Sylvia Plath: una poética



Proponemos la lectura de una poética de Sylvia Plath (1932-1963). Un poema, para Plath, es un momento que cambia las cosas de lugar, ese instante entre que se abre y se cierra una puerta en el cual descubrimos algo nuevo sobre el mundo. Este texto apareció en el volumen Strong Words. Modern Poetry on Modern Poets, editado por W. N. Herbert y Mattew Hollis, publicado en Inglaterra por Bloodaxe. La traducción corrió a cargo de Maricarmen Trucíos Espina.

 

 

 

 

 

 

Una Comparación

(1962)

 

 

¡Cómo envidio al novelista!

        Lo imagino –mejor dicho a ella, porque son las mujeres con quienes establezco un paralelo- , la imagino entonces podando un rosal con unas largas tijeras, ajustando sus anteojos, de un lado al otro, entre las tazas de té, tarareando, acomodando ceniceros o bebés, absorbiendo un sesgo de luz, la frescura del clima, y penetrando, con una especie de modesta, hermosa visión de rayos X, los interiores psíquicos de sus vecinos, sus vecinos en los trenes, en la sala de espera del dentista, en la tienda de té de la esquina. Para ella, la afortunada, ¡qué hay que no sea relevante! Los viejos zapatos pueden usarse, perillas de las puertas, cartas aéreas, camisones de franela, catedrales, esmalte de uñas, aeroplanos, pérgolas de rosas y periquitos; pequeños amaneramientos: el succionar de un diente, tirar de un dobladillo. Cualquier extraña o rugosa o suave cosa. Sin mencionar emociones, motivaciones, esas estruendosas, estrepitosas formas. Sus intereses: El Tiempo, la manera en la que avanza hacia adelante, regresa, florece, decae y se expone doblemente. Su interés es la gente en El Tiempo. Y ella, me parece, tiene todo el tiempo del mundo. Puede tomarse un siglo si lo desea, una generación, un verano entero.

       Puedo tomar cerca de un minuto.

       No estoy hablando de poemos épicos. Todos sabemos cuan largos pueden llegar a ser estos. Estoy hablando de la clase pequeña, extraoficial, ordinaria de poema. ¿Cómo debería describirla? Una puerta se abre, una puerta se cierra. Entre tanto, has tenido un atisbo: un jardín, una persona, una tormenta, una libélula, un corazón, una ciudad. Pienso en esos pisapapeles redondos victorianos de cristal que recuerdo, pero nunca puedo encontrar un lamento lejano de las producciones masivas de plástico que atestan los anaqueles en Woolworths. Esta clase de pisapapel es una esfera de cristal, rellena, muy pura, con un bosque o villa o familia dentro. Lo pones de cabeza, después de regreso. Nieva. Todo ha cambiado en un minuto. Nunca volverá a ser lo mismo ahí dentro. No para los abetos, ni para los tejados, ni para los rostros.

Entonces surge un poema.

          Y realmente hay ¡tan poco espacio! ¡Tan poco tiempo! La poeta se convierte una experta  empacando maletas:

 

La aparición de estas caras en la multitud;

Pétalos en una húmeda oscura rama.

Ahí está: el principio y el fin en un respiro. ¿Cómo lo manejaría la novelista? ¿En un párrafo? ¿En una página? Lo mezclaría tal vez, como pintura, con un poco de agua, diluyéndolo, extendiéndolo.

Ahora estoy siendo engreída, estoy encontrando las ventajas.

Si un poema es (un) concentrado, un puño cerrado, entonces una novela es relajada y extensa, una mano abierta; tiene caminos, desviaciones, destinos; una línea del corazón, una línea de la cabeza; moralidad y dinero se implican. Donde la primera excluye y aturde, la mano abierta toca y abarca mucho en sus viajes.

Nunca he puesto un cepillo dental en un poema.

          No me gusta pensar en todas las cosas, familiares, útiles y valiosas que nunca he puesto en un poema. Una vez puse un tejo en uno. Y ese tejo empezó, con sorprendente egoísmo, a manejar y ordenar todo el asunto. No era un tejo cerca de una iglesia en un camino después de una casa en un pueblo en el que cierta mujer vivía… y así sucesivamente, como hubiera podido ser en una novela. Ah, no. Permaneció firmemente en medio de mi poema, manipulando sus sombras, las voces en el patio de la iglesia, las nubes, las aves, la tierna melancolía con la cual lo contemplaba.¡Todo! No podía acallarlo, y al final, mi poema era un poema sobre un tejo. Ese tejo era simplemente demasiado orgulloso para ser una mancha negra pasajera en una novela.

              Quizá tendré que molestar a algunas poetas implicando que el poema es orgulloso. El poema, también, puede incluir todo, me dirán. Y con mucha más precisión y poder que esas flojas, desaliñadas e indefinidas criaturas que llamamos novelas. Bien, les concedo a estas poetas sus palas de vapor y sus viejos pantalones. Realmente no creo que los poemas deberían ser tan castos. Podría, creo, admitir incluso un cepillo dental si el poema fuera real. Pero estas apariciones, estos cepillos dentales poéticos, son escasos. Y de hecho, cuando llegan, tienden, como mi insubordinado tejo, a considerarse a sí mismos elegidos, bastante especiales.

No es así en las novelas.

          Ahí el cepillo dental regresa a su estante con hermosa rapidez y es olvidado. El tiempo vuela, se arremolina, serpentea, y el ocio de la gente crece y cambia frente a nuestros ojos. La abundante chatarra de la vida sube y baja a nuestro alrededor: oficinas, dedales, gatos, el muy amado, bien visto catálogo de variedades que el novelista desea compartir. No quiero decir que no haya patrón, perspicacia, ni orden riguroso ahí.

Solo sugiero que tal vez el patrón no es muy persistente.

La puerta de la novela, como la puerta del poema, también se cierra.

Pero no tan rápido, ni con una firmeza tan frenética e irrefutable.