El ocaso de la lengua. Ensayo de Roberto Carlos Pérez



El narrador y crítico nicaragüense Roberto Carlos Pérez fue ingresado, de modo unánime, como miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Para celebrarlo, publicamos un ensayo suyo: “El ocaso de la lengua”, texto en homenaje al poeta venezolano Rafael Cadenas.

 

 

 

 

El ocaso de la lengua

 

 

«Quemad viejos leños, leed viejos libros,

bebed viejos vinos, tened viejos amigos».

Alfonso X el Sabio.

 

 «El idioma -el castellano, el español- llega a ser para nosotros como un licor que paladeamos, y del cual no podemos ya prescindir. Prescindir en el ensayo, en la busca de todos sus escondrijos, de todas sus posibilidades, de todas sus puridades. Ya somos, con tanto beber de este licor, beodos del idioma».

                                                                                   Azorín.

 

Introducción

La lengua es la vértebra de la cultura, es punto de partida y también es maderamen que sostiene a la civilización. Nuestra lengua, el español, hablada por más de quinientos ochenta millones de personas en todo el mundo, nació en la zona castellana de La Rioja, en el norte de España, rondando el siglo X de nuestra era.

En las Glosas Emilianenses, pequeñas notas escritas en los márgenes del códice latino Aemilianensis 60, escritas por los amanuenses del Monasterio de San Miguel de la Cogolla, se notan ya sus primeros vagidos y son, según don Ramón Menéndez Pidal, el testimonio más antiguo del que ahora es el segundo idioma más hablado en el mundo.

            Emancipado del latín, su lengua madre, el español dio a luz al profundo y conmovedor Cantar de Mio Cid, también quizás al mejor cancionero y tratado sobre el amor en lengua vernácula, el Libro de buen amor, escrito por el Arcipreste de Hita, y al Conde Lucanor, el libro de cuentos de don Juan Manuel, en los que se modelará el cuento moderno. Todo esto en la Edad Media.  

Sobre la «ñ» y los signos de admiración e interrogación

 Según le gustaba recordar a José Emilio Pacheco, de acuerdo con Alfonso Reyes, de todas las lenguas romances nuestro idioma es el que más registros y tonalidades ha alcanzado. La letra «ñ», emblema del español por excelencia, nació en esas glosas que datan del siglo X.

El silbido suave, conocido como sibilante, propio de la pronunciación del latín, pues el aire se escapaba al ser hablado por el estrecho canal entre la lengua y los alveolos (cavidades en las que están engastados los dientes), fue reemplazado por la palatalización o uso de la lengua en el centro del paladar en el naciente vernáculo. Dicha «estrategia», propia de las lenguas que buscan agilizar el habla y la pronunciación, tal como la de la «ñ», se dio de forma natural en nuestra lengua.

 Debido al poco espacio que había en el margen del códice latino anteriormente mencionado, en vez de copiar dos enes, los amanuenses ponían una encima de la otra. Con el tiempo la ene superior se convirtió en la virgulilla o línea delgada y corta puesta en la parte superior de la ene inferior. Así nació el moderno signo escrito de la «ñ».

En cuanto a los signos de interrogación y admiración, el español es la única lengua en el mundo que los usa doblemente, invertidos al inicio y puestos en su orden natural al final de la oración.

El surgimiento de la forma invertida se dio en 1754 con la aparición de la Segunda Ortografía de la Real Academia de la Lengua, aunque la posición final, al menos el de la interrogación, data de la era carolingia entre los siglos VIII y X.

Luego llegan el Renacimiento y los Siglos de Oro, y con ellos el esplendor de nuestro idioma. En ellos nacen la primera gramática escrita en lengua romance por Antonio de Nebrija y la primera novela moderna por don Miguel de Cervantes. Así la Gramática castellana y el Quijote.

