Los mejores poemas de la lengua española. Selección de Mario Meléndez



Sabemos del sentido social del gusto. Por ello, comenzamos una relectura colectiva que nos ayude a reconstruir la tradición de la poesía panhispánica, una tradición compartida por poetas y lectores del mundo hispánico. Este ejercicio nace en diálogo con un concepto acuñado por el poeta brasileño Haroldo de Campos: el tiempo post-utópico. Se trata de una reformulación del jetztzeit  benjaminiano, el tiempo del ahora, el tiempo de los poetas que escriben con la conciencia de proceder de una pluralidad de pasados.

En materia de poesía, esa apropiación crítica de la pluralidad de pasados, reconstruir –o elegir– la tradición, no es otra cosa que emprender la arqueología del presente y de sus estilos, remover el pasado inmediato y distinguir las matrices de escritura, los nodos de los que se desprenden las tentativas de los poetas de hoy. Lo explica Meschonnic: “el tiempo del ahora es el que rehace continuamente el pasado, lo olvida o lo redescubre según lo que busca un sujeto. El poema, por otro lado, no es sino “el breve minuto de plena posesión de las formas”, como afirma Michael Löwy. Es “el cristal de la totalidad de los acontecimientos”.

Ya Eduardo Lizalde había definido la tradición poética como la suma de las experiencias técnicas de todas las épocas. El poema, entonces, es un lugar donde, al modo de la teoría de la Resonancia Mórfica, están implícitos todos los modos de concebir la poesía en la historia de una sociocultura. Lo postutópico es la conciencia de esta virtualidad.

Alí Calderón

 

 

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Invitamos a poetas, críticos y editores para que compartan con nosotros los que consideran los tres mejores poemas (o los más entrañables) publicados en lengua española a partir de 1985. Acompañamos esta selección con uno de sus textos que, a manera de poética, funcionará como una especie de posicionamiento estético, un “desde dónde se lee”.  

 

 

 

 

 

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Leemos la selección del poeta chileno Mario Meléndez (Linares, 1971). Publicó en Valparaíso México / Círculo de Poesía la antología personal El mago de la soledad. En 2013 recibió la medalla del Presidente de la República Italiana, concedida por la Fundación Internacional don Luigi di Liegro. Fue incluido en la antología El canon abierto. Última poesía en español (Visor, España, 2015). Ha realizado múltiples muestras de poesía latinoamericana para publicaciones chilenas, mexicanas, españolas, portuguesas, etc. Actualmente coordina la revista Altazor de la Fundación Vicente Huidobro, de la que es gran animador.  

 

 

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  1. Oscar Hahn, “Torres gemelas”. Chile.Genial analogía entre la pérdida del amor y el derrumbe de las emblemáticas Torres gemelas. Solo Oscar Hahn podía reinventar el concepto del amor o del desamor a través de imágenes que van teniendo su propio correlato apocalíptico.
  2. Mario Bojórquez, “Casida del odio”. México.Uno de los poemas mexicanos más notables de las últimas décadas. De las casidas de oriente y el Diván de Tamaritde Lorca a las lenguas escaldadas a fuego lento. Bojórquez va incorporando al lector en su propia respiración, su propio temple. El carácter holístico del texto hace del lenguaje y sus derroteros una experiencia atemporal e irrepetible.
  3. Frank Báez, “En la Biblia no aparece nadie fumando”. República Dominicana. Entre lo contingente y lo sacro, se mueve este original texto de Frank Báez. Pasa por distintos estadios bíblicos para terminar hablando de lo cotidiano en un contrapunto que deriva en un final de antología.

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OSCAR HAHN

 

(Chile, 1938)

 

 

 

Torres gemelas

 

Estrellaste tu avión contra mi torre

y yo mi avión contra la tuya

 

Eso fuimos los dos:

torres gemelas que se desplomaron

torres en llamas que se hicieron escombros

 

Y ni siquiera habrá un monumento

a la memoria de nuestro amor:

 

solamente un terreno baldío

y una nube de polvo

 

 

 

 

 

 

 

MARIO BOJÓRQUEZ

(México, 1968)

 

 

 

Casida del odio

 

 

I

 

Todos tenemos una partícula de odio

un leve filamento dorando azul el día

en un oscuro lecho de magnolias

 

 

II

 

Todos

tenemos una partícula de odio macerando sus jugos

enmarcando su alegre floración

su fruta lánguida.

 

¿Pero qué mares

ay, qué mares, qué abismos tempestuosos golpean

contra el pecho y en lugar de sonrisas abren garras

colmillos?

 

Levanta el mar su enagua florecida, abajo de su piel va

creciendo otra ola dispersada en su vacua intrepidez elástica.

Levanta el mar su odio y el estruendo se agita contra los

muros célibes del agua y atrás y más atrás viene otra ola,

otro fermento, otra forma secreta que el mar le da a su odio,

se expande sábana de espuma, se alza torre tachonada de

urgencias; es monumento en agua de la furia sin freno.

 

 

III

 

Todos tenemos

una partícula de odio

y cuando el hierro arde en los flancos marcados

y se siente el dolor de la carne quemada

hay un grito tan hondo, una máscara en fuego

que incendia las palabras.

 

 

IV

 

Todos tenemos una

partícula de odio.

 

Y nuestros corazones

que fueron hechos para albergar amor

retuercen hoy sus músculos, bombean

los jugos desesperados de la ira.

