Poesía norteamericana: Kyle Erickson



Presentamos algunos textos del poeta norteamericano Kyle Erickson. Es co-creador de la serie de poesía “Kick Assonance” en el bar KGB de la ciudad de Nueva York, el cual ha sido reconocido por la Poetry Foundation, The Academy of American Poets y está en el “Critics’ Pick” de la revista Time Out New York; también ha sido llamado ‘un evento notable’ por The Rumpus. Kyle ha trabajado como editor en This Land Press, Promethia y Poetry Crush, y su blog, www.okieinthecity.com, ha sido mencionado como uno de los “Top 101 New York Blogs”. Su primer libro de poesía, “Requiem Magdalene“, del que deriva esta antología, fue publicado en 2015. La traducción estuvo a cargo de Ernesto Espinoza (ERES), poeta mexicano residente en Nueva York. Su primer poemario, Kayrós, fue publicado en 2011.

 

 

 

 

El río ancestral habla

 

Oh, give me the gale of the Solomon vale

 Where life streams with buoyancy flow,

 On the banks of the Beaver, where seldom if ever

Any poisonous herbage doth grow.

—Dr. Brewster Higley (1876)

 

 

Donde todos conocen el mal

que recuerdan por última vez,

la memoria es como Mercurio—

su vara está en alto, sus

alas toman vuelo, su

serpiente siempre sisea

a la Señora.

 

El hogar es un fénix,

mejor aún, siempre levantándose

del arrepentimiento, flameando

desde la oscuridad, hundiéndose

hacia el mar.

 

Querido Marsias,

¡Cómo nos dejaste! La sangre,

la sangre, el torrente de lágrimas

de tus faunos y familia.

Todo el Olimpo gimió por misericordia,

pero el dios de la curación resonó

los juncos y rompió tus

costuras. Tu corazón se liberó.

Tu agua bendita se convirtió

en el río más rápido.

 

Gran río, gran presa

que inundas tierras ancestrales—

gran lago sobre mi gente,

sobre los Cherokees llorando,

cuyas lágrimas llenaron

este río mucho antes que Apolo

matara a nuestro sátiro.

 

¡Grandioso

Lago sobre los Cherokees!

¡Gran lago sobre los Cherokees!

Un gran sendero de lágrimas nos trajo

a aquí. ¡Escúchame ahora! ¡Yo cambio

mis lágrimas por lanzas! ¡Mi clase,

gorrión por una flecha! No lo haré,

no lloraré más. ¡He venido

a igualar la cuenta pendiente!

 

Marsias nos enseñó que el orgullo mata

y llena un río de sangre

y sana un hogar con agua

para siempre. Bebe de mí.

Come mis semillas. Bendice mis

flores que nunca se esfuerzan. Mi

sangre hierve. Mi muerte es vida

para todos ustedes.

 

Mi muerte es vida para ti.

 

 

 

The Native River Speaks

 

Where everybody knows

the evil they last remember,

memory’s like Mercury—

his rod held high, his

wings take flight, his

serpent always hisses

at the Mrs.

 

Home is a phoenix,

better yet, always rising

from regret, flaming upward

from the darkness, sinking

seaward.

Dear Marsyas,

How you left us! The blood,

the blood, the flood of tears

from your fauns and family.

All Olympus wailed for mercy,

but the god of healing rang

the reeds and snapped your

seams. Your heart broke free.

Your holy water became

the fastest river.

 

Grand river, grand dam

that floods ancestral land—

grand lake over my people,

O’ the weeping Cherokees,

whose tears filled

this river long before Apollo

killed our satyr.

 

Grand

Lake O’ the Cherokees!

Grand Lake O’ the Cherokees!

Grand trail of tears brought

us here. Hear me now! I trade

my tears for spears! My kind

sparrow for an arrow! I won’t

weep no more. I have come

to even the score!

 

Marsyas taught us pride kills

and fills a river with blood,

and heals a home with water

forever. Drink from me.