De la gramática de Nebrija han brotado todas las gramáticas hasta hoy conocidas en español. En cuanto al Quijote, he aquí algunas curiosidades: Cervantes utilizó en su famosa novela más de veintitrés mil palabras diferentes, dato nada despreciable cuando el mismo Tesoro de la Lengua, el primer diccionario etimológico en español, de Sebastián Covarrubias, contemporáneo de Cervantes, registró en 1611 diecisiete mil entradas según Martín de Riquer.

La pérdida del artículo

Dijo Miguel Sosa, autor de El pequeño libro de las 500 palabras para parecer más culto (2015): «El lenguaje es como el amor: se hace». Entonces cabe la siguiente pregunta: ¿Se hace el lenguaje en el siglo XXI o se deshace?

El hombre masificado, el hombre expuesto a los embates de la globalización es un ser a la deriva. La rapidez que le impone la tecnología no le permite expandir el uso del idioma. Entre las grandes pérdidas está, por ejemplo, uno de los más importantes hallazgos en nuestra lengua que, hoy por hoy, da sus postreros coletazos en la prensa escrita y televisada. Se trata del artículo.

 El artículo español, las palabras «el» o «la» con sus correspondientes plurales, nació en la Edad Media por la necesidad de concretar el sustantivo y también para marcar la diferencia entre éste y el adjetivo.

Con la llegada del pergamino y ante la imprecisión que generaba la falta de dicha palabra, inexistente en latín, los escribanos encargados de transferir la frase a la escritura -pues los primeros textos medievales eran orales-, se enfrentaron al reto de introducir el artículo con la finalidad de que el lector participara de una lectura fluida y con menos tropiezos (Ver «La generalización del artículo» del libro La frase sustantiva en el español medieval (1991), de Concepción Company).

 Fue, de hecho, el sustantivo concreto (casa, olla, cuerno), que delimita y precisa un significado, lo que dio entrada al artículo, cuyo valor va intrínsecamente unido a éstos: el de ofrecer referencia y aproximación. Este fue el primer paso. El segundo fue el empleo del artículo en sustantivos abstractos (voluntad, tigres, cristianos) que ofrecían la alternativa de ser modificados por el artículo o no. El empleo del artículo sobre esta categoría de sustantivos se dio de forma más lenta y gradual.

Hoy el artículo sufre un declive acelerado. Comprobamos que su ausencia campea habitualmente en las notas de prensa. Por ejemplo: «Científicos de la NASA tomaron fotografías solares», «Bomberos de la ciudad de Nueva York apagaron el fuego en un edificio de Manhattan» u «Obispos cierran fila contra atentado a Catedral». Y así, el carácter de precisión, propio del artículo, queda escondido tras bambalinas, pues al comienzo de la oración o justo antes del sustantivo el español necesita la especificación del nombre.

 

La renuncia al subjuntivo

 Otro aspecto soslayado en nuestro idioma es el subjuntivo. De nuevo, el mejor ejemplo lo encontramos en la prensa, pero también en el habla cotidiana. Veamos algunos casos: en una conversación entre amigos, mientras conducen de un estado a otro en los Estados Unidos, uno de ellos dice: «Pongamos gasolina en el coche cuando venimos de regreso»; o un periódico reconocido publica: «En su forma más simple [el peligroso envío de semillas chinas a varias partes del mundo], consiste en que un vendedor creacuentas falsas, pero con domicilios reales».

            Como pináculo, otros ejemplos del mismo medio impreso: «Malas noticias para los fanáticos del legendario comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños ‘Chespirito’ (1929-2014). Y es que, tras más de 50 años de transmisión de sus programas ya no saldrán más al aire en todo el mundo, luego de que Grupo Televisa y Grupo Chespirito no pudieron llegar a un acuerdo». O «El asaltante permitió que los empleados salgan de la entidad».

            En los tres primeros ejemplos las palabras «venimos», «crea», «pudieron» obvian el subjuntivo («vengamos», «cree» -del verbo «crear»-, «pudieran»). En el cuarto, el redactor del periódico utiliza el subjuntivo en modo presente en vez de usarlo en pasado: «salieran». Y así, su uso es obviado o mal empleado. Pero ¿qué es el subjuntivo y para qué sirve en la lengua española?

