Poesía mexicana: Karla Gómez



Leemos algunos textos de la poeta y periodista chiapaneca Karla Gómez (1990). Estos poemas pertenecen a la serie “Y los dormidos siempre mudos peces”. 

 

 

 

 

 

 

 

Y los dormidos siempre mudos peces

 

 

ANDO CON el resultado
de una tarde de ceguera,
de una tarde también de peces
que se extendió hasta mis huesos.

Ando con el resultado de una tarde sorda.
Pronuncio mi nombre:
solo una imagen
que ve pasar la vida.

 

 

 

 

A ESTA HORA de aquel sueño
que me amaneció en la estancia,
a esta hora del dolor de la carne
naciéndome dos veces,
hubo cielo y oscuridad,
hubo el paso de un cuerpo
acercándose.
Es el momento del lento pestañeo:
peces aleteando entre las sombras.

 

 

 

 

VINE A BUSCARME en personas
que guardan tristeza en sus maletas,
cargan pequeñas fotos de un pasado
que cae al cerrar los ojos,
con piel lejana a la mía
y la voz de otros pájaros,
van una tras de la otra,
migran,
recorren los espacios,
hacia el definitivo viaje del retorno.

 

 

 

 

YO TAMBIÉN jugaba con el futuro,
doblaba mi vida en una hoja de cuaderno,
repasaba el nombre de las gentes
y el de los lugares.

En esas páginas está la memoria,
descostrada, donde escarbo
para verme de cerca.

Pero no me encuentro
ni allí ni en el álbum
del día a día
que lleva mi nombre.

 

 

 

 

HE DICHO mi nombre tres veces y no me reconozco.
¿Por qué acá, con dientes y cabellos alargándose como mi llanto?

Desde un rascacielos, la otra que no fui,
desvanece el puño de la mano,
suelta la suerte
de los días amontonados,
ya es tarde, dice,
y es polvo.

 

 

 

 

SUPONGAMOS, tú y yo
regresamos al vientre,
tú veinte años atrás,
yo hace treinta años.
Divididas ambas en el tiempo,
envueltas en una hoja
y nuestra vida aún no comienza.
Nadie nos conoce.
Una piel dentro de otra piel dentro de otra piel.
Y nuestra madre,
escucha la voz de su padre y de su madre,
y nos llama,
como ella un día fue anunciada.

 

 

 

 

 

YO VENGO de soñar, de traspasar los ojos,
de repetirme
y los dormidos siempre mudos peces
vengo, con el rayo que aún no cae,

con la palabra apenas naciente
y los dormidos siempre mudos peces
el río y el agua que no existe

y los dormidos siempre mudos peces
nada encontramos por el camino de tinieblas,

ni el idioma
y los dormidos siempre mudos peces
la mitad de un soplo

nos desprende del árbol
y los dormidos siempre mudos peces…

 

 

 

 

ALLÁ, CUANDO era niña,
cuando el sol era una mancha,
cuando con estrenados ojos
agitaba mi vida montada en bicicleta
soñaba con 30 años florecidos,
con palabras que no sabía,
con otro reloj y otra casa
y un desfile de pájaros por la ventana.

Allá cuando era niña,
crecer era ser sabios,
árbol, sombra,
 las dudas y el miedo
podrían caerse con cada nuevo corte de cabello,
un día los ojos romperían el cascarón
y la cicatriz y el llanto
de un recuerdo.

Cuando era niña,
yo llamaba a los años
como se llama a los peces,
me llamaba a mí desde las entrañas,
desde los huesos que me crecieron
y me trajeron hasta este sitio
donde llamo a la niña.

 

 

 

UNA CASA que ha perdido 
su concepto de casa,
aguarda como piedra.

Provoca la ceguera del encierro,
desvanece imágenes 
 trae los mismos días 
como si fuera imposible 
aprender la cotidianidad.

Acá no entra más luz 
que el de mis sombras,
y aún así no veo.

La casa
comienza a oxidarse,
y yo a hundirme de pasado.

 

 

 

 

 

ESTÁ BIEN, creo que nací.
Quien me vio no está conmigo,
se quedó hace algunos pasos.
Andaba un poco bajo de la vida
y sin nada que decirme.
No hay palabra en los ojos
perdidos del pasado.
Entre tanta gente que se queda.
En esquinas de donde no se vuelve.

Y ahora, como si yo fuera el padre
que retrocede y, sin voltear la cabeza,
se consigue otra vida.
Como una pestaña suelta
el reloj tirita este lento despertar.

Ha pasado un largo tiempo en que he olvidado el contenido de las gavetas
y la dimensión de la casa.
Yo no sé si tú tengas una gaveta o una casa o un secreto.

Bajo un árbol tuve este sueño:
Repasando las sombras de cada noche
lo vi y lo primero
que pensé fue en mi padre,
así me lo imaginé de tanto que no me hablaban de él,
de tanto que su fotografía quedó en pedazos
entre las bocas que le oscurecen.
Y costuré pedazos que yo encontraba
cerca del teléfono y de la casa donde nadie  contestaba.
Y mientras mis ojos también se cerraban por dentro del sueño,
él se fue.

 

 

 

 

 

ACÁ ESTOY con mis cuatro paredes,
rodeada del mañana, del sol que
en otro país se marca en la espalda
de algún campesino,
estoy con el viento que te trae
en las hojas caídas, en un globo
perdido, en el pájaro que espera
sobre el cable,
estoy amaneciéndome en cada recuerdo,
en mi estatura de veinteañera
viendo el espejo pequeño
guardado en mi pecho como estampa,
borroso de mi sangre, de los ojos
que te buscaban justo al caer el día.

Estoy como si el recuerdo fuera ese mañana
que se desempolva, cuando la luz se va de los ojos,
y una se vuelve testigo
de su propio derrumbe y pese a eso, sobrevive.

Y los dormidos siempre mudos peces….

Yo vengo de soñar, de traspasar los ojos,
de caminar a oscuras, de repetirme.
Vengo con la palabra apenas naciente, con el rayo que aún no cae,
porque todo y nada sucede en el sueño
cuando nos toca la hora de ser peces mudos.

Se aprende a sobrevivir sobre un río que no existe,
tocar el agua que no existe
y caminarlo.

Los peces mudos
buscamos el camino en tinieblas,
pero nada encontramos,
no hay idioma para nosotros
ni palabras para donar.

Y deambulamos: pasamos
de sueño en sueño,
como si fuéramos la mitad de un soplo,
hasta que el sol llega
y nos desprende del árbol
y amanece y somos otros:

Seres que portan un traje y caminan rápido,
y olvidan la sombra en la maleta
y darle cuerda al reloj,
para que anochezca
y ser pez y mudo,
y mudarse de sí un rato.

 

 

 

 

 

ESTE SILENCIO es un río de peces ausentes
incapaz de recargarse en una orilla,
de mecer el cuerpo, tragarse un rato,
la voz quebradiza, la respiración pausada.
Allá están los peces sueltos en un rincón
jugando con la vida desde las escamas,
alejados del remolino de la humanidad
y de la ociosidad de un par de manos
que giran para ver si algunas líneas se arrugaron.
A dónde se fue mi sueño y el cansancio,
qué cuerpo de roca he heredado
para decir que el silencio es un río
que sólo dejó su vestido
donde los peces aletean las sombras.