Wisława Szymborska: aniversario



Este 2 de julio celebramos el aniversario noventa y siete del nacimiento de la poeta polaca Wisława Szymborska (1923-2012), Premio Nobel de Literatura 1996, con la publicación de algunos de sus poemas incluidos en la Antología poética publicada por Círculo de Poesía y Visor Libros México en la traducción de Elzbieta Bortklewicz y disponible en nuestra Librería en línea.

 

 

 

 

 

 

Todavía

 

En vagones sellados
los nombres están viajando,
¿adónde viajarán?,
¿cuándo bajarán del tren?,
no pregunten, no lo sé, no lo diré.

El nombre Natán la pared con el puño golpea,
el nombre Isaac canta enajenado,
el nombre Sara pide agua para el nombre
Aarón que se muere de sed.

No saltes del tren en marcha, nombre de David.
Eres el nombre que condena al fracaso,
el nombre no dado a nadie, nombre sin casa,
demasiado duro para llamarse así en este país.

Que nuestro hijo lleve un nombre eslavo,
porque aquí cuentan los pelos de la cabeza
porque aquí separan lo bueno de lo malo
según el nombre y el corte de los párpados.

No saltes del tren en marcha. Nuestro hijo se llamará Lech.
No saltes del tren en marcha. Aún no es la hora.
No saltes. La noche resuena a risa fingiendo
el traqueteo de las ruedas en las vías.

Una nube de gente recorre el país,
de gran nube poca lluvia, una lágrima,
poca lluvia, una lágrima, un tiempo seco.
Las vías conducen a un bosque negro.

Eso es, eso es, retumba la rueda. Bosque sin claros.
Eso es, eso es. Por el bosque va un transporte de gritos.
Eso es, eso es. Despertada en plena noche escucho.
Eso es, eso es, el golpeteo del silencio en el silencio.

 

 

 

Torturas

 

No ha cambiado nada.
El cuerpo duele,
debe de comer y respirar aire, y dormir,
tiene la piel fina y justo debajo de ella, sangre,
tiene una buena cantidad de dientes y uñas,
sus huesos son frágiles, las articulaciones extensibles.
En las torturas todo esto se toma en consideración.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes de la fundación de Roma y también después,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
las torturas son como eran, sólo la tierra ha empequeñecido
y cualquier cosa que pasa, es como en la casa del vecino.

No ha cambiado nada.
Sólo que hay más gente,
junto a las viejas culpas aparecieron nuevas,
reales, provocadas, momentáneas y ningunas,
mas el grito con el que el cuerpo responde por ellas
era, es y será el grito de la inocencia,
según la escala y el registro eternos.

No ha cambiado nada,
quizá sólo modales, ceremonias, bailes.

El gesto de las manos protegiendo la cabeza,
sin embargo, sigue siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea y arranca,
derribado cae, dobla las rodillas,
se amorata, se hincha, babea y sangra.

No ha cambiado nada.
Excepto el curso de los ríos,
la línea de los bosques, las costas, los desiertos y los glaciares.
Entre esos paisajes la pequeña alma deambula,
desaparece, vuelve, se acerca, se aleja,
extraña para sí misma, intocable,
una vez segura y otra vez insegura de su existencia,
mientras que el cuerpo está, está y está
y no tiene donde guarecerse.

 

 

 

Charco

Recuerdo muy bien ese miedo infantil.
Evitaba los charcos,
sobre todo los recientes, tras la lluvia.
Alguno podría no tener fondo,
aunque pareciera igual que los demás.

Piso y de pronto me caigo toda,
comienzo a volar hacia abajo,
y más y más abajo,
en dirección a las nubes reflejadas
o a lo mejor más allá.

Luego se secará el charco,
se cerrará sobre mí,
y yo atrapada para siempre —dónde—
con un grito que no llega a la superficie.

Sólo después llegó la cordura:
no todos los percances
obedecen a las reglas del mundo,
y aun si lo quisieran,
no pueden suceder.

 

 

Amor a primera vista

Los dos están convencidos
de que les une un sentimiento repentino.
Es bonita esta seguridad,
mas la inseguridad es aún más bonita.

Creen que como antes no se conocían
nada había sucedido entre ellos.
Pero, ¿y las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo que podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan,
algún encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
algún «disculpe»
o el «se ha equivocado» en el teléfono.
Pero conozco su respuesta.
No lo recuerdan.

Les sorprenderá
saber que desde hace mucho
la casualidad juguetea con ellos.

Una casualidad no del todo preparada,
para convertirse en su destino.
Que los acercaba y alejaba,
que se cruzaba en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales
pero qué hacer si no eran legibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o quizá el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo manijas y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizás una cierta noche el mismo sueño
huido a la hora de despertar.
Todo principio
no es más que continuación
y el libro de acontecimientos
está abierto siempre por la mitad.

 

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