Los mejores poemas de la lengua española, según Mario Bojórquez



Los mejores poemas de la lengua española, según Mario Bojórquez

Sabemos del sentido social del gusto. Por ello, comenzamos una relectura colectiva que nos ayude a reconstruir la tradición de la poesía panhispánica, una tradición compartida por poetas y lectores del mundo hispánico. Este ejercicio nace en diálogo con un concepto acuñado por el poeta brasileño Haroldo de Campos: el tiempo post-utópico. Se trata de una reformulación del jetztzeit  benjaminiano, el tiempo del ahora, el tiempo de los poetas que escriben con la conciencia de proceder de una pluralidad de pasados.

En materia de poesía, esa apropiación crítica de la pluralidad de pasados, reconstruir –o elegir– la tradición, no es otra cosa que emprender la arqueología del presente y de sus estilos, remover el pasado inmediato y distinguir las matrices de escritura, los nodos de los que se desprenden las tentativas de los poetas de hoy. Lo explica Meschonnic: “el tiempo del ahora es el que rehace continuamente el pasado, lo olvida o lo redescubre según lo que busca un sujeto. El poema, por otro lado, no es sino “el breve minuto de plena posesión de las formas”, como afirma Michael Löwy. Es “el cristal de la totalidad de los acontecimientos”.

Ya Eduardo Lizalde había definido la tradición poética como la suma de las experiencias técnicas de todas las épocas. El poema, entonces, es un lugar donde, al modo de la teoría de la Resonancia Mórfica, están implícitos todos los modos de concebir la poesía en la historia de una sociocultura. Lo postutópico es la conciencia de esta virtualidad.

Alí Calderón

 

 

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Invitamos a poetas, críticos y editores para que compartan con nosotros los que consideran los tres mejores poemas (o los más entrañables) publicados en lengua española a partir de 1985. Acompañamos esta selección con uno de sus textos que, a manera de poética, funcionará como una especie de posicionamiento estético, un “desde dónde se lee”.

 

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En esta primera oportunidad, leemos la selección del poeta mexicano Mario Bojórquez (México, 1968). En 2007 mereció el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes; en 2010, el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas  y, en 2012, el Premio Alhambra de Poesía Americana. En 2016 publicó, bajo el sello de Visor Libros, el poemario Memorial de Ayotzinapa. Es Director del Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México.

 

 

  1. “Alguien sueña”. Los conjurados. Jorge Luis Borges. Alianza, 1985.
  2. “Óyeme como quien oye llover”. Árbol adentro. Octavio Paz. Seix Barral, 1987.
  3. “Desazón”. Poesida. Abigael Bohórquez. Los domésticos,1996.

 

 

Una fecha como 1985 me coloca en una atmósfera que reclama formas y practicas lectoras que se han diversificado con el tiempo. ¿Qué leía y cómo leía en aquel momento? Pienso de inmediato en la revista Vuelta dirigida por Octavio Paz y con colaboradores de todo el mundo. Pienso en el poema “Alguien sueña” que Jorge Luis Borges acaba de incluir en su libro Los conjurados publicado por Alianza hace unos meses y que será como una despedida porque pronto nos enteraremos de su partida a Ginebra. Abrir las páginas de Vuelta y leer un poema de Borges en su pagina seis, era de verdad emocionante. Ese mismo año, hacia noviembre, en el número 120, en las páginas 12 y 13, leo un poema que recién ha incluido en su libro Árbol adentro el poeta Octavio Paz, “Óyeme como quien oye llover”. Muchos años después, con Coral Bracho, recordamos emocionados algunos versos caminando en São Paulo. El tercer poema aparece también, de algún modo, en la revista Vuelta. No se trata de una publicación propiamente. Se trata de un comentario hecho por el secretario de redacción, Aurelio Asiain, que se queja en el número 239 de la edición de octubre de 1996, del homenaje nacional que hemos realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes al poeta Abigael Bohórquez. Era la presentación de su libro póstumo, Poesida, que tuve la fortuna de editar. Qué miope y mal lector resultó ser el empleado de la otrora magnífica revista. No pudo observar que justamente Abigael Bohórquez sería el poeta que habría de marcar la nueva generación de la poesía mexicana.

