones que mi padre le daba. Era hermosa como un elote tierno recién cortado.

¡Te estás matando! Piensa en nosotras, le decía mi madre. La noche era larga como la llama de un cirio; él hermoso, con el esplendor de un sordomudo que juega a ser equilibrista en un circo para señoritas.

Las carcajadas, los vasos rotos y ese amigo de mi padre jalándome los cachetes. La luna solitaria se unía a la jerga. El corazón me palpita rápido cada que mi padre me besa. El olor a ordeña, el sonido de la llovizna al tocar la tierra, los pantalones viejos en el tendedero junto al corral. La tarde cayendo.

Teníamos un naranjo y se murió. Duraznos mordidos por el coyote una noche efímera y el sol del mediodía brillando en lo alto de mi mente.

Mi madre ya no grita, mi padre ya no bebe y yo sigo niña.

 

 

 

NOMBRE PROPIO

 

Asómate. ¿Ves a la niña que está sentada en el filo del asiento del autobús?

Las cosas que vemos no están en la mirada, son papalotes que se van con los remolinos.

Durante tu pestañeo el autobús frenó de golpe, y ahora la niña se está cayendo. ¿Puedes ver su rostro? Piensa en los rostros nuevos, esos que te ven sin conocerte; esos que ves y olvidas. Expresiones invisibles que se quedan como polvo pegado a la nariz. Siluetas que bautizas con todo tipo de nombres: Pedro, Ismael, Sara, Juan, Magda, David, María.

El nombre propio es un pájaro rojo que nos olvida. Unos dicen que da suerte. El mío me lo prestó mi abuela y se quedó conmigo hasta el momento en que decidí llamarme Casandra. Pero cuando insistí en que yo no era Irene sino Casandra, nadie me creyó, nadie me nombró. Entonces Irene volvió sin mí. Pero para ti soy Casandra.

Ahora vuelve al autobús.

Mientras tú escuchas un coro de niños cantando, yo recuerdo que una vez vi un rostro nuevo cuando caminaba por el centro. Sus ojos traspasaron los astros de mi vida. No pude olvidarlo. Ese rostro que de noche se me apareció en un sueño. Yo intentaba ponerle un nombre. Inútil procedimiento. Cada vez que me acercaba lo veía distinto, entonces el rostro se volvía otro y el nombre cambiaba. Sólo le pude oír: Casandra aquí estoy, soy yo; con voz entrecortada repetía: háblame de ti. Le dije: el que viaja no vuelve, el que duerme no come y el que entra se queda ciego.

Asustada por el sueño, me levanto de golpe. Voy a la cocina y pongo en un plato cereal con leche. El primer sorbo de aquel líquido me sabe a sal. Mientras sostengo la cuchara con una mano y el plato con la otra, el mar de leche hace una ola sobre mi suéter azul, creando una mancha grisácea. Por eso debemos comer el desayuno con cuidado. La comida vive, se mueve. Tú enfocas la mirada sobre mi suéter, yo pienso en la vida y en la expansión infinita de las estrellas. ¿Cómo es que se sabe el nombre de las estrellas?, yo creo que el nombre lo llevan escrito, luego alguien lo ve por el telescopio y así pasan a ser parte de los libros de astronomía. ¿O tú que crees?

Irene, en qué piensas tanto, vas a llegar tarde, me grita la voz chillona de mamá. Luego toma mi mano, me sube al autobús y me da un beso en la mejilla. ¿Ya viste que se quedó marcado su lápiz labial en mi cachete?  Yo la veo alejarse despacito de mí.

El nombre propio es un pájaro rojo que no se olvida.