¿Confinamiento o cuarentena?



Audomaro Hidalgo (1983) es un poeta mexicano que vive en Francia. En el hexágono se han decretado nuevas medidas  de distancia social ante la segunda ola del coronavirus. Hidalgo se pregunta ¿confinamiento o cuarentena?

 

 

 

 

¿CONFINAMIENTO O CUARENTENA?

 

Durante los últimos meses se han puesto en circulación algunas palabras que dormían a orillas del lenguaje. De pronto se desperezaron, dieron un salto y se sumergieron en la gran corriente del habla cotidiana. Las hemos empleado hasta la saciedad, así las hemos gastado. A fuerza de repetición, se han vuelto ya lugar común, monedas de cambio sin valor. Cada época tiene predilección por ciertas palabras. O mejor dicho, hay palabras que definen un periodo. Las de este primer cuarto de siglo han sido neoliberalismo, ecologismo y feminismo, cientifismo, terrorismo. A esta nómina se han agregado confinamiento y cuarentena.

Los políticos han adoptado un lenguaje bélico y no se cansan de repetir que “estamos en guerra”. No es sorprendente que hayamos pasado de un “confinamiento total” a vivir en “toque de queda”. Si hemos de aceptar que estamos en guerra, hay que decir que nuestro enemigo no ha necesitado bombas ni cañones y, sin embargo, nos ha desarmado y nos ha puesto de rodillas: un virus que se ha vuelto una pandemia. Vivimos una zozobra colectiva y una profunda escisión en la conciencia. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos espera mañana?

Nuestro marco de referencia ha cambiado. Hoy no se habla de contexto histórico sino de “contexto sanitario”. En los Anales, el filósofo Confucio afirma que, si le fuese posible, el primer cambio que haría en el imperio chino sería la reforma del lenguaje. Toda sociedad es una construcción verbal, sus bases son las palabras, si se alteran sus significados la estructura social corre el riesgo de desmoronarse. Barthes escribió que la sociedad no tolera que le alteren la sintaxis. Las sociedades hedonistas actuales no sólo permiten que se pervierta el significado de las palabras sino que además lo consienten. Inmersos en la más completa uniformidad: en los gustos, en el estilo de vida, en los deseos, padecemos sobre todo una uniformidad del habla. Como insaciables consumidores, hacemos nuestra y repetimos una jerga léxica que nos imponen.

Confinar, dice María Moliner, es que un territorio tenga límites comunes con otro determinado. También quiere decir desterrar, arrestar, aislar, prohibir la salida. Entre los significados que da Moliner a este verbo hay uno de reciente adjudicación histórica. La lexicógrafa dice que confinar es también “aprisionar a alguien en un campo de concentración”. Confinar puede emplearse también en sentido figurado: las visiones vertiginosas de Rimbaud confinan con la locura… El Diccionario Ideológico coincide en que confinar es desterrar. Confinamiento es destierro. El emperador Augusto confinó al poeta Ovidio, quien murió en el destierro. Vemos que los significados de confinar son básicamente dos: estar cerca de algo, contiguo; y estar desterrado, alejado. En el seno de la palabra confinamiento confluyen las nociones de cercanía y lejanía. Un dicho popular podría expresarlo mejor: “tan cerca y tan lejos”. Confinar: lindar y desterrar.

Cuarentena es un concepto teñido de una fuerte coloración religiosa. Es una voz que procede de la liturgia cristiana. Cuarenta es una cifra simbólica, de pasaje y de penitencia. Jesús predicó durante cuarenta meses y pasó cuarenta días en el desierto; cuarenta días y cuarenta noches diluvió en la tierra; Moisés, cumplidos los cuarenta años, es llamado por Dios y permanece cuarenta días en la cima del Monte Sinaí, en donde le son reveladas las Tablas de la Ley. Estamos en el año 2020, que encierra en sí mismo el número 40. Para algunas civilizaciones antiguas el número cuatro estaba ligado a la cosmovisión del mundo. El pueblo azteca hablaba de los cuatro cuadrantes del universo, cada uno de ellos pleno de significado, henchido de sentido. El cuatro es el número de la materia: agua y tierra, aire y fuego. En la palabra cuarentena hay implícita una noción de higiene y prevención. En la Edad Media, la persona que vivía en cuarentena era portadora de un castigo divino, de un mal contagioso, por lo tanto era necesario vigilarlo, aislarlo. Pero nosotros hemos perdido todo lazo con lo sagrado. Nuestra llamada cuarentena se inscribe en un contexto sanitario implantado, no alude a una realidad trascendente. O sea, estamos en guerra y estamos enfermos… ¿Encontraremos la cura? Curiosamente, eso que los políticos llaman cuarentena no duró cuarenta días sino que se prolongó más de dos meses, como en el caso de algunos países de Sudamérica. Contradicción moral y perversión del lenguaje.

Con grandes esfuerzos y a un alto costo, comenzamos a salir de un bache histórico iniciado en los años ochenta del siglo XX. La historia no tiene para nosotros el peso que tuvo a lo largo de la centuria pasada, pero no por eso ha desaparecido. Está ahí, frente a nuestros ojos, la estamos haciendo ahora mismo. Somos testigos y participes de una mutación en todos los órdenes de la vida. Habría que poner en práctica la levedad: dejarse llevar sin dejar de actuar. Ser agentes del cambio. Lo más importante no es la crisis, sino cómo atravesarla y en seguida plantearnos cómo habremos de reinventarnos y recomenzar, porque se trata de un recomienzo. Más que estar en simulada guerra o en fingida cuarentena, vivimos distantes no tanto de los otros sino desterrados de nosotros mismos, alejados de nuestro núcleo más personal e intransferible.

Audomaro Hidalgo

Le Havre, octubre 2020