Lêdo Ivo, poemas sobre su padre



Presentamos dentro de la columna Poesía permutante, en homenaje al Día del Padre, unos poemas de Lêdo Ivo (1924-2012) donde la figura paternal se manifiesta. Las traducciones son de Mario Bojórquez y pertenecen a Estación final 1940-2011, libro que cuenta con tres ediciones en México, España y Colombia. Lêdo Ivo es ya un poeta imprescindible para la tradición poética iberoamericana.

 

 

 

Reaparición de mi padre

 

Hoy, por casualidad, volví a ver a mi padre

en su mañana forense.

En un traje de casimir aunque fuera verano

él entraba y salía de los despachos

y atravesaba la calle del Comercio

con su carpeta marrón, lentes de tortuga

y sombrero de fieltro.

 

De vez en cuando mi padre paraba en algún lugar:

en la Junta Comercial, en una ferretería, a la puerta de una zapatería.

Con su mirada miope contemplaba el rostro de Carole Lombard en el cartel del cine Floriano.

Entraba en el Bar Colombo para mear.

Proseguía su camino

entre mendigos, trabajadores eventuales y ministerios públicos

y se sumía en la obscuridad de una tienda de raya.

 

Mi padre iba y venía en el centro de Maceió.

Yo presumía que él estuviera vivo.

Sólo me rendí a su muerte lenta

cuando pasó cerca de mí sin reconocerme.

Entonces supe lo que era la muerte.

Y al mismo tiempo supe lo que es la vida:

el lugar donde hay sol y las personas se hablan.

 

 

 

Los murciélagos

 

Los murciélagos se esconde entre las cornisas

de la aduana. Pero ¿dónde se esconde los hombres,

que, a pesar de todo, vuelan la vida entera de lo oscuro,

golpeándose contra las paredes blancas del amor?

 

La casa de mi padre estaba llena de murciélagos

colgantes, como lamparillas, de las viejas viguetas

que sostenían el tejado amenazado por las lluvias.

“Estos hijos chupan nuestra sangre” suspiraba mi padre.

 

¿Qué hombre tirará la primera piedra sobre este mamífero

que, como él, se nutre de la sangre de otros animales

(¡hermano mío! ¡mi hermano!) y, comunitario, exige

el sudor del semejante aún en la oscuridad?

 

En el halo de un seno joven como la noche

se esconde el hombre; en el relleno de su almohada, en la luz del farol

el hombre guarda las monedas doradas de su amor.

Pero el murciélago, durmiendo como un péndulo, sólo guarda el día ofendido.

 

Al morir, nuestro padre nos dejó (a mí y mis ocho hermanos)

su casa donde en la noche llovía por las tejas quebradas.

Cancelamos la hipoteca y conservamos los murciélagos.

Y entre nuestras paredes ellos se debaten: ciegos como nosotros.