Los trabajos de Erato: Catulo



Hace tiempo caminando por la Via Sacra pensaba en el ensayo El exilio de Helena de Albert Camus, texto que revalora las aportaciones de la cultura clásica griega y nos recuerda que esa época, a diferencia de la Europa de posguerra, contiene todo: la razón y la pasión, la filosofía y la mitología, el equilibrio del bien y la locura de los dioses, pero sobre todo la admiración plena por la belleza. La búsqueda de la mirada de Helena en un atardecer de la isla de Mikonos o en el sonido de las gaviotas que sobrevuelan la ciudad de Roma es el motor de un espíritu que aún se conmociona. Sí, Grecia y Roma significan la urgencia de vivir el instante pero también la necesidad de reflexionar sobre la existencia, pues ya lo dijo Sócrates: “Una vida sin reflexión no vale la pena ser vivida”. De este modo, la cultura grecolatina nos ha enseñado a pensar y a imaginar, a vivir y a amar. Bajo este principio nace el dossier titulado Los trabajos de Erato que tiene como objetivo volver la mirada a la poesía grecolatina que ha servido como uno de los pilares más sólidos de nuestra tradición poética. 

 

Rubén Márquez Máximo

 

 

 

Carmen V de Catulo

 

La obra de Catulo es una de las más apasionadas de principio a fin porque su vida misma estuvo rodeada de la euforia y la disforia, sobre todo por el amor que le tuvo a Lesbia, una mujer mayor de la aristocracia de Roma que poseía todos los refinamiento y la belleza necesarios para cautivar a quien fuera. Resultó muy fácil que el joven poeta que llegaba de Verona quedara prendido de la sofisticación de la que fuera la esposa del cónsul Quinto Metelo Céler. Sus poemas van entonces de la alegría desbordante del amor correspondido hasta el sufrimiento causado por el desdén y la certeza de la existencia de otros amantes. Sin embargo, no hay que perder de vista que aún en la felicidad siempre existía una porción de la conciencia de los amores furtivos. De este modo, si bien algunos poemas muestran esos instantes de dicha que parecen eternos, siempre asoma la posibilidad de la envidia o de ser descubiertos nublando de este modo la felicidad lograda.

El poema V y el VII que lo continúa son los poemas más celebrados tanto por eruditos como por una gran cantidad de lectores. En ellos se logra exaltar la pulsión del alma desbordante de deseo de una manera magistral e inolvidable, con una fuerza que ha traspasado siglos y siglos para llegar hasta nuestros días. Esta poesía se instaura en el contexto de una Roma militarizada y sumamente política que todavía tiene mayores afinidades con las formas de la épica. Si desde la Grecia de Aristóteles, tanto la épica como la tragedia representaban la gran literatura, con Catulo se fortalece el poema lírico que exalta una voz preocupada no por la grandeza del Estado sino por los devenires del alma gozosa y atormentada por un amor clandestino. De este modo, junto a los elegíacos Propercio y Tibulo, el poeta de Verona reafirma el discurso amoroso que ya habían comenzado en Grecia Safo y el pirata Arquíloco de Paros. El soldado es sustituido por el amante o el amante es el mismo soldado, pues ahora la guerra más trascendental del hombre moderno es la del amor.

Toda la obra de Catulo está pensada como un continuo, por lo que si bien es cierto que el poema V es el primero que toca de manera directa el tema del amor y de la muerte al hablar de Lesbia, Rubén Bonifaz Nuño ha señalado acertadamente que el tema del goce amoroso y del dolor tras la pérdida ya había sido anunciado en los cuatro poemas anteriores. De este modo, el gran tema de Catulo es el amor rodeado siempre por la sombra de la muerte. Este recordatorio de que todo se encuentra en un estado pasajero es también la preocupación de la famosa Oda a Leucone de Horacio, donde el instante que surge de la frase de carpe diem es a su vez lo efímero y lo duradero que tiene el hombre.

El inicio de este poema V es contundente: “¡Vivamos, Lesbia mía, y amemos”. Las palabras son precisas y potentes pues preguntémonos, ¿qué otra cosa se le puede proponer al ser amado si no es vivir y amar? La invitación a vivir implica la completud del suceso en el cual nada queda fuera. Invitar a vivir es invitar a todo, no hay ofrecimiento más atrevido y más arriesgado pues la vida misma es siempre una incertidumbre. Sin embargo, este todo se opone y se complementa con el amor. Parece que para Catulo es necesario aclarar que dentro del todo que representa la vida, el amor queda en un espacio apartado, siendo parte y siendo exclusión al mismo tiempo. Y es desde esta primera contraposición donde se establece la estructura de pensamiento bipartita del resto del poema entre lo que podríamos llamar lo macro y lo micro, la vida y la muerte, la juventud y la vejez.

De este modo tenemos entonces que mientras vivir es lo macro, es decir, lo más general, amar es lo micro o una particularidad de la vida. En la segunda oposición, mientras la vejez en el poema es asociada con la envidia y con la muerte cercana, la juventud de los amantes representa el goce y la vida. Más adelante, el sol es luz en toda su grandeza, una luz eterna que revive, mientras en contraparte, el hombre es la breve luz que una vez apagada no podrá renacer. Y esa luz que es breve vida se opone a la oscuridad de una noche eterna ya que la vida es micro y la muerte es macro debido a que estamos más tiempo muertos que vivos. Hasta aquí la primera parte del poema que es ante todo una contraposición de la vida y la muerte, aclarando que la brevedad de la vida sólo toma sentido en el amor intenso. Es la parte de mayor dramatismo ya que la euforia es acompañada de la disforia que nos da la conciencia de la muerte.  

