En el marco del dossier, Modelo para armar: 62 voces de la poesía argentina actual, con selección e introducción de Marisa Martínez Pérsico, presentamos al poeta Rodolfo Alonso. Nació en Buenos Aires en 1934. Premio Konex y Fondo Nacional de las Artes, entre otros. Es poeta, traductor y ensayista. El más joven de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina. Junto con Klaus Vervuert fue de los primeros en traducir a Paul Celan. Publicado en muchos países de Iberoamérica y en Bélgica, España, Francia, Italia, Inglaterra, Galicia. Premiado en Argentina, Venezuela, España, Brasil, Colombia. Tiene una vasta obra como traductor del francés, italiano, portugués y gallego. Se destacan sus traducciones de Pavese, Dorfles, Ungaretti, Campana, Montale, Vittorini, Saba, Quasimodo, Pasolini, Guinizelli, Cavalcanti y Angiolieri. En Italia apareció Il rumore del mondo, poesie scelte 1952-2007, con prólogo de Juan Gelman y traducción de Sara Pagnini (Ponte Sisto, Roma, 2009).

 

 

 

 

 

 

 

El cinturón de castidad

 

a la ciudad, que debe estar en alguna parte

 

Hoy quisiera amarla, acariciarla en tu pecho como a un dulce animal y arrojarla tan lejos que ni siquiera el río reconozca su boca sorprendida.

 

Lejos de ella es posible palpar la intimidad. Complicarnos en el gran crimen de ubicarse y no estar en cualquier parte cuando la inocencia llena sus fisuras.

 

Te forjo, te asesino. Soledad de abrazar a todo el mundo, de inundarle los ojos al amor.

 

Se puede hablar y entonces ascendemos. Es el verano gigante que hace doler los rostros. Tú has hablado: salud a los que viven.

 

Se sabe en las cavernas, donde la lluvia es el mejor de tus pistoleros. Conocemos tus hambres, tu desnudez inconcebible. Pero sí respiramos y jugamos al tiempo con la vida.

 

Es la noche del amor, es la noche del día. Cuando las sombras ya no ocultan a nadie.

 

 

 

 

 

Ruido blanco

 

Para que todos pongan

la mano dura sobre la mesa blanda,

la mano libre sobre el corazón de su vecino,

la mano desesperada sobre su propio corazón.

 

Para que todos pongan

un pedazo de mundo al borde de su mañana al despertarse,

al borde ácido de su mediodía,

al borde de su aliento.

 

Para que todos pongan

todo

encima de la mesa,

adentro de la mano,

madera caliente en el justo corazón del mediodía.

 

 

 

 

El paseo

 

Como quien camina a su orilla cada día evocando sin querer todo lo

          asombroso que al sonido de su nombre se reúne

 

o como quien contempla jugar a ese niño que sólo lo ve como lo

 que es y nunca oyó narrar historias

 

así es el ojo que trata desesperadamente de asir todos los rostros

          cambiantes del mar

 

de recordarlo y reconocerlo

 

para no pisar las aguas vivas deshechas ahora fuera de su seno

 

para no caer bajo la sombra violenta de las gaviotas

 

para no ascender en el sol crudo sin antes conocer los colores y los

          ruidos de sus vidas

 

ese murmullo sagrado de los organismos que están allí esperando

          crecer para morir

 

esas algas bronquiales esos tubos de ensayo esas cáscaras

 

ese estallido sordo de su voz cuando no quiere entregarse pero cae

 

ese día esa noche

 

ese paseo monstruoso que no alcanza a percibir la verdadera

          divisoria

 

entre el río y el mar entre el mar y la arena entre uno y el mar.

 

 

 

 

 

 

La calle es de todos

 

Por la desesperada luz, la noche blanca

de los niños enfermos, por el cantor alquilado,

por el silencio y los parientes pobres,

por la lógica del amor y la razón de vida,

por el sueño, por los sobreentendidos

que nos unen y a veces nos separan,

por la muerte legítima,

por la tenaza, el pincel y la tijera,

por el vaso y el mar,

por el hierro pero no por las cadenas,

por la perra del ciego y los ojos que vendrán,

por la mano y la memoria,

por la risa de la lluvia y la tibieza

de algún sol sobre una espalda miserable,

por el vuelo y la pesca,

por todas las palabras que nos faltan,

yo digo ahora tembloroso

no sin cierta desconfianza también una palabra pequeña

PAZ

 

 

 

 

Olor a lluvia

 

El aire trae de pronto recuerdos del olvido

con sabor a horizonte, hierba húmeda y ausencia.

Color difuso y neto, casi como sin dueño,

máscara o habitante, límpidamente orgánico,

cargadamente etéreo. Espíritus, espíritu;

huellas de una memoria que gira en su vacío

repleto: fuegos, cuerpos, dioses, rastros, palabras.

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