Mario Bojórquez

 

 

 

 

JORGE LUIS BORGES

(Argentina, 1899)

 

 

 

Alguien sueña

 

¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular la sabiduría. Ha soñado la fe, ha soñado las atroces Cruzadas. Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda. Ha soñado la aniquilación de Cartago por el fuego y la sal. Ha soñado la palabra, ese torpe y rígido símbolo. Ha soñado la dicha que tuvimos o que ahora soñamos haber tenido. Ha soñado la primer mañana de Ur. Ha soñado el misterioso amor de la brújula. Ha soñado la proa del noruego y la proa del portugués. Ha soñado la ética y las metáforas del más extraño de los hombres, el que murió una tarde en una cruz. Ha soñado el sabor de la cicuta en la lengua de Sócrates. Ha soñado esos dos curiosos hermanos, el eco y el espejo. Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos revela otra cara. Ha soñado el espejo en que Francisco López Merino y su imagen se vieron por última vez. Ha soñado el espacio. Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio. Ha soñado el arte de la palabra, aún más inexplicable que el de la música, porque incluye la música. Ha soñado una cuarta dimensión y la fauna singular que la habita. Ha soñado el número de la arena. Ha soñado los números transfinitos, a los que no se llega contando. Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre de Thor. Ha soñado las opuestas caras de Jano, que no se verán nunca. Ha soñado la luna y los dos hombres que caminaron por la luna. Ha soñado el pozo y el péndulo. Ha soñado a Walt Whitman, que decidió ser todos los hombres, como la divinidad de Spinoza. Ha soñado el jazmín, que no puede saber que lo sueñan. Ha soñado las generaciones de las hormigas y las generaciones de los reyes. Ha soñado la vasta red que tejen todas las arañas del mundo. Ha soñado el arado y el martillo, el cáncer y la rosa, las campanadas del insomnio y el ajedrez. Ha soñado la enumeración que los tratadistas llaman caótica y que, de hecho, es cósmica, porque todas las cosas están unidas por vínculos secretos. Ha soñado a mi abuela Frances Haslam en la guarnición de Junín, a un trecho de las lanzas del desierto, leyendo su Biblia y su Dickens. Ha soñado que en las batallas los tártaros cantaban. Ha soñado la mano de Hokusai, trazando una línea que será muy pronto una ola. Ha soñado a Yorick, que vive para siempre en unas palabras del ilusorio Hamlet. Ha soñado los arquetipos. Ha soñado que a lo largo de los veranos, o en un cielo anterior a los veranos, hay una sola rosa. Ha soñado las caras de tus muertos, que ahora son empañadas fotografías. Ha soñado la primer mañana de Uxmal. Ha soñado el acto de la sombra. Ha soñado las cien puertas de Tebas. Ha soñado los pasos del laberinto. Ha soñado el nombre secreto de Roma, que era su verdadera muralla. Ha soñado la vida de los espejos. Ha soñado los signos que trazará el escriba sentado. Ha soñado una esfera de marfil que guarda otras esferas. Ha soñado el calidoscopio, grato a los ocios del enfermo y del niño. Ha soñado el desierto. Ha soñado el alba que acecha. Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son nombres del agua. Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. Ha soñado a Alejandro de Macedonia. Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. Ha soñado el mar y la lágrima. Ha soñado el cristal. Ha soñado que Alguien lo sueña.

 

 

 

 

OCTAVIO PAZ

(México, 1914)

 

 

 

Óyeme como quien oye llover

 

Óyeme como quien oye llover,

ni atenta ni distraída,

pasos leves, llovizna,

agua que es aire,

aire que es tiempo,

el día no acaba de irse,

la noche no llega todavía,

figuraciones de la niebla

al doblar la esquina,

figuraciones del tiempo

en el recodo de esta pausa,

óyeme como quien oye llover.

