Cien años de Zozobra



El poeta y ensayista Audomaro Hidalgo (1983) recuerda, en el siguiente texto, Zozobra de Ramón López Velarde, aparecido a finales de 1919. Nos dice que “el tiempo, único jurado insobornable, ha dictaminado en favor de este volumen y luego de cien años de haber sido publicado sigue generando páginas, estudios, análisis, comentarios, etc. Sería ocioso e inútil enumerar el nombre de todos los escritores y críticos seducidos por la gravitación de la sombra incesante del poeta y de sus poemas. Basta con recordar que Borges lo integró a su reportorio nemotécnico y cuando podía lo recitaba; Paz, directamente, lo reescribe”.

 

 

 

 

 

Vigencia: cien años de Zozobra de Ramón López Velarde

 

Durante los últimos catorce años de su vida, Dante se consagró a la edificación de la Comedia; Donne, pobre y sin empleo, casado, produjo en diez años lo central de su obra en verso y en prosa; Rimbaud explotó como un bólido verbal y, rabioso, en casi cuatro años escribió lo que tenía que decir; de este lado del Atlántico, seis años bastaron a López Velarde para traducir su drama íntimo y dejarnos una poesía que a inicios del siglo XXI, en este nuevo milenio, sigue imantando a los secretos y desperdigados lectores de poesía.

La historia indica que Ramón Modesto López Velarde Berumen fue dado al mundo en 1888. Nació y murió bajo la constelación de Géminis, el signo dual, esa tensa dualidad que el poeta no resolverá en vida porque de esa pugna, compuesta de pasión erótica y fe católica, se alimenta su poesía y su visión de la realidad. No hablo de una influencia astrológica, hago simplemente una observación ociosa. Lo mejor sería decir que el poeta Ramón López Velarde nace hacia 1915, después de haber escrito buena parte de los poemas que integrarán La sangre devota (1916). Sobre todo, el poeta López Velarde nace en ese momento único de una biografía espiritual en que uno enfrenta cara a cara su ser y su conciencia y decide, en rima consonante y asonante a la vez, convertirse en un escritor con mayor conciencia de su oficio. Ramón López Velarde escribirá ensayos y su libro central, Zozobra, aparece a finales de 1919. El tiempo, único jurado insobornable, ha dictaminado en favor de este volumen y luego de cien años de haber sido publicado sigue generando páginas, estudios, análisis, comentarios, etc. Sería ocioso e inútil enumerar el nombre de todos los escritores y críticos seducidos por la gravitación de la sombra incesante del poeta y de sus poemas. Basta con recordar que Borges lo integró a su reportorio nemotécnico y cuando podía lo recitaba; Paz, directamente, lo reescribe. Velarde dice:  

 

Familia: un taller de sufrimiento,

una fuente de desgracia,

un vivero de infortunio

 

Y Paz:

 

Familias, criadero de alacranes,

como a los perros dan con la pitanza

vidrio molido, nos alimentan con sus odios

y la ambición dudosa de ser alguien

 

López Velarde, en “La suave patria”, escribe: “el relámpago verde de los loros”; Octavio Paz, en El mono gramático, observa: “disparos verdes y zigzagueantes de los pericos”. 

Zozobra está compuesto de cuarenta poemas, sin apartados. Concebido en base a una estructura evidente e intencionada, el libro es, entre otras cosas, la evolución y transfiguración de un estilo y de un espíritu. El poeta, más dueño de sí y de sus recursos retóricos, ahonda con mayor astucia y arrojo verbal en su alma sajada, en “el yacimiento espiritual”. El libro abre con el poema “Hoy como nunca”, que pretende ser una despedida a la mítica Fuensanta de La sangre devota, y cierra con “Humildemente”, un regreso imaginado a su Jerez natal. Es lo contrario de un azar que el segundo poema de Zozobra se llame “Trasmutase mi alma”. El poeta está consciente que se ha producido un cambio profundo en su ser, aunque al final de su vida la imagen de la muerta que regresa (¿Fuensanta?) inscriba un nefando signo de interrogación que cierra su obra: “El sueño de los guantes negros”. En general, los poemas que conforman este libro pueden identificarse en dos grupos: los que están dedicados a su nuevo amor, Margarita Quijano,  “la dama de la capital”, y  aquellos en los que evoca el mundo de la infancia, “El circo”, “El viejo pozo”, “Introito”, etc. Otros pocos poemas son visiblemente una respuesta a la realidad inmediata e histórica que el poeta está viviendo: “A las provincianas mártires”, “El retorno maléfico”, etc.  Pocos poetas hay en la historia de la poesía mexicana cuyo conflicto interior sea tan evidente y hondo como en el caso de Velarde. Lo notable es que gracias a esas fuerzas que lo desgarraban, la pasión erótica y su profundo catolicismo, López Velarde pudo crear un lenguaje poético personal, que por momentos se vuelve prosaico (en el peor sentido: prosa hablada), pero siempre nutrido de imágenes y metáforas complejas, osadas y a ratos contundentes:

 

Que me sea total

y parcial,

periférica y central;

y que al soltar mi mano

la antorcha de la vida,

con la antorcha caída

prenda fuego a mis lacios

cabellos, que han sido antes

ludibrio de las uñas

de las bacantes.

 

 A veces es tan luminoso y extraño su lenguaje que es capaz de escribir a un tiempo cosas como:

 

…una migajita de otros mundos

que caída en brumoso interinato,

toda la angustia sublunar presiente.

 

Quizá Amado Nervo haya sido el poeta mexicano que más influyó a López Velarde en su primera etapa, quiero decir en los poemas que componen La sangre devota. Comenzado el XX, Nervo se convirtió en el vate nacional más laureado. Zozobra también puede ser visto como la réplica a Serenidad (1914), Elevación (1917) y Plenitud (1918). Al mismo tiempo, estos libros de Amado Nervo derivan del proyecto concebido por Paul Verlaine, quien escribió un tríptico poético religioso: Sagesse (1880), Amour (1888) y Bonheur (1891), publicado en París por la “Société générale de librairie catholique”. Verlaine y Nervo añoran el cielo; Velarde vive el infierno de la carne. Zozobra es el libro de la expresión del conflicto, no de la resolución de ese conflicto. Verlaine y Nervo pretenden serenarse mirando hacia arriba; Ramón López Velarde es un poeta que penetra más hondo en el alma humana.  

            Zozobra de López Velarde y Relación de los hechos de José Carlos Becerra ocupan un lugar indiscutible en la historia de la poesía mexicana. Cincuenta años separan a ambos libros. Los autores murieron jóvenes: Velarde a los 33 años y José Carlos a los 34; Velarde y Becerra desconfiaron del lenguaje y al mismo tiempo, crearon uno nuevo, personal e intransferible. En esta actitud radica quizá el rasgo más importante de sus indagaciones poéticas. La pregunta no es qué hubiese pasado si ambos escritores no hubieran muerto prematuramente. Lo importante es el permanente signo de interrogación al que nos enfrentan esos poemas. Hay algo irrealizado en ambas tentativas: Velarde se aventuró en la crítica y Becerra en la narrativa. El primero no nos dejó, pese a sus textos en prosa, una teoría poética propiamente dicha, en donde formulara y desarrollara más sus intuiciones e ideas; el segundo no escribió la novela que deseaba escribir fervientemente. Los dos, Velarde y Becerra, eran espíritus apasionados y pasionales: vitales. Llamas avivadas por el soplo de Eros: esa energía dual que nos comunica con la luz y la sombra.

            “El viejo pozo” de Zozobra y “La otra orilla” de Relación de los hechos son poemas de la búsqueda del paraíso perdido de la infancia. “El viejo pozo” es un descenso en la memoria y “La otra orilla”, un salto mortal entre este y el otro lado del lenguaje, entre lo que puede y no puede ser dicho. En ambos textos sentimos la presencia de la provincia mexicana: la típica plaza central con su iglesia y su parque y el ambiente recatado de una vieja casona. A los dos poetas les falta algo: Becerra no puede volver a escuchar la canción que desea, la canción que lo liga a la ciudad de su infancia pero que reconoce “en la brisa que apenas inquieta a los almendros”, mientras que Velarde confiesa haber sido un aprendiz vulgar que no ha logrado, como el pozo, hacerse abismo para reflejar a “la estrella amada” para que, al asomarse, “pierda pisada”.  

En “El viejo pozo” hay un verso (uno de tantos) que bien podría ser una definición de la poesía escrita por Ramón López Velarde, en conflicto irremediable entre

 

la devoción católica y la brasa de Eros