            A diferencia del indicativo, modo gramatical usado en contextos en que se presentan hechos verídicos que han sucedido, están sucediendo o suceden con frecuencia, el subjuntivo es un modo que presenta objetos o afirmaciones indefinidas, optativas, inciertas, irreales e hipotéticas. Es decir, no fácticas, generalmente encontradas en cláusulas dependientes de la oración. Se vale de una actitud ante una experiencia que no se ha materializado, como por ejemplo temores, probabilidades, deseos, necesidades, etcétera. Es un modo verbal que coordina y expresa la acción del verbo desde el sentimiento del emisor.

El subjuntivo aparece en las oraciones nominales dependientes cuando surgen las nociones de deseo, voluntad, preferencia, emociones, incertidumbre, mandatos, consejos o prohibiciones. Ejemplos: «Espero que lleguen a tiempo», «Me alegro que estés aquí», «Te prohíbo que vayas a la fiesta».

Igualmente, el subjuntivo aparece en las oraciones adjetivales que se anuncian por el pronombre cuando la oración que hace de adjetivo está calificada por el pronombre «que», y modifica el sustantivo o el pronombre de la oración principal cuando éste es indefinido, negativo o cuya existencia es cuestionable. Ejemplos: «Espero un toque de suerte que me cambie la vida», «No hay ningún vestido que me guste», «¿Hay alguna chica que quiera a Luis?».

El subjuntivo es también frecuentemente usado en oraciones dependientes adverbiales de tiempo y modo y precedido por una conjunción. En este tipo de oraciones el subjuntivo representa un tiempo futuro en relación con la cláusula principal. Ejemplo: «Llamaremos a mamá en cuanto Carlos venga».

¿Qué sucede, entonces, ante la ausencia del subjuntivo o cuando renunciamos a su uso por la rapidez que imponen las sociedades de consumo? Al obviarlo o no emplearlo correctamente perdemos la posibilidad de proyectar acciones objetivas, creídas o necesarias propias de este modo o actitud. Perdemos también la facultad de expresar nuestras dudas, sentimientos y emociones (Ej. Me alegra que estés aquí») y hasta suavizar mandatos (Ej. «¿Pudieras decirme la hora?»), hermosos registros y tonalidades de nuestro idioma que, al desaprovecharlos, lo empobrecemos.  

Ante el olvido del subjuntivo ¿podremos asistir a un funeral y expresarle a los deudos nuestras sentidas condolencias? (Ej. «Quisiera abrazarte para ofrecerte consuelo»); ¿o ir a una boda y demostrar mediante el buen empleo del lenguaje nuestro regocijo a la pareja de novios? (Ej. «Les enviaremos su regalo cuando regresen de la luna de miel»). Sería esto imposible sin el supremo valor del subjuntivo.

Si ya estamos perdiendo su uso en presente, o cuando menos estamos en vías de hacerlo, es porque ya borramos de nuestra memoria su modo futuro. La tendencia de la pérdida del subjuntivo se observa al constatar que su futuro imperfecto ha quedado en el olvido, algo triste y verdaderamente lamentable pues es más poético ya que expresa incertidumbre e improbabilidad: Ejemplo: «No me dejes tentar del enemigo, y si me tentare no me dejes caer, y si cayere ayúdame a levantarme» («Memorare», Fray Luis de Granada).

Este modo verbal ha desaparecido debido a la simplificación de la expresividad emocional y al énfasis que ponemos en el presente. Bien se puede decir: «No me dejes tentar del enemigo, y si me tienta no me dejes caer, y si caigo ayúdame a levantarme».

Pero si ya no usamos este modo del subjuntivo, que al menos no se nos olvide la sentencia que emplea bellamente ese futuro muerto: «Adonde fueres, haz lo que vieres», mucho más poético que «adonde vayas, haz lo que veas». Y así la lengua, como corolario del aceleramiento que los tiempos actuales imponen, va perdiendo muchas cosas más.

