Deaf Republic: nuevo libro de Ilya Kaminsky



Hace muchos años que un libro de poesía no suscitaba tanta expectación en Estados Unidos, ni en el mundo. Su autor, Ilya Kaminsky, nació en Odesa en 1977 y a los dieciséis años emigró con su familia a la Unión Americana. Escribe poesía en inglés. Traduce del ruso. Es un ensayista excepcional. Es sordo desde los cuatro años y esto ha determinado su modo de estar en el mundo. Se mudó recientemente a Atlanta. Dejó San Diego. Su nuevo libro, Deaf Republic, ha sido comentado por todos en el campo cultural norteamericano. Kevin Young lo define como “épica contemporánea”. Colum McCann sugiere que Kaminsky logra hacer visible el silencio y Craig Morgan habla de un despertar de la conciencia colectiva.

Después de quince años de la publicación de su muy exitoso primer libro, Bailando en Odesa (publicado en español por Valparaíso México en 2014 con traducción de G.A. Chaves), Kaminsky escribe poemas sobre este particular momento de la historia de Estados Unidos. No por nada, la Poeta Laureada de su país, Tracy K. Smith, ha dicho que Deaf Republic es al propio tiempo “conciencia, terror, silencio, rabia, hace convivir momentos de ternura, profunda belleza y lirismo empático”.

Presentamos aquí cuatro textos en la versión de su traductor al español, el poeta costarricense G.A. Chaves. En el mundo hispánico, esas versiones fueron conocidas a través de su publicación en Círculo de Poesía y por medio de las lecturas del propio Kaminsky en el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México y en el festival Las líneas de su Mano de Bogotá. En España fue publicado por Libros del Aire. A pesar de su juventud, estamos ante uno de los poetas más influyentes del panorama internacional.

Alí Calderón 

 

 

 

 

 

 

 

Vivimos felices durante la guerra

 

Y cuando bombardearon las casas de los demás,

 

protestamos

pero no lo suficiente, nos opusimos, pero no

 

lo suficiente. Yo estaba

en mi cama, y alrededor de mi cama América

 

caía en pedazos: una invisible casa tras otra invisible casa tras otra invisible casa.

 

Saqué una silla y salí a mirar el sol.

 

Al sexto mes

del desastroso reino en la casa del dinero

 

en la calle del dinero en la ciudad del dinero en el país del dinero,

nuestro gran país de dinero, nosotros (perdónenos)

 

vivimos felices durante la guerra.

 

 

 

 

 

DISPARO

 

 

El escenario es nuestro país.

            Cuando los soldados desfilan por el pueblo, las asambleas públicas quedan oficialmente prohibidas. Pero hoy, los vecinos acuden en manada al oír el piano del show de títeres de Alfonso y Sonia en la Plaza Central. Algunos nos hemos subido a los árboles, otros se esconden detrás de los poyos y postes del telégrafo.

            Cuando Petya, el chico sordo en la primera fila, estornuda, el sargento títere se desploma, aullando. Se vuelve a poner en pie, bufa, y le agita un puño a la carcajeante audiencia.

            Un jeep del ejército hace un giro hacia la plaza y desembucha su propio Sargento.

            ¡Dispérsense de inmediato!

            ¡Dispérsense de inmediato!, lo imita el títere con un falsetto acartonado.

Todos se quedan inmóviles menos Petya, que sigue riéndose. Alguien le pone una mano sobre la boca. El Sargento se vuelve hacia el chico con un dedo admonitorio.

¡Tú!

¡Tú!, el dedo admonitorio del títere.

Sonia se queda mirando a su títere, el títere mira al Sargento, el Sargento mira a Sonia y a Alfonso, pero los demás miramos a Petya echarse hacia atrás, juntar toda la saliva en su boca y lanzársela al Sargento.

El sonido que no oímos levanta a las gaviotas del agua.

 

 

 

 

 

EMPIEZA LA SORDERA, UNA INSURGENCIA

 

 

Nuestro país despertó a la mañana siguiente rehusándose a oír a los soldados.

            En nombre de Petya, nos rehusamos.

            A las 6 de la mañana, cuando los soldados piropean a las chicas en los callejones, las chicas se escabullen, señalando sus oídos. A las 8, la puerta de la panadería se cierra en las narices del soldado Ivanoff, aunque sea su mejor cliente. A las 10, mamá Galya escribe con tiza “nadie los oye en las puertas” de las barracas de la soldadesca.

            A las 11 empiezan los arrestos.

            No es que nuestro sentido del oído se haya debilitado, sino que algo silencioso en nosotros se ha fortalecido.

            Después del toque de queda, las familias de los arrestados cuelgan títeres caseros fuera de sus ventanas. Las calles vacías, excepto por los chillidos de las cuerdas y el toc tocde los puños y pies de madera contra los edificios.

            En los oídos del pueblo cae la nieve.

 

 

 

 

 

ALFONSO SE HACE RESPONSABLE

 

Pueblo mío, se han portado ustedes de puta madre

la mañana de los primeros arrestos:

nuestros hombres, antes temerosos, amarrados a sus camas, ahora se yerguen como mástiles humanos;

la sordera pasa por nosotros como un silbato de policía.

Aquí, pues, doy

testimonio:

cada quien entre nosotros

llega a casa, le grita a una pared, a una cocina, a un refrigerador, a sí mismo. Perdóname, no

he sido honesto contigo,

vida;

ante ti me hago responsable.

Corro etcétera con mis piernas y mis manos etcétera corro por Calle Vasenka etcétera.

Quienquiera que me escuche:

gracias por la pluma que hay en mi lengua,

gracias por esa disputa nuestra que se acaba, gracias por la sordera,

Señor, vaya incendio

a causa de un fósforo que nunca encendiste.