Eugenio Montale: Huesos de sepia



Presentamos, en versión de Víctor Rivera, una generosa muestra del poeta y ensayista italiano Eugenio Montale de su libro Huesos de sepia, que se publicara en 1925. Eugenio Montale es uno de los poetas italianos más importantes del siglo XX y en 1975 ganó el Premio Nobel. A los poemas les antecede una breve introducción de Víctor Rivera.

 

 

 

Introducción

 

De los poetas herméticos italianos, Montale es el músico, el cantante tenor que por exceso de timidez renuncia a los escenarios y se repliega. Influenciado por su padre, cursa la carrera de contador, mientras deja constancia en sus páginas, por puro oído, del canto  que acudirá como un  leit motiv a lo largo de su obra. Montale es el poeta que siempre está escuchando lo que le dictan las áridas y escarpadas colinas de su Liguria natal, es el músico frente al mar en espera de la voz elemental, de los ritmos y reflujos de una tierra en que proyecta el pesar de vivir con una canción que nunca fue cantada, con una voz incompleta que deseó hasta el límite de lo humano, pero que  por humana condición acepta la imposibilidad original. Así, cava en sí mismo y construye un océano poético quizá igual de extenso que el Mediterráneo, y en un poderoso movimiento interior, elabora una de las obras más importantes de la poesía del siglo XX. Desde su primer libro, Huesos de sepia, aparecido cuando tiene casi 30 años, Montale abre un surco único por donde transita una mirada concreta y simbólica al mismo tiempo, referencias constantes al desgaste humano y el impulso vital que resiste en el borde de lo sagrado. Aunque sus páginas carguen con el peso de vivir entre dos guerras mundiales, realidad que le dará un tono pesimista, Montale acudirá siempre a defender la necesidad de la poesía en tiempos de miseria espiritual. Y es ahí donde hace énfasis, diferenciando la poesía que duda de su época, fruto de soledad y acumulación reflexiva,  y aquella escrita para consumo inmediato, que muere en cuanto se expresa. Entre Montale y la vida, están todas las formas de la vida, el mar, la guerra y el tiempo, elementos que entre todos suman una poética que cree en sí misma como forma de conocimiento, como manera de ser en el mundo.

 

Víctor Rivera

 

 

 

 

 

 

No nos pidas la palabra que revele cada lado

de nuestro ánimo informe, y con letras de fuego

lo declare e ilumine como un azafrán

perdido en medio de un prado polvoriento.

 

¡Ah, aquel que camina resuelto,

amigo de los otros y de sí mismo,

sin ver que la canícula estampa su sombra

sobre un muro resquebrajado!

 

No nos pidas el secreto que pueda abrirte mundos,

pero sí alguna sílaba seca y arqueada como un rama.

Solamente eso podemos hoy decirte:

lo que no somos, lo que no queremos.

 

 

 

 

Descansar absorto y pálido

junto al quemante muro de una huerta,

escuchar entre los arbustos y las ramas

chasquidos de mirlos, zigzaguear de serpientes.

 

En las hendiduras del suelo o sobre las habas

espiar las hileras de rojas hormigas

que se rompen o se trenzan

sobre minúsculos puñados de paja.

 

Mirar entre las frondas

el palpitar lejano de las escamas del mar,

mientras sube de las rocas desnudas

el tembloroso canto de las cigarras.

 

Y bajo el sol que enceguece

sentir con triste maravilla

cómo es toda la vida y sus penas,

en este transitar de bordes

sobre murallas coronadas de trozos de botella.

No te refugies en la sombra

de aquella fronda espesa

como el halcón que se lanza

fulminante en la canícula.

 

Es hora de dejar el cañar quebradizo

que parece que durmiera,

y de mirar las formas

de la vida que se consume.

 

Nos movemos en un polvillo

de vibrante nácar,

en un deslumbramiento que enceguece

y poco a poco nos reduce.

 

Lo sientes, en el juego de las áridas mareas

que se hace lento en esta hora difícil

en que arrojamos en un remolino sin fondo

nuestras vidas errantes.

 

Como ese cerco de acantilados

que parece desdibujarse

en telarañas de nubes;

así nuestros ardientes ánimos

 

en que la ilusión consume

un fuego lleno de ceniza,

perdidos en la serenidad

de una certeza: la luz.

 

 

 

 

Vida mía, no te pido facciones fijas,

rostros reales o posesiones.

En tu inquieto girar tienen

el mismo sabor la miel y el ajenjo.

 

El corazón que desprecia cada movimiento

rara vez es alterado por sobresaltos.

Así suena de pronto en el silencio del campo

un disparo de fusil.

 

 

 

 

Tráeme el girasol para que yo lo plante

en mi terreno calcinado por la sal,

y exhiba todo el día al azul espejeante del cielo

la ansiedad de su rostro amarillento.

 

Tienden a la luz las cosas oscuras,

se consumen los cuerpos en un fluir

de tintas: éstos en sonido. Desvanecerse

es entonces, la ventura de las venturas.

 

Tráeme la planta  que lleva

donde nacen doradas transparencias

y se evapora la vida  cual esencia;

tráeme el girasol de luz enloquecido.

