En el marco del dossier, Modelo para armar: 62 voces de la poesía argentina actualcon selección e introducción de Marisa Martínez Pérsico, presentamos al poeta Daniel Calabrese (Dolores,1962). Ha publicado: La faz errante (Mar del Plata, Premio Alfonsina 1990), Futura Ceniza (Barcelona, 1994), Escritura en un ladrillo (Kyoto, 1996), Singladuras (Fairfield, 1997), Oxidario (Buenos Aires, Premio Fondo Nacional de las Artes 2001), y Ruta Dos (Santiago de Chile 2013, Roma 2015 y Madrid 2017 en la Colección Visor). Premio Revista de Libros 2013. Nominado al Premio Camaiore Internazionale. En 2017 se publicaron antologías de su obra en México, Ecuador y Colombia. Traducido parcialmente al inglés, italiano, y japonés. Fundador y director de Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía. Reside en Santiago de Chile.

 

 

 

 

 

 

El regresador

 

Aquello que terminó
está sucediendo todavía.

 

Aquel amor que fue regresa.

 

Porque todo lo que lleva sangre o música
tarde o temprano se reanuda.

 

Pero cuidado.
Mi carne te conoce,
mis dedos caminaron ya cien veces
en la luz dormida de tu cuerpo.

 

Y no es agua la sed.

 

No basta clavar un puñal en el cielo
para desatar una tormenta.

 

 

 

 

 

La caída

 

Un hombre se derrumba.
Parece que busca rutas olvidadas, playas,
una siembra, en aquellas regiones perdidas
donde ya no gira más el sol.

 

Es imposible que yo mismo sea
el hombre que cae por la ventana.

 

Menos mal que se desplomó
desde su propia mirada
y que una roldana lo desliza
como si sujetara un piano,
mientras la tierra lo baja y lo baja
tensando la cuerda podrida
en un lento teatro de suspenso.

 

Menos mal que se deshoja
y revela su peso inusitado,
como un Cristo de Grünewald.

 

Imposible que yo sea el que salta del mundo
y flota unos instantes sobre su propia risa.

 

El que vuela como volaría un árbol
arrancado por las tormentas
que lavan y deslavan el aire.

 

Es imposible que yo sea alguna vez
el hombre que cae por esa ventana,
tan extraño, tan nítido.

 

 

 

 

Cortafuegos

 

Ella regresa de sus vuelos por el bosque.
La luz del sol se levanta y borra
los caminos ya trazados por el hacha.

 

Todo es calma.
Nos rascamos la espalda en el alambrado
como los caballos,
hablamos de la vida no densa,
de los fatigados por el tiempo,
hablamos de los pájaros que se comían las migas
y de la tristeza urbana.

 

El hacha desea cortarme los brazos,
tiene la hoja sucia, el mango astillado,
la dejamos tirada a un costado, entre las piedras
y nos preguntamos quiénes somos.

 

Después de tantos siglos preguntando, ella y yo,
nos hemos convertido en buscadores.
Suena bien: buscadores de profesión,
estamos conformes con eso.

 

Pero cualquiera busca.
La perra busca, el aseador municipal busca,
el motociclista busca, el envenenado busca,
el bibliotecario, el zahorí.

 

Dejamos tirada una bolsa de herramientas,
una tijera de podar y los guantes.

 

Encontradores, tal vez, podría ser,
aunque no todos encuentran.
La perra encuentra, el aseador municipal encuentra,
el motociclista encuentra, el envenenado encuentra,
el bibliotecario, a veces el zahorí.

 

Y salimos a encontrar
una palabra imposible de hallar con esta búsqueda.

 

La perra destiñéndose con el humo,
parada ahí: perra negra, sedienta,
con la lengua afuera y rosada.

 

La vemos hasta que ya no la vemos,
porque hemos resuelto seguir por el sendero
y ella no se atreve.
Tiene miedo a perder su puesto en el mundo,
prefiere la vida exacta frente a una casa de cemento,
adentro de una esfera cerrada de sombras y olores,
porque más allá de esos bordes
comienza el abandono.
Ya no la vemos, pero se la oye aplaudir
en una poza de agua con su lengua
como con una pala de plástico.
Slap slap slap.

 

Seguimos viajando en esos caminos
que sólo se pueden recorrer bajo sospecha.
Rozamos las espinas, las telas de araña,
las piedras calientes, las babas del diablo.
Y aunque tenemos ganas de dormir
porque el sol agujerea nuestras cabezas
y se nos escapan los sueños,
seguimos adelante.

 

Todo lo que sucede
sucede entre nosotros,
como el calor, como los sonidos.

 

Se oye la raíz de los pinos taladrando la tierra.
Se oyen las sombras duras de los cuerpos
cuando pasan por los alambres y se cortan.
Se oye la perra, todavía,
como si tomara sopa a lo lejos.
Se oye la ruta que zumba en el fondo del olvido
y parece una abeja perdida.

 

Entonces vemos la tormenta de humo
que viene hacia nosotros
y empezamos a cruzar el fuego.
El cielo es un lago negro con un ojo de sangre,
los árboles se encienden.
La veo a ella, que está ahora en varios lugares a la vez,
mientras me quemo como un diario.
Ella, que es tan fría,
abre sus brazos y me apaga.

 

Hay otros sonidos.
El rotor de un helicóptero que abre la cremallera del aire.
El sonido de la lluvia acribillando el bosque.
El chistido del viento sobre las hojas en llamas.

 

Y hablamos nuevamente de la vida sutil,
de los matados por el tiempo,
hablamos de los pájaros que se comían la tristeza.

 

Buscamos la palabra exacta.
La encontramos, la perdemos, la volvemos
a encontrar caída entre la zarza,
ahí donde cayó el hacha cortadora.

 

Metemos las manos en un espejismo
y ya casi la decimos,
pero se imponen los sonidos cercanos de la ruta
donde pasan otros buscadores
y todo lo que sucede
sucede entre nosotros.

 

 

 

Voces de mando

 

A orillas del río Negro me dijeron
«traidor a la patria».
A la patria no.
Solo porque anduve en esos fondos de la noche
donde había luces rojas y pequeñas.
¿O acaso el país no llega
hasta el borde de los campamentos,
hasta esos cuerpos
que aparecen al encender un fósforo?

 

Cualquier cosa menos traidor.
Si llevé nada más que una radio,
una linterna,
y dormí bajo un árbol, sin permiso,
en la zona verde del país.

 

Traidor al sueño tampoco.
Y eso que soñé con las manos oxidadas
de mi madre aferrando un arma.

 

Y le digo más, la patria estaba llena
de mujeres que ni luz en los ojos tenían,
que ni frente, ni perfil,
y que había que darle unos tragos
para que no fueran fantasmas.
¿O no?

 

 

 

Primer déjà vu

 

Un caballo sobre la pampa y un árbol.

 

Un caballo que se mece
con la ternura de un barco.

 

Un caballo de miel
y dos riendas duras.

 

Qué. ¿No viste la muerte?
¿Cómo cabalgaba?

 

Un caballo de madera
y un árbol partido vagando
por tierras inútiles.

 

Y recordé cómo fui:
ausente, mecido, triste, líquido.

 

Qué. ¿No viste la muerte?
¿Cómo cabalgaba?

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