 

Sin oírme, oyendo lo que digo

con los ojos abiertos hacia adentro,

dormida con los cinco sentidos despiertos,

llueve, pasos leves, rumor de sílabas,

aire y agua, palabras que no pesan:

lo que fuimos y somos,

los días y los años, este instante,

tiempo sin peso, pesadumbre enorme,

óyeme como quien oye llover,

relumbra el asfalto húmedo,

el vaho se levanta y camina,

la noche se abre y me mira,

eres tú y tu talle de vaho,

tú y tu cara de noche,

tú y tu pelo, lento relámpago,

cruzas la calle y entras en mi frente,

pasos de agua sobre mis párpados,

óyeme como quien oye llover,

el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,

es la niebla errante en la noche,

como quien oye llover.

 

Es la noche dormida en tu cama,

es el oleaje de tu respiración,

tus dedos de agua mojan mi frente,

tus dedos de llama queman mis ojos,

tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,

manar de apariciones y resurrecciones,

óyeme como quien oye llover,

pasan los años, regresan los instantes,

¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?

no aquí ni allá: los oyes

en otro tiempo que es ahora mismo,

oye los pasos del tiempo

inventor de lugares sin peso ni sitio,

oye la lluvia correr por la terraza,

la noche ya es más noche en la arboleda,

en los follajes ha anidado el rayo,

vago jardín a la deriva

entra, tu sombra cubre esta página.

 

 

 

 

 

ABIGAEL BOHÓRQUEZ

(México, 1936)

 

 

 

Desazón

 

Cuando ya hube roído pan familiar

untado de abstinencia,

y hube bebido agua de fosa séptica

donde orinan las bestias;

y robado a hurtadillas

tortillas y sal y huesos

de las cenadurías;

y caminado a pie calles y calles,

sin nómina,

levantando colillas de cigarros;

y hubime detenido en los destazaderos,

ladrando como perro sin dueño,

suelo al cielo, mirando a los abastecidos.

 

Cuando ya hube sentido

en pleno vientre el hueco

resquebrajado y yermo

del hontanar vacío,

y metido las manos a los bolsillos locos

y, aun así, levantando la frágil ayunanza

del alma en claro,

me conformo, me he dicho:

Dios asiste, y espero.

 

Cuando ya hube saboreado

sexo y carne y entraña,

y vendido mi cuerpo en los subastaderos,

cuando hube paladeado

boca, lengua y pistilo,

y comprado el amor entre vendimiadores,

cuando hube devorado

ave y pez y rizoma

y cuadrúpedo y hoja

y sentado a la mesa alba y sofisticada

y dormido en recámara amurallada de oro,

y gustado y tactado y haber visto y oído,

me conformo, me he dicho:

Dios asiste. Y camino.

 

Cuando ya hube salido

de cárceles, burdeles, montepíos, deliquios,

confesionarios, trueques, bonanzas, altibajos,

elíxires, destierros, desprestigios, miseria,

extorsiones, poesía, encumbramientos, gracia,

me conformo, me he dicho:

Dios asiste. Y acato.

 

Por eso ahora lejos

de lo que fue mi casa

mi solar por treinta años,

mi heredad amantísima,

mis palomas, mis libros,

mis árboles, mi niño,

mis perras, mis volcanes,

mis quehaceres, la Chofi,

sólo escribo a pesares:

Dios asiste.

Y confío.

 

Y de repente, el Sida.

¿Por qué este mal de muerte en esta playa vieja

ya de sí moridero y desamores,

en esta costra antigua

a diario levantada y revivida,

en esta pobre hombruna

de suyo empobrecida y extenuada

por la raza baldía? Sida.

Qué palabra tan honda

que encoge el corazón

y nos lo aprieta.

 

Afuera, al sol,

juguetean los niños,

agrio viento,

con un barco menudo

en mar revuelto.

 

 

 

 

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MARIO BOJÓRQUEZ

 

 

 

Brooklyn Bridge

 

Desde la otra orilla de lo que digo

se tiende un puente para llegar a mi palabra

Cada vez que pronuncio mi nombre

mi nombre vuelve a mí desfigurado

Cada que digo agua, el agua vuelve viento

el viento fuego, el fuego mi nombre exacto

pero mucho más pleno, y más desconocido.

Tiro palabras, nombres, versos a la otra orilla

cada vez

y cada vez anuncian nuevas intensidades

de lo que no conozco.

Habría de arrojar sobre este puente

aquello que no digo, mi silencio

para que alguna vez vuelva poema.

 

 

 

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