Poema para leer un viernes por la tarde: Renato Leduc



En esta nueva entrega de la serie Poema para leer un viernes por la tarde, nuestro editor, el poeta Mario Bojóquez nos propone la lectura del soneto “La Llorona”, del poeta mexicano Renato Leduc (1897-1986).

 

 

 

 

Su obra y su vida estuvieron signadas por la imprecisión de fechas y lugares; de su biografía se conserva la anécdota chispeante, de su obra las ediciones sin pie de imprenta; sin embargo, su colosal presencia a lo largo del siglo XX es de vital recordación: ya nacido en una casa que se convertirá en cantina en la plaza de Tlalpan, ya adolescente enviando los partes de guerra desde el frente villista como operador de telégrafos revolucionario y aún mismamente corrector de John Reed, en París, esquivando la persecución nazi y salvando a Leonora Carrington del campo de concentración, en los cabarets de la Ciudad de México compartiendo el espectáculo con Agustín Lara, mientras rechaza una proposición de matrimonio que le hace María de los Ángeles Félix Güereña, María Félix. Su poesía será, sin embargo, el recinto donde queda fijada su personalidad. Renato Leduc nació para el mito y lo alimentó lo mejor que pudo por cerca de noventa años.

Este soneto dodecasílabo que refiere a la muy mexicana leyenda de La Llorona, aquella que trata de un alma en pena a la cual se le oye lamentar desgarradamente por la muerte de sus hijos en las oscuras calles de la Ciudad de México y, que proviene, al parecer, desde el periodo novohispano hasta nuestros días. Renato Leduc, logra poner en valoración crítica el modelo mítico y lo recupera para seguir desde la risa hablando de él hoy en día.

MB

 

 

 

La Llorona

 

No llores, Llorona, porque el llanto afea
y quien mucho llora muy escaso mea.

No enturbies, señora, la luz de tus ojos,
no llores, señora, porque el llanto afea
y el riñón inunda de hirientes abrojos
pues quien mucho llora muy escaso mea.
Si fue por tus hijos cesa ya en tu llanto.
Si fue por tu amante, con mayor razón…
Llorona, la muerte nunca es para tanto
y hay que hacer de tripas −dicen− corazón.
Lágrimas de sangre o de agua alcalina
ni el amor diluyen ni al amor concitan;
mas en cambio, infaman de humildad canina
y el alma corrugan y la córnea irritan…
No llores, Llorona, porque el llanto afea
y quien mucho llora muy escaso mea…

Renato Leduc
XV fabulillas de animales, niños y espantos, 1957.