 

Y nuestros corazones

otro tiempo tan plenos

contraen cada fibra

y explotan.

 

 

V

 

Todos tenemos una partícula

de odio

un alto fuego quemándonos por dentro

una pica letal que horada nuestros órganos.

 

Sí, porque donde antes hubo

sangre caliente, floraciones de huesos explosivos,

médula sin carcoma,

empecinadamente, tercamente,

nos va creciendo el odio con su lengua escaldada

por el vinagre atroz del sinsentido.

 

 

VI

 

Todos tenemos una partícula de

odio

y cuando el índice se agita señalando con fuego

cuando imprime en el aire su marca de lo infame

cuando se erecta pleno falange por falange

¡Ah! qué lluvia de ácidos reproches

qué arduos continentes se contraen.

 

El gesto, el ademán la mueca

el dedo acusativo

y la uña

¡ay!, la uña

corva rodela hincándose en el pecho.

 

 

VII

 

Todos tenemos algo que reprocharle al mundo

su inexacta porción de placer y de melancolía

su pausada, enojosa, virtud de quedar más allá

en otra parte

donde nuestras manos se cierran con estruendo aferradas al

aire de la desilusión; su también, por qué no, circunstancia de

borde, de extrema lasitud, de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas.

 

 

VIII

 

Todos tenemos algo que decir de los demás

y nos callamos.

 

Pero siempre detrás de la sonrisa

de los dientes felices, perfectos y blanquísimos

en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

 

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

 

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,

los verdugos amables.

 

 

(CODA)

 

En alguna parte de nuestro cuerpo

hay una alarma súbita,

un termostato alerta enviando sus pulsiones,

algo que dice:

ahora

y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse

por los ojos, las mandíbulas truenan y mascan bocanadas

de aire envenenado y la espina dorsal, choque eléctrico, piano

destrozado y molido por un hacha y los vellos, las barbas y

el escroto, se erizan puercoespín y las manos se hinchan de

amoratadas venas, el cuerpo se sacude, convulsiones violentas

y todo dura sólo, apenas, un segundo y una última ola de

sangre oxigenada nos regresa la calma.

 

 

 

 

 

FRANK BÁEZ

(República Dominicana, 1978)

 

 

 

En la Biblia no aparece nadie fumando

Pero qué tal si Dios o los que escribieron la Biblia

se olvidaron de agregar los cigarros

y en realidad todas esas figuras bíblicas

se pasaban el día entero fumando

al igual que en los cincuenta en que se podía fumar

en los aviones y hasta en la televisión

y yo imagino a todos esos gloriosos judíos

llevándose sus cigarrillos a los labios

y expulsando el humo por las narices

en lo que aguardan

por sus visiones o porque Dios les hable,

e imagino a David tocando el harpa

en un templo lleno de humo,

a Abraham fumando cigarro tras cigarro

antes de decidirse a matar a Isaac,

a María fumando antes de darle a José

la noticia de que está embarazada,

e incluso imagino a Jesús sacando un cigarro

de detrás de la oreja y fumando

para relajarse antes de dirigirse a las multitudes

reunidas en torno suyo.

Yo no soy un fumador.

Pero a veces me vienen ganas y fumo

como en este instante en que miro la lluvia

caer tras la ventana

y me siento como Noé cuando esperaba

que pasara el diluvio y se la pasaba

de arriba a abajo por toda el arca

buscando donde había puesto

esa maldita cajetilla.

 

 

 

 

 

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Mario Meléndez 

(Chile, 1971)

 

 

 

Mi gato quiere ser poeta

 

Mi gato quiere ser poeta
y para ello
revisa todos los días mis originales
y los libros que tengo en casa
Él cree que no me doy cuenta
es demasiado orgulloso
para dejar que le ayude
Lleva consigo unos borradores
en los que anota con cuidado
cada cosa que hago y que digo
Ayer no más, en uno de mis recitales
apareció de incógnito entre la gente
vestía camisa a cuadros
y mis viejos zapatos rojos
que no veía hace tiempo
Al terminar la función
se acercó con mi libro en la mano
quería que lo autografiara
y para ello me dio un nombre falso
un tal Silvestre Gatica
Yo le reconocí de inmediato
por sus grandes bigotes y su cola peluda
pero no dije nada
y preferí seguirle la corriente
Luego me deslizó bajo el brazo
uno de sus manuscritos
“Léalos cuando pueda, Maestro” me dijo
y se despidió entre elogios y parabienes
Y sucedió que anoche
y como no lograba dormir
levanté con desgano aquel obsequio
para darle una mirada
Era un poema de amor
un hermoso poema de amor
dedicado a Susana
la gatita siamés
que vivía a los pies del sitio
Parecía un texto perfecto
tenía fuerza y ritmo e imaginación
y todos los elementos necesarios
para decir que era un gran poema
y sin duda era un gran poema
un poema como pocas veces había leído
Entonces me entró la rabia
y la envidia y la cólera
y me pilló la madrugada
con el texto entre las manos
sin atreverme a romperlo
o hacerle correcciones
Que Dios me perdone por esto
pero no veo otra salida
mañana echaré mi gato a la calle
y publicaré el poema bajo mi nombre

 

 

 

 

 

Lee la selección de

MARIO BOJÓRQUEZ (México)

RAQUEL LANSEROS (España)

XAVIER OQUENDO TRONCOSO (Ecuador)

MARISA MARTÍNEZ PÉRSICO (Argentina)