El mal empleo del gerundio: algunos casos

 Uno de los grandes tropiezos que vemos con frecuencia hoy en nuestro idioma es el uso del gerundio. Tal palabra, cuyas terminaciones son «ando/iendo», se usa correctamente cuando expresa una acción simultánea o anterior al verbo, y tiene únicamente un valor adverbial. También se usa en los tiempos progresivos. Por ejemplo: «Mañana cuando llegues a casa estaré durmiendo».

El gerundio es empleado incorrectamente cuando denota una acción posterior al verbo o cuando tiene valor de adjetivo. De modo que no puede utilizarse para introducir acciones subsiguientes a la de la oración principal. Previendo grandes yerros en su uso, los grandes gramáticos siempre han aconsejado no abusar del gerundio.

Ejemplos de tropezones en su uso: «Sembré un girasol regándolo todos los días» o «El gendarme disparó varias veces capturando al malhechor». En ambos casos la acción del gerundio es utilizada de manera posterior a la de la oración principal. Lo correcto sería decir: «Sembré un girasol y lo regué todos los días» o «El gendarme disparó varias veces y logró capturar al malhechor».

Contaminado por el inglés, erramos en su uso puesto que con frecuencia traducimos su forma del participio en presente de este idioma. He aquí un ejemplo:

«Oscar has a bag containing twenty apples», lo que se traduciría, literalmente, a «Oscar tiene una bolsa conteniendo veinte manzanas». Lo propio sería decir: «Oscar tiene una bolsa que contiene veinte manzanas».

Al introducir el pronombre relativo «que», la oración indica que el referente inmediato es la palabra «bolsa». Seguramente tales faltas se deban a las traducciones que la prensa de hoy hace del inglés en tiempos en que esta lengua impone su dominio en los medios de masas.

Otro empleo inexacto es cuando el gerundio intenta expresar una acción ulterior al verbo principal. Ejemplo: «Alicia se durmió apaciblemente despertándose a las nueve de la mañana del día siguiente». El error consiste en que el gerundio «despertando» refiere una acción simultánea a la acción del verbo «durmió».

Insistimos que el uso correcto es cuando aparece anterior al verbo como en la oración siguiente: «Siendo buen ciudadano obtendrás un reconocimiento». O cuando es concordante con el verbo: «Mi padre me miró sonriendo».

El español en el iPhone

 Como dijo José Emilio Pacheco, la tecnología es al mismo tiempo la cámara de los horrores y elRetablo de las maravillas. Su mal uso es condenable cuando la rapidez y la agilidad propios del mundo globalizado nos impiden, por ejemplo, abrir los signos de interrogación y de exclamación o sustituir la «ñ» por la «n» en un mensaje de texto obligados por la desidia.

También cuando sustituimos en un Tweet la palabra «Que» por la letra «K», o la letra «X» en vez de la preposición «Por». De esta manera, como aseguró Rafael Cadenas hace ya casi cuarenta años, «la baja idiomática va haciéndose endémica».

¿Estamos conscientes de que la falta del lenguaje nos disminuye? ¿Sabremos algún día lo insignificantes que nos exhibimos ante los atropellos del idioma?

Suponemos que no. Por eso quedamos a expensas de charlatanes y tiranuelos que nos conducen al despeñadero o a la muerte, ya que una palabra mal usada o malintencionada caída en oídos lingüísticamente débiles sólo puede desembocar en tragedia. Así se erigen las tiranías. Por eso Cadenas nos alerta visionariamente:

¿No estamos presenciando constantemente todavía los estragos de tantos totalitarismos, de tantas democracias de papel, de tantos sistemas que profanan el lenguaje acomodándolo para embaucar? La estafa verbal es un rasgo de nuestra época. En muchos políticos el lenguaje hasta se autonomiza, funciona sin conexión vital con el hablante, como si a éste lo usara un idiolecto estereotipado («Un abogado de buenas causas» en En torno al lenguaje, 1984).