Eat my seeds. Bless my

flowers who never toil. My

blood boils. My death is life

for you.

 

My death is life for you.

 

 

 

Pensando siempre en casa

 

I wept into the sea; it did not overflow.

(Buddhist meditation)

 

 

Extendido sobre una gran distancia

    como un tremendo gigante caído muerto,

         mi corazón, cargado de tristeza, cubre mis deberes diarios.

 

No puedo comer, escribir, trabajar, hablar, sino

    caminar por el corredor familiar—

         en las habitaciones he bailado con amigos,

         en las habitaciones he filosofado,

         en las habitaciones me he sentado como lo hago ahora,

              con los ojos rojos y mirando fijamente como en meditación, pero,

                   sólo sintiendo dolor sin iluminación—

    hasta que agarro las llaves y conduzco hacia la avenida comercial

         burbujeante con gente hermosa

              que aman la maquinaria de la competencia del consumo.

         La multitud que me rodea—rubia, pequeña, grande, morena—

              arrastra los pies hacia arriba, hacia abajo, adelante y atrás, consolándome

              con el deseo de que pueda ser consolado

              por las bolsas que llevan.

 

Salgo a la calle

    y paso la ciudad—los tres semáforos de Grove, Oklahoma—

         hasta el puente bajo

    donde una corriente de luz gotea sobre rocas pequeñas entre árboles desnudos

         donde una vez rasgueé canciones

              mientras compañeros bebían la tarde en latas de Coors Light,

 

    luego hasta el Water’s Edge

         una rampa para botes de grava en una pequeña bahía de Grand Lake

              con la eterna vista occidental de lunas gemelas, agua y cielo—

    donde me emborraché la primera vez

         con mi hermano mayor de dulces y grandes ojos oscuros

              y él con alegría golpeó su puño sangrante

              a través de una ventana del muelle,

    

    luego de vuelta a casa,

         pero fuera de los corredores familiares

              donde la extensión del farol verde tararea recuerdos en la distancia.

    Un ciervo ocasional, lo suficientemente cerca como para arrojarle una piedra, come los                                              

              vegetales de la madre

         debajo del único poste de teléfonos por millas en el patio trasero.

              El poste donde mi padre colgó una meta de baloncesto improvisada

                   que rara vez sentía una pelota  

    se descompuso como mi mente lo hace

         mientras me giro para ver las lágrimas brillar en el reflejo de mi cara

              fuera de la ventana de mi habitación.

 

Mi eternidad me rebota hacia y desde esta casa de granja

    en sueños y realidad, pesadillas y realidad—

 

casa donde mi madre embarazada se cayó de la jodida entrada de la rampa

    a la puerta de la casa móvil y

         magulló sus piernas de moretones

              maldiciendo a Dios por la pobreza y un embarazo inesperado,

casa donde los pocos ahorros de mis padres se gastaron en

    ñandúes, pájaros exóticos torpes, que huían asustados—

         perseguidos por los perros del vecino—

    murieron de ataques al corazón y

         Papá maldijo a Dios y lloró en el vientre de mamá embarazada,

casa donde mi hermano mayor de dulces y grandes ojos oscuros se escapó,

    maldiciendo a Dios y a mamá y a papá,

casa donde yo, frustrado en el sueño,

    pateé una ventana reforzada descalzo y

         desperté sangrando en el piso del baño

              mientras que mamá sostuvo la vena y lloró para que Dios me sanase

         y nos salvara de la factura del hospital de emergencia.

 

Hogar querido hogar,

    siempre claro y profundo en los sentidos,

         para siempre nunca desapareciendo.

 

 

 

Forever Home on Mind

 

Spread out over a great distance

    like a tremendous giant fallen dead,

         my heart, heavy with sadness, covers over my daily duties.

 

I can’t eat, write, work, speak, but

    walk the familiar corridors—

         in rooms I’ve danced with friends,

         in rooms I’ve philosophized,

         in rooms I’ve sat as I do now,

              red eyed and staring as in meditation but

                   only feeling pain without enlightenment—

    till I grab the keys and drive to the shopping strip

         bubbling with beautiful people

              who love the machinery of consumer competition.