 

 

 

 

Con frecuencia he hallado la pena de vivir:

en el arroyo que bulle represado,

en el retorcerse de un hoja reseca,

en el caballo que se desploma.

 

No supe de bienes, fuera del prodigio

que encierra la divina Indiferencia:

era la estatua en el sopor del mediodía,

y la nube, y el vuelo del halcón en lo alto.

 

 

 

Mediterráneo 

 

Antiguo, me embriaga la voz

que sale de tus bocas

abiertas como verdes campanas

que se impulsan y vuelven hacia atrás

hasta desaparecer.

La casa de mis lejanos veranos

estaba cerca de ti, lo sabes,

allá en la región donde el sol quema

y el aire se nubla de mosquitos.

Ahora, como entonces, mar,

guardo silencio en tu presencia,

sin creerme más digno

de la solemne admonición

de tu hálito. Fuiste el primero en decir

que el más pequeño fermento de mi corazón

no era sino un instante del tuyo,

que en el fondo de mí habitaba

tu severa ley: ser vasto y móvil

pero a la vez constante:

para lavarme así de toda mancha

como haces tú que arrojas a la orilla

entre corchos, algas y estrellas de mar,

los inútiles escombros de tu abismo.

 

 

 

 

Alguna vez bajando

por los áridos peñascos

ahora agrietados

por un otoño que los dilataba,

sentía que en mi corazón ya no pesaba

la rueda de las estaciones

ni el gotear inexorable del tiempo;

solo el presentimiento de ti

saciaba mi alma,

asombrado por el jadear del aire

antes inmóvil, sobre las rocas

que bordeaban el camino.

Advertía, ahora, que la piedra

quería arrancarse para caer

en un invisible abrazo;

la dura materia sentía

en sus latidos, el inminente remolino;

las hojas del sediento cañaveral,

al agitarse, daban a las aguas ocultas

su consentimiento.

Tú, vastedad, rescatabas

incluso el padecer de las piedras:

por tu regocijo era justa

la inmovilidad de lo que no tiene fin.

Inclinado entre las piedras

venían a mi corazón

salobres ráfagas;

era la extensión marina

un juego de blancos anillos.

Con esta misma alegría

se arroja desde el estrecho acantilado

hacia la playa, el avefría.

 

 

 

 

Me he detenido a veces

en las grutas que te prolongan,

vastas o angostas, sombrías y amargas.

Miradas desde adentro, sus entradas

parecían poderosas arquitecturas

con el cielo de fondo.

Surgían de tu pecho estridente

templos de aire,

puntas como flechas de luz:

en el puro azul una ciudad de vidrio

poco a poco se despojaba de sus velos

y el ruido no era más que un susurro.

Nacía de las olas la patria soñada.

Del tumulto emergía la evidencia.

El exiliado retornaba al país incorrupto.

 

Así, padre, tu desenfreno impone

en quien te mira, un ley severa.

Y evitarla es vano: si lo intento,

me condena hasta un guijarro

gastado en el camino,

petrificado padecer sin nombre,

los vagos restos que arrojó fuera del cauce,

sobre un cúmulo de hierba y ramas,

el torrente de la vida.

En el destino que se aproxima

quizás haya para mi algo de reposo,

ninguna otra amenaza.

Esto dice el oleaje en su furia desbocada

y esto repite el mar

en el cordel de su calma.

 

 

 

 

No sabemos qué camino

tomaremos mañana,

si oscuro o alegre,

tal vez el nuestro nos lleve

a claros nunca vistos

donde murmure eterna

el agua de la juventud;

o será de pronto un descender

hasta el último valle,

en la oscuridad,

perdido el recuerdo del amanecer.

Quizás nos acojan tierras extranjeras

donde perdamos la memoria del sol

y caiga de la mente

el zumbido de las rimas.

La fábula que habla de nuestra vida,

se trocaría en la oscura historia

imposible de contar.

Al menos asegúranos algo, padre:

que un poco de tu don

penetre para siempre

en las sílabas que llevamos con nosotros,

como el ruido de un enjambre.

Iremos lejos conservando un eco de tu voz,

como se acuerda del sol la hierba gris

entre los patios oscuros de las casas.

Y un día las palabras sin ruido

que de ti aprendimos,

llenas de cansancios y silencio,

tendrán para el hermano corazón

el sabor de la sal antigua.

 

 

 

 

Desvanece tú si lo deseas

esta débil vida que solloza,

como la esponja que borra

el trazo efímero de una pizarra.

Espero volver a tu ciclo

y cumplir mi disperso camino.

Mi venida fue el testimonio

de un orden que olvidé en el viaje,

dan fe mis palabras, sin saberlo,

de un trayecto imposible.

Más siempre que escuché

tu dulce resaca en las orillas,

fui presa de una turbación,

como aquel desmemoriado

que trata de recordar su tierra.

Antes que a tu gloria,

a ti me entrego humildemente,

instruido por el jadear apenas perceptible

de alguno de tus desolados mediodías.

No soy más que la ceniza de un tirso.

Bien lo sé: arder y no otra cosa,

es mi significado.