           

Escribir y hablar son acciones indisolublemente ligadas al pensamiento que le da forma a la cultura y a todo lo concerniente a la vida humana. Por eso dice Otto Friedrich Bollnow, citado por Cadenas:  

El mundo va conformándose para el hombre según la imagen del lenguaje, y cada nueva precisión idiomática es al mismo tiempo un aumento, un enriquecimiento de su mundo. Esto no se refiere sólo al mundo externo, sino también al interno, espiritual y anímico. Así como el mundo externo va estructurándose en el niño al aprender éste a designarlo, a captarlo idiomáticamente, así también se estructura y se forma su fuero íntimo por medio de la expresión idiomática. Alegría y dolor, amor y paciencia, aburrimiento y expectativa, franqueza y orgullo, etcétera: todo ello va configurándose bajo la conducción de las palabras que el lenguaje pone a disposición del hombre (Lenguaje y educación, 1974).  

Y es que la pobreza del idioma crea un grave peligro: nos desliga del pasado y oscurece el porvenir, nos limita el pensamiento y entorpece nuestro futuro. Pero ¿a quién le importan las precisiones lingüísticas en el tiempo en que las redes sociales exhiben el culto a la opinión irreflexiva?

Seguramente tendría que importarnos a todos, hispanohablantes o no, ya que la desmemoria que se nota en la pobreza idiomática vista en Facebook y Twitter, por ejemplo, y en mensajes de textos que enviamos a través de aparatos electrónicos e Internet, nos desvían del camino y el momento vital que llamamos presente.  

La lengua no es solamente un medio de expresión sino de interpretación. Si nos normamos de una forma estandarizada, como en una matrix, y no usamos el lenguaje correctamente, al desconocer todos sus matices y vibraciones, ¿cómo podremos expresarnos? ¿Cómo podremos enfrentar un momento de alegría o desesperación? ¿Cómo podremos relatar las angustias de nuestro tiempo a fin de dejarles un mejor mundo a nuestros hijos? Todas estas preguntas no se pueden responder sin la lengua y no hay computadora capaz de contestarlas u objetarlas. Porque, de nuevo, como dijo Cadenas:

Cuando hablamos, en nuestras palabras resuenan siglos; cuando leemos libros de épocas remotas nos topamos con palabras que aún decimos. Se trata de un hilo que viene del ayer, y está entrelazado con el de la historia («La quiebra del lenguaje)

            Así, las Glosas Emilianenses nos siguen hablando hoy. A querer o no, seguimos pronunciando las mismas palabras que pronunciaron el anónimo juglar del Cantar de Mio Cid, el Arcipreste de Hita y Don Juan Manuel.  

Cadenas tiene razón:

           

Supongamos que nuestro idioma actual vaya distanciándose cada vez más de aquel en que están escritas las obras clásicas de la literatura, o aun, me aventuro sin titubear, las modernas, y alguien que no sea un lector intente leerlas, ¿no sentirá que están en una lengua extraña, casi muerta? Es lo más probable, y ¡qué descorazonador! Porque esas obras están en una lengua más viva, más abundante y más rica que la usada por nosotros en la vida corriente.

             

Entre otras cosas, la lengua otorga libertad; su buen uso rompe grilletes y abre horizontes mientras que su mal uso cierra aldabas e impone cerrojos al hombre mecanizado lingüísticamente por los medios de comunicación y de consumo que lo conducen, por su pobreza idiomática, a la barbarie. Por eso no hay que olvidar a Don Quijote, el gran caballero de la lengua y de las libertades:

La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (II, LVIII).

Estamos llamados nosotros, hispanohablantes del siglo XXI, a desacelerar el paso y pensar que también en esta era del apresuramiento y la falta de cavilación, en las que tenemos libre acceso al mundo de la tecnología, podemos usarlo para enriquecer el español, no sólo reflexionando en su uso correcto sino adentrándonos en él, como quien se adentra en una casa conocida, pero llena de tesoros que ignoramos y cuyo descubrimiento, como un espejo, nos devuelve al ser que somos.