El segundo momento del poema está construido con la escena de la petición imperativa de los besos, escena que nuevamente opone lo macro (mil besos), con lo micro (cien besos). Aquí es justo recordar lo que los críticos han resaltado en Catulo como una estética de lo hiperbólico ya que hasta lo poco es mucho cuando de la pasión se trata. También es oportuno precisar que en este momento surge el tercer verbo que acota como un cono invertido la acción de vivir. La invitación de Catulo entonces va del vivir al amar y del amar al besar. El poema empieza con la vida y se va acotando con la experiencia de los besos. Vivamos sí, pero sobre todo besemos. Este episodio llega al punto máximo del goce, pues en la acción de besar está la acción de probar al otro, de degustarlo y comerlo con toda la fuerza de Eros. Es llegar al punto más alto de la experiencia. Por otra parte, la oposición entre mil y cien imita los propios ritmos del amor que van desde el arrebato hasta cierta calma para volver a intensificar los roces y regresar nuevamente a la respiración parsimoniosa.

Finalmente, la oposición que se encuentra en el cierre del poema hiperboliza tanto lo macro como lo micro, pues en torno a lo macro se trata ahora de la suma de los miles de besos y en lo micro la exageración es tal que se llega a su total aniquilación, es decir, a la nada. Como tanto besos podrían aniquilar la relación al delatarla, Catulo prefiere borrarlos para que la discreción los salve. A diferencia de la exaltación del ego de un Odiseo que le confiesa a Polifemo su nombre para que no sea olvidado por su hazaña, el nuevo héroe de la poesía lírica es un estratega del amor que sabe contenerse permaneciendo oculto como un amante apasionado pero discreto.      

Así es Catulo, amante intenso y contenido, pues el amor para poder llegar al máximo de su potencia necesita, en términos de Bataille, el acecho de la prohibición. Desde el hecho de que Lesbia era una mujer casada y de que no siempre lo favorecía pues tenía otros amantes, hasta la prohibición de la ley severa de la misma muerte que ronda al hombre, se denota un amor siempre en tensión, eufórico y disfórico, pero precisamente esto es lo que lo construye como un amor intensificado.

A continuación presento cinco versiones de grandes poetas y traductores del famoso poema V esperando que el lector aprecie sus variaciones y se conmocione imaginando a este loco amante buscando a Lesbia por las calles de Roma, la città eterna.

 

Rubén Márquez Máximo

 

 

V

 

¡Vivamos, Lesbia mía, y amemos, y todos los rumores de los viejos, demasiado severos, valorémoslos en un solo céntimo! Los soles pueden morir y renacer; nosotros, cuando haya muerto de una vez para siempre la breve luz de la vida, debemos dormir una sola noche eterna. Dame mil besos, luego cien, después otros mil, y por segunda vez ciento, luego hasta otros mil, y otros ciento después. Y cuando sumemos ya muchos miles, los borraremos para olvidarnos de su número o para que ningún maligno pueda echarnos mal de ojo cuando sepa que fueron tantos nuestros besos.

 

Tr. Arturo Soler Ruiz

 

 

 

V

 

Vivamos, Lesbia mía, y amemos,

y de los más serios viejos las voces

en el valor de un as tengamos todas.

Pueden morir y regresar los soles;

Muerta una vez la breve luz, nosotros

dormir debemos una noche eterna.

Dame mil besos, y después un ciento;

luego otros mil, luego segundos ciento;

luego otros mil seguidos, después ciento.

Luego, cuando hecho habremos muchos miles,

los turbaremos, porque no sepamos,

o no pueda aojar algún malvado

cuando sepa qué tanto había de besos.

 

Tr. Rubén Bonifaz Nuño

 

 

 

V

 

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,

sin importarnos la crítica de los viejos.

El sol se pone cada tarde y sale al día siguiente,

pero nosotros, cuando se nos apague la vela,

dormiremos una noche sin fin.

Dame mil besos y después dame cien más

y después otros mil más y después otros cien más

y después otros mil más y después otros cien más

y muchos miles más hasta que enredemos la suma

y ya no sepamos cuántos besos nos damos

ni los envidiosos lo sepan.

 

Tr. Ernesto Cardenal

 

 

 

V

 

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,

y los chismes de los viejos puritanos

nos importen todos un bledo.

Los soles pueden salir y ponerse:

nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,

tendremos que dormir una noche sin fin.

¡Dame mil besos, después cien,

luego otros mil, luego otros cien,

después hasta dos mil, después otra vez cien!

Luego, cuando lleguemos a muchos miles,

perderemos la cuenta para ignorarla

y para que ningún envidioso pueda dañarnos,

cuando se entere de que son tantos los besos.

 

Tr. Antonio Ramírez de Verger

 

 

 

V

 

Vivamos, Lesbia mía, y amemos;

los rumores severos de los viejos

que no valgan ni un duro todos juntos.

Se pone y sale el sol, mas a nosotros,

apenas se nos pone la luz breve,

sola noche sin fin dormir nos toca.

Pero dame mil besos, luego ciento,

después mil otra vez, de nuevo ciento, 

luego otros mil aún, y luego ciento…

Después, cuando sumemos muchos miles,

confundamos la cuenta hasta perderla,

que hechizarnos no pueda el envidioso

al saber el total de nuestros besos.       

 

Tr. Juan Manuel Rodríguez Tobal