Poesía mexicana: Roxana Elvridge-Thomas



Leemos a Roxana Elvridge-Thomas (Ciudad de México, 1964). Ha obtenido varios premios en poesía, ensayo y periodismo, así como las becas del FONCA de Jóvenes Creadores y del Sistema Nacional de Creadores en el área de poesía. Tiene publicados ocho libros de poesía y dos de ensayo, así como artículos, ensayos y poesía en libros colectivos. Asimismo, se ha dedicado a la actividad teatral. Su libro más reciente es Pequeño bestializo ígneo (2016).

 

 

 

ESTÍO IMPLACABLE

 

El hombre no sabe que no es tiempo de morir.
Es esa mañana en que la piel se turba de rocío
y las puertas flanqueadas por hechizos han abierto un verde escalofrío
en la imagen reflejada de la impúber.
        El hombre tiene hermosas manos,
        capaces de inundar de melodías lo que palpan.
        El hombre prefirió las garras,
        herir a quien se acerque demasiado,
        hendir su garfio en los rescoldos del murmullo.
El hombre no lo habla, no tiene a quién decirle que se esfuma,
que no ha podido sujetar la cafetera.
No tiene a quién contarle que ha olvidado
el arte de calzar las zapatillas.
        El hombre vio de cerca la hermosura, la tibia cercanía del abrazo.
        Después volvió su rostro, negó en su aliento los destellos
        que impregnaban sus entrañas.
        Ahora sólo ve brotes sombríos.
El hombre está surcando los pasillos de su casa
y siente que el vacío lo tragará al caer del barco.
El suelo se dilata y se contrae, subleva la cordura del que pisa,
y él que ha olvidado qué hace el  pie para entrar en la pantufla.
        El hombre tiene miedo a quedar prisionero de las formas.
        Por eso teme amar, ser amado, por eso aniquila lo que ama.
        La herida que él creó lo calcina en el costado,
        ha negado la mitad que lo conforma,
        por eso camina torcido,
        por eso  tensa la quijada,
        por eso estruja la entretela.
El hombre repta, bestia con aliento entrecortado,
con retumbos en su pecho que no cesan.
Un ave desquiciada lucha por romper el esternón,
mil arañas muerden con encono el brazo izquierdo.
El hombre muere solo, en ese pozo de inmundicia que ha creado.
Muere descalzo, cuando el trébol tañe las pestañas del cordero
y resuenan por la brisa los conjuros de las hadas.
        El hombre pudo ofrecer un discurso de luciérnagas,
        hacer brotar el sol con su mirada,
        trocar la infamia en goce
        henchir la sala con espejos.
        El hombre se entregó a la ira,
        al insensible pisotear espaldas,
        al júbilo violento que circunda el estertor ajeno.
El hombre está solo, vive solo, no necesita a nadie.
No hay nadie a quien hablar, nadie a quien pedir ayuda,
nadie de quien despedirse.
Sólo hay objetos, cercando el cuerpo ya vacío.
        Eligió la soledad y sus penumbras
        el cómodo sitial de los perfectos.
        No tolera a los distintos,
        no comprende sentimientos ni ternezas,
        hiere con sus burlas al que pasa,
        juzga sin piedad al liberado,
        da cátedra de odio a quien lo escuche
        y proclama absoluta su verdad.
        Machaca con  dientes de arrogancia al disidente.
No echarán de menos a ese hombre.
Los vecinos dicen que es anciano, correcto, taciturno.
Sale poco de su casa y no recibe a nadie.
Condena el barullo de los niños, el soplo en torno a la cintura de las chicas,
la amable catadura en la tendera.
        El hombre no cumplió su cometido,
        no quiso aprender suaves lecciones,
        negó el único motor que lo impulsaba.
        Habrá de regresar a reparar lo andado.
No es piadosa la estación con muertos solitarios,
ya traerá el hedor al vecindario,
ya vendrá el forense a levantar las actas.
Después despegarán del piso
el rostro más oscuro de la muerte.

 

 

 

 

ARTERA MAQUINARIA

 

¿Qué hay más dulce que sus filos?
Dicen unos.
¿Qué cintura, qué puerto aporta más sosiego que su cumplimiento?
Su marcha pone en juego una astuta maquinaria.
Quien la invoca no tiene marcha atrás,
abruma su aliento la condena de seguir en pie de lucha,
escuece de azogue sus arterias,
acepta la sequía de su cuerpo en justo pago por la ruina del odiado.
Es por eso que sorbe los fluidos que se encuentra,
que en la noche sale por brebajes no siempre silenciados que emanan de otros cuerpos.
El brillo mercurial de sus pupilas penetra en los sueños
y rapta para sí los breves lapsos de reposo a sus afanes.
Inmola sus anhelos ante el gozo insuperable de aplastar al enemigo.
Cuando logra sepultar la fe del otro, yergue su victoria dulce, grata, refrenada.
Y sin embargo, su yerma condición lo lleva ahora, que quiere gozar de su venganza,
a recordar otras afrentas, viejos odios.
Y nuevo aceite alimenta esos motores.

 

 

 

 

ANA DE LANCASTER IMPRECA

 
Maldito,
    dijiste,
y tus palabras lacraron el silencio.
Juraste
y la tierra se inflamó de estrías.
    Su sangre infecta corre ahora por la tuya.
    El semen imprecado te anega cada ocaso.
Tálamo de injuria a la que ceda en tu recinto.
Tiemble todo ser ante tu cólera.
Tiemblen las alturas y sus ciclos.
Fulminen tus entrañas con sardonia,
yo misma la pondría en tus ojos, tus oídos, tu prepucio,
en las narices y los labios.
Veré con alegría hervir tu carne,
 heder pútrida lechilla de tu centro.
Después de un último alarido, cesarás con rictus no deseado,
sonriendo para siempre por tu muerte.
Fulminen igualmente a tu consorte.
Crujieron tus denuestos,
fieros soles desangrados
y al acto se pudrió tu brazo izquierdo
   como el suyo.
El vientre de tu hogar fue calcinado,
los muros se infectaron de alacranes
y los árboles llagaron en su rostro tus insultos.
   Yaces ahora entre sus brazos
eres fétida, infeliz y detractada
por tu lengua que añora su inminente sepultura.

 

(Para Julio César Toledo)

 

 

 

MUSTH

 

Segrega su ira por tensos ovillos que horadan la sien.
Violento delirio acomete los vientos, destraba osamentas  con golpe certero.
El macho elefante aturdido por rabia evacuada irradia vehemencia de sangre,
deseo incontrolable de caos,
estrellas extintas,
total destrucción.
Es glándula, fluye por venas,
es ansia de pozos que escuece e impulsa a la saña.
Embriaga de muerte, intoxica sentidos.
Sedienta de estigmas, la bestia arremete,
Gangrena la selva,  excoria el aire, destaza las crías.
 

Arde cólera enferma.
No hay glándula cruel que desate esta furia.
Es sólo vehemente latido,
pulsión que al arrobo bestial obedece.
El hombre corrompe su acento,
atiza al que encuentra a su paso,
se ensaña en el débil,
recrea sus sentidos en rudo hematoma.
¿Qué impulsa –si no es toxina errante en plaquetas- al salto crucial,
delirio asesino?
Si no es elefante, si no tras su oreja se crea arrebato,
¿qué hace del hombre  pantano irascible,
troquel de brutal destrucción?