         The mob about me—blonde, small, large, brown—

              shuffle up, down, back and forth, comforting me

              with the wishing that I could be comforted

              by the bags they carry.

 

I hit the streets

    and pass the town—the three stop-lights of Grove, Oklahoma—

         down to the low-water bridge

    where a light stream trickles over small rocks between bare trees

         where I once strummed songs

              while peers drank the evening down through Coors Light cans,

 

    then down to the Water’s Edge—

         a gravel boat ramp in a small bay of Grand Lake water

              with eternal western view of twin moons, water and sky—

    where I myself got drunk the first time

         with my doe-eyed older brother

              and he with glee punched his fist bloody

              through a dock door window,

 

    then back to home,

         but outside the familiar corridors

              where the expanse of green bluff hums memories in the distance.

    An occasional deer, close enough to toss a rock at, eats mother’s

              vegetables

         under the single telephone pole for miles in the backyard.

              The pole where my father hung a makeshift basketball goal

                   that rarely felt a ball and decayed

    as my mind does

         while I turn to see tears shine on my face reflection

              outside my bedroom window.

 

My eternity bounces me to and from this homestead

    in dreams and reality, nightmares and reality—

 

home where my pregnant mother fell off a shoddy doorway ramp

    to the mobile home door and

         bruised her legs black

              cursing God for poverty and an unexpected pregnancy,

home where my parents’ shallow life savings was spent on

    rheas, awkward exotic birds, that ran scared—

         chased by our neighbor’s dogs—

    and died of heart attacks and

         Dad cursed God and cried on pregnant Mom’s belly,

home where my doe-eyed older brother ran away,

    cursing God and Mom and Dad,

home where I, frustrated in sleep,

    kicked through a storm window barefooted and

         awoke bleeding on the bathroom floor

              while Mom held the vein and cried for God to heal

         to save from the emergency bill.

 

Home dear home,

    forever clear and profound on the senses,

         forever never disappearing.

 

 

Encore

para Leslie Goshko

 

 

Mientras que enredaderas negras de brazos en espiral

alrededor de una guitarra que resopla resopla y resopla

un genido roto, una vibración

a través de las horas pico en la

oscuridad de Grand Central,

un chico alto baja su pelvis,

con una postura firme, a la de su chica,

entrepierna a entrepierna,

pecho suave a pecho duro,

y envuelve sus manos alrededor de su culo.

 

¿Recuerdas las noches de verano en nuestro apartamento en Tulsa?

Estábamos exhaustos y mojados, llenando

la habitación con el aroma del sexo, agotando

el ritual del amor afianzado y envuelto en la dureza.

 

Hace dos noches mi sueño se hizo añicos

con tus sollozos. Tu voz

hizo eco en el hueco de nuestra habitación,

y vi a Nueva York descendiendo hacia ti,

el centro de atención de mil sótanos de comedia

penetrando y llenándote

con sombras inquietas,

hinchándote de tristezas.

 

¿Recuerdas cuando me sonrojé

en un beso público? En el zumbido del Teatro Brady

cuando me atreví a tocar tu mano, colores

salieron de los altavoces.

Me puse duro de sólo oler tu cabello.

 

Esta noche solo afuera de Whiskey Sunday,

el espíritu de Nueva York

es un fantasma de un fantasma

despatarrado, dolorido, arrastrándose

sobre las copas de los árboles de Prospect Park.

Pero—uno, dos, tres y el delantal

del lavavajillas gira mientras levanta y hace girar a su chica

a la luz de la farola de Lincoln Road.

 

Esta mañana me dijiste que acariciaba

tu pecho en mi sueño hasta que

volteé encima de ti—

dijiste: “Cariño, no creo que estés despierto”,

y me relajé, te cubrí,

y te presioné contra el colchón.

 

El largo invierno ha terminado, bebé,

la primavera está aquí.

