En el marco del dossier, Modelo para armar: 62 voces de la poesía argentina actual, con selección e introducción de Marisa Martínez Pérsico, presentamos al poeta Silvio Mattoni. Nació en Córdoba en 1969. Publicó los libros de poesía: El bizantino (1994), Tres poemas dramáticos (1995), Sagitario (1998), Canéforas (2000), El país de las larvas (2001), Hilos  (2002), Poemas sentimentales (2005), El descuido (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012), Peluquería masculina (2013), Caja de fotos (2016) y El gigante de tinta (2016). Los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008), Camino de agua (2013), Muerte, alma, naturaleza y yo (2014) y Música rota (2015). El diario: Campus (2014). Tradujo a Michaux, Bataille, Ponge, Duras, Diderot, Pavese, Luzi, Quignard, Bonnefoy, Artaud y Clément Rosset, entre otros. Obtuvo la Beca Guggenheim en 2004 y el primer premio de ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y 2011. Da clases de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba y es investigador del CONICET.

 

 

 

 

 

 

 

la cosa perdida

 

¿En dónde puse esa cosa perdida?

Un pulular de cuerpos en el aire

frío, ¿matinal? ¿Insectos o bacterias

o quizás papelitos picados con mensajes

que nadie puede ni quiere descifrar?

Falsos vestigios de un supuesto cuerpo

que siempre estuvo así; la dispersión

se muestra. ¿Qué cosa? No encuentro más

huellas, no más signos. Una pared

que habrá sido amarilla y se destiñe

surcada por líneas irregulares,

anómalas de tiempo… nada. Pregunto

por la incansable remisión, por el descuido

que me hizo olvidar de algo. Estoy

seguro de haberlo puesto en algún lado

que no es éste. Hace años que la busco,

¿una hoja de papel escrita, un libro

acaso? La escondí demasiado bien.

Esta mañana me pareció tenerla

en una cadena de once sonidos

que la rodeaban, pero no era más

que el recuerdo renovado, siempre

involuntariamente traído, de haberla

perdido alguna vez en una caja

o cajón, guardados en otras piezas

y en otros campos que no sé dónde están.

 

 

 

 

Todas las dentistas son lindas

 

Mis dentistas son altas, lindas, alumnas

de otra que debió ser un centelleo

de belleza juvenil y todavía

tiene una sonrisa encantadora. ¿De dónde

salió esta raza? ¿Es otro mundo?

De algún modo, nada menos que una clase

social reproduciéndose. Me torturan

con delicadeza infinita, dedos finos

envueltos en látex. En los momentos

de dolor más álgido, empiezo

a pensar cómo serán sus vidas y cómo

se acostumbra uno a sufrir en beneficio

de una meta diferida. Escucho

el kitsch musical que no perdona

a nadie. Especulo sobre la habilidad

manual de una profesión que acaso garantiza

un mínimo imaginario de nivel

en la escala onírica de la economía,

aunque sea tan servil, húmeda, monótona

como el trabajo del esclavo para que goce

otro. Y así de a poco en esas tardes

me adormezco y olvido los pinchazos.

No es valor, apenas una respuesta

a la agresión intermitente y prolongada.

Pero yo puedo entender o acordarme

de su cuerpo flaco con la mitad

de lo que pesa ahora, abrochado

a una camilla móvil en la máquina

que filmaría un líquido fosforescente

atravesando los canales de sus órganos

diminutos y tan sólo a dos meses

de arrancar. Puedo verlo todavía llorar

por la inyección del material radioactivo

y cansarse después, cerrar los ojos,

dormirse mientras el aparato del infierno

movía ejes mecánicos y prendía

dispositivos electrónicos. No precisaba

valentía: resignación al presente

por un bien que no está ahí. Yo sí,

y no la tenía, no la quería, pero igual

no se me escapó el grito. Laocoonte

habrá llorado cuando las serpientes

sombrías lo apretaban, aunque no

por sí mismo sino por sus hijos. Era

absurda la condena, sin sentido, casi

estúpidamente divina, y en el instante

en que el aullido enorme parecía

pronunciarse en sus labios, apretó

los dientes y decidió morir como una estatua.

Al bebé le rodeaban el cuerpo los abrojos

de una tecnología cada vez más necia

y soñaba en su belleza inaccesible.

Así son, ahora, mis dentistas, que ignoran

la existencia del mal. Se dedican

a su oficio y no imaginan los tristes

pensamientos del paciente. Despreocupadas

tararean canciones, hablan solas,

y como mi hijito, perfectamente

saludables, se ríen ante el más pequeño

de los gestos que algún otro les hace.

 

 

 

 

 

Orión

 

Traduzco a un autor cruel consigo mismo

que me enreda en sus frases; y le presto

la microfibra azul de tinta china

a mi hijito de cinco, Galileo,

para poder seguir una hora más. Dibuja

en hojas color crema un auto enorme

con más de diez ventanas, luego unos helicópteros

donde están su familia cercana y otros grupos

de amigos y parientes. Cuando me entrega

los diseños terminados, planos monocromos,

la hoja de abajo aparece acribillada

de puntitos azules. “Son estrellas”, me dice.

Y empieza a unir rayitas, gotas, manchas

infinitesimales que el azar dejó pasar

a través de la textura porosa

de sus papeles de trabajo, de a poco va

formando una figura. “¿Qué dibujás?”, pregunto.

“Uno las estrellas para armar a Orión”, me dice.

Así es, asombrado me fijo en el muñeco

que levanta su brazo hecho de puntos azules

y que exhibe orgulloso un cinturón notable.