Y te estás marchitando

entre los aplausos

de tulipanes en el parque, los aplausos

de pasos al tren Q, el ruido

de las tempranas hojas secas…

y la risa, la risa

amplificada por tu micrófono.

 

Y estoy aquí. También soy aplauso.

 

 

 

Encore

 

While black vines of arms spiral

around a guitar that chug chug chugs

a broken moan, a vibration

through the rush hour commuters in the

darkness under Grand Central,

a tall boy lowers his pelvis,

with a wide stance, to his girl’s,

crotch to crotch,

soft chest to hard chest,

and wraps his hands around her ass.

 

Remember summer nights in our Tulsa apartment?

We were wrung out and wet, filling

the room with the aroma of sex, exhausting

the ritual of love grip wrapped ’round hardness.

 

Two nights ago my dream was shattered

with your sobbing. Your voice

echoed the hollow of our bedroom,

and I saw New York descending into you,

the spotlight of a thousand comedy basements

penetrating and filling

you with restless shadows,

swelling you with sorrow.

 

Remember when I’d blush

at your public kiss? In the hum of Brady Theater

when I dared to touch your hand, colors

spun out the speakers.

I got hard just smelling your hair.

 

Tonight alone outside Whiskey Sunday,

the spirit of New York

is a ghost of a ghost,

sprawled, aching, crawling

over the treetops of Prospect Park.

But—uno, dos, tres and the dishwasher’s

apron twirls as he lifts and spins his girl

in the street light of Lincoln Road.

 

This morning you told me I fondled

your breast in my sleep till I

turned over on top of you—

you said, “Baby, I don’t think you’re awake,”

and I relaxed, covered you,

pressed you into the mattress.

 

The long winter is over, baby.

Spring is here.

And you’re wilting

among the applause

of tulips in the park, the applause

of footsteps off the Q, the clatter

of early leaves . . .

and the laughter, the laughter

amplified by your own microphone.

 

And I’m here. I’m applause, too.

 

 

 

 

Pastor Pa-Pa

para Lynda Vernon

 

 

Más de 30 años antes de tu

muerte, incendiaron tus

pulmones en las calderas de Dow Chemical,

 

donde los hombres renacían

con la piel verde si a caso. Dios

te rescató y ordenó,

 

en privado evangelizabas a la vela

de tu lengua en tu habitación,

y se produjo una visión pública:

 

cruzando el río polvoriento,

un desfile de pequeñas zapatillas

bajo el cuerpo de Cristo, lleva

 

escrituras españolas en los bolsillos

de los shorts. “Porque la paga

del pecado es muerte …” Tus

 

nietos cantan en lenguas

extranjeras, salmodiando el milagro: como

el sonido despelleja los callos del corazón.

 

Para ver a la persona y no

el actor, debo pasar

el hombre montado en su muerte

 

y te encuentro, Pa-pa, detrás

de la cortina en la vida mundana.

Allí, en tu sillón reclinable,

 

una mano carnosa alrededor de una jarra

de maní, la otra, descansa con un control remoto

en tu vientre. Al verme

 

sonríes y dices: “Oye, amigo”.

 

 

 

Pastor Paw-Paw

 

More than 30 years before your

death, they set aflame your

lungs in Dow Chemical cauldrons,

 

where men were reborn green

skinned if at all. God

rescued and ordained you,

 

Gospeled the candle of your tongue

privately in your bedroom,

and public visions ensued:

 

crossing the dusty river,

a parade of small sneakers

under Christ’s body, carries

 

Spanish scriptures in shorts’

pockets. “Porque la paga

del pecado es muerte….” Your

 

grandchildren sing in foreign

tongues, chanting the wonder: how

sound flays calluses off the heart.

 

To see the person and not

the actor, I must push past

the man staged upon your death

 

and find you, Paw-paw, behind

the curtain in mundane life.
There, on your recliner,

 

a meaty hand around a peanut

jar, the other rests with a TV remote

on your belly. Upon seeing me

 

you smile and say, “Hey, buddy.”