“¿Pero quién te dijo que en el cielo está Orión?”

“Eso lo sabe todo el mundo”, contesta.

De pronto la poesía se vuelve adivinanza

o el hallazgo fortuito de unas coincidencias

entre las palabras vivas, un cuerpo que crece,

y lo escrito hace años. Porque alguna vez

le mostré la Vía Láctea, el chorro deslumbrante

de luces en la noche de las sierras,

a un bebé que no hablaba pero alzaba

su dedito índice. Escribí lo que pensé

y lo que nunca dije, que allá arriba

había un gigante y que las tres luces

de su cinto inclinado acá en el sur

tenían nombres de mujeres bíblicas.

Ahora él reconocía mi silencio

y junto a la figura de puntos engrosados

por el flujo de tinta suave y firme

empezó a anotar lo único que sabe

escribir, su nombre en mayúsculas de imprenta:

GALILEO. Guardo la hoja para después,

cuando me tire de nuevo a caminar

sobre el agua imprevista de un poema

y trate de evitar el destino que acecha

en el final de una persecución

inútil. Si alcanzo a demorar la picadura

del escorpión, podré recuperar lo visto

con un nenito alzado mirando el nacimiento

de cada estrella. En la computadora

dejo que cante una contralto, busco

el sentido de su voz, la cacería

puesta en lo alto: “Mi corazón está

en las sierras, no acá, está persiguiendo

a una liebre o a un cuis entre las sierras

adondequiera que vaya”. Con la oda

mística de un compositor estonio

dicha en inglés, despedimos la infancia

porque ahora todo nos habla, Galileo.

“Quedaron atrás las sierras del oeste

donde nació el valor, país del precio

exacto; donde sea que me pierda, donde

me lleven los años, seguiré amando siempre

la sierra en que tu dedo marcó el cielo.

Adiós a las cañadas y los valles,

chau bosquecitos y arbustos silvestres,

rumor de arroyos y vertientes mudas.”

Ahora querés jugar, se acabó la hora

del arte. Querés poner canciones

menos opacas, menos trascendentes. “Mi corazón

está en las sierras persiguiendo a un ciervo”

y no espera la flecha del final

ni el aguijón de los ocho minutos

que dura el tema. “En las montañas altas

adondequiera que voy”; que también vaya

entre capas de olvido junto a vos

el hermoso gigante de los cuentos

que sólo atiende y carga a los que crecen.

 

 

 

Padre e hija

(inédito)

 

Te espero en un café de paredes de vidrio

que transmiten el frío de una noche

demasiado invernal. No es cierto que lo hermoso

tenga que morir, a veces sólo crece

y se desenvuelve. Todavía no llegaste

a la cumbre orgullosa de tu cara

y a manejar la gracia de tu cuerpo.

Ahora estarás arriba ya explorando

las maneras de hablar que llevarás

de a poco hasta la forma femenina

que quieras ser. ¿En qué, hijita,

el tiempo te ha de convertir,

por cuántos días más, aquí y ahora,

seguirás callando los descubrimientos

de no ser nadie más, sólo vos,

tu fantasía del imperio del sol

y tu sensación de haber nacido

en el lugar, el cuerpo equivocados?

No es hora de cambiar, hablá en secreto

con el oído rentado de una mujer grande

que tiene la forma típica de nuestra raza:

inmigrantes que aspiran a todo, inclusive

idiomas, títulos, lujos imaginarios.

Calmate, como dice la canción,

tranquilizate. Tu único error está

en la extensión de la rampa que lleva

de la juventud a otra parte, que sube

y también baja. Hay muchas cosas

que tengo que saber: ¿cómo expresarte

mi afición a tu presencia, mi alegría

por tu existencia altiva? Y vos acaso

tengas que saber más, mucho más,

para eso están mis libros, el lado amable

del áspero intratable que parece ignorarte

o retarte en exceso. Encontrá a alguien,

aunque no ahora mismo, tal vez

cerca de los dieciocho, si querés, algún día

podés casarte. El cantante es un gato

y habla un idioma que conocés bien,

en el que llora tu voz  y estremece el silencio

de mi cuerpo que tiembla al escucharte.

Mirame, soy un viejo, pero estoy

contento. Me vas a decir que querés

irte lejos, muy lejos, a las antípodas.

Yo también exploté, me vi llevado

a tu edad a las palabras, al exilio

de ser sólo yo. Pero quedate un poco

más, una década más, tus hermanas

mayores y tu hermanito, tus mascotas,

sobre todo tu madre no podrían estar

en calma sin vos. Y yo, mi vida

no tendría sentido sin tus ojos de gris

terciopelo y acero, sin tu marquita

de varicela en el nacimiento de la nariz

más perfecta posible. No creo que puedas

leer este poema hasta que llegue

también tu hora de decir: “Mirame,

soy grande, estoy contenta”. Y está bueno

el tema, se repite, mejora cuando habla

el chico que quiere irse. Vos dirías:

“todas las veces que lloré, guardé

las cosas que empezaba a saber, palabras

que no se pueden olvidar, que duelen

pero más duele ignorarlas. Si ustedes

tienen razón, me daría cuenta, son ellos

y ustedes así, no me conocen, nunca

antes les hablé, ahora tengo la opción:

sé que me tengo que ir”. Está bien, te diría,

andate alguna vez, pero no este año, no

en esta estación fría. Sentate un poco

a tocar en el piano una canción de chicas

que sufren al expresarse aunque suenen

con la agudeza de la